Puta, puto, poronga

Aguafuertes marplatenses de un renegado periodista nacido en el Interzonal. Ojo de halcón que ve en simultáneo el plano general y el plano en detalle (que es lo mismo que decir: Jorge, el que no puede dejar de encontrar el pelo en la sopa).

puta

Foto: Juan Pablo Buceta

Se necesita puta para otros fines. Puta no para mencionar despectivamente a la profesión o el oficio que los espíritus evolucionados prefieren llamar meretriz o trabajadora sexual. Se necesita la palabra para enfatizar el apasionamiento femenino en el goce, para nombrar la creatividad puesta allí, en la cama, sobre la mesada espolvoreada con harina, sobre la reposera en la terraza junto a la pileta y bajo la luna, en el descanso de la escalera. Se necesita como elogio a la devoción mujeril por descubrir todas las formas de aumentar la felicidad, combinando los cuerpos. Pero cómo se la rescata de siglos de sumisión al macho, como se descosifica una palabra, en qué mesa de operaciones se le extirpa la carga de atracción, miedo y desprecio que drenó del universo de las mujeres hacia esas en particular, que revolean la cartera y fuman en la esquina. Hijo de puta, puta madre, andate a la puta madre que te parió. Puta era mi pequeña perra Peky, que se subía a una escalera para quedar a la altura de algún perro de la cuadra.

Ahora, pensándolo mejor, ese otro significado para el mismo significante, ya está en uso. Me remito a esa tapa de la Revista Noticias en la que se ve a una presidenta gozando. No parece ser, la capacidad femenina de goce, una virtud para todos los ojos. Y no tiene antónimo, como se sabe. ¿Cuál es el masculino de puta? Un tipo normal.

Prestame puto para otros fines, no seas puto. Otra vez cuatro letras cargadas. Hay palabras por donde se puede ver la historia del mundo, como un Aleph. Puta, puto, negro. Son diamantes del diccionario, por eso valen lo que valen; han sufrido siglos de un peso enorme, sobre su cuerpo letrado la humanidad ha puesto tanta represión, que las hizo más duras que el acero.  Putos de mierda han sido expulsados de familias, bares y conventos en todas partes. Putos que se amontonaron en guetos a vestir sus plumas. Putos que salieron de los clósets y de las sombras, para mostrar su orgullo emputeciendo a la sociedad. Y cuando esta avanza un poco, cuando empieza a civilizarse y habla de la diversidad sexual, cuando solo unos pocos enfermos ven en el puto un enfermo, los putos se abrogan el derecho de llamarse putos, azuzando la vergüenza intrínseca de quienes no se atreverían a llamarlos así.

Por eso será que hay en puto una fuerza que se hace necesaria para otros usos. Es gracioso decirle puto a un amigo, y no es sugerir que se la come. Es más bien llamarlo caprichoso, melindroso para aceptar invitaciones a cervezas. No es su condición sexual, es su encierro en un armario de otro carácter. A esta fiesta vino fulano (que es puto), vos no podés ser tan puto de no venir.

No te puede gustar esta poronga de columna, es una verdadera garcha. En la sociedad falocéntrica, y que lo es desde esa centralidad del poder de lo fálico, pero también desde un hombre que sufre ese poder contra su voluntad, las cosas más horrendas son porongas y las acciones más siniestras son representadas como porongas en acción. Cuando llega un ajuste de tarifas es un pijazo que todos vaticinamos que nos va a romper el culo. Porque los tafanarios no se conquistan (a lo mejor sí, por la vía de los votos), se destruyen. Lo que da cuenta de un lenguaje construido y dominado por un varón heterosexual, el que impone la normalidad haciéndola metáfora. Los penes no pueden gustar ni dar placer, como podrían opinar mujeres y homosexuales, los miembros masculinos son abominables, y con ellos designaremos a todo lo abominable que nos amenace. El sistema de poder es una verga, y no se discute. A mí se me respeta, carajo.

La violación es lo contrario del amor. No es casual que a lo largo de la historia, ejércitos vencedores por las armas, hayan completado la humillación de los vencidos con una tanda de violaciones. A la invasión del territorio, le sigue la invasión de los cuerpos, que es también la invasión de las mentes.

Habiendo estado constituidos los ejércitos por hombres, y puestos en ellos las tareas de defensa de las naciones –que son hipérboles de las familias–, siendo el poder así de masculino, no es extraño que la terminología marcial para las relaciones de fuerzas esté contaminada por el género.

Por allí avanza el enemigo a paso redoblado, y al viento desplegado su rojo pabellón.

Es una erección peligrosa, una dureza no deseada, el peligro concreto de ser vilmente empalados.

Igual, tal vez no le sirva a la profanada Carta Magna de consuelo, pero hay porongas que se creen muy porongas en tanto avanzan sin cortapisas por entre un pueblo absorto, hasta que un día el pueblo se da vuelta, y hay que ver como les deja el orto.

Porque el amor vence al odio.

 

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