La sonoridad es la idea

Flavio Etcheto tocó con Soda Stereo, fue uno de los cerebros del disco Bocanada, desarrolló proyectos electrónicos con Gustavo Cerati y se adelantó a la experimentación digital. Hoy vive en Mar del Plata, va tranquilo y en la búsqueda de un sonido que le permita crear con sinceridad en tiempos de injusticias.

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 Fotos: Esteban Ferreyro

Es un tipo silencioso. Será que para escuchar hay que hacer silencio y un músico, ante todo, necesita escuchar. Flavio Etcheto lo explica sin querer a partir de una pregunta que aparece suelta durante la entrevista. “Si los músicos no se escuchan entre sí no hay banda. Tiene que haber una noción y una percepción de lo que están haciendo los integrantes en el momento en que lo están haciendo”, dice con ese tono cauto que lo caracteriza.

Es de noche. Flavio está sentado en un sillón bajito, tiene las piernas estiradas y cada tanto se ríe con gesto inocente de las cosas que recuerda. Se lo ve tan tranquilo que es difícil imaginarlo arriba de un escenario disparando samplers para estadios reventados de gente. Sin embargo, desde hace más de veinte años es una pieza clave del pop argentino. Tocó con Soda Stereo en Sueño Stereo y en Dynamo, incluso participó en alguna presentación en vivo, también grabó trompetas en el gran Colores Santos y en el primer disco de Daniel Melero, formó Resonantes, Isla de los Estados y distintos proyectos propios que lo llevaron de gira por todo el continente. Y su punto fuerte: Bocanada. Tal vez el mejor disco pop rock que se editó en español. Tal vez más que eso también. Etcheto ofició de coequiper de Gustavo Cerati en esa obra maestra, participó en todas las instancias, desde la composición hasta la elección de los músicos para salir de gira. Por ejemplo, acompañó al exsoda a los estudios Abbey Road para grabar las cuerdas de Verbo carne, a cargo de la London Session Orchestra, arregladas por Alejandro Terán. En el vivo fue trompetista, guitarrista, tecladista y corista en las setenta y dos fechas que hizo ese dream team desde Argentina hasta Estados Unidos.

¿Te sentás en tu casa a escuchar Bocanada de vez en cuando?

—Sí, claro. Ese disco y el resto. Escucho mucho a Gustavo. Bocanada es un disco hermoso, es el disco donde él se instala como artista solista de alto calibre. Las letras, las estructuras, las sonoridades. Todo es hermoso.

La primera aproximación de Etcheto a la música en vivo fue en un cabaret de estilo griego. Desde los 19 hasta los 22 años tocó el teclado en un conjunto que acompañaba danzas y tragos en la noche porteña. La propina llegaba en dólares y en cantidades suficientes para vivir y comprarse instrumentos. Así se equipó y se lanzó a concretar ideas. Recorrió punta a punta el under de los ochenta y se codeó con bandas que recién empezaban como Babasónicos y Los Visitantes. En esos años produjo un casete experimental, titulado La algodonera, que en pocos meses volverá a ver la luz bajo un sello de Chicago, en el mismo formato.

El trabajo sonoro de sus composiciones se caracteriza por la búsqueda fina, más allá de lo que se puede denominar sofisticado o de las innovaciones técnicas. Lo importante, explica, es que el artista tenga en claro lo que quiere decir. “El sonido puede ser una idea. Y también se le puede imprimir una idea a un sonido. Funciona desde los dos lados. El sonido es una idea a llevar a cabo. Como una paleta de colores, no son solamente utensilios. Son ideas hechas sonidos. En pintura sería la luz hecha color. A mí me fascina el sonido de los instrumentos acústicos, llevarlos a la tecnología para emular situaciones físicas, reverberaciones, retrasos, juegos de canales para producir profundidades. Por ahí se transmite la vibración musical”, dice.

Sin que se note demasiado la intelectualidad insoportable del especialista…

—Y, eso es un peligro. Yo me río mucho con Luis Almirante Brown, el personaje de Capusotto. Ahí están los dos extremos. Uno es el insoportable que termina siempre en novena y el otro que es un grasa total. Hay que estar en el medio, creo yo. (Risas)

De regreso al artista y a lo que tiene para decir, va una pregunta trillada pero vigente. ¿Hay cosas nuevas para decir en el rock todavía?

—Sí, pero nadie se anima. Porque hoy está en juego la aceptación. Queremos ser sensuales y tener la boca ancha en la foto del medio correspondiente. Entonces es muy difícil decir que estás en contra. Ya estar en contra de algo, hoy en día, es ser un pesado. El rock en sus orígenes era algo desagradable: tipos con sonidos violentos, que te escupían, te sacaban la lengua. Hoy nadie quiere ser desagradable. Están todos vestiditos, fashion, en pose. Así y todo, yo tampoco me bancaría a un rockero desagradable (risas). Los desagradables hoy son los políticos, las guerras. Hay mucho que desagrada.

¿Cómo ves la escena de la música electrónica? ¿Pasó la época de oro, va hacia un rumbo más sofisticado, se está regenerando con cosas nuevas, se está diluyendo?

—Primero pienso que la música es cíclica. Lo importante es la sonoridad. Y después el concepto. La música electrónica pasó primero por el underground, estaba el hambre de hacer algo distinto. Y lo cumplió durante varios años. Por otro lado, hay otra música banal y superficial que alcanza un formato funcional al comercio y es lo que más se conoce. Hoy hablar de música electrónica hasta puede sonar a algo berreta. Aunque ahí todavía hay artistas que siguen buscando cosas. Lo que sí veo es que la escena de la música electrónica está más abierta y que hay una amalgama con el rock y otros géneros. Está todo más unido.

¿Y la cuestión dj?

—A mí me aburrió completamente. Distinto es un dj que llega con un catálogo y te muestra algo en particular. Pero la música de tipos como David Guetta no me produce nada. No digo que tenga que existir o no. Lo único que digo es que yo no tengo nada que ver con eso. La propuesta es marketing, le encontraron una función comercial al nombre y listo. El show que monta es demasiado superficial para mi gusto. No está mal que exista. Para nada. Para mí tiene que existir todo lo que existe. Es más, esos fenómenos hacen que me guste todavía más lo otro.

¿Y en la actualidad de la música argentina, qué estilo ves que está surgiendo con fuerza?

—Veo que la industria musical argentina decayó muchísimo año tras año. Desde los noventa para acá. Siempre surge algún artista pop, rock, melódico, folclórico, pero no hay una estructura firme de trabajo. No hay managers. Los productos que funcionan son muy pocos. Está muy pobre. De todas maneras, en lo artístico siempre hay alguien que sale y tira una nueva. A nivel de popularidad, de lo que yo estaba acostumbrado a ver, de megabandas, eso ya no existe más. Ni afuera ni acá. Ya no va a haber una banda como U2. Cambió completamente la forma de consumo.

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A Cerati lo conoció en el 88. Era el novio de la mejor amiga de su novia de aquel entonces. La historia comenzó por fuera de la música, pero enseguida entraron en sintonía. “Nos juntábamos a ver videos, a escuchar discos, a cenar. Yo no era fan de Soda en aquel tiempo. Yo había tocado en el primer disco de Melero solista, entonces cuando Gustavo se acercó a Melero para empezar a pensar Colores Santos ahí hicimos lazos artísticos”, recuerda. Después de grabar en Sueño Stereo y en Dynamo, la situación no fue tan feliz, no por él, claro, la situación de la banda en general. Etcheto volvió de lleno al mundo artístico de Cerati cuando comenzaron con la grabación de Bocanada. En paralelo tuvieron distintos proyectos electrónicos como Roken, junto a Leandro Fresco, y Ocio. Más tarde llegaría Siempre es hoy.

Anécdotas hay miles. Tocar a cuatro manos en el piano de Lennon en Abbey Road. Ir a escuchar el concierto de un músico japonés, un ruidista, que les depuró los oídos. Dice Etcheto que después de esa performance los sonidos de la naturaleza y de la calle se escuchaban con otra nitidez. Encontrarse con Charly García o con el flaco Spinetta en las sesiones de grabación. La locura desenfrenada de los fans en las giras. Y así hasta el infinito.

¿Qué sentías mientras hacían semejante obra como Bocanada?

—Uf. Era increíble. Lo que sentía era la profesionalidad absoluta de cada paso que se daba. Todo estuvo pensado en grande, era todo lo más perfecto que se podía. De hecho, así era Gustavo. Fue un disco que se grabó en cinta abierta, veinticuatro canales. Haber participado en todas las etapas me hizo entender lo que era un proceso meticuloso hasta el último detalle.

¿Extrañás esos años de grabar, producir y girar a gran escala?

—Lo extraño a Gustavo.

Flavio cambia el eje de la mirada; se emociona, se le ve en los ojos, se escucha en el tono de la voz apenas quebrado que me llega desde detrás de una luz de escritorio. Nunca sé cómo avanzar en esos momentos emocionales intensos. Etcheto es una persona sensible, cualquier pregunta puede tropezar en el sensacionalismo, incluso si le pregunto desde el respeto y las buenas intenciones. El silencio, por suerte, siempre ayuda.

“Cuando él tuvo el accidente yo vivía en su casa. Estábamos más amigos que en muchos años. Yo me fui de Siempre es hoy para ir con Isla de los Estados. Él siguió con lo suyo, yo seguí con lo mío, pero en la mitad me separé y él me recibió en su casa. Viví con él los últimos seis meses antes de que le pasara lo que le pasó. Grabé el segundo disco de Isla de los Estados en una habitación en su casa. Él grabó unas guitarras también. Tomábamos café, comíamos, salíamos”.

Flavio respira hondo y sigue contando.

“Me fui de Buenos Aires porque me enamoré y porque formé una familia hermosa acá en Mar del Plata. Pero también porque allá me sentía muy solo. Gustavo estaba hospitalizado. Era muy duro. Lo fui a ver. Fue muy fuerte. Era un tipo muy vital, canchero, de gran humor. Verlo así fue tremendo. Las últimas épocas no fui a verlo más porque no me la banqué. El día que murió, lo primero que hice fue enviarle un mensaje a su hijo, Benito. Fue un proceso que viví con mucho dolor. Me acuerdo que lo saludé en su casa antes de que saliera a esa última gira. Yo me estaba yendo a México a hacer un trabajo de producción. Nos deseamos éxitos. Fue la última vez que lo vi a Gustavo como la persona con la que compartí tantas cosas. Fue inesperado todo”.

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De la nada, Flavio retoma la pregunta. Se acomoda en el sillón bajito y levanta de a poco el tono de voz.

“Viví muchos años haciendo música, tocando y tocando y tocando. Incluso viviendo en Mar del Plata seguí saliendo de gira y salía a producir. Y la verdad es que no extraño salir a tocar. No tengo ánimo. Me cuesta lidiar con los sonidistas, terminar las noches a cualquier hora. No me cansé, pero no me siento tan atraído. Tener que ser el anfitrión, es una rutina que desgasta”.

Aprovecho que cambia la energía del diálogo y le pregunto por él. Por su música hoy.

¿Por dónde andás con tus canciones?

—Trato de conspirar con otras artes. Me gusta dibujar, la literatura, me gusta el cine, hice música para cine. Me influye todo, para bien y para mal.

¿Por ejemplo?

—Las injusticias me duelen, cada vez más. Por ahí va el conflicto que tengo para sacar nuevas canciones. Lo bello, lo lindo, lo superficial… tal vez la época no está tan así. Estamos en una tercera guerra mundial. No sé. Toda mi vida pensé que yo soy un artista que trae belleza a este mundo, que eso era lo valioso y que eso es lo que va a cambiar las cosas. Ahora, callar las injusticias cuando uno las ve y le llegan me causa mucho dolor.

El debate es cómo hacer para que esa angustia, esas injusticias, estén en un obra artística y sigan generando belleza. ¿Cómo lo encarás vos?

—Es muy complejo. Es algo que me tiene paralizado. Lo que hago me parece demasiado agradable y no es tan así para mí ahora. En la juventud construía desde otro lado, con cierta belleza. Una bellecita que entregaba al mundo. Ahora, no sé.

¿Estás huérfano de artistas para escuchar también?

—No, hay muchas cosas que me gustan. Artistas de hiphop, ilustradores como Pacheco, que es un mexicano que vive en Italia y más. Reviso cosas viejas también. Me gusta llevar fragmentos y frases de antes a un lugar nuevo. Hago mucho sampleo de frases de libros, lo cual me parece lícito y necesario. Para mí incorporar ideas de otros, de un libro por ejemplo, es como usar la idea que alguien te comparte en una charla ocasional en la calle, o en cualquier lado.

Tengo entendido que sos tan autocrítico que borrás todo lo que no te gusta.

—Algo así. Era muy prolífico hasta hace unos años. Pero del cien por cien de la música que hice debo haber tirado el noventa y ocho.

¿Por qué tirar?

—No me gusta guardar. Sólo colecciono sonidos que me costaron mucho. Los instrumentos electrónicos me permiten encarar la música de distintas maneras. No tengo una única forma de encarar la composición, pero sí los sonidos. Trato de tener un banco de sonidos que me va a permitir hacer una obra. Pero la forma de ejecutarlos o grabarlos son muy diversas.

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¿Entonces?

—Ahora tengo material instrumental que me gusta mucho, lo fui desarrollando en formato de set en vivo. Tengo todo desglosado en sonidos y fragmentos. Toco poco porque cuesta mucho el ensayo y la preparación de un set. También estoy haciendo una serie de canciones, donde llego a poesías lindas, pero después me alejo de eso. En cierta manera soy yo, pero estoy buscando algo distinto. Decir algo desde un nuevo conflicto.

Vos te ubicás en un momento interesante de la música, viviste la era analógica, el quiebre y el auge de la era digital. A nivel social la tecnología reciente trajo cambios que ya no tienen vuelta atrás. Ahora, a nivel musical, desde el punto de vista artístico ¿cuál fue el cambio más importante que produjo?

—Mirá, en cualquier casa hay una guitarra criolla y todos más o menos tocan. Y cada uno hace una canción. Ahora, eso no es un hecho artístico, es un hecho social. La tecnología convirtió el hecho social en un hecho artístico. La tecnología nos abre la puerta para compartir.

¿Puede ser que ese adelanto tecnológico haya dado lugar a una era de solistas?

—Siempre hubo mucho cantautor, pero la tecnología permitió amplificar ese fenómeno, sin duda. Pero aún así creo que lo que más perjudica a las bandas en esta era es la falta de tiempo; no hay tiempo para esperar a una banda. La ansiedad que manejamos es terrible. Es muy difícil juntarte con tres o cuatro personas, dos tres veces por semana, en un lugar que te cuesta plata, con instrumentos que cuestan plata, a ensayar, a escucharse. No hay ese tiempo de espera. Ese es uno de los problema máximos.

¿Qué estilo de banda te interesa producir hoy?

—Me considero apto y me interesa grabar cualquier estilo de música. He tocado muchos instrumentos, estudié armonía y fui a ver orquestas grandes de todos los estilos que te puedas imaginar. Desde rock hasta ópera. Además, me gusta mucho la sonoridad.

Hablemos de sonoridad. Te van a reeditar en casete. El vinilo es más fácil de defender porque tiene una sonoridad muy potente. ¿Qué onda el casete? ¿Eso es una búsqueda distinta o es snobismo directamente?

—Es algo diferente y eso es positivo. Y se refiere a gente que le gusta la música. Puede haber una cantidad de snobs que escuchan en casete, siempre hay de esos. Pero el casete tiene un sonido cálido y particular. A mí entender, es bastante bueno, recorta los graves y agudos de forma propia. Es la búsqueda de un formato que nos identifique, más allá del mp3 barato que le destruye la sonoridad a todo. Es el rescate de un formato analógico. Es por la diferenciación que causa alguien que está escuchando en casete. Escuchar en mp3 no sé si es escuchar música. No sé.

En tu rol como productor, me imagino que alguna vez has tenido que lidiar con el ego de los artistas. ¿Cómo se trabaja frente a esa situación?

—Eso es como un juego. En lo personal no soy un tipo que se haya destacado por tener un ego superficial, pero de repente el que tiene ego y se la banca, el que es Maradona, es así. No podés bajarlo de ahí. El problema es el que tiene ego y no tiene con qué sostenerlo. Ahí se complica, porque entran otro tipo de aspectos psicológicos. Lo artístico sin contenido, no sé. Eso es complejo y no sé cómo explicarlo. Los soberbios sin talento son nocivos.

El soberbio nunca es bien recibido, pero si vas a ser soberbio al menos tenés que tener con qué, lógico.

—Soberbia es una palabra muy dura, el ego es un poco más simpático. (Risas) Dudo que haya una banda que pueda funcionar con alguien soberbio, tendría que ser con una especie de esclavitud aceptada por el resto de la banda. El ego y la superficialidad, en algún punto, son simpáticos.

El ego en el arte ha causado daño, en el rock, en las bandas grandes, especialmente. Hay bandas, caso The Police, que se terminaron por problemas de ego, no por falta de talento ni público. ¿Qué creés que pasa en esos casos?

—Con las bandas grandes se plantean cuestiones de dinero que son jodidas. El ego lleva a las discusiones, pero de fondo hay discusiones y problemas y envidias con los recursos. Y por supuesto también las mujeres. El cantante y guitarrista que se lleva las chicas más lindas también genera envidias. Pero el problema del ego es que la persona con mucho ego no escucha al otro cuando toca, entonces ahí no hay nada.

Soda Stereo sufrió alguno de esos conflictos…

—No hay banda grande que no haya pasado por esos problemas. El Indio Solari con Skay también lo sufrieron. A veces uno cree que los integrantes de las bandas grandes no son humanos, pero sí lo son, son personas que tienen otro ritmo de vida y otra comunicación con la gente, pero sus relaciones tienen muchos problemas comunes también. Son seres humanos.

Flavio Etcheto estuvo ahí, en lo humano. Se subió a escenarios con cincuenta mil personas y también compartió abrazos sinceros con las mega estrellas del cielo de las estrellas. Él sabe, y se le nota, que no hay obra sin corazón. Lo humano es lo que pesa. Lo que es. Y tiene un sonido.

 

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