Periodismo por periodistas

Echaron a Víctor Hugo de Radio Continental, el Grupo Veintitrés se quedó sin pauta oficial y dejó de pagar sueldos, La Nación echó a 31 empleados gráficos. Empresarios enriquecidos y en el medio: los trabajadores del montón.

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El despido de Víctor Hugo Morales de la radio que lo cobijó durante 29 años de su vida despertó indignaciones de las más variadas. Hay quienes lo defienden y se indignan; hay quienes lo defenestran y también se indignan, ya no por su despido, sino por el repudio que el mismo encendió en buena parte de la población.

Mi hermano, a quien en sus 30 años de vida no lo escuché pronunciar reflexión alguna sobre la realidad política, social o mediática del país, colgó un cartelito en Facebook manifestando también su indignación por el “silencio” ante la muerte del fiscal Alberto Nisman y la tragedia de Once y, en contraposición, la marcha en favor de Víctor Hugo.

Estaba por contestarle. Les juro que lo escribí y todo, ahí abajo donde esta red social te permite vomitar sin filtro. Le decía que los hechos que enumeraba no tenían relación entre sí ni se podían comparar, que aunque los “silencios” eran injustificables a Víctor Hugo se lo defendía como un símbolo, que no estaba bien echar a nadie de su trabajo por cómo pensaba, porque (viene la frase hecha) mal que le pesara a algunos vivíamos en democracia. Le decía también que Víctor Hugo no era el único periodista que por estos días se estaba quedando sin trabajo, que yo también era una de ellas. Compararme con Víctor Hugo, allí sobre el final de la catarsis, me pareció –justo antes de dar el click definitivo– que era lo mismo que había hecho él con su cartel declarativo: comparar peras con manzanas.

Así que desistí, borré todo y en su lugar abrí un documento de Word para trazar estas líneas.

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El periodismo está en crisis. No es novedad, lo sabemos todos: los periodistas, los políticos, los empresarios y hasta el más desinformado de los terrestres. Esta crisis parece ser en muchos aspectos de contenidos, de líneas editoriales y muy claramente económica, pero nos estamos olvidando de las personas, de los recursos humanos que conforman y forman el periodismo.

Y no refiero a los Víctor Hugo Morales o a los Jorge Lanata, sino a los de abajo, a los periodistas que somos meros trabajadores, que cobramos un sueldo promedio y en la mayoría de los casos por debajo de lo que corresponde, mientras lidiamos con empresas que no hacen aportes jubilatorios ni a las obras sociales, que nos pagan el día del mes que se les canta y dan órdenes sin sentido y sin lugar al debate. Así es que nuestro presente es inestable y también lo es nuestro futuro, pero permanecemos (o permanecíamos) estoicos, calladitos la boca y sin que un solo colega se haga eco de la situación, de la que seguramente también es víctima, en su tarea profesional.

¿Cuántas manifestaciones de trabajadores de prensa ha visto usted, querido lector, en los últimos 20 años? Las ha habido, contadas con los dedos de una mano, por lo que surge un segundo interrogante: ¿cuántas de esas manifestaciones han tenido cobertura en los medios tradicionales? Me arriesgaré a decir que prácticamente ninguna. ¿Esto quiere decir que somos una actividad ejemplar? ¿No tenemos conflictos sindicales, laborales o económicos? No, todo lo contrario, pero nos hemos y nos han acostumbrado a aceptar todo sin chistar, y encima ahora nuestra profesión ha caído en tal decadencia que ni siquiera gozamos de la empatía ciudadana: el periodismo tradicional –insistiré con esta palabra una y otra vez– castiga al trabajador desde todas sus perspectivas.

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“Es un gremio complicado. Somos todos intelectuales y pensadores, y en verdad nos matan con condiciones de laburo pésimas. Hay que bajarse del pony y entender que somos trabajadores y que sin acción colectiva vamos muertos”. La muy atinada frase corresponde al delegado gremial de uno de los diarios más importantes del país y se ajusta a la realidad de manera pasmosa.

Es difícil plantear esta discusión sin humanizarla, sin llevarla a la experiencia personal como ejemplo. Aprovecharé entonces mi anonimato: no me apellido Morales ni Lanata, mi cuenta bancaria está en cero, ejerzo y vivo de este oficio desde hace casi una década; mi compañero es periodista, mis amigos son periodistas, respiro en este pequeño mundo y me nutro de él todos los días.

Cuando entré a trabajar al diario El Atlántico me explicaron mis funciones básicas y enseguida me mandaron a Administración para resolver la relación laboral y cuánto ganaría por mi tarea. Pasante, a pesar de estar recibida, fue mi primera categoría, con un contrato inicial por tres meses –lo que a derecho debería durar una pasantía– y un sueldo de 590 pesos mensuales en calidad de “viáticos e incentivo”.

Pasados los primeros 90 días de trabajo, me renovaron automáticamente el contrato, con el consenso de la escuela de periodismo de la que había egresado y a la que ya no pertenecía. Aunque agradecía la oportunidad de trabajo, ya me preocupaba por cuánto tiempo se extendería la situación de precariedad, porque mis tareas no eran las de un pasante: trabajaba a la par de todos mis compañeros, las mismas horas, con iguales responsabilidades y exigencias. No es que ellos estuvieran mucho mejor, económicamente hablando, pero había una diferencia importante que rompía con aquello de “a igual trabajo, igual remuneración”.

Mis inquietudes parecieron alarmar a la buena gente de Administración, quienes al sexto mes y vencida la prórroga de mi pasantía inicial, me mandaron a ir personalmente a las instalaciones donde me formé para “pedir” que me vuelvan a firmar un tercer período en estas condiciones. En contraposición planteé que el paso lógico, si la empresa me quería conservar, era que me blanquearan. En resumidas cuentas, no hubo caso: fui pasante durante exactamente un año, no tuve apoyo sindical y ni siquiera de parte de mis compañeros. Más de uno desestimó mi reclamo al argumentar que otros habían estado hasta dos años como pasantes.

No los culpo y este es precisamente el punto: adoptamos la precarización laboral como una bandera de sacrificio que hay que levantar con orgullo, porque somos afortunados, somos periodistas jóvenes en ejercicio y en un medio tradicional. Sólo esto debería alcanzarnos para estar satisfechos: ¡Qué más le podemos pedir a la vida! ¡Somos periodistas y nos dejan escribir o hablar al aire! ¡Comer y pagar las cuentas es lo de menos, señores!

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La bendita línea editorial. A aquel que se le escape que todos los medios tradicionales tienen intereses y eso condiciona la forma en que proporcionan información, se pierde una parte importante para entender al periodismo de hoy. Lo que también se pierde, tal vez por el resultado final, es la pelea interna que damos los periodistas. Cada trabajador de prensa tendrá en su haber muchas situaciones de esta naturaleza que contar y varían en su gravedad y sus consecuencias.

En 2011, por iniciativa del gobierno comunal, Mar del Plata estuvo atravesada por una gran polémica: las limitaciones horarias para el funcionamiento de los bares de la ciudad. La propuesta oficialista establecía el cierre, en determinadas zonas, a las 4 y esto fue ampliamente debatido en diversas instancias del Concejo Deliberante. El corolario fue la sesión ordinaria en la que, finalmente, se aprobó la ordenanza.

En el diario El Atlántico le dimos la cobertura que ameritaba, a dos páginas, con una crónica de lo sucedido en el recinto más los detalles de la nueva normativa que entraría rápidamente en vigencia. El mismo día en que la información salió publicada, recibí un mail del director periodístico dirigido no sólo a mí –encargada del Concejo–, sino también a todos mis compañeros: suspendía la cobertura de sesiones y ordenaba que antes de publicar cualquier información política, la misma debía pasar por su supervisión. Al director no le gustó mi descripción de lo que sucedió aquel día en la barra del Cuerpo, es decir, la manifestación de la Juventud Radical en contra de la ordenanza.

Las “indicaciones” y “sugerencias” de los empresarios de medios que bailan al son de un bando u otro, van desde la utilización de determinados términos hasta la no cobertura de una temática en particular. No debería sorprendernos entonces como, con el cambio de gobierno, mutaron también los modos de contar: para los grandes medios tradicionales, ya no hay inflación, sino que se trata de un “sinceramiento de la economía”, solo por citar un ejemplo.

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Algo está cambiando o al menos, todo indica que debería y los periodistas debemos hacernos cargo de lo que nos toca en estos tiempos de quiebre, de reinventar y dignificar la profesión, aún con las presiones empresariales y gubernamentales de por medio.

No es posible obviar la experiencia que está haciendo el Sipreba en la ciudad de Buenos Aires en este sentido. La lucha de este naciente gremio por el momento es laboral porque la crisis nos está pasando por encima a los trabajadores que nos convertimos en variable de ajuste.

Al término de estas líneas, más de 20 trabajadores del Grupo Veintitrés, que comandan Sergio Szpolski y Matías Garfunkel, continuamos sin cobrar nuestros sueldos de noviembre y diciembre, como tampoco el aguinaldo, mientras la empresa anunció –no casualmente– el cierre de los zonales que edita El Argentino en el interior del país. No nos despiden para no indemnizar; no abren un registro de retiro voluntario para no pagar ni nos abonan salario a pesar de continuar en relación de dependencia.

El acompañamiento del colectivo de prensa, hoy impulsado sin dudas por el Sipreba, es fundamental para la visibilización de un conflicto que no encuentra su cauce ni siquiera en el Ministerio de Trabajo y que, además, encuentra cierta resistencia en algunos sectores de la ciudadanía por un mote que nos hemos ganado gracias a los negocios de los empresarios con el gobierno de turno, algo que por cierto no es nuevo.

Si esta crisis laboral será posible de sortear, aún está por verse, pero en el conjunto, en la idiosincrasia que conlleva el ser un laburante de prensa no podemos dejar de concatenar las condiciones de trabajo con el contenido y las formas de hacer periodismo.

El repudio de los propios trabajadores al editorial de La Nación tras la asunción de Mauricio Macri es muestra de que podemos ser dignos desde la unidad, aún en nuestras diferencias y sin importar quién sea el empleador. De esta crisis saldremos todos, o no saldrá realmente ninguno.

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Si a un periodista que pasa los 30 se le pregunta por un referente nacional, seguramente nombre a Rodolfo Walsh. Para los sub 30, el interrogante debe ser aún más difícil de responder. A Walsh lo desapareció la dictadura en 1977: casi 40 años sin referentes, sin modelos a seguir, sin periodistas argentinos a los que admirar y querer asemejarnos.

Esto no es casual y nos enfrenta a la realidad de que los medios tradicionales ya no hacen periodismo, o lo hacen de manera muy sesgada: ya no desnudan el poder, sino que se les arriman peligrosamente para engrosar o bien su propio poder, o bien los bolsillos de los directivos. Y en el medio, los laburantes del montón, bien lejos del ideal que seguramente alguna vez todos imaginamos cuando elegimos este oficio.

 

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