De bichos y flores

Hay personas cuya función en este mundo es estudiar los procesos que determinan la dialéctica entre la vida y la muerte. Por esos senderos transitan los protagonistas de esta crónica. Dos biólogos que bucean entre los intersticios de todo lo que respira o ha dejado de respirar.

De bichos y flores I

Fotos: Pablo González

La sociedad lo ha decretado por unanimidad: el biólogo es un bicho raro. Donde haya algo capaz de nacer, reproducirse y morir habrá uno de ellos midiendo, haciendo cuentas, sacando fotos.

La diversidad de las formas de vida y su estudio son un abanico casi infinito. Desde conocer cómo hace una bacteria para poder vivir adentro de un volcán, hasta determinar la edad de árboles que viven más de 2000 años.

Juan Farina no se recibió de biólogo, pero cree que nació con esa condición. Ayelén Distéfano en cambio, no lo tenía entre sus planes y terminó con un doctorado. No se conocen, trabajan en ámbitos diferentes y probablemente nunca se vayan a cruzar en el laboratorio o en el campo. Uno estudia la conservación de la vida, la otra los mecanismos que regulan la muerte. Disfrutan del trabajo de manera opuesta, tienen motivaciones cambiadas y el norte tampoco es el mismo.

Pero hay algo que los une. Cada mañana, cuando entran a trabajar, los dos insisten en lograr lo improbable: conocer cómo funciona la vida.

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El laboratorio donde trabaja Juan, en el Museo de Ciencias Naturales Lorenzo Scalglia, no tiene más de 5 metros cuadrados. Con las estanterías y la mesada solo queda un pequeño espacio en el que hay que turnarse para pasar. Delante de las paredes hay apilados recipientes de cartón o plástico correctamente rotulados. La mesa de la computadora también funciona como biblioteca y escritorio. Un anafe chiquito es suficiente para calentar el lugar. En uno de los costados, un ventanal ofrece vista a la plaza España y más atrás está el mar. Contra ese vidrio y a unos 40 centímetros del techo hay una repisa con peceras. Todas están tapadas con una red finita y ninguna tiene ni agua ni peces. En ellas se guardan raíces, troncos y ramas.

—En algún momento algo va a salir de ahí adentro —dice Juan y no parece estar cansado de esperar.

En el fondo del laboratorio, una puerta tiene pegado un póster con la foto de muchísimos animales y asegura que “En la vida está la diversidad”. Del otro lado, está lo que Juan llama el recinto. Es un pasillo en L donde el aire es frío, con mucho olor a naftalina. Sobre las paredes, una serie de ocho armarios que él mismo diseñó, esconden el tesoro. Como en un juego de muñecas rusas, cada armario tiene más de 80 cajas y adentro de cada caja, el corazón de la mamushka: 200 insectos clavados en fila, como un ejército congelado en el tiempo. En total, la colección tiene más de 15.000 ejemplares. Todo lo que Juan y su equipo han encontrado en los campos de la provincia de Buenos Aires y un poco más, está guardado en ese rincón.

A treinta cuadras del recinto, en el medio de la ciudad y sin más naturaleza que los árboles de la vereda, Ayelén hace su trabajo. Todo adentro del laboratorio de mitocondrias y desarrollo. No hay salidas de campo, botas de goma ni necesidad de chequear el pronóstico del clima. La puerta de entrada al laboratorio también tiene pegado un póster. Pero en este caso, toda la diversidad posible se ve limitada a una sola especie: la foto de una planta llamada Arabidopsis Thaliana deja claro que es la reina del lugar. El laboratorio, que es dirigido por los doctores Eduardo Zabaleta y Gabriela Pagnussat funciona en el Instituto de Investigaciones Biológicas y depende tanto de la Universidad Nacional de Mar del Plata como del CONICET. La música de fondo es el sonido de diferentes equipos: heladeras, frezzers, centrifugas y microondas. También hay microscopios, lupas y otros aparatos que permiten, por ejemplo, multiplicar la cantidad de ADN de una muestra biológica. Contra las paredes, cuatro mesadas de madera tienen tubos de vidrio o de plástico con líquidos de diferentes colores. Entre los erlenmeyers, probetas y demás instrumentos de laboratorio aparecen otros más conocidos: tijeras, papel higiénico, tazas manchadas con café.

Antes, ese espacio era un aula donde se daban clases de biología o de psicología o de letras. Debajo de la pintura blanca, todavía se pueden leer algunos grafitis. En 1998, un tal Charlie citó a Borges: “Uno no llega a ser lo que es por lo que escribe, sino por lo que lee”. Ahora, entre esas cuatro paredes se estudia, entre otras cosas, cómo son los mecanismos que regulan la muerte celular en las plantas. Porque resulta que morir no siempre es malo.

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Cuando todavía faltaban 10 años para que Ayelén naciera, Juan tuvo su primer mano a mano con un insecto. Con apenas tres años, agarró una abeja y la empezó a girar sobre los dedos. Se la acercó a los ojos para poder ver el detalle y se mantuvo así por un tiempo. Aun después de que el aguijón le abriera la piel, que el veneno empezara a hincharle la mano.

El taller de tornería de su padre estaba lleno de fierros y máquinas. Él era muy chico para manejar herramientas, pero poco a poco fue aprendiendo el oficio. En los ratos libres, armaban la cajita y se iban a pescar. Recorrían la costa levantando caracoles y después, mientras esperaban que haya pique, el padre contaba historias de animales. Cuando volvían al taller, Juan estaba pendiente de los ruidos que venían desde afuera. Si sonaba el freno de un camión, salía disparado hacia la puerta de entrada. Eran los viajantes que paraban a dejarle algún insecto raro que habían encontrado al costado de la ruta. Él metía todo en frascos de mermeladas y los guardaba en la cabina de gas de su casa. Cuando iba a verlos días más tarde, se encontraba con que estaba todo podrido. El olor era nauseabundo. Las señoras del barrio empezaban a hablar entre ellas. Decían que la madre no se encargaba bien de ese chico que vivía al borde de pescarse alguna peste. Ella tenía mucho miedo. Pero no podía hacer nada.

Una tarde, jugando con sus amigos en la calle, Juan encontró un pedazo de telgopor. Lo llevó a su casa y lo cortó con un cuchillo caliente para transformarlo en un prolijo rectángulo de 30 por 40. Si encontraba una libélula que no tenía, le atravesaba el abdomen con un alfiler y la dejaba clavada ahí, seca y con las alas abiertas. Así descubrió que los bichos no se pudrían, que duraban mucho más tiempo. Años después, cuando ya iba a la escuela, su padre le regaló el libro “Como coleccionar insectos” y se dio cuenta que no había inventado nada. Su método existía desde hace cientos de años y era la mejor forma de conservar una especie. El libro también decía algo sobre unos alfileres especiales que hacían que el ejemplar no se degradara nunca. Eran de un acero diferente y mucho más largos. Juan le pidió plata a su padre y salió decidido a la calle. Entró a la farmacia, soltó las monedas sobre el mostrador y pidió que le den todo de alfileres entomológicos. El farmacéutico pensó dos segundos y después le preguntó: ¿Y eso? ¿Con qué se come, Juancito?

De bichos y flores II

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A diferencia de Juan, a Ayelén nunca le llamaron la atención los bichos que se esconden en la corteza de los árboles o en cualquier otro sitio. Cuando se anotó para estudiar Biología en Mar del Plata, en realidad ella quería estar en Buenos Aires, cursando medicina. Como eso significaba un esfuerzo económico muy grande para la familia, decidió que no. Que podía estudiar algo parecido, pero más cerca de casa. Desde chiquita preguntaba mucho sobre las enfermedades de las personas. A los 9 años pasaba horas frente al televisor mirando series de médicos con pacientes que se mueren o los salvan a último momento. Ahora que investiga a las plantas, dice que su trabajo no tiene nada que ver con la salud humana. Sabe que en algún momento podría llegar a haber un giro o una conexión, pero prefiere creer que no. Prefiere no ilusionarse. No sabe por qué le interesa tanto la medicina y no recuerda ninguna enfermedad que la haya traumado. Sin embargo, hay una imagen que tiene grabada en su cabeza desde los 8 años:

Era 21 de diciembre. Cuando sonó el teléfono y su tía dijo que algo había pasado con el abuelo, lo primero que Ayelén pensó fue que esa navidad la pasarían en la clínica o que no estarían todos juntos. El abuelo Antonio se agarró la cabeza con las dos manos y se cayó para atrás. Cuando llegó a la clínica ya estaba muerto. Los médicos no dijeron mucho y el padre de Ayelén tampoco preguntó. Es el día de hoy que ella quiere saber qué le pasó a su abuelo. Si fue el corazón, la cabeza o la presión.

Ayelén acepta un mate de un compañero y lo toma en silencio, con la mirada en cualquier punto. Se mueve hacia un lado y después hacia el otro. Todo sobre la misma baldosa. Como si en el tiempo que dura un mate hubiera ido a algún lugar a resolver algo.

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En invierno, las playas de Mar del Plata siempre quedan vacías. Los únicos que bordean la línea del mar son los buscadores de cobre con el detector de metales, las parejas de adolescentes o los amantes de la naturaleza. Hace más de 30 años, Juan y su novia Carla iban a buscar arañas enterradas en la arena o cascarudos entre las piedras de la escollera. La colección se hacía cada vez más grande. Cuando terminaban el recorrido y si tenían un poco de plata, se sentaban a descansar en el café Nautical, que quedaba frente al Museo de Ciencias Naturales Lorenzo Scaglia. Siempre que terminaban en ese lugar, ella agarraba una servilleta y escribía como les había ido:

“11 de Agosto de 1983. Mar del Plata. Hoy el pronóstico del clima no ofrecía las mejores condiciones para encontrar insectos, sin embargo Juan y yo salimos igual a recorrer las playas. Fuimos desde el cruce con la calle Catamarca hasta Alfonsina Storni. Encontramos dos especies de Crepidulas, una Plicatula y colonias de Briozoos sobre una valva de mejillones. Te amo, Carla”.

Hoy, Juan necesita menos de un minuto para ubicar el rótulo de la carpeta que adentro tiene guardadas esas extrañas declaraciones. Las servilletas amarillas están pegadas prolijamente con cinta scoth en hojas de maquina no menos descoloridas.

—Son documentos —dice Juan mientras la emoción en sus ojos parecen decir otra cosa.

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En los tiempos en que Juan y Carla recorrían las playas buscando insectos, Ayelén empezaba el jardín de infantes. Para ella, la biología todavía era un lugar lejano.

Dos pisos más arriba del laboratorio donde ahora trabaja como becaria posdoctoral, está lo que los investigadores llaman cuarto de plantas. Se trata de un espacio cerrado que tiene, de manera artificial, las mejores condiciones en las que un vegetal puede llegar a crecer. Antes de entrar, Ayelén se frena, limpia la suela de sus zapatillas en un trapo de piso húmedo y como si no existiera una manera más fácil de decirlo, aclara que tiene lavandina al 5%. Al abrir la puerta, una luz blanca lo inunda todo. El lugar debe tener unos seis metros de largo por uno de ancho y como en el laboratorio de Juan, las paredes también tienen repisas. En este caso, sirven para apoyar bandejas de plástico que adentro tienen pequeñas macetas con plantas. Por encima hay cuatro tubos fluorescentes prendidos. Un sensor apaga las luces a las doce de la noche y las enciende a las ocho de la mañana del día siguiente. Eso se llama día largo. La temperatura también está regulada y siempre es de 25 grados, con una variación de más o menos uno. Casi todo es blanco o verde. Blanco las paredes, las repisas, las bandejas, la luz. Verde las plantas que se acumulan como una selva destinada a crecer en un pasillo. Entre las bandejas cuelgan rectángulos de plástico amarillo o azul que tienen untado un pegamento especial. Esos colores atraen a las moscas para que queden pegadas ahí, muertas. Acá no hay colección que los salve. En el cuarto de plantas, los insectos son sinónimo de plaga y contaminación. Esta es toda la naturaleza con la que Ayelén tiene que lidiar.

De bichos y flores III

 

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Enamorado de los animales, a los 20 años Juan empezó a estudiar biología. Sin embargo, la muerte muy temprana de su padre lo puso en otro lugar. Tuvo que hacerse cargo de la tornería desde muy joven y sentía que el encierro lo estaba enfermando. Las materias en la facultad eran muchas y no tenía tiempo para estudiar. No podía soportar la idea de vivir lejos de los insectos, no lo imaginaba. Una tarde, después de tomar algo con Carla en el Nautical decidió cruzar la calle e ir a pedir trabajo al Museo. El director lo escuchaba, pero parecía que no. Le dijo que la situación estaba muy difícil y como para sacarlo del paso le pidió que le llevara una referencia.

Poco tiempo después, en un congreso de biología, Juan se encontró con Abraham Willink, el entomólogo más reconocido del país. Cuando terminaron de charlar, el doctor le pidió que lo llevara hasta donde se guardaba esa colección de insectos de la que tanto le estaba hablando. Juan llamó a un amigo que tenía un Citroën destartalado y salieron los tres rumbo a su casa.

Willink estaba sentado en el sillón del living y sobre la falda tenía las cajas con polillas que Juan había empezado a clavar cuando era un nene. Mientras miraba los ejemplares no decía nada. Los examinaba de cerca. Leía los rótulos y pedía otra caja. Juan estaba parado atrás de él, esperando un veredicto que tendría sabor a todo o nada. Willink se paró, y antes de irse le dijo que su colección le había hecho acordar mucho a las de Darwin. También, que si quería entrar a trabajar en el Museo, él le podía escribir una carta de recomendación. Seis meses después Juan ya estaría adornando esas paredes con polillas y arañas, con mariposas y abejas.

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Sobre uno de los estantes del cuarto de plantas, hay un recipiente de plástico transparente que tiene la forma de un tejo de playa con tapa. Ese disco que Ayelén llama placa de Petri, tiene plantas muy chiquitas creciendo sobre una especie de gelatina grisácea. En lugar de poner la semilla directamente en la tierra, primero crecen en condiciones controladas. De nutrientes, de salinidad, de esterilidad, de humedad, de vitaminas. Después, una vez que están grandes y firmes, van a tierra.

La planta que crece en la placa de Petri es la misma que está dibujada en el póster de entrada del laboratorio. Arabidopsis, que no tiene otro nombre más corto o más simpático, no se parece ni al tomate ni a la papa ni al tabaco. Esa planta que parece un yuyo, es un sistema modelo porque desde el 2000 se conocen todos los genes que la componen. Sería como si los psicólogos tuvieran una tabla que detallara el porqué de absolutamente todas y cada una de las reacciones del ser humano. Así, el trabajo se hace mucho más fácil. Algunos biólogos trabajan con Arabidopsis para lograr que una planta sea más resistente a plagas, sequías, inundaciones o a rayos UV. Otros para conocer cuáles son los factores que regulan procesos como el crecimiento y el desarrollo. Ayelén la usa para intentar saber cómo, cuándo y de qué manera la muerte celular es tan necesaria para poder sobrevivir.

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Un grupo de adolescentes de escuela secundaria da vueltas por los pasillos del museo. Las carcajadas y los chistes vienen de los pisos donde hay mamíferos embalsamados o réplicas de dinosaurios. En el rincón donde están las muestras de insectos, una chica le pide a otras dos que la acompañen a ver las mariposas. Dice que los colores son increíbles. Sus compañeras no le hacen caso y la abandonan. Dos minutos después no queda nadie. Solo patas, alas y antenas de colores atrás de los vidrios. Un piso más arriba, en el recinto, Juan diseca una nueva especie para archivar en su colección. Está en soledad, él y los 15.000 insectos. Algunos ya tienen más de 30 años.

Prístino significa que se mantiene inalterado, puro, tal como era en su forma primera u original. El sueño de Juan es que los campos se conserven en ese estado. Lo dice mil veces y siempre de la misma manera. Como si fuera un mandato, dice campos prístinos y de ahí no se baja. La ecuación es muy simple: cada insecto está asociado a una planta específica de la que se alimenta o en la que pone sus huevos. Si empieza a faltar el bicho, lo más probable es que el ambiente con sus plantas ya no exista, o en el mejor de los casos, está empezando a desaparecer. Los insectos son indicadores directos del estado de degradación y calidad de un lugar. Cuando aparecen miles de alguaciles y todos piensan que se viene el fin del mundo, en realidad significa que hay un gran cuerpo de agua potable cerca, que es donde nacen esas especies de helicópteros con antenas. O las mariposas que inundaban los veranos y ofrecían a los chicos la posibilidad de salir a cazar con sus redes. En esas tierras donde antes crecían plantas con larvas de mariposas ahora solo hay cemento. Casas, edificios, asfalto.

Para saber en qué estado se mantiene un espacio natural, hay que tomar muestras de insectos y compararlo con los que había años atrás en ese mismo lugar. Para eso es necesario generar un archivo, una colección que guarde todos los ejemplares encontrados. Ese es el trabajo de Juan y lo hace desde que tiene memoria: preservar el ambiente para conservar la vida.

De bichos y flores IV

 

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El trabajo de Ayelén, en cambio, sugiere que sin muerte, tampoco habrá vida que aguante. A la altura del corazón, en el bolsillo de un guardapolvo manchado, ella misma escribió su nombre con fibrón negro. Su madre no le bordó el apellido ni aclaró que es doctora. De las que no operan, porque las doctoras que operan sí tienen el guardapolvo blanquísimo y el título bien bordado. Se recoge el pelo enrulado en un rodete bajo la nuca, se pone guantes de látex y gafas transparentes. Ya está lista para trabajar.

—A veces morirse un poco es necesario para no morirse del todo —dice Ayelén mientras con una jeringa le inyecta bacterias a una hoja de Arabidopsis.

Un patógeno crece y se alimenta a partir de las células que atacó. Pero si la planta mata a esas células propias, el bicho se muere de hambre y entonces la planta se salva. Sacrificar una parte para salvar el todo.

Esa muerte celular está programada genéticamente: cuando una bacteria entra, es como si la planta la viera. Eso hace que se disparen muchísimas señales que llevan la información hasta el ADN de la planta. Después, las células infectadas empiezan a morirse. Saber cuáles son y cómo se regulan esas señales es el trabajo de Ayelén.

En los animales, incluidos los seres humanos, la muerte celular también es muy importante. El cáncer es una división descontrolada de células. Una célula que debería dividirse dos veces lo hace muchísimas más. Se genera una pelota que no para de crecer y que termina chocando y afectando el funcionamiento de algún órgano. Lo mejor que puede pasar en ese punto es que las células defectuosas se mueran. Conocer cuáles son las señales que pueden iniciar el camino de recuperación es el primer paso.

El laboratorio donde trabaja Ayelén es el primero en el mundo en descubrir que un tipo de muerte celular que es conocida en animales, también ocurre en las plantas. Las personas con tumores no son como las plantas con bacterias. Pero a nivel de proteínas, de genes y de todo lo que no se ve, las diferencias pueden no ser tan grandes. Conocer en profundidad cómo se regula la muerte celular en los vegetales podría llegar a ser un descubrimiento universal.

Ayelén deja lugar al silencio. Piensa con la mirada. Entre oración y oración se frena, respira hondo y hace ruiditos con la comisura de sus labios. Como si en lo que fuera a decir, hubiera algo que no le gusta, que le cuesta:

—En el mejor de los casos, el resultado de esta investigación va a terminar sirviendo para mejorar los cultivos en el campo y no para salvar la vida de las personas. No puedo arriesgarme a decir lo contrario, pero ojala me esté equivocando.

Después levanta una placa de Petri con plantas muy chiquitas. La pone a trasluz y busca las que están muertas. Cuenta y anota.

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El biólogo es un bicho raro. Pero cuando alguien se lo dice de esa manera, ellos lo entienden como un halago. Día tras día Ayelén y Juan buscan descubrir lo que la vida esconde. Los dos llegan hasta el mismo lugar: hasta donde la vida les deja ver.

 

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