Te amo, te odio, dame más

El Procrear en primera persona. Construir una casa se convierte en una montaña rusa emocional, económica y familiar. Salir más o menos enteros y juntos de la odisea, el gran objetivo. Una periodista con ganas de mudarse ya, te lo cuenta con lujo de detalles.

Pro.Cre.ArFotos: Federica Gonzalez

La posibilidad de tener techo propio era cosa del futuro. Era una idea lejana, hasta tal vez utópica. Los pensamientos más cercanos a eso eran ahorrar hasta tener una suma considerable —llamémosle “considerable” al 10% de lo que puede costar una propiedad—, sacar un crédito y comprarme un departamentito de un ambiente en una zona no tan alejada del centro.

No era un proyecto concreto ni muy definido, sino más bien algo que haría alguna vez, en algún momento. Es que por aquel entonces, mi entusiasmo se concentraba en vivir sola por primera vez, tras 24 meses de convivencia con mi amiga la Reyna.

Claro que nunca todo sucede como uno se imagina. Mi mudanza coincidió con un hallazgo inesperado: la pareja estable. Y con ella, la sorpresiva convivencia. Todo de un tirón.

Leandro me llevó por primera vez a Camet Norte, localidad pegada a Santa Clara del Mar, en el Partido de Mar Chiquita. Su característica principal: las casitas de colores. Aparecen bien espaciadas unas de las otras, a lo largo y ancho de sus más de 200 hectáreas, donde escasean los árboles y sobran los teros. Un pueblito donde no hay nada más que mar, viento y lechuzas.

En noviembre de 2011, Lea cerró el trato. Por mensaje de texto me dijo: “Listo, ya pagué el adelanto. Espero que te guste porque quiero compartirlo con vos”. Mi novio era el feliz propietario de un terreno de 14×27 en Camet Norte.

El calorcito del verano 2012, un noviazgo de estreno y las playas casi desiertas, hicieron que a diario recorriéramos los 17 kilómetros que hay entre Mar del Plata y Camet Norte. Volvíamos de la playa y la cuadra del terreno era paso obligado. Nos sentábamos en el pasto que amablemente cortaba la municipalidad porque el lote no estaba alambrado, tomábamos mate y delirábamos con alguna vez, en algún momento, tener una casita en ese pedazo de tierra.

Oportunidad

Con el adelantado invierno marplatense calando en los huesos, las visitas a Camet Norte eran mucho menos recurrentes. Era mediados de junio de 2012 cuando un anuncio presidencial cambió todos los rumbos.

El Procrear estaba ahí, expuesto como la gran posibilidad de tener una vivienda propia, con condiciones de pago inmejorables y lo que era aún más insólito, nos ubicaba entre el gran grupo que podía cumplir con los requisitos para el acceso.

No recuerdo el momento en que nos decidimos a anotarnos, ni las charlas previas, ni siquiera cuando nos dimos cuenta de que podíamos ser beneficiarios. Cuando pienso en el principio de todo este proceso sólo se me viene a la mente un recuerdo. Mi novio y yo sentados alrededor de una media mesa amurada a la pared, en la diminuta cocina del departamento, mi suegro apoyado sobre la puerta plegable y la frase: “Yo no sé qué piensan hacer ustedes, pero esto del Procrear es para aprovecharlo”. La respuesta fue: “Sí, nos vamos a inscribir”.

Creo que ese fue el instante en el que tomé realmente dimensión de que si una cantidad incontable de casualidades y causalidades se daban juntas en un tiempo y espacio determinado, no sólo podía tener una casa propia, sino que además me estaba comprometiendo a compartir —más no sea económicamente si todo salía mal en la pareja— los próximos 20 años de mi vida con una persona. Porque construir tu casa no es sólo un acto físico y tangible, delimitado por paredes y ambientes, construir es emocional desde cualquier perspectiva posible.

El azar

Preguntas, dudas y más dudas y preguntas. Era todo lo que teníamos cuando empezamos a llenar las planillas de inscripción al Procrear. Para colmo, la página de la Anses se colgaba constantemente y no nos dejaba terminar de llenar los formularios. Y lo que es peor, cuando todo indicaba que estábamos a punto de lograr nuestro cometido, aparecía algún campo vinculado con la escritura del terreno o la parcela en sí, del que no teníamos ni idea. Si las respuestas buscadas en internet no convencían –nunca convencían-, vuelta a empezar tras consultar con personas idóneas en la materia.

Primer escollo, superado. Pocos días después, por fin teníamos fecha para la reunión informativa, y para principios de agosto, una pantalla nos daba la constancia de inscripción al sorteo. Éste era el gran filtro y el más peligroso de todos. Puro azar obrando a favor o en contra de este principio de proyecto temeroso de casa y de vida.

Cual supersticiosos cabuleros, escribimos los números del sorteo detrás de una foto nuestra en el terreno, que metí en mi billetera y aún conservo allí.

Nos fuimos de viaje a Brasil, pensando en que tal vez podía ser el último respiro antes de embarcarnos en tan estresante aventura. Al regreso, nos esperaría el resultado. Y sin que pase un día más, el 25 de agosto teníamos un mail que nos informaba de nuestra suerte. De más de 25.500 inscriptos para el segundo sorteo del Procrear, unos 13.800 resultaron beneficiados. Nosotros éramos uno de ellos.

La carpeta gris

Si alguien, por cualquier extraño motivo, quisiera saber técnica y detalladamente lo que conlleva construir una casa, le prestaría unos días la destartalada carpeta gris que nos acompaña desde el  día cero. No encontrará las crisis, las peleas a los gritos, los ojos empañados de emoción ni las mil sonrisas, pero sí un panorama acabado de cada presupuesto pedido y ejecutado, cada trámite interminable y sus correspondientes comprobantes de reclamo, cada boleta pagada y por pagar. Encontrará, así, planos; planillas; resúmenes de tarjetas de crédito; 35 facturas del corralón con la tranquilizante leyenda que indica “Pagado”; 34 recibos firmados por el capataz de la obra y hasta un papel que dice que abonamos $350 a “Pilares Ramón”, escrito con fibrón negro. Todo debidamente guardado en folios que ya no soportan más contenido.

No puedo llevarme el mérito, el orden no es lo mío. Leandro es quien se ocupa de equilibrar cada aspecto de la construcción —¿y de la vida?— ante mi desborde constante y sonante.

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La carpeta gris ya comenzaba a acumular una amplia gama de papeles cuando ni siquiera teníamos el crédito aprobado porque el tramiterío previo es intenso. Al banco hay que presentarle hasta los planos ingresados en la Municipalidad para que te tomen la documentación, por lo que en un lapso de 90 días desde que salimos sorteados, teníamos que definir cómo sería nuestra casa. Casa que podía o no tener una fuente de financiamiento porque no teníamos plan B. Si no obteníamos el crédito, los planos descansarían en un cajón quien sabe hasta cuándo.

Tal vez una de las primeras cosas que ocupó un folio fue el certificado de amojonamiento del terreno. Este paso es fundamental para iniciar cualquier tipo de construcción ya que en base a distintos cálculos y mediciones, un agrimensor establece la ubicación exacta de la parcela y su superficie. Pues bien, así descubrimos que aquel terreno en el que muy románticamente nos sentábamos a hacer los mil y un planes, no era el nuestro, sino el de mi cuñado, que había comprado el espacio adyacente. Sólo un pequeño detalle.

El proyecto

Con los plazos bancarios pisándonos los talones, y tras barajar varias opciones, decidimos llevar adelante la obra con dos arquitectos amigos. El primer boceto de diseño fue relativamente sencillo, con los ambientes divididos de manera estándar. No obstante, para la segunda reunión, el escenario cambió rotundamente y la inventiva de estos jóvenes profesionales nos alumbró a la casa del muro. Éste es el rasgo distintivo de nuestro hogar: se encuentra atravesado por un muro, que separa la parte pública de la privada. Living y cocina por un lado, habitaciones y baños por el otro. No lo dudamos ni un instante, ahí queríamos vivir.

De entrada supimos que los costos de la casa que estábamos proyectando no podían ser cubiertos en su totalidad por el crédito, a pesar de haber obtenido el monto máximo. Entonces, le propusimos al Banco un plano dividido en el que marcamos la superficie que sería construida con los fondos del Procrear y aquella a realizar con financiamiento propio. Es decir, que arrancábamos con los números en rojo.

Presentamos la documentación ante el Hipotecario y eso fue todo de nuestra parte. Ahora, el resultado dependía de los analistas bancarios que debían decidir a través de datos duros impresos en papel si éramos o no aptos para obtener el crédito.

La llamada

En las reuniones informativas, el optimismo de los agentes del banco era envidiable: “Quédense tranquilos que sale”, nos dijeron. Y lo intentábamos, repasábamos los requisitos una y otra vez para cerciorarnos de que efectivamente teníamos todo en orden, pero la sensación de que en algún punto todo se iba a derrumbar seguía latente.

A la ansiedad propia, se sumaba la de los más allegados. “¿Alguna novedad del banco?”. No, ninguna. “¿Ya empezaron a comprar material?”. No, para nada. “Y ¿Por qué no empiezan a hacer acopio? Con la inflación que hay en este país…”. Porque si nos rebotan cual pelotita de ping pong nos tenemos que meter la arena, los ladrillos y el cemento en… ¡Basta! No pregunten más que no puedo conmigo, ¿cómo voy a poder con ustedes y sus dudas?

La llamada, no obstante, llegó. Estoy sentada en una comisión del Concejo Deliberante, en medio de algún debate aburrido o picante, no lo recuerdo, pero el teléfono empezó a sonar insistentemente. Atendí, con apenas un hilo de voz, y del otro lado Lea dijo: “Llamaron del banco. Nos aprobaron el crédito”. No pude decir nada. Se me hizo un nudo en la garganta y balbucee un “ya te llamo”. Salí del cuartito atestado de gente y en aquel pasillo presioné la rellamada con una sonrisa que no me entraba en la cara y al borde del llanto. Quería detalles, pero no había. La información era acotada y fue sólo eso: la solicitud del crédito había sido aceptada.

Ahora sí, nos metimos de lleno en una relación seria y formal, casi invasiva, con “acopio”. Arrancamos la compra de materiales con algunos ahorros en un corralón de Santa Clara del Mar que tenía valores menos onerosos que los locales marplatenses y no nos cobraba flete.

La hipoteca la firmamos un 22 de mayo, casi un año después de habernos inscripto al sorteo. El monto final del crédito otorgado por el Hipotecario resultó ser exactamente el presupuesto elaborado por los arquitectos, sin un centavo de más ni de menos.

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Ese mismo día nos depositaron el primer desembolso para comenzar la construcción. Con 84 mil pesos, el objetivo era alcanzar un avance de obra del 25% para poder acceder al segundo desembolso y así sucesivamente.

El primer golpe al bolsillo no tardaría en llegar. Firmada la hipoteca, el escribano amablemente pidió permiso para pagarse y en un instante restó de nuestro saldo inicial su comisión, más otros gastos en conceptos de seguros: 6.600 pesos menos en cuestión de segundos.

Empezar

Apenas obtuvimos el primer desembolso, le dimos la venia al grupo de obreros para que comenzaran. Todo se hacía demasiado real y avanzaba a pasos agigantados. Los cambios durante los primeros meses se notaban de una semana a la otra.

De repente, aquel terreno desierto tenía cimientos. Mis cimientos, nuestros cimientos. La primera sensación fue que todos los ambientes eran chicos. Especialmente comparados con el monstruoso obrador que había quedado bien ubicadito frente al gran ventanal de mi dormitorio. Casi me largo a llorar el día que lo vi. Recuerdo haberle dicho a Leandro que apenas terminemos, aquel cuarto de ladrillos iba a ser gustosamente derrumbado. Claro que mi poca capacidad de proyección impidió ver que al lado de la casa, el obrador iba a perder cualquier relevancia.

Así que, ahí estábamos. Parados dentro de una habitación sin paredes ni techo, o de una cocina que parecía iba a resultar diminuta.

Un mes después, con algunas paredes levantadas, estar en esos mismos espacios despertaba un panorama totalmente diferente. Los ambientes se ampliaron y la obra tomaba indefectiblemente forma de casa.

A esta altura, la noción de lo que significaba mucho o poco dinero, estaba absolutamente comprometida. Nunca en mi vida me había imaginado que podía llegar a gastar tanta plata junta en tan poco tiempo, y que nunca fuera suficiente.

Al raspar el 25% de avance, llamamos de inmediato al banco para obtener el segundo desembolso. De oídas sabíamos que este tramo podía ser el más flexible desde la perspectiva bancaria, ya que el control no se ejercería de manera rigurosa. De hecho, un día después de la solicitud, el dinero estaba depositado. Si hay algo que destacar del proceso en relación al Hipotecario, es que los desembolsos se hicieron siempre en tiempo y forma. Nosotros cumplimos con los avances de obra exigidos, y ellos con la entrega de los montos programados.

De cierres y vencimientos

A medida que las hileras de ladrillos iban elevándose, los requerimientos económicos se hacían cada vez más abultados. Fin de mes dejó de ser un problema, porque ya para mediados del mismo, la plata se acabó. Ahora, la vida era aquello que sucedía entre el cierre de la tarjeta y el vencimiento de la misma.

Había que cuidar el efectivo celosamente porque si algo nos habíamos impuesto era que  podíamos permitirnos muchas cosas, menos dejar de pagar a los albañiles. La estrategia, entonces, fue tarjetear cuanto se pudiera, en la mayor cantidad de cuotas sin interés posible. Había que calcular también el momento exacto del mes en que se hacían determinados gastos, a fin de que las sumas entraran al mes siguiente. Y si lo podíamos estirar para deshacernos de una cuota alta y recién ahí reemplazarla por otra, hacíamos malabares.

Las familias y amigos salieron a socorrernos más de una vez. Resultó primordial contar con esos apoyos inestimables cuando todo se hacía muy cuesta arriba. Aquel que no prestó plata, puso conocimiento, fuerza de trabajo, contactos o consiguió descuentos. Nos regalaron puertas, una campana para la cocina y una bacha. Nadie se salvó de colaborar y así alivianaron la carga.

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Decoración de interiores

Si hay algo que realmente detesto en la vida es hacer shopping y mirar vidrieras. Necesito algo en particular, voy en busca de eso, me lo pruebo, me cierra el precio, lo compro. Punto. No reviso treinta percheros distintos ni intento entrar en diez pares de jeans diferentes, y hasta esquivo intencionalmente aquellos sitios de precios inalcanzables para mi presupuesto.

Lea, por el contrario, es un catador serial, que no compra hasta que no da vuelta varios locales enteros, sin importarle si uno está pegado al otro o en rincones opuestos de la ciudad. Gracias a esta construcción, ambos descubrimos que estas actitudes no se ajustan sólo a la compra de indumentaria, sino también al resto de las adquisiciones.

Tuve que ser literalmente arrastrada a ver pisos, griferías, revestimientos y bachas. Nada me resultó más tedioso en este proceso que elegir porcelanatos. Los pisos me parecían todos iguales, no podía ubicarlos en mi living ni en mi baño. Hasta que capaz aparecía uno que resaltaba: mil pesos el metro cuadrado. Bien, gracias. Sigamos viendo.

No me importaba, para ser sincera, el color del piso que iba a sostener mis pies, tal vez el resto de mi vida. Ni una pizca. Especialmente cuando no podíamos comprarlos en ese mismo momento, sino que sólo íbamos en busca de presupuestos o un estilo que defina al menos un ambiente de la casa. Llevé a Leandro a puntos extremos de frustración y exasperación angustiante, y viceversa.

Además de mi escaso interés en la decoración de interiores, desarrollé un tremendo miedo al mal gusto. ¿Y si elegía todo mal? ¿Y si nada combinaba con nada? ¿Y si lo dejaba elegir a Lea y resultaba que él también tiene mal gusto? Los bienintencionados amigos me aconsejaban mirar revistas para resolver mi dilema existencial. Tampoco funcionó, ahí siguen apiladas, con algunas hojas que marqué… por marcar algo. Al día de hoy, con los porcelanatos todavía en sus cajitas originales, desconozco si hicimos las elecciones correctas.

Paciencia

La primera proyección respecto de los tiempos de construcción la obtuvimos de parte del capataz de la obra. Daniel, pastor evangélico en sus 70, aseguró que en seis meses estábamos listos. Los arquitectos nos devolvieron a la realidad: no hay casa que se construya en ese lapso. Sin embargo, el nuevo pronóstico no fue tan desalentador y se auguró que para fin de año la casa estaría “habitable”. Sepan que las estimaciones y cálculos en tiempo y dinero, nunca fueron, son, ni serán acertados.

Para diciembre, con el vencimiento del contrato de alquiler del departamento, nos mudamos… a la casa de mi suegro. Como para tantas otras parejas y familias, la ecuación es simple: alquilás o construís.

El 2014 nos recibió en un panorama financiero marcado por las micro devaluaciones y la especulación empresaria, lo que impactó de lleno en nuestro magro presupuesto y con sólo un desembolso más del banco por cobrar: obra paralizada, hasta nuevo aviso.

Otra vez a hacer cálculos pormenorizados y casi sin margen de error porque se sumaba un nuevo ingrediente a la ensalada de la construcción. Habíamos pasado nueve meses en obra y las reglas del juego indican que, al mes diez, hay que empezar a pagar el crédito.

La letra chica de cualquier acuerdo siempre le juega en contra al más débil, pero al menos una única vez, pudimos sacarle una mínima ventaja. Es que las cláusulas de la hipoteca en cuanto a la devolución del préstamo tenían un doble estándar: se comienza a pagar al mes diez, o un mes después de haber obtenido el último desembolso.

Decidimos, entonces, especular nosotros con los tiempos del banco. Si pedíamos el desembolso a finales de febrero, y se demoraban al menos 15 días hábiles (18 tardaron en el tercer adelanto) en depositarlo, la primera cuota tendríamos que pagarla en abril. Ganábamos un mes. Nada más, nada menos. En este contexto, era vital conseguir ese tiempo extra y, afortunadamente, así fue.

Cuando recibimos el detalle de la primera cuota, la venganza: mil pesos por arriba del monto estimativo mensual que se supone íbamos a abonar. Las siguientes, entre 600 y 700 pesos más, producto del cobro de un seguro obligatorio y abusivo de parte del banco Hipotecario.

Con el último desembolso llegamos hasta el revoque fino exterior e interior. Volvimos a parar, a la espera de las aberturas y ya por nuestra cuenta, económicamente hablando. Pasamos más de un año en obra y todo indica que hasta fin de este 2014 no estaremos listos, pero ya la paciencia está entrenada con creces.

Un techo

Tenía, literalmente, un techo sobre mi cabeza. Miraba hacia arriba, parada sobre el piso de cemento de mi futuro comedor y no podía dejar de sonreír. Tan simple, tan mundano y rústico como unos tablones de madera y una chapa acanalada. Es una de las sensaciones más indescriptibles que me ha recorrido el cuerpo.

Construir no es fácil. Se desarrolla un vínculo profundo de amor-odio con la obra, con el proceso, con el presente y el futuro. Son incontables las veces que me agarré la cabeza y me pregunté: “Con lo tranquila que estaba ¿para qué mierda me metí en todo esto?”. La respuesta no tarda en llegar. Me metí en todo esto para tener un techo, para construir no sólo paredes, sino también un hogar. Para hacer asados interminables con amigos, de esos que empiezan al mediodía y terminan a la madrugada, o directamente no terminan. Me metí en todo esto para criar a mis hijos como mis viejos me criaron a mí: cerca del mar, en el medio del campo, en calles de tierra, al aire libre y sin rejas.

Nos costó mucho, nos cuesta mucho porque todavía no terminamos y estos últimos meses se han vuelto demasiado lentos. Pero ahí está, la puedo ver, la puedo palpar, oler, sentir.  Esa proyección que no tuve para la construcción y la decoración de interiores, la tengo para la vida que nos espera. No puedo ver cómo van a ser los muebles, ni dónde van a ir cuadros o espejos, ni siquiera el color de las paredes, pero nos puedo ver ahí. Y eso hará que todo sea pura y simplemente anecdótico.

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