Un culo que ver

La obra “Cocodrilo, la revista” recibió el premio Estrella de Mar 2017 a mejor espectáculo en su género. Es creación de Omar Suárez, dueño del cabaret homónimo de la ciudad de Buenos Aires investigado por trata de mujeres. Revista Ajo le pidió a una socióloga que asista a ver una función. Ella aceptó la propuesta y, al salir, nos mandó estas líneas.


Fotos: Federica Gonzalez

 

En la entrada del teatro Olympia me esperaba la fotógrafa con nuestros pases de prensa. La calle Rivadavia se convierte en peatonal durante las noches, y por ella circulan todo tipo de personajes, extravagantes algunos, comunes otros. Se destacaba una travesti disfrazada de monja en tonos azules (¿la “Esperanza Mía” de Lali Espósito?) que le gritaba a cada persona a quien le entregaba en mano un volante con algún chiste alusivo a su apariencia física. Ese grito emulaba el tono de voz de Moria Casán, otrora estrella del teatro de Revistas y hoy reconocida por su labor como jurado de Showmatch.

Los personajes se extendían por toda la cuadra y, quienes entregaban los volantes de Cocodrilo (uno en silla de ruedas y otro con serias dificultades para caminar), se esforzaban por moverse como podían entre la angosta vereda, la gente que pasaba caminando y quienes estábamos esperando para ingresar al espectáculo. La leyenda del programa (“una revista para toda la familia”) era sin dudas un mal presagio.

Uno de los asistentes nos indicó que formemos una fila para ingresar, pero nadie sabía dónde comenzaba, hacia dónde orientarla o quién le obstaculizaba el paso a quién, por lo que terminó siendo autogestiva y caótica.

A los pocos minutos lo vimos a Omar Suárez, con una de sus clásicas camisas coloridas al mejor estilo Versace, salir a saludar al público y a sus asistentes, mientras miraba atento a todos los costados. Como dicen en el barrio: relojeaba cómo venía la noche. Un rato después abrieron el ingreso al teatro. Una gigantografía de Mónica Farro con un fajo de billetes en su mano nos señalaba el camino. Mientras bajábamos por las escaleras veíamos ventanillas que vendían entradas para espectáculos infantiles y marquesinas diversas. La noche fresca y la rara convivencia de personajes permitía que debajo de una princesa estilo Barbie descansara un perro callejero que miraba con cara desahuciada la circulación de dueños potenciales pero inciertos.

En el segundo subsuelo finalmente ingresamos. Una señora poco amable tomó nuestras entradas y nos ofreció los lugares menos cómodos para observar y sacar fotos. Imposible negociar. El público se fue acomodando en la sala hasta completar un 60% del teatro. Eran parejas de jóvenes, adultos y abuelos, algunas familias con niños de entre 8 y 12 años y algunos chicos y chicas solas. Del otro lado del pasillo ostentaba su llamativa presencia Joel Ledesma, un ex policía que dejó la fuerza para dedicarse a su pasión, el canto y el baile, y hoy brilla junto a Lizy Tagliani en la obra Liberate, después de su exitoso paso por Bailando por un sueño.

La previa fue amenizada con música pop que convocaba masivamente a mover la cadera, los pies o al menos la cabeza. Mientras terminaban de acomodarse los asistentes, por los parlantes sonaban La Bicicleta de Carlos Vives y Shakira, y Vente pa’ca, de Ricky Martin y Maluma. La expectativa de esta cronista estaba en alza, debo confesar. Me crié mirando a Moria Casán interpretar a “Rita Turdero, La Pantera de Mataderos”, y eso me hacía feliz porque ese barrio quedaba cerca del mío, entonces sentía que esa Moria, más joven y menos picante que la actual, en cierta forma le hablaba a gente como yo, aunque tuviera cerca de diez años y ese contenido no estuviera permitido para menores de edad. Mi vieja, que siempre opinaba de todo, decía —cuando aparecían Moria o más adelante Beatriz Salomón o Noemí Alan— que vedettes “eran las de su época”: Nélida Lobato o Ethel Rojo. Se empeñaba en sostener que su versión de la cultura masiva era mejor que la nuestra, como si eso le permitiera conservar algo de distinción, mostrando a Moria como la versión degradada de las anteriores. ¿Sería la Farro la versión degradada de Moria? ¿Cómo se construye, se muestra y se valora a una vedette en este contexto cultural atravesado por la hipersexualización de la vida cotidiana? ¿Iba Cocodrilo… a mostrarnos algo novedoso? ¿O sería, al menos, un buen homenaje al género Revista, con los guiños necesarios a las tradiciones culturales de la que es deudora? Estas y otras preguntas daban vueltas en mi cabeza cuando Omar Suárez apareció en escena y dio comienzo a la obra.

El productor se presentó vestido de etiqueta, verborrágico, enérgico y sarcástico, entabló una especie de diálogo con el público —que se sostuvo durante toda la noche— en el que él mismo parecía responderse las preguntas que (se) hacía. “¿Vinieron a divertirse? ¿A ver chicas lindas?, bueno entonces bla bla bla”… Imposible seguir ese ritmo de preguntas y autorespuestas bastante obvias de las que nadie tenía la posibilidad de zafar.

Podría organizar estas líneas contando la obra, pero prefiero que la economía de palabras se enfoque en la reflexión sobre aquello que sucede en el escenario, por fuera, por encima y por adentro de cada escena y de cada cuadro. Porque eso permite poner de relieve la lógica machista y anacrónica que organiza su trama narrativa, su lógica argumentativa, su lenguaje visual, sus elecciones estéticas, morales y políticas. Porque si hay algo que en Cocodrilo… no falta es eso: política. ¿Usted quiere ver chicas lindas? O, mejor dicho: ¿usted quiere ir a ver culos? ¿Un buen culo que le permita calentarse y que le opere de fantasía a la hora de cogerse a la persona que tiene enfrente? Le confieso que si busca eso va a tener que hacer un esfuerzo bárbaro. Porque de tanto culo, de tanta obviedad, de tanto chiste fácil, de tanta alusión a la genitalidad de la travesti que protagoniza la obra y se destaca muy por encima de sus compañeras –pero sobre todo, muy por encima del dueño del boliche–, una termina frustrada porque al final escuchó chistes, pero no se rió, vio culos y tetas turgentes, pero no se calentó, y presenció varias escenas de humor político básico y previsible que no alcanzaron ni para la indignación. Me sigue enojando más la desfachatez de Lilita Carrió o de Juan José “Concha” Aranguren, qué quiere que le diga…

Los personajes

Mariana

Mariana A. es una de las estrellas de la obra, destila talento en cada escena, a pesar del guión, claro. Se hizo famosa en Tumberos, la serie escrita y dirigida por Adrián Caetano allá por el 2001. Sus comienzos fueron con una banda de cumbia, “Las Traviesas”, conformada por cuatro travestis que se presentaban en boliches y programas televisivos de renombre. Se formó como actriz en el Teatro San Martín y en 2011 obtuvo, vía judicial, el DNI que le asignaba su identidad deseada: María de los Ángeles Castro. Antes había querido ser Mariana Aria, por una comparación que Mauro Viale hizo al aire en virtud de su parecido con la modelo, pero ésta interpuso una acción judicial que obligó a Mariana A. a cambiarse el nombre y pagarle una suma de 53.000 pesos por haber dañado “su buen nombre y honor” (suma que la justicia ordenó se le confisque de su sueldo a través de la Asociación Argentina de Actores). Durante los años previos se sumó a los debates por la identidad de género (antes de la sanción de la ley a fines de 2011), recordando los tiempos en que “las personas trans en este país eran perseguidas por la calle”. “Por suerte, hoy en Argentina uno puede caminar libremente, casarse, y ser feliz”, celebró. En 2007, en una entrevista periodística, criticó la inflación durante la gestión kirchnerista pero cayó mucho más duro contra Macri, flamante ganador de las elecciones porteñas: “Macri va a querer erradicar a los homosexuales y sobre todo a la zona roja. Sin dudas pertenece a una derecha fachista”. Cuando le preguntaron qué opinaba sobre una programación televisiva que “ofrece sexo en cualquier horario” dijo: “¡Creo que en televisión pasan cosas muchas peores, por favor! La sociedad no debería ser tan pacata, eso lo vivo a diario. Los que señalan indignados que se dejen de joder, que por algo existe el cabaret o la pornografía. Hay materia y público para todo”.

Durante el transcurso de la Revista, Mariana aparece caracterizada como policía y como Cristina Fernández de Kirchner. También tiene un momento propio donde, enfundada en un vestido de Roberto Piazza que la hace lucir bella y esbelta, dialoga con el público y hace chistes de todo tipo. Esos chistes se complementan con un carisma a prueba de balas que ella consagra con frases como “¡Quiero puterío, quiero kilombo! ¡Vamos, aplaudan!”, o cuando pasan los primeros acordes del tema de cumbia villera que acompañaba a la serie de la que formó parte, y ella canta “Si tu viejo es zapatero…”, y el público responde: “zarpale la lata”. Ella concluye, entre risas: “Son todos villeros, ustedes”. También hace chistes que remiten a su genitalidad una y otra vez. Como si el guión le exigiera recordar que es travesti y no transexual cada vez que puede. En ese contexto esgrime frases como “puto con peluca” o “detesto a los trolos”. Y remata diciendo “mi mamá quería una nena y mi papá un nene, y yo le di el gusto a los dos”.

Cuando los cuadros los comparte con Omar Suárez habilita un juego humorístico en el cual él le dice “la trava pistolera” y una no puede evitar pensar que la referencia permanente a la presencia del pene organiza casi todos los chistes, las referencias, las metáforas, lo que está ahí y persiste más allá, es decir, una mirada falocéntrica. En ella, el que despliega autoridad y organiza el relato es Suárez, tal vez el menos talentoso de todo el espectáculo. Y mientras la apoya a Mariana de atrás, la toquetea de adelante y ella simula que le va a realizar sexo oral, los remates de los chistes de la actriz culminan con frases como “somos varones, ¡se me va a parar!” y “me lo descolocó a Pepe” (después de un tironeo entre ambos). Cuando Mariana percibe que hay niños en la sala, aclara: “Hay menores, estamos hablando del Sapo Pepe”. Los menores en cuestión, una nena y un varón entre 10 y 12 años, entre otros, estaban sentados en la fila de adelante. Atentos por momentos, aburridos e impacientes en otros. Desde el sentido común bien pensante y progresista, una se pregunta qué hacían esos pibes ahí. E inmediatamente la pregunta y la supuesta incorrección política vuelve como un boomerang que obliga a preguntarse por qué los que fuimos niños en los 80 nos criamos viendo “No Toca Botón”, “Las Gatitas y Ratones de Porcel”, “Hiperhumor” o “Monumental Moria” y a esa edad podíamos diferenciar sin problemas la “tanguita” de la “tandita”, la provocación sexual de “La Bebota” o la desfachatez de “Perkins, el mayordomo”.

Mónica

Mónica Farro es la vedette del espectáculo. Es imponente, atractiva, tiene un cuerpo escultural, firme, perfecto. Sea gracias a las cirugías o al trabajo disciplinado sobre él (en el programa que te dan en el ingreso, le agradece al personal trainer que una intuye, ayudó en la construcción de esa figura envidiable) y es imposible no mirarla. Sus números de baile son enérgicos y correctos, pero no conmueven. Farro comunica una sensualidad rara, extra-sensorial, como si ella estuviera ahí, mostrando un culo redondo y soñado —y unas tetas que serían destacables en el #Tetazo, si fuera una de las tantas mujeres comprometidas con la causa—, pero su mirada, su mente y su deseo, estuvieran en otro lado. El carisma no es lo suyo, digamos.

Se hizo famosa en el Bailando… por su talento para el baile, pero, sobre todo, por dos escándalos mediáticos que la tuvieron como protagonista. Una relación con un productor de Tinelli, El Negrito Luengo, cruzada por infidelidades y violencia física y verbal; y su relación con Juan Suris, un hombre de la noche procesado y preso por causas que oscilan entre la defraudación al fisco y el tráfico de drogas. Pero el mundo de la vedette sobrevivió a todo eso sin que su imagen se viera confinada al destierro. La moral mediática tiene límites y códigos y ella parece no haber traspasado los primeros mientras que respetaba los segundos.

Sus intervenciones como actriz son dos. La primera, caracterizando a una de las monjas de los ya famosos “bolsos de Lopecito”, como lo llaman en la obra, es tan previsible como el momento en el que se desnuda y deja que Suárez, jefe de la prisión llamada “Coco-Cárcel”, la apoye, la toque y sea una especie de ejecutor de las fantasías que, se supone, tienen muchas y muchos de los espectadores. La segunda, encarnando a la “abogada hot” de López, quien en el pico de su intervención humorística afirma: “Yo hago todo lo que es debido” (el juego de palabras con el apellido del ex ministro de Planificación Julio De Vido no fue suficiente: debieron incluir el remate “ojo, está hablando en clave”).

Pero mientras la miraba actuar, bailar y moverse siguiendo el ritmo de la música, no podía evitar pensar que en parte ella elegía ese rol de objeto sexual en el que Suárez insistía en ponerla todo el tiempo (como si el objetivo o la fantasía de esa presencia masculina en el escenario fuera, precisamente ese: ponerla todo el tiempo). No necesariamente era víctima de la situación. La cosa es, sin duda, harto más compleja.

Omar

La primera frase que quedó resonando en mi cabeza sobre Suárez fue una que repitió varias veces al inicio de la obra: “Hay que apostar por Mar del Plata”, su ciudad natal, en un tono entre convencido e irónico. Lo decía en un contexto de una floja temporada teatral, donde cada productor diseña estrategias diversas para salir a captar a los potenciales clientes. A medida que la obra avanzaba, me preguntaba: ¿Se estará vengando por la sucursal de Cocodrilo que quiso abrir en La Feliz allá por el 2015 y que no pudo concretar? El Fiscal Daniel Adler dijo en su momento, en un escrito presentado al entonces intendente Gustavo Pulti: “bajo el ropaje de legalidad se encubriría la apertura de uno de los lugares prohibidos por los artículos 15 y 17 de la ley 12.331, cuya finalidad fue la de preservar la dignidad de las mujeres que tienen derecho a ejercer la prostitución, pero no a ser explotadas en su ejercicio… […] La apertura de este local generaría una violación inminente de los derechos de las mujeres, en especial el de preservar su dignidad frente a situaciones de explotación”. Básicamente, lo acusaron de proxeneta y de promover la trata de personas. Y él no tardó en salir a defenderse para preservar su buen nombre vía Twitter: “vamos a ver en la justicia, ahora voy x todo… ya los demandaré a (la integrante del colectivo de mujeres MuMaLa, Noelia) Barbas y a (Daniel) Adler, por calumnias injurias!!! A la justicia”.

El guión del espectáculo tiene varios condimentos, como muchas de las Revistas de los últimos años: un gran despliegue de escenografía, baile y canto (a cargo de Denise Cerrone, pareja de Suárez, quien cumple el rol de directora artística y musical, junto a Cristian Ponce y Alma Quintana Gómez en el diseño coreográfico); la puesta en escena de cuerpos que responden a parámetros hegemónicos de belleza y que aparecen buena parte del tiempo al descubierto; el humor como el hilo que pretende ensamblar los distintos cuadros de actuación sin lograrlo y que oscila entre los chistes fáciles, obvios, previsibles (Suárez es, en esa instancia, una mala mezcla entre Alberto Olmedo y Jorge Corona) y una alta dosis del llamado “humor político”, guionado por uno de los creadores de “Gran Cuñado”, el reality que Marcelo Tinelli pone al aire en su programa, en contextos en general pre-eleccionarios, y donde se burla de todos los políticos por igual. Este último requisito no se cumple en Cocodrilo…: sólo se dedican al caso López y por tanto todo gira alrededor de la corrupción de los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Del actual, casi no se habla. Y por si fuera necesario, Suárez aclara: “Siempre dije que hay que estar al lado del gobierno. Porque si estás adelante te cogen y si estás atrás, te cagan”.

Por momentos, ese humor político tan consustanciado con el sentido común parece guionado por Jorge Lanata para uno de sus antiguos guiones dominicales: es unidireccional, es gorila y, por supuesto, es machista. En un momento, Suárez aparece caracterizado como Néstor Kirchner, quien baja del cielo con una túnica blanca a reprender a Cristina (representada por Mariana A.) diciéndole: “¿Qué me hiciste, Cristina?”. Las mujeres, en la obra de Suárez, son dominadas, reprendidas, objetualizadas y subestimadas. La cuestión de si ellas eligen o no cumplir ese rol, si se sienten incómodas, felices o indiferentes frente al mismo es algo que excede las posibilidades de esta cronista. Pero lo que queda claro es que la necesidad de afirmación de Suárez como el macho que tiene todo el poder (siendo policía, pseudo-capo cómico o actor que encarna a un ex-presidente) hace de Cocodrilo un mundo falocéntrico y patriarcal.

Por último, y como en tantos otros productos de consumo masivo de la cultura contemporánea, Tinelli aparece como el gran modelo, un organizador omnipresente de referencias, formatos, puestas en escena (Farro no puede evitar la mención al cuarto piso de Ideas del Sur, donde supuestamente funciona la oficina del Jefe, a la que ella, por supuesto, accedió). Sin ir más lejos, la sucesión de los cuadros de baile emula a las aperturas que Tinelli hace cada año en su programa, y cuya única condición pareciera ser poner mucho de todo para mostrar que no tiene nada que envidiarle a los shows de otros países y latitudes. Pero una las mira, una y mil veces las mira y no entiende qué quieren decir, qué se pretende mostrar o comunicar con todo ese despliegue. Cocodrilo… reproduce eso a la perfección. De tanta obviedad es como si todo diera lo mismo, como si todo tuviera que ver con todo, o nada con nada.

Nos fuimos del teatro con ganas de salir rápido. Unos días después nos enteramos que la obra ganó el premio Estrella de Mar como mejor espectáculo en su género. Es decir, que hubo un jurado que la analizó y, en nombre de la Municipalidad de General Pueyrredón, decidió premiarla. Al recibirlo, Omar Suarez se lo dedicó a los artistas que trabajan en calle Rivadavia y mencionó, emocionado, al actor desaparecido Gregorio Nachman. Y ahí yo ya no entendí más nada. Como dicen en el barrio: un culo que ver.

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