Suerte

Empieza el verano, se llenan casinos, bingos y casas de quiniela. Pero los juegos de azar mantienen su público todo el año. Son hombres y mujeres aferrados a una fantasía primaria del capitalismo: hacerse ricos de un día para el otro. Aunque la realidad termina siendo bastante diferente. Una crónica de adictos a la suerte.

 


Fotos: Federica Gonzalez

La vida es como la guita

Parece que no se acaba,

Y en una vuelta de taba

Te encontrás que ya no hay más.

Roberto Goyeneche

 

El día que velaron a su mamá, Marta N. caminaba de un lado a otro de la sala, miraba el reloj cada dos minutos, fumaba. Eran las cuatro de la tarde y para ella, esa muerte no se terminaba más. Cuando se acercó al cuerpo empezó a sentir un olor feo, muy fuerte. Se lo dijo primero a su marido, después al resto de los familiares, a los de la funeraria. Quería que cerraran el cajón y se la lleven rápido, así no se podía estar. Pero nadie sentía ese olor.

—En realidad, lo que yo quería era irme rápido, en media hora cerraba la quiniela de la tarde y no había jugado. Me acuerdo como los putee a todos… porque al final no se la quisieron llevar y ese día no jugué.

Marta hace un silencio largo, va hasta la cocina, separa la pava del fuego.

—Yo a mi mamá no la velé. Estaba ahí, pero no la velé y ese es un dolor que voy a llevar siempre adentro.

* * *

Dieciséis años, dos meses y siete días. Marta no necesita mirar el calendario para saber cuánto tiempo lleva como enferma jugadora compulsiva en vías de recuperación. Dice que la cura no existe y que en el grupo le enseñaron a vivir el “solo por hoy”. Porque no sabe si mañana se va a levantar, o va a salir a jugar de nuevo.

Cuando empezó con la quiniela, era en una época en la que se sentía sola. Sus dos hijas se habían ido de casa y su marido dormía durante el día porque trabajaba de noche. Se la pasaba de quiosco en quiosco, siguiendo uno o dos números que creía que “eran suyos”. Después a esperar a que salga: el televisor siempre prendido en Crónica y la radio a todo volumen.

Durante el tiempo que jugó fuerte, Marta no sabía lo que era teñirse el pelo, un día se ponía un pulóver y por dos semanas no se lo cambiaba. Todos los meses caían los de EDEA a cortarle la luz. Lo mismo pasaba con el cable, el gas. Los pisos estaban todos levantados y la tarjeta de crédito siempre en rojo. Pero la mentira, en la punta de su lengua, estaba lista para ser disparada. Le mostraba a su marido las boletas pagas, con el sello del banco. Pero él nunca pensó en agarrar el papel, ponerse los anteojos y ver que en realidad el sello aclaraba que se había pagado el mínimo, que la deuda real era cada vez más grande. Siempre eran los hijos de puta del gas, la luz o el cable. Cuando Marta salía de su casa, pensaba apostar solo un par de moneditas. Pero si en el camino pisaba mierda o se cruzaba con una rata o un perro o un médico o un caballo o una gallina, la lista se hacía más larga que la del supermercado.

—En mi cocina había seis o siete latas de puré de tomate, todas bien a la vista. Pero capaz que ese mes no hacía ni un solo tuco. El tema era que nadie notara dónde se me iba la plata.

Marta usaba el dinero de las compras para ir a jugar. Después, salía a buscar préstamos y créditos que le permitiera comprar lo que hiciera falta.

Hasta que llegó a Jugadores Anónimos. Al principio lo hizo para darle el gusto a su hija. Qué podían saber todas esas personas de su vida, si jugando ella no molestaba a nadie y si quería dejar, dejaba y listo, decía. Los primeros seis meses se los pasó llorando, mirando la puerta desde adentro, aguantando.

Según Jugadores Anónimos, las salidas que tiene un adicto al juego son tres: locura, muerte o cárcel. Marta asegura que si jugara un número más, su vida volvería a ser un desastre. Pero el grupo le salvó la vida. La única pastillita que se puede tomar para esta enfermedad, dice, es ir, poner el culito en la silla durante años y escuchar la experiencia de los hermanos.

—Somos hermanos porque a todos nos une la misma enfermedad. Nosotros no tenemos apellido.

Hoy, Marta no dice que tiene 65 años, dice que tiene 16, el mismo tiempo que lleva asistiendo al grupo. Todavía no puede decir su nombre completo, no puede juntarse con cierta gente, no puede caminar frente a una agencia de quiniela, no puede mencionar los números ni ciertas palabras como juego, ficha o suerte. ¡Chau que te vaya bien! puede decir, pero ¡chau, suerte! no.

* * *

La entrada al casino tiene tres puertas giratorias. En la del medio, un señor de unos cuarenta años en muletas pide limosna. La mayoría de las personas entran y salen por las otras dos. El mármol y el roble de las escaleras parecen recién lustrados. El piso de alfombra hace que no se sienta el andar de los jugadores. Como si todos flotaran de ruleta en ruleta. De fondo se escucha el sonido a plástico de las fichas.

Cambio cien pesos en ventanilla y voy hacia una ruleta. Mientras espero que me dejen jugar, observo a los apostadores. Se los nota serios, tensos y muchos parecen simular una pinta que no tienen. Camperas de cuero gastadas, pantalones de vestir manchados, zapatos lustrados con agujeros. Una señora mayor pide una silla porque dice que la cadera no le aguanta.

Después de esperar un buen rato me dan diez fichas celestes. Confío en la pureza del azar y las distribuyo en el paño sin ninguna lógica. Intento no memorizar mi apuesta para que la ilusión me dure al menos unos segundos más de lo que tardará en extinguirse la voz del croupier cuando cante. En el preciso momento en que la bola blanca -pequeña como una perla- abandona la canaleta superior del tambor, y justo antes de que empiece a rebotar de número en número, el tipo dice que “no va másss”. Algunos jugadores esperan ese momento prohibido para lanzar la última ficha, la transgresora, la que los va a salvar. Y no quieren mirar la ruleta, no quieren escuchar el número ni el color. La bola se clava, el tirador canta “colorado el nueve” y yo siento que el corazón me va a salir por la garganta. Sin haber prestado atención a lo que jugué, algo me dice que acabo de ganar, un pálpito, las ganas o tal vez el efecto de tanta adrenalina corriendo por mis venas. Pero no. Nadie reparó en el número nueve. Cuando abro los ojos veo que no soy el único que pestañea despacio, como quien putea bien largo o como quien se entera de una injusticia inconcebible.

Después de cantar, el croupier pone el peoncito dorado sobre el nueve, se estira sobre el paño, abre los brazos bien grandes y con un movimiento de tenaza se lo lleva todo. Recuerdo que antes usaban un palito de madera para llegar a las fichas que estaban más lejos. Ahora, mientras charla con su compañero que hace lo mismo en la ruleta de al lado y con cierto aire de impunidad, el empleado derriba con sus propias manos las torrecitas construidas por los optimistas. Los colores y las ilusiones se mezclan río abajo hacia las arcas del casino, donde otro trabajador espera la recaudación para ponerla de nuevo a la venta. Como si no hubiera pasado nada.

* * *

Pablo A. es robusto, tiene 39 años, voz de fumador. Sus manos, fuertes como piedras, están todas raspadas. Se nota que estuvo trabajando todo el día en un parque. Hoy lleva casi dos años sin pisar el casino y enumera algunas de las cosas que perdió por jugar: un matrimonio, dos propiedades, la confianza de muchos. Lo explica tranquilo, todo en un mismo tono. Como quien tiene que declararse inocente pero por las dudas repasa mil veces lo que va a decir.

En la ruleta dejó los ahorros de su primera mujer, de su suegro, de su hermano, de sus primos. En el 2004 llegó a deber más de 180 mil pesos, pero si juntaba algo iba y se lo jugaba. Los mediodías su madre tenía que ir y dejarle un plato de comida listo sobre la mesa. Si le daba la plata para que se compre algo, él la usaba para irse al casino.

Pablo se acerca a la ventana y prende un cigarrillo. Fuma despacio, mira la brasa, la sopla. Después de escupir el humo se acuerda de una de las tantas recuperaciones que tuvo:

—En mi casa me dejaban un atado de Marlboro y un peso con diez para un colectivo. Con eso me tenía que manejar todo el día. Trataba de controlarme con los puchos para que me alcance y si me gastaba el viaje de colectivo para ir al grupo, después tenía que conseguir quien me tire a la vuelta o sino arrancaba a pata.

Pablo trabaja desde los once años y nunca tuvo problemas para generar un ingreso. Pero hoy sabe que no puede entrar a un bingo o a un casino porque no consigue controlarse. Desde hace un tiempo decidió no tener dinero en los bolsillos. Si cobra un trabajo, automáticamente va y le da la plata a su mujer. Si tiene que ir a comprar algo, le avisa lo que va a hacer, le dice cuánta plata va a necesitar y todo queda anotado en un papel. Pero desde hace dos meses hubo un cambio: su mujer ya no le esconde la plata. Sean dos, veinte o doscientos pesos, están ahí, arriba de la mesa y cuando él pasa por al lado, los mira, no los toca, sigue de largo. No sabe si eso significa que su mujer está recuperando la confianza en él o si será que lo está poniendo a prueba. Sea como sea, para él es una buena señal.

Durante su enfermedad tuvo tres recaídas. Esta es la cuarta recuperación y cree que si vuelve a jugar, no se lo perdonaría. La diferencia, ahora, es su hija de dos años.

El último día que jugó, se encontró en el casino con un compañero de Jugadores Anónimos. Uno a cada lado de la ruleta, se miraron rápido, no se saludaron, simularon no conocerse. Como si no hubieran pasado noches y noches enfrentados en la mesa del grupo, tomando café, contando los días sin jugar.

—El casino me había dejado culo pal´norte. En el pantalón me sonaba el teléfono pero yo no le daba bola, estaba como hipnotizado. No podía dejar de mirar a mi compañero que también había vuelto a jugar. Lo miraba y pensaba: Dios mío, así estaba yo diez minutos atrás, antes de perderlo todo.

El compañero de Pablo era su propio espejo. La cara transformada, los ojos desorbitados, el temblequeo en las manos. Todo era ansiedad, nervios, desilusión, ansiedad, nervios, desilusión. Después de mirarlo un buen rato, pegó media vuelta y se fue. Cuando llegó a la calle tenía varios mensajes de su mujer pidiéndole que por favor no se fuera a olvidar de pagar la mutual y de comprar los pañales de la nena. Pablo no tenía ni un centavo.

 

* * *

El ludópata está parado al lado del paño, tira de la maquinita, tacha números en un cartón. Cualquiera podría darse cuenta de que está nervioso, enojado, eufórico. Sin embargo, ningún jugador compulsivo va a ir caminando de ruleta en ruleta haciendo zigzag como le pasa al alcohólico o va a tener alucinaciones con las luces de una maquinita como si hubiera consumido ácido lisérgico. Pero cuando el jugador está ahí, con los ojos fijos sobre la bola, con el índice gastado de apretar la pantalla, su cerebro está mandando una clara señal al resto del cuerpo: anestesia. Al igual que cualquier otro adicto, en el ludópata se activan determinadas vías neuronales que conducen a la liberación de dopamina. Este neurotransmisor es el mismo que genera sensaciones de placer después de haber comido algo rico o de haber tenido sexo. El acierto en la quiniela o un pleno en la ruleta generan el placer de creer que es posible vencer al azar. Al mismo tiempo, esa suerte está tapando algún problema de fondo, está calmando algún dolor.

La licenciada en Psicología Letizia Ferraris dice que es muy difícil encontrar un “ludópata puro”. En la mayoría de los casos, la adicción al juego va acompañada de trastornos de personalidad, ansiedad, depresión. Al principio, los jugadores se evaden yendo a jugar un numerito al quiosco, unas fichitas al casino. Moneditas, un ratito, voy y vuelvo. Lo dicen así, como si fueran cosas mínimas. Según Letizia, la adicción se profundiza cuando existen presiones sociales o cuando hay facilidades que permiten al jugador mantener la conducta, como por ejemplo los prestamistas, las agencias de créditos y las casas de empeño que siempre están enfrente del casino. Además, dice, no hay dudas de que existe un componente genético. Aunque hasta el día de hoy los conocimientos moleculares que gobiernan la conducta adictiva todavía están en pañales. No se sabe qué genes son, en qué cromosomas están o qué tan peligrosa puede ser esa herencia.

A nivel profesional, la provincia de Buenos Aires cuenta con el Programa de Prevención y Asistencia al Juego Compulsivo. Además de un servicio de asistencia telefónica, existen centros de especializados de atención gratuita. El jugador puede acercarse y después de tener una entrevista con un grupo de psicólogos comenzará con un tratamiento ambulatorio.

Letizia realza el valor de la ayuda no profesional. La que se da en los grupos, la de la experiencia. Dice que los adictos que tienen mejor pronóstico de mejorar su calidad de vida son aquellos que concurren tanto a Jugadores Anónimos como al psicólogo. De esa manera, cree que es posible que se alcance un alto grado de recuperación a la adicción y lograr cierta estabilidad emocional, pero la palabra “cura” Letizia prefiere no mencionarla.

* * *

Los trabajadores del juego de azar conviven todos los días con el microclima que rodea al apostador. Durante ocho horas respiran un aire que además de oxígeno, está cargado de ansiedad, nerviosismo, bronca.

Carolina Fangio tiene 25 años y trabaja en el sector de maquinitas del bingo. Dice que no puede entender cómo es que la gente insiste en un juego en el que siempre terminan perdiendo. Cuando camina por los pasillos, escucha a las señoras mayores mintiendo por teléfono: que después van, que ahora están en la casa de la tía, tomando mates y comiendo bizcochitos. Carolina no se hubiera imaginado que entre los jugadores iba a ver a un enfermo de Parkinson avanzado, esperando que pase el temblor más fuerte para poder seguir caminando. O tener que aguantar el olor a pis y limpiar el charquito de los que no quisieron soltar el aparato ni siquiera para ir al baño. Se acuerda de una señora, que como quien lleva a su hijo a un cumpleaños, solía depositar a su padre anciano sobre una maquinita, y pasaba a retirarlo horas después, cuando el viejo ya estaba dormido sobre el monitor.

Muchas veces Carolina se encariña con esas personas que ve todos los días. Le gustaría decirles que no vayan más, que traten de cuidarse un poco, que piensen en su familia o en ellos mismos. Pero sus jefes le recomendaron que hable lo menos posible con los jugadores. Les puede indicar como usar la máquina o en qué caja se consigue cambio. Pero si alguno le saca charla, ella, disimuladamente tiene que cortar el diálogo cuanto antes. Según la empresa está muy mal visto que un empleado opine sobre la vida de los demás.

Sebastián Chilano fue médico en el casino durante casi tres años. La mayoría de sus pacientes eran personas mayores a quienes les bajaba la presión o sentían taquicardia. Recuerda que los convalecientes entraban tan flojitos al consultorio que se les caían las fichas de las manos. Lo absurdo, dice, era ver cómo se preocupaban más por no perder esas fichas que por la propia vida. Pero el síntoma más frecuente que Sebastián vio en el casino fue la soledad. Las puertas se abrían a las once de la mañana y cinco minutos antes, cuando él entraba, ya veía una cola larga de ancianos esperando para ir a las maquinitas. Nadie hablaba con nadie, esperaban uno atrás del otro, todos solos. Antes de irse, cuando daba una vuelta por la sala, los veía todavía ahí, sin hablar una palabra, clavados en la silla, con los ojos muertos sobre la pantalla.

Sebastián se acuerda del día que lo llamaron de urgencia desde la sala. El cuerpo de un hombre de unos sesenta años estaba desparramado en el piso, al costado de la ruleta. Cuando llegó, le buscó rápido la arteria carótida: puso los dedos índice y mayor en el cuello y presionó debajo de la mandíbula para sentir el flujo de la sangre. Al no encontrar pulso empezó con la reanimación. Después de intentar revivir al apostador durante más de media hora y sin tener respuesta, Sebastián aviso a la policía. Con la intención de comunicarse con algún familiar o conocido, buscó alguna identificación en los bolsillos del muerto. Pero no había nada. No había teléfono celular, no había registro de conducir, no había tarjetas de crédito, no había documentos, no había identidad. Dos semanas después del accidente, nadie se alertó por esa ausencia ni reclamó el cuerpo. El señor de unos sesenta años que estaba jugando en el casino fue enterrado en el Cementerio Parque Municipal como NN.

* * *

Los jugadores fuman en la vereda. No se hablan, miran el reloj, chequean el celular. Algunos de ellos, antes de volver a entrar, se suben a un auto que está estacionado enfrente. La persona que está al volante saca un fajo de plata, cuenta, entrega y anota. Las puertas del bingo están polarizadas. Por más que el sol raje el asfalto en dos, adentro siempre es de noche. Las luces y la música de las maquinitas parecen reflejar el ritmo cardíaco del apostador: si el premio es alto, el sonido se acelera, los colores son más fuertes. Si no se gana, el silencio es absoluto, todo se apaga.

El logro parece consistir en dar con la maquinita ganadora, en el momento preciso. Cada uno apuesta a una estrategia, como si el azar no tuviera reglas, o las tuviera todas. Algunos buscan la suerte de manera ordenada: empiezan con la primera del pasillo y se van corriendo hasta que alguna suene. Los arrebatadores del destino en cambio, persiguen de cerca al apostador al que le vieron resplandecer una especie de aura. Se sientan en los lugares que el otro dejó y hacen la misma jugada. Y nadie habla con nadie, quizás por no revelar la fórmula, por no echarlo todo a perder. El único sonido de fondo siempre es el mismo: el de alguno que ganó, en un pasillo más adelante.

En mi caso, es la primera vez que entro al bingo. Me paro frente a una maquinita y pienso que están diseñadas para no entender. Mil líneas de colores, dibujos y botones. Antes de darme vuelta, una empleada me indica las formas de juego: hay que poner un billete ahí, apretar un botón acá y listo. Mientras me explica, me doy cuenta que una arrebatadora de destino acecha desde dos metros atrás. Es una chica de treinta años, pelo largo, suelto, anteojos y un morral le cuelga en la espalda. Se mantiene distante, intenta escuchar lo que hablo con la empleada, nos está estudiando. Como si estuviera en un museo. Como si yo, “el nuevo”, fuera un cuadro que esconde algún enigma. Me siento en la primera máquina que veo, pongo el billete de diez ahí, apretó el botón acá y pierdo. Después pierdo, gano, gano, gano. Con la diferencia a mi favor, subo al primer piso a jugar al bingo. Antes de llegar a la escalera veo a mi acechadora sentada en el lugar que acabo de dejar.

* * *

Son las siete y media de la mañana. Los padres llevan a sus hijos a la escuela, los camiones la leche a los supermercados y los trabajadores se amontonan para poder entrar en el colectivo. El semáforo de Peralta Ramos y Ortiz de Zarate cambia de rojo a verde. La luz de un sol tibio traspasa los parabrisas y obliga a los conductores a salir despacio, con cuidado. Mary P. esta parada en esa esquina desde hace rato. Calcula cuándo tendría que saltar, la velocidad a la que tiene que venir el camión, el dolor que podría llegar a sentir. El viento le mueve apenas la pollera, el pelo enrulado. Parece plantada, como si tuviera los pies atornillados a esas baldosas o como si alguien se hubiera olvidado de ella para siempre. No se anima a saltar. Se despega del suelo y vuelve caminando a su casa despacio. En el trayecto, no puede dejar de ver los ojos de su marido. Esos ojos que no imaginan que ella es adicta al juego, que lo ha perdido todo. Piensa que si confiesa no la van a entender, tiene miedo de que la dejen sola.

—Creo que los psicólogos tienen razón con eso del miedo al abandono. Porque cuando yo tenía cuatro años falleció mi mamá, al poco tiempo seis hermanos murieron de tifus y otro desapareció de más grande en un barquito en altamar.

Mary cuenta su pasado rápido y sin respirar. Con una tonada entrerriana suave, apenas abre la boca para mencionar lo que vivió de chica. Como si diciéndolo de esa manera, bajito y entre dientes, el recuerdo le doliera menos. La voz recién se le quiebra al recordar lo que vivió sesenta años después, cuando la soledad volvió a ella para traerle olor a muerte.

Cuando sus hijos se hicieron grandes y se fueron de casa, Mary no estaba dispuesta a quedarse sola, otra vez. Aunque ya era mayor, decía, creía que era el momento para estudiar una carrera. Se anotó en terapia ocupacional y todos los días, después que su marido se fuera a trabajar, ella llamaba un taxi y se iba a cursar, decía.

—La verdad es que me iba a jugar a las maquinitas. Entraba a las ocho de la mañana y salía al mediodía para ir a buscar a mis nietos a la escuela, porque eso sí, a ellos no les fallé nunca- después de nombrarlos, una lágrima empieza a surcarle los cachetes colorados. Ella la corrige rápido, la lleva hacia arriba, la seca en la sien.

Después que se jugó los ahorros de dos bancos decidió que se tenía que matar. En la calle no porque no quería que alguien tuviera que cargar con semejante disgusto y en la escollera se paró tres veces, pero dice que siempre fue muy cobarde.

Mary se acuerda del día que tomó la decisión del final. Iba en el auto de vuelta a su casa cuando sonó el celular. Su marido estaba nervioso, enojado. Le decía que había un problema con el banco, que algo raro había pasado con todos los ahorros. Ella le pidió que se tranquilizara, que no fuera al banco y que cuando se vieran a la tarde le iba a explicar. Ni bien llegó a su casa, Mary se sentó, escribió una carta para cada uno de sus familiares, dejó la cena preparada en la cocina y se tomó todo lo que encontró en el botiquín.

Cuando el celular volvió a sonar en su pantalón, ella ya no lo escuchó. Su marido, en cambio, corrió desesperado buscando el sonido. La encontró tirada en la cama, la cargó en brazos, la metió en el auto y la llevó al hospital donde le hicieron un lavaje de estómago. Días después, empezó a ir al grupo y también arrancó un tratamiento psicológico.

Hoy Mary lleva tres años sin jugar y los días que hay sol sale a caminar con su marido, sus hijos y sus nietos. Dice que siente que ya está curada, pero que igual va a seguir yendo al grupo todos los martes y jueves a la tarde.

* * *

En las últimas dos décadas, en Argentina se duplicaron la cantidad de bingos y casinos. En el reporte oficial del año 2012 se registraron un total de 502 salas de juego y la provincia que lidera el ranking es Misiones, una de las más pequeñas. Pero no es que a los misioneros les guste mucho el juego, o que prefieran el aire acondicionado del casino antes que el calor de las cataratas. Misiones dispone de la mayor cantidad de salas porque del otro lado de la frontera, en Brasil, los casinos están prohibidos desde 1949. Hasta el día de hoy, el único lugar en el mundo que acompaña una medida como esa, es Cuba. En el resto de los países, son los propios gobiernos quienes permiten y regulan dicha actividad.

En nuestro caso, cada provincia tiene la facultad de legislar los juegos de azar dentro su territorio. El artículo 37 de la Carta Magna de la Provincia de Buenos Aires sostiene que la explotación no podrá ser ejecutada por parte del sector privado. Sin embargo, una reforma del año 1994, durante la gobernación de Eduardo Duhalde, dejó las puertas abiertas a un eventual concesionamiento. Y las empresas no tardaron en llegar. Desde entonces y hasta estos días, el sector de tragamonedas es manejado por capitales privados.

Las maquinitas están todas conectadas y programadas. El sistema digital que las une atraviesa todo el país y va computando las ganancias que las mismas van generando minuto a minuto. Una vez que se logra alcanzar determinada recaudación, se libera un premio en algún punto de la red. En Formosa, Buenos Aires o Tierra del Fuego. En otras palabras: las maquinitas siempre generan ganancias para los empresarios que las explotan. No por nada, de los 70.419 aparatos que hay en el país, 21.870 se encuentran en la provincia de Buenos Aires sin contar CABA. En el Hipódromo de Palermo hay 1.500 más que en el MGM, el casino más grande de Las Vegas.

El mayor grupo inversor es el Grupo Cristóbal. Con un total de 10.481 maquinitas distribuidas en todo el país, en el 2012 el capital de Cristóbal López generó ganancias de 5570 millones de pesos. En la provincia de Buenos Aires, la mayor parte de la explotación pertenece al Grupo Boldt cuyo titular es Antonio Ángel Tabanelli. Esta empresa tiene distribuidas 6.265 maquinitas en la zona costera y acumula ganancias anuales de 1350 millones de pesos. Del total que estas empresas recaudan, solo un 34% es destinado al Estado en concepto de canon por la concesión del espacio. El resto de los miles de millones de pesos viajan sin ningún tipo de interferencia desde los bolsillos de los apostadores a los grandes bancos de los grupos capitalistas.

Diferente es en el caso de los juegos de mesa como cartas, dados o ruleta, donde las ganancias corresponden al gobierno de cada provincia. Cualquiera podría pensar que las grandes recaudaciones provienen de las noches de verano en los casinos de Mar del Plata o Pinamar. Es fácil imaginarse a un señor de traje y corbata caminando sobradamente hacia la sala VIP donde perderá sus miles de pesos. O a una señora mayor dispuesta a jugarse todo sin necesidad de empeñar las joyas y el reloj. Pero no. Los mayores ingresos de los casinos bonaerenses vienen de las localidades que tienen los niveles de indigencia más altos: Berazategui, Avellaneda, Lomas del Mirador y San Martín. Es decir, los que más se la juegan son los que menos tienen.

Según los datos oficiales de la Agencia de Loterías Estatales Argentinas (ALEA), en el año 2012, la Provincia de Buenos Aires recaudó un total de 5227 millones de pesos. De esa cantidad, solo el 1,9% fue destinado a Salud y una mínima parte a programas relacionados con la prevención y recuperación de la ludopatía.

En el 2003 hubo un intento de discutir el porcentaje de ganancias que se lleva el sector privado en relación a lo recaudado por el Estado, pero hasta el día de hoy, todo quedó en la nada. Los mayores logros en cuanto a reformas de leyes relacionadas con el juego han sido retirar los cajeros automáticos de las salas y poner carteles en las entradas de los bingos y casinos que advierten: “Si no podés parar, entonces no podés jugar”.

* * *

La sala de bingo es cerrada como una pecera. Hay mucha luz y las paredes están peladas. No hay ventanas, no hay cuadros, no hay colores. Solo mesitas redondas con cinco sillas, lapiceras y pantallas que amplifican la imagen de la bola que acaba de salir.

La mayoría de los jugadores tiene más de cincuenta años. En la mesa en la que me siento hay tres señoras: una de sesenta, otra de setenta y la última de unos ochenta. Es ella la que me convida un caramelo de menta. Le digo que me parece barato el precio de la ronda. Me dice sí, que es barato y que menos mal, porque así se puede estirar la tarde mucho más. La de sesenta se sube los anteojos a la cabeza, y le dice a sus compañeras que juega una vuelta más y se va, que ésta es la última. Que tiene turno al médico y hace rato que está llegando tarde.

Después de que pasen varias horas, muchas rondas y de no estar ni cerca de completar una línea, decido agarrar la campera e irme.

Las tres señoras siguen ahí, eligiendo un nuevo cartón. Cuando las despido, me ponen una sonrisa y me desean suerte. Como si eso fuera lo único que hiciera falta.

 

*Jugadores anónimos: (0223) 15 5 190 332/(0223) 15 5 251 698

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