El otoño

Aguafuertes marplatenses de un renegado periodista nacido en el Interzonal. Ojo de halcón que ve en simultáneo el plano general y el plano en detalle (que es lo mismo que decir: Jorge, el que no puede dejar de encontrar el pelo en la sopa).

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Foto: Juan Pablo Buceta – Ilustración: Luciano Cotarelo

Ahora es el otoño cuando las hojas se descuelgan, pintando las veredas con sus colores que van del marrón al ocre. Hay días en los que toca lluvia y ese colchón de muertes vegetales se vuelve resbaladizo y te puede desnucar. Pero mucho peor es el mimetismo cromático con la mierda de perro, esa que nos gusta compartir con el mundo al pasear a nuestro caniche. Uno va todo romántico pensando en poemas de Jacques Prévert y pega el patinón sobre las excretas caninas y tiene que andar unas cuadras con paso de un zombi de The Walking Dead. Malditos perros, deberían comer algo que les coloree la caca, haciéndosela fluorescente, cuestión de esquivarla.

Las hojas se descuelgan y son del viento, el otoño es la estación elegante. Mientras piso las crocantes viejas hojas, pienso en las cosas colgadas, las miro colgando. Demasiados cables, tantos que ni los vemos. ¿Será que estamos tan conectados?  Por aquél edificio baja un ramillete negro que pronto se divide y sus bifurcaciones alcanzan otras paredes y postes; y por allá sube un cable larguísimo que parece alcanzar el infinito. Hay paralelas y perpendiculares, estamos tachados.

Por qué tantos cables. Nos cuadriculan la ciudad, nos hacen X’s y O’s, jugadas de un enorme tatetí con destino de perpetuo empate. Cables de la luz, cables del teléfono, cables de fibra óptica, cables del cable. Yo se para qué, debe ser que no se nos ocurra volar.

En aquella esquina cuelga del cable un par de zapatillas. ¿Qué onda con eso? ¿Será cierto o será un mito urbano que donde penden zapatillas venden drogas? ¿Y qué hace el cliente, se pone a gritar “quiero drogarme” para que escuche el dealer y salga? Y en esquinas como la de Luro y Entre Ríos, donde hay media docena de pares mecidos por el viento, ¿qué hay, un Mercado Comunitario? Ahí cada uno debe mencionar el calzado por el que viene: Topper azules 44, vengo por las Topper azules 44, atiendan che que estoy recareta.

El otoño es la estación para los gordos o para los que vamos y venimos de la gordura. Nos permite taparnos con ropa oscura, baja nuestro nivel de transpiración y potencia nuestra de por sí prolífica imaginación gastronómica. Torta, chocolate, sopa, ravioles, arroz con pollo.

Yo me compré miel, pero no tengo la paciencia de esperar que caiga. Puse el pomo boca abajo, como hago con el champú, para evitarme la espera del hilo ambarino que me endulce la tostada. Sigue tardando demasiado.

El otoño es malo para manejar hacia el oeste a eso de las cinco, cinco y media de la tarde. El sol viene de frente y no se ve un choto. Y a las siete ya es de noche, por lo que no da culpa acostarse a las ocho, pero te mata los domingos, porque a la noche ya es lunes.

 

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