Sindicalismo en la era del cambio

La llegada de Mauricio Macri a la Casa Rosada significó un cimbronazo en el mundo gremial. El orden establecido en los últimos años del kirchnerismo, que había desarmado el tradicional ecosistema, pasó al olvido. Las CTAs y las CGTs se reagrupan y replantean estrategias. ¿Cómo es el nuevo mapa sindical en la Argentina de Cambiemos?

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Fotos: Federico Cosso

El kirchnerismo resultó un período de excepción para el mundo sindical. Por un lado, en su primera etapa, aportó a la recomposición de organizaciones gremiales que se encontraban agonizantes y vaciadas; y por otro, con Cristina Fernandez de Kirchner a la cabeza, buscó neutralizarlas como actores políticos. De esos primeros años que vieron florecer a los históricos gremios peronistas que parecían condenados a la extinción, se pasó a un período en el que lograban hacer demostraciones de poder, pero no podían capitalizarlas como acostumbraban en el pasado de gloria. Los gremios, ya revitalizados, golpeaban, pero no podían negociar.

Los lineamientos de una Rosada empecinada en hablarle a los trabajadores pasando por arriba de los dirigentes (fenómeno hoy devenido en “los empoderados”), y las adhesiones al “proyecto”, redundaron en una fragmentación absoluta de las fuerzas del trabajo. Se pasó de dos a cinco centrales sindicales, que sólo tenían en común la peculiaridad de carecer de planes estratégicos independientes para el movimiento obrero.

Pero lo más peligroso para los tradicionales popes cegetistas fue la disolución de un ecosistema en el que se movían a la perfección: las negociaciones y los vínculos fluidos con la gestión de turno. Tras la muerte de Nestor Kirchner, ni a fuerza de pasear por despachos (como la CGT Alsina de Antonio Caló), ni a fuerza de paros generales (como la CGT Azopardo de Hugo Moyano), conseguían pactos de mutuo beneficio. No servía golpear y tampoco servía negociar. Pedían Ganancias y el Gobierno les contestaba con un anuncio sobre el Salario Mínimo. Pedían la universalización de las asignaciones y CFK proclamaba la suba de la Asignación Universal por Hijo. Los cegetistas veían, estupefactos, por primera vez neutralizada su capacidad de daño.

Empujados por conseguir el regreso a su lugar natural, entonces, los caciques gremiales se mostraron proclives a aportar al “cambio”. Explícitamente, o por lo bajo, desde las tres CGT, y también algunos ceteístas, sugerían simpatías por Mauricio Macri, que era el único que podía garantizarles que se vaya “la jefa” y que la normalidad vuelva a instalarse en las relaciones sindicalismo-gobierno. Así transcurrieron las campañas y los comicios (PASO, generales y balotaje) a la espera del retorno al Eden.

Poco después, entre los desorientados, los sorprendidos y los que festejaban, el gradualismo discursivo que prometió Cambiemos se convirtió en la práctica en un shock de medidas que puso patas para arriba la economía argentina. A fuerza de devaluación, transferencias de recursos, aceleración de la inflación, despidos y tarifazos, la realidad les volvió a abrir el portal de ingreso a las viejas/nuevas prácticas.

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Neovandorismo

Quizás como nunca en el pasado reciente, un cambio de gobierno significó, en pocas horas, una nueva realidad económica. Desde lo político y lo gremial el tsunami Cambiemos abrió un abanico diferente de alianzas, tanto en lo táctico como en lo estratégico, en el marco de un creciente descontento social. Los gremios, en el río revuelto, se mostraron rápidos de reflejos. Los pescadores de las centrales obreras, ante la consolidación de una etapa de neto corte defensivo para los trabajadores, volvieron a su naturaleza. Prepararon un acto unitario, en el que expusieron parte de su capacidad de daño (golpearon), y fueron a tocar las puertas de La Rosada (negociaron).

Para alivio de los sindicalistas, el neovandorismo —que con CFK estaba agotado—volvió a funcionar a la perfección. En cuestión de días, Macri abrió el grifo y fluyeron fondos para las obras sociales sindicales. Concretamente les giró a las cajas sindicales de los muchachos unos 2.700 millones de pesos de los 30 mil millones que demandan. También se abrieron espacios de gestión en diferentes organismos para hombres devenidos del “movimiento obrero”. Uno de los lugares en el que mayor desembarco hubo fue en el tan sospechado PAMI. Por último —y para garantizarse la tregua hasta entrado el segundo semestre— accedió a que las prestadoras de salud de los gremios quedaran exentas de los alcances del proyecto de ley del oficialismo sobre Acceso a la Información Pública, algo que era un reclamo persistente de una parte del propio Cambiemos, y giró a Diputados un proyecto para alivianar los costos que las enfermedades complejas le generan a las obras sociales sindicales. Un combo ampliado.

Esa moneda de trueque, que incluyó guiños desde la cartera laboral (que suele ser un constante flujo de dinero para los gremios), generó que quienes impulsaron la movilización de protesta sindical más importante de este siglo, días después olviden su leitmotiv. La premura demostrada frente al monumento al trabajo se convirtió en mesura una vez que la ley de emergencia laboral fuera vetada. El gobierno pagó el precio de la templanza de los muchachos.

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En busca de su destino

Mientras tanto por la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) la cosa viene compleja. Por un lado, la avanzada del macrismo ubicó a las dos vertientes de la Central en la oposición, lugar en el que hacía tiempo no confluían; y por otro, las dejó en un lugar incómodo desde el que deben coordinar medidas de fuerza con una CGT —zigzagueante y fragmentada— para lograr contundencia. La movilización del 29 de abril pudo ser la expresión más gráfica de esta zona fangosa para los ceteístas. Ese día Hugo Yasky y Pablo Micheli tuvieron que compartir la mesa y las fotos con Andrés Rodrguez, titular de UPCN y uno de los dirigentes que más los suele despreciar en público. De hecho, la instantánea, difícil de digerir, se produjo en medio de los despidos masivos en el Estado que ATE enfrentaba desde la CTA, y que UPCN pactaba desde la CGT. Contradicciones.

Para empezar a hilvanar un futuro de menor debilidad, ante una etapa de corte netamente defensivo, que amerita robustecer los músculos que motorizan las centrales, Micheli y Yasky ya establecieron las primeras conversaciones en busca de una confluencia. El anhelo de una sola CTA empezó a tejerse apenas nació 2016 e incluso incluyó una cumbre entre los dos titulares ceteístas, distanciados desde las irresueltas elecciones que los enfrentó cara a cara en septiembre de 2010. El plan, en pleno desarrollo, chocó con un obstáculo que todavía no logró sortear: las internas que acosan al estatal en la CTA Autónoma y que hoy tienen todo en stand by.

Por lo pronto, Micheli y Yasky intentan sortear los escollos para la unidad formal con una unidad en acción. Sin necesidad de poner en orden los papeles, este año ya los tuvo compartiendo protestas, marchas, paros y movilizaciones. El próximo paso será la coordinación de una marcha federal, una especie de deja vú de aquella que se concretara contra las políticas del menemismo hace 22 años y que promete colmar la Plaza de Mayo con consignas contra los despidos, los tarifazos y el ajuste. Un futuro muy parecido al pasado que vio emerger a la CTA como alternativa de la acuerdista CGT de los noventas.

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Valla de contención

 Los históricos 180 días, tradicional tiempo de gracia hacia una gestión que comienza, fueron explotados por Macri al extremo. Despidos masivos en el Estado, apertura de importaciones, devaluación del tipo de cambio, depreciación del salario real, reordenamiento del marco impositivo en favor de sectores empresarios y destrucción masiva de empleos en el sector privado, dejaron al descubierto parte de un plan económico con un previsible perfil conservador. Sin embargo, la “tregua” garantizada desde las cúpulas sindicales no tuvo correlato con lo que sucede abajo.

A contramano de la postura contemplativa de las centrales sindicales, desde las bases emergió un profundo descontento que se expresó en la suba de la conflictividad social. Aumento de las tomas de fábricas, masificación de los piquetes (que rápidamente hicieron cajonear el protocolo de la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich) y movilizaciones cotidianas en todos los grandes centros urbanos, son algunos de los modos en los que se expresan las protestas, que todavía no lograron permear en las cúpulas sindicales de la CGT, hoy más proclives a garantizar la paz social que a reafirmar los derechos de los trabajadores.

La paradoja más llamativa de los primeros seis meses de gestión macrista fue que los tradicionales sindicatos peronistas, históricamente apuntados por ser un factor de desestabilización para los gobiernos de signo político diferente, se convirtieron en la principal valla de contención de un conflicto social ascendente. Ese rol de hecho, que luego fue confirmado de derecho por la Corte Suprema —con un guiño que los premió con la exclusividad para definir medidas de fuerza—, fue adoptado por muchos de los dirigentes, incluso a riesgo de poner en cuestión su propio liderazgo ante unas bases movilizadas.

El segundo semestre prometido ya llegó. La bandera blanca del gremialismo comienza a peligrar, a fuerza de medidas regresivas para las mayorías. En la CGT comienza a resonar la histórica máxima peronista: “con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes” casi como mantra de autoayuda. En definitiva, la garantía de la paz social prometida a Cambiemos parece terminar donde empiezan a acabarse las garantías propias.

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Unidos y dominados

 El 22 de agosto es el día D. Esa mañana entre los bombos y las banderas en el Estadio de Obras Sanitarias, lugar escogido recurrentemente para esos rituales paganos, se realizará el Congreso que concretará la supervalorada unificación de la CGT. Mientras desde todos los sectores hablan de confluir en una sola central para convertirse en interlocutores válidos y fuertes ante un gobierno de claro perfil empresarial, la unidad parece ser un sueño eterno. Más allá de la cáscara formal de una estructura única, no se distingue en el horizonte proyecto que avale la hipótesis de unidad, ni siquiera un liderazgo que pueda suplirlo y encausar el proceso. En definitiva los muchachos van a estar juntos para seguir separados. De tres CGT a una CGT con tres titulares.

Sin programa, sin líneas de acción y sin acuerdos mínimos, un conjunto variopinto de posturas político-sindicales, de inverosímil coordinación en la práctica, postulan un triunvirato para conducir la etapa que viene de la Central. Casualmente todos los popes cegetistas coinciden en un solo postulado, y es que la experiencia previa de un triunvirato fue un fracaso. Ahora, en medio de negociaciones en la que nadie quiere perder su lugar, aparece en el horizonte una idea que demuestra el nivel de desconcierto. El trío elegido, a priori, está compuesto por Juan Carlos Schmid (CGT Moyano), Héctor Daer (CGT-Caló) y Carlos Acuña (CGT Barrionuevo), pero la temporada de rosca se encuentra abierta hasta horas antes de la elección.

Por fuera, y empujando para tener representación en el nuevo Consejo Directivo pero sin encontrar eco aún, quedan el Movimento de Acción Sindical Argentino (MASA) que lidera Omar Viviani. El espacio congrega un par de pesos pesados como la Unión Ferroviaria, el SMATA y los Químicos, y tiene sus terminales políticas en el Bloque Justicialista de Diego Bossio. Peronismo dialoguista. También el Momo Venegas, con su proyecto de pintar la central de amarillo a fuerza de reflotar las alicaídas 62 organizaciones peronistas para sí. Aunque el titular de la Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores (Uatre) expone el respaldo del gobierno nacional, parece que su macrismo explícito hoy le cierra más puertas de las que le abre en el mundo gremial. Macrismo fundamentalista. Y por último, aparece el Núcleo del MTA y la Corriente Político Sindical Federal, un conjunto de unos 40 gremios de perfil Nac&Pop que, en medio de la diáspora kirchnerista, apuestan a la figura de un radical que le hizo 15 paros a CFK, el titular de los bancarios, Sergio Palazzo, para buscar una Central que se acerque a los postulados de la CGT de los Argentinos y a los programas de La Falda y Huerta Grande. Coalición práctica antiliberal.

En este panorama algo parece seguro, más allá del pase a retiro pactado de Moyano, Caló y Barrionuevo, y de que “siempre hay compañeros que eligen jugar por fuera”, como dicen por los pasillos de Azopardo, no hay lugar para la renovación en la CGT. Ni jóvenes, ni mujeres, ni seccionales del interior, ni conducciones combativas tienen chances de meterse en la conversación. Aunque la nueva conducción asoma con un perfil más confrontativo (algo anticipó Moyano en su “renunciamiento” cuando, al mejor estilo Evita, avisó que dejaba los cargos pero no la lucha), serán los mismos de siempre los que lideren la principal herramienta del movimiento obrero ante el inminente fin de la luna de miel con el gobierno.

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