Se rompe pero no se rinde

Ayelén Tarabini practica gimnasia artística desde los tres años. Hoy tiene 23 y el sueño trunco de estar en los Juegos Olímpicos. La rotura de los dos tendones de Aquiles y una extensa lista de lesiones no le permitieron concretar su mayor anhelo. Pero ella sigue. Una historia de obsesión, fanatismo y pasión sin límites.

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Fotos: Federica González  y Juan Pablo Buceta

La transmisión por internet toma desde varios ángulos sus ejercicios en la prueba de suelo. Hasta que en el cierre, cae como desinflada. Silencio. El movimiento de su cuerpo tendido en una esquina marca respiración fuerte y deja entrever el llanto, aunque un brazo tapa la cara. Desde la derecha aparece al trote su entrenadora, Lucía Lupy Lamanda. Y un videograph con la puntuación. La número uno del ránking mundial de suelo y viga 2015 sabía que lo que le había pasado era grave. Minutos más tarde, por Twitter, empiezan a llegar malas noticias.

La gimnasta marplatense Ayelén Tarabini no pudo clasificarse para los Juegos Olímpicos de Río 2016 porque se cortó el tendón de Aquiles derecho en pleno Mundial de Escocia a fines de octubre. Tampoco lo había logrado para los de Londres 2012 por una rotura del de su pierna izquierda.

—Cuando estaba por empezar a girar en el aire me di cuenta que se me había cortado. Y cuando caí sentí que había hecho un agujero en la madera. Son cosas que no se olvidan fácilmente.

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—Vine preparada psicológicamente para aguantar lo que sea. Es muy duro entrenar con Rosa. Es una locura lo que hago. Es sacrificio y masoquismo. Sabía a qué venía. Sé lo que tengo que aguantar. A veces siento impotencia, dolor y bronca pero a la vez sé que lo necesito.

Las notas de audio llegan a Mar del Plata desde Los Angeles, por teléfono celular, vía WhatsApp. Ayelén Tarabini está en Estados Unidos, junto con otras ocho gimnastas, Lupy y su hermana Marina, dos de las entrenadoras más reconocidas de la gimnasia artística en Argentina. Quien coordina todo es la rusa Rosa Ichkova, una exigente y experimentada coach radicada en Estados Unidos. A fines de octubre, en el Mundial de Glasgow, se definirá la clasificación para los Juegos Olímpicos de Río 2016.

—Ayer estuve dos horas en paralelas con todas y después en un momento me quedé media hora más con Lupy y Rosa. El resto estaba en viga y yo seguía quemando mis manos. Al rojo vivo las tenía. En un momento ya no sabía si reír o llorar. No te das una idea lo que es este deporte, te sentís un robot, una máquina… ¡pero humana!

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Al costado de la cancha de baby fútbol del club Quilmes, Ayelén hace piruetas sin parar. Mientras sus hermanos Lucas y Ezequiel practican fútbol y mamá Marisa los mira, la inquieta niña de tres años va y viene. También, por momentos, se mezcla entre los varones y patea una pelota. La pequeña muestra habilidad al pegarle y lo hace con ambos pies.

—¿Me la prestás que en un rato te la traigo?

El que pregunta es Gonzalo, el director técnico. Al recibir autorización, deja a los chicos a cargo de un “profe” que lo ayuda y lleva a la criatura a upa hasta el segundo piso.

—Gorda, acá te traigo a la futura Nadia Comaneci.

Marina Lamanda, amiga del DT desde que estudiaron juntos educación física, recibe a la nena. “Mientras íbamos subiendo las escaleras yo le decía a dónde la iba a llevar y ella estaba ansiosa y feliz. Cuando llegamos y vio todo, en la cara se le reflejó que había entrado a su mundo”.

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En un sector del Quilmes practican las gimnastas más grandes y Tarabini, con siete años, las mira con obsesión a pesar de su corta edad. En la cena familiar Ayelén le cuenta a su papá Fabián que en el club, en donde concurren otras 50 niñas, algunas querían distraerla durante el entrenamiento.

—Si vos querés ser como las que están en elite fijate lo que tenés que hacer. Si no querés, prendete en la diversión y en los juegos de las nenas. Hay momentos para divertirse y otros en los que tenés que ser responsable.

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Sus manos ampolladas por el entrenamiento y llenas de magnesio no se alejan ni un segundo del teléfono celular. El aparato es blanco, finito y liviano. Muy distinto al gris, grandote y pesado con el que, a los siete años, le avisaba a sus padres que ya estaba arriba del colectivo para ir a entrenar.

Acostada boca abajo en la camilla, en plena sesión de kinesiología, Ayelén repasa su historia clínica. Mira la pared y rememora. Habla con lenguaje técnico y explica con docencia. Como si anunciara un equipo titular de fútbol. “Pinzamiento del ciático, luxación de codo, bursitis de cadera, subluxación del acromio clavicular y esguince de rodilla izquierda”. Además, recuerda en qué año sufrió cada lesión. Y continúa: “rotura del tendón de Aquiles izquierdo, rotura del manguito rotador supraespinoso del hombro izquierdo, edema óseo en ambos tobillos y tendinosis en el hombro izquierdo”. En la delantera: “rotura de dos ligamentos por rotación del codo y tendinitis del bíceps femoral”.

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El 11 de junio de 2007, Ayelén no cortó la torta ni disfrutó del vals con su papá. No tuvo fiesta de 15 años. Bailó, sí, pero al ritmo de los gritos de la entrenadora rusa, Rosa Ichkova, en el Cenard. Y también lloró, aunque no de emoción.

—Entrenábamos nueve horas y nos gritaba: “¡Dabai, dabai! ¡Está mal, está mal!”. Habíamos mejorado mucho, pero ella no veía el movimiento perfecto. La pasé feo. Aunque gracias a eso me gané la clasificación a los Panamericanos.

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—¿Cómo que hacés gimnasia artística? Si no tenés isquiotibiales, tenés la cola flácida, te faltan gemelos. No tenés nada.

Sin filtro, Raúl Zambrano lanza su primer diagnóstico. En el gimnasio Zer se encargan del fortalecimiento de los músculos y la recuperación de Ayelén. “De acá se tiene que ir sin dolores para hacer un entrenamiento a full. Hacemos la parte física, la de potencia y evitamos lesiones”, explica Zambrano.

Por recomendación de Rocío Boudy, una marplatense que obtuvo la medalla de bronce en taekwondo en los Juegos Panamericanos de 2007, Tarabini llegó al reconocido profesional hace ocho años. “Una vez empecé a exigirla y gritarle y se puso a llorar. Y sin darse cuenta dio mucho más de lo que creía. Ahí le cambió la cabeza”, recuerda quien fue parte del proceso preparatorio de Sebastián Crismanich para los Olímpicos 2012 donde ganó el oro.

—Vos no vas a llegar a nada. Te la pasás riéndote todo el tiempo, querida.

La exigencia de Zambrano es máxima. Y Ayelén responde sin perder la sonrisa. A su lado está Leandro García, un amigo que integra la selección argentina de taekwondo.

—Si el viejo espera que yo me ponga seria nos vamos a ir a las dos de la mañana.

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—Iba en el aire y pensaba: ¿la cabeza o el brazo? ¿la cabeza o el brazo? y elegí romperme el brazo.

Ayelén Tarabini cae mal. El golpe corta de manera abrupta un extenso entrenamiento en el que buscan perfeccionar la serie de paralelas. En la desesperación, Lupy, la entrenadora, le coloca el codo derecho y Luis Fernández, un profesor de básquet, las lleva al hospital. La recuperación le demanda tres meses.

—Yo me voy a poner bien antes porque tengo que competir.

Fabián Plaza Palacio, el kinesiólogo, escucha la frase. Su consultorio es otro de los lugares donde Ayelén pasa mucho tiempo. “En un momento no tenía obra social ni beca, pero era y es una chica súper sencilla y encantadora y sobre todo muy responsable. Eso nos llevó a darle una mano, a ayudarla en lo que pudiéramos”.

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—Voy a estar bien. Tengo que estar bien. Vamos a llegar a los Juegos Olímpicos de Río. ¿Cuándo podré empezar a entrenar sin usar el brazo?

Una nueva lesión aparece en el camino, en 2014, con casi 22 años. En la ambulancia, Yuri, su novio, la observa sorprendido. “Tenía el codo mirando hacia el lado opuesto al que debería, con un dolor inaguantable y ya estaba pensando en volver a competir”.

Yuri Maier es un luchador correntino de 1,81 metros y 98 kilos. Ella vive en Mar del Plata y él en Vladikavkaz, Rusia. Entre ellos hay casi 14.000 kilómetros de distancia. La historia de amor empezó en 2011. “Un noviazgo así no es para cualquiera. Para que pueda funcionar se tiene que tener algo por encima de la relación, que evite pensar en lo negativo y solo te deje ver con claridad cuál es el camino que hay que seguir para llegar a ese sueño”.

“Cuando ella está por tambalear, está su palabra. La ayudó a ser más prolija en la alimentación. Algunos métodos que usó para él, en Aye también dieron resultados”, comenta Lupy.

—Me sacó del pozo. Se empezó a meter en mi vida deportiva y me abrió los ojos, me enseñó a cuidar mi cuerpo.

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—Ojalá que clasifiques y después de los Juegos Olímpicos de Río puedas tener 15 días para descansar, hacer lo que quieras y tomar sol. Yo te voy a regalar un viaje. Ese es mi sueño y lo voy cumplir. Nos vamos a ir juntas.

En su propuesta, la tía Vivi pide dos deseos. Primero, que la sobrina pueda cumplir su anhelo de estar en la cita máxima del deporte mundial en 2016. Y segundo, que la carrera le dé un respiro para poder invitarla a una playa del Caribe. “No recuerdo que haya tenido dos días para no hacer nada. Pero Aye es feliz y eso es lo importante. Nosotros la acompañamos”.

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La serie de viga en el entrenamiento es perfecta. De repente, Ayelén siente un ruido fuerte en el momento de hacer la salida. Y en lugar de completar la doble mortal, solamente alcanza a realizar una y media. Vuela, cae y golpea su cara contra las colchonetas.

—¡Me quema, me quema!

Grita con desesperación. Transcurren varios minutos de un ardor insoportable. Cuando merma la sensación de fuego intenta pararse y no puede. Piensa que se le durmió el pie. Ayelén se arrastra y se sienta a un costado de la pedana. La asistencia llega después de 20 minutos. El médico examina la pierna derecha y no encuentra lesión. Con su compañero hablan de un desgarro. Luego piden revisar el pie izquierdo y descubren lo peor.

—Cortaste el tendón de Aquiles completo. Ni ecografía necesitás. Andate a la clínica ya.

“Esa lesión la podría haber retirado de la gimnasia artística. Lo hablamos con ella”, dice Daniel Corelich, su traumatólogo. “Los Aquiles se rompen después de los treinta. Pero a estas pibas se les rompen a los 17, 18 o 22 años porque de los 8 a los 18 lo usan tanto como nosotros hasta los 40”. Ayelén tenía 19.

Tarabini se operó en octubre de 2011 y a los cinco meses un control arrojó que había mucha carga en el ejercicio. “Lupy es muy exigente. Las chicas están doloridas y ella las exige porque sabe que así se trabaja para subir al podio”, comenta el doctor.

—Hay que ir aprendiendo a convivir con el dolor. Después de 20 años no podés pretender llegar a las competencias 10 puntos, sin molestias. Tenés que saber cuál te está diciendo que no compitas porque te podés romper, o cuándo hay que darle descanso al organismo y negociar con la entrenadora. Es importante saber qué lesión te puede limitar un poquito o cuál no es para preocuparse y darle para adelante.

Ayelén incorpora el consejo de Corelich y lo expande. Los primeros receptores son sus hermanos, Lucas, Loqui y Tomy, con quienes la une un lazo inquebrantable. Ella no permite que alguno de los tres futbolistas se queje por alguna molestia. “Tratamos de no hablar mucho de nuestras lesiones cuando está ella”, coinciden.

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Son pocos los momentos en los que Ayelén flaquea o vacila. En Portugal, cuando estuvo sin poder entrenar en la previa de la Copa del Mundo de Anadia 2015, aparecieron algunas dudas.

El gemelo izquierdo estaba exigido y le molestaba, entonces no practicó a full en la antesala de la competencia. Ayelén había sentido en los entrenamientos previos las mismas feas sensaciones que cuando cortó su tendón de Aquiles. Al hacer un rondó flick percibió algo raro. La trataron los fisioterapeutas, la masajearon en la zona, también en el sóleo y en la planta del pie para lograr un mejor drenaje. Y realizó ejercicios básicos.

En la competencia estaba congestionada a causa de los nervios. Hizo una entrada en calor cortita para no exigirse de arranque. Llegó la prueba de salto y obtuvo un resultado positivo. Después pasó a paralelas, que no es su aparato fuerte, pero también le fue satisfactoriamente.

Después, la rutina de suelo donde ella se siente más cómoda. Las superficies de las pedanas son muy distintas entre sí y Ayelén no había probado. Unas tienen alfombra suave, otras ásperas, en algunas se rebota más y en otras menos. Y una milésima de segundo perdida puede significar una caída.

—Sabía que si hacía el primer ejercicio bien ya estaba. Hice una rutina de tres diagonales porque no podía arriesgar el 100%. Pasé a la final y no lo podía creer. Y en viga si no me caía también pasaba, pero no había practicado. Ahí arriba necesitás manejar la adrenalina y la ansiedad. Me imaginé que estaba entrenando los ejercicios básicos con Marina en Quilmes y me tranquilicé. Y en la final fue exactamente lo mismo.

Cuando terminó de competir no podía ni caminar. Hasta las finales permaneció en la habitación del hotel con hielo y agua constantemente para desinflamar la zona y que circulara mejor la sangre. Para la definición, Ayelén era consciente que no tenía que fallar. En suelo debía “limpiar” la desprolijidad en las ejecuciones, los pasos, las caídas.

—En la final de viga pasé última entonces vi todas las notas. Iba viendo si tenía que arriesgar y supe que si hacía bien toda la serie no era necesario hacer el último que era un mortal adelante de parada. Además tenía que cuidar mi pie.

Con el empuje de un montón de gimnastas amigas que le daban aliento en todos los idiomas, Tarabini rindió al máximo a pesar de la dolencia y se colgó la medalla de plata en suelo y en viga.

—Fue muy lindo. Se pusieron contentas porque me fue bien. Cuando terminé fui a saludar al fisioterapeuta y le agradecí por todo. Me ayudó un montón y estuvo muy pendiente de mí para que pudiera competir bien y tranquila.

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—No, Dilma, si me ve Lupy me mata.

—Pero dale, si es un Cabsha nada más. Hagamos una cosa, vamos a sacarnos una foto con un bocadito cada una y se la mandamos.

En el kiosco de la sub comisión de gimnasia de Quilmes atienden Dilma y José Chupete Lamanda y Ayelén está charlando con ellos. Hay un torneo y Lupy no está, ya que se encuentra en Colombia con la selección argentina. La broma, en formato de imagen con el chocolate en la mano, sale por el teléfono vía WhatsApp. Como respuesta, llegan las quejas.

—¡Pero, no puede ser! ¡No ves que me voy yo y es todo un descontrol!

En 2008, Ayelén pasó tres meses en el amplio departamento de la calle Gascón donde el matrimonio Lamanda, oriundo de Chacabuco, reside hace 25 años.

En casa, la mamá de Ayelén cocinaba mucho hidrato de carbono para los hermanos futbolistas, entonces, Lupy impuso la mudanza. “Ella no propone nada. Vinieron un día a comer y listo”, recuerda Dilma. “La trajeron porque también me querían hacer adelgazar a mí, pero yo no les di pelota. Conmigo no pudieron esas locas”, suelta Chupete en medio de risas.

Esa situación marcó un antes y un después en la carrera. “En la gimnasia hay que comer un poquito nada más, para vivir. Y si el entorno no te ayuda es difícil”, reconoce la entrenadora mayor. La menor, luego, agrega: “adentro del gimnasio era de 10, pero en la casa comía fideos, arroz y guiso. Estaba re gorda. Otros padres nos hubieran dicho que estábamos locas, pero la familia siempre confió en nuestro trabajo”.

Si bien pasaron tres meses, el lapso de tiempo no fue planificado. “Le propuse venir una semana y después le sugerí que se quedara una más. Ahí bajó de peso y se motivó. Haciendo gimnasia se sentía más liviana, más cómoda. La mamá siempre nos ayudó mucho porque tiene una confianza ciega en Marina y en mí”, destaca Lupy.

Dilma reconoce que la misión fue complicada: “Me costó, porque yo siempre cociné para cinco y un montón. Además tuve que ponerle mucha imaginación. Tenía que disfrazar el pollo. Le armaba un revueltito de zapallito con huevo para acompañar la media pechuga y le hacía tortillitas. Y el arroz podía ir con un tomatito o zanahoria rallada”.

Cuando llega la hora de comer, Lupy pesa las porciones y empiezan las discusiones. “Hay balanzas chiquitas por todos lados acá”, cuenta Chupete. Una manzana no debe superar los 150 gramos, pero “compraba una de 200 y escondía las balanzas”, relata Dilma.

Los logros fueron inmediatos: medalla de bronce en salto y de plata en suelo en la Copa del Mundo de Barcelona, convirtiéndose en la primera gimnasta argentina en obtener dos podios en un evento clase A en Europa.

Risita, como recuerdan que le decían en Quilmes cuando era pequeña, fue una nieta para el matrimonio. “Se portó muy bien y somos como familia. Si hasta me manda las mallas para que se las lave porque dice que la mamá se las estropea”.

Chupete aún conserva una foto que le regaló Ayelén. La imagen es un primer plano y ella está mirando el suelo, concentrada en una competencia. Impresa tiene una frase: “Algún día diré: no fue fácil, pero lo logré”.

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—Dale, amiga, ¿por qué no te venís al circo?

La propuesta, que hubiera sido desechada en otro momento, cayó en forma de alivio, alternativa y escape en el festejo de Año Nuevo de 2011. Y fue aceptada. Ayelén tenía 19, venía de competir infiltrada en el Mundial de Holanda y lesionarse representando a la selección argentina. No recibió ayuda en la recuperación y se sintió descuidada, desprotegida. También, la relación con las entrenadoras había entrado en zona de tormenta desde fines de 2010. Palabras y actos que ayer no le molestaron y hoy tampoco, en ese momento sí. Saturación, estrés, fastidio y agotamiento físico y mental desencadenaron en un coctel peligroso.

—Estaba como ahogada. Tenía todos los certificados y me sacaron la beca. No me creyeron que estaba lesionada y me exigieron mucho. Decidí probar y esa onda del circo me gustó, me atrapó.

La invitación era seductora: Ayelén ganaría plata, recuperaría su hombro y rodilla y conocería otro mundo. “Estaba feliz, como siempre”, cuenta su mamá. “Yo no compartí la decisión pero la apoyé. Nunca fui a verla. Me dijo que se iba a cuidar y volvió muy gorda, pero vivió una experiencia que la debe haber marcado porque no volvió a ser la misma”, rememora el papá. “La queríamos matar porque la estábamos preparando para los Juegos Olímpicos de Londres 2012”, recuerda Marina.

Fueron seis meses. Todo el verano y un poco más. Hubo funciones en Mar del Plata y giras por distintos lugares del país. “Una profe de Bahía Blanca nos mandó un mail y nos dijo que la veía muy mal y que si podíamos le diéramos una mano”, cuenta la menor de las Lamanda.

“La vi demacrada”, resalta Néstor Bricco desde Tigre. La luz de la sonrisa se había apagado. “Le propuse que viniera a dar una charla y le ofrecí pagarle todo”, cuenta quien conoció a Ayelén en 2008. Aceptó, y cuando llegó le regalaron un ramo de flores y un video. Además, compartió momentos con Celeste Carnevale, gimnasta que estuvo en los Olímpicos 2004 y que la “apuntaló con sus charlas”, cuenta Bricco. La ayuda anímica fue importante. También la profesora cordobesa Alejandra Croce colaboró, al nombrarla madrina de su escuela municipal de gimnasia en Las Varillas. Se conocieron en 2012, cuando Ayelén estaba operada del hombro y ella la invitó a viajar.

Al regresar del circo era “otra chica, se había dejado estar. Pero mostró muchas ganas de progresar y una energía muy fuerte. Ahí la empecé a ver con otros objetivos. Volví a tener esperanzas”, relata Lupy.

Entrenadoras, familia y la propia Ayelén recuerdan la etapa del circo como un momento importante, pero prefieren no bucear. Lo mencionan, lo repasan por encima y siguen. Las Lamanda y los padres cuentan que nunca volvieron a hablar con ella sobre la decisión ni los por qué.

—Volví y entrenando exigida me corté el tendón de Aquiles. Nadie tomaba conciencia y cuando me pasó eso hicieron el click y después estuvieron más atentos.

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—Yo no voy a dejar. Ni a palos. Soy muy cabeza dura. Además, ya estoy toda arreglada. Lo único que queda por romperse es mi otro hombro. Voy a apuntar al 2020 pero quiero ir paso a paso. Ya estoy entrenando el tren superior y la otra pierna. La tengo que fortalecer porque es la que está soportando todo el impacto.

La sentencia la enuncia segundos después de bajarse del auto para comenzar con un nuevo entrenamiento. El yeso que tendrá hasta diciembre no le impide moverse con facilidad ni seguir su rutina. Acompañada por un par de muletas canadienses, Ayelén Tarabini mantiene su independencia. No le gusta molestar ni depender de nadie. El 2016, año en el que soñó con estar en los Juegos Olímpicos, lo comenzará haciendo una nueva rehabilitación. El ciclo vuelve a empezar.

 

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