La deadline de los policiales

Los medios de comunicación modelan opiniones, conductas, modos de sentir. ¿Qué pasa cuando los periodistas publican información sin chequear, se basan sólo en fuentes oficiales, se desesperan por una primicia o inventan datos? En este artículo, el periodista Horacio Cecchi analiza las consecuencias sociales de las lógicas actuales del periodismo policial. Un cross a la mandíbula de los “mensajeros”.

La deadline de los policiales I

Fotos: Revista Ajo

La noche del 20 de julio de 2009, alguien entró armado a la perfumería Ramona, sobre la avenida Rivadavia al 3700, barrio de Almagro y en el centro geográfico de la ciudad de Buenos Aires, a una hora, las 21, en la que la arteria que separa en dos la CABA recién empieza a deshacerse de la endemoniada oruga de autos y colectivos que la caracterizan durante el día. A esa hora las redacciones de los diarios están en pleno cierre, caminando sobre la deadline, la línea que no se puede pasar. No hay después. Después es otro día. No se puede pasar por la sencilla razón de que se perderían los recorridos de los camiones que distribuyen los diarios y, se sabe, si se pierden kioscos, se pierden ventas, con lo que se va al tacho la vocación de libertad de expresión en bolsillos de la competencia.

Antes de cruzar esa línea, todos los espacios en blanco fueron pensados y debatidos a lo largo de la jornada en reuniones de jefes, de editores, de editores con sus redactores y cronistas, y de redactores y cronistas entre sí y con sus propias dificultades y conciencias, para determinar la información que los completaría. Semejante actividad es realizada con la pretensión de mantener organizada y controlada la realidad a publicar al día siguiente. Como si la realidad pudiera controlarse. Menuda ficción la del periodismo. ¿Hace falta acordar que el mundo real palpita y hace cosas raras durante sus 24 horas y no obedece necesariamente a los horarios de la prensa gráfica (ni de ninguna prensa)? ¿Y con eso qué?

Con eso:

El problema es que con el afán de representar objetivamente lo real, casi no se tiene límite a la incorporación de noticias (salvo, claro está, el límite que le impone la selectividad ideológica de los temas, ítem más conocido como “tema interesante”). Esa aspiración compulsivo-enciclopédica, motorizada por la suposición de que nada “bueno” se puede perder, especialmente si eso considerado “bueno” lo “podrían primerear los de la competencia”, lleva a que al borde de la deadline (más allá de la cual no se puede pasar, recordémoslo) la ansiedad obligue a tomar lo que aparece y pegarlo como viene. Tan simple como el copy-paste. El “no hay tiempo” y el “tema interesante” pueden con cualquier cosa. Sí, cosa. No importa que sea tema o no lo sea, que sea información o no lo sea, que se respeten o no derechos incluso de la propia sociedad receptora. No importa. Lo que importa es cambiar lo que se iba a publicar por eso supuestamente nuevo e interesante, sin pérdida de tiempo.

¿Y qué con todo esto?

Es que en ese momento preciso y breve, ese sujeto entró armado a la Ramona.

Y alguien avisó a los canales, sí.

Y la tevé estuvo ahí, casi entrando a Ramona, casi acompañando en la ansiedad y terror de los rehenes para preguntarles qué se siente en esa situación, casi preguntándole al peligroso hampón sin medir riesgos por qué hacía esto, por qué quería tomar de lo ajeno, por qué poner en riesgo a la sociedad, por qué ponerse en riesgo a sí mismo, casi preguntando de buena fe por qué había elegido ese camino tan malo en lugar de trabajar y estudiar para ser exitoso y comprarse esas zapatillas tractor luminosas que ahora tiene necesidad de robarle a un chico de la misma edad, casi como él pero exitoso, casi preguntarle si tiene estudios y si sabía que hay universidad y que si no puede pagar (el o la cronista casi duda de preguntarle) está la universidad pública y gratuita. Casi complicando la actividad de los negociadores y la vida de los rehenes. Casi que hubieran avanzado sin más sobre la escena, cual actores, si no hubiera sido por el vallado policial que casi no pudo contenerlos. Pero los contuvo. Para colmo, el vallado está a una cuadra y no hay manera de ver de refilón lo que pasa ahí dentro ni cuando se acercan los negociadores.

Igual, la tevé tiene modos de decir sin necesidad de saber lo que pasa.

La prensa gráfica también: sólo debe encender la tevé para escribir lo que ve, claro, sin saber lo que pasa.

Ambos, tevé y prensa gráfica, dicen, muestran y escriben sin saber lo que pasa pero creyendo que saben. Es decir, saber saben. No lo que pasa sino el informe policial. O el comentario en off de algún contacto de uniforme que tenga mejor vista que ellos. ¿Qué? ¿No es como ir a la entrada de un hospital o una clínica y esperar el informe médico que dirá cómo está el famoso? ¿Qué, acaso vas a ir a preguntarle a los pacientes? Por qué dudar de la versión policial. ¿No es la oficial? Son los que intervienen en forma directa. Después de todo, son los que saben.

La deadline de los policiales II

La policía que rodea Ramona, sabe.

Primero, sabe quien es el asaltante. Después, sabe cómo intervenir, ya lo tiene medido. Tercero, que en realidad es lo primero y más importante, sabe qué va a decir a los medios, ya lo sabe incluso antes de salir del cuartel, de la comisaría, de la casa del ofiche. Sabe qué es lo que debe contar al especialista en policiales de la tevé o al movilero, porque también sabe que si se lo da a la tevé, aquello que diga (para usar un término tan actual) se va a viralizar entre los otros mensajeros que reproducirán la noticia tal como se la cuente el taquero. Porque no hay tiempo, y la información es de primera mano. Sabe que se lo tiene que susurrar en imprescindible off porque, primero, no puede aparecer él (salvo que necesite el crédito para su currículum y el sumapuntos de su jurisdicción) para no borrar los verosímiles de la independencia periodística; segundo porque sabe que al periodista le gusta su vocación de libertad de expresión escénica, se pone gozoso creyéndose protagonista de su propia película, aquello de la gran revelación, aquello de las fuentes cercanas al centro de las decisiones, a las que él (el periodista) y sólo él, tiene acceso. Eso que llaman primicia. Resulta todavía increíble que tantos se consideren únicos y repliquen su información en la saga de las noticias policiales (vale decir, Ramona I, Ramona II, Ramona III y sucesivas). Y todo, con la misma fuente.

Por otro lado, el policía sabe que si no dice nada al periodista, el periodista empieza a decir pavadas por su cuenta y vaya a saber en qué termina aquello. Y después, sus jefes lo estarán presionando para que investigue versiones que los periodistas imaginaron porque ellos (los uniformados) no les habían calmado la ansiedad por informar a la población.

Con el vuelco de los Pomar, volcó el periodismo.

Por eso, en el caso de Ramona, donde se sabe que no hay complicaciones, es preferible decir.

¿Y qué dijeron en este caso los uniformados a la tevé, que fue la primera en llegar? Exactamente lo mismo que dijo después la tevé a sus espectadores, copia textual de la versión policial, sin preguntas ni repreguntas ni, mucho menos, interpretaciones.

  • peligroso delincuente
  • armado
  • de 16 años
  • con 40 causas
  • antecedentes por drogas
  • por resistencia a la autoridad
  • por lesiones
  • por robo a mano armada

Cuando se arrojó esa información, el o los periodistas no pidieron que se identificara cada una de las 40 causas, primero para determinar si realmente eran 40, o 40 fue una manera de decir para no decir “un montón de causas” que suena mucho menos preciso; y segundo por pura curiosidad periodística. A nadie se le apareció la pregunta “¿cuarenta causas?” y si se le apareció no hizo nada con eso. Tampoco preguntó sobre los antecedentes por drogas. ¿Venta o consumo personal?¿No era que el consumo personal no debe perseguirse? Pero cómo se le va a preguntar eso a los servidores públicos que arriesgan su vida por capturar peligrosos narcos como el chico de Ramona. Bueno, si además se resistió a la autoridad, qué se puede preguntar, ya no tiene arreglo. ¿Lesiones, robo a mano armada? Es un delincuente.

Pero, además, esa información se arrojó a la hora de la deadline, nadie se va a poner a investigar ahora. Creamos a la policía y mañana será otro día.

La tevé no está para interpretar, dicen (quienes manejan los tiempos de la tevé).

El periodismo en general, y el dedicado a casos policiales en particular, no están para interpretar, dicen (quienes manejan los cánones de la neutralidad periodístico empresarial). No se consideran intérpretes sino que se ufanan de ser “sólo un mensajero”.

(“Ante el fracaso, callen al mensajero”, fue el título de una columna de opinión de una periodista del diario Clarín, en defensa de la lamentable actuación periodística en el caso Candela).

Matar al mensajero quiere decir culpar a quien trae la mala noticia en lugar de culpar a quien la produjo.

Pero ser sólo un mensajero, no es ser sólo un mensajero. Es todo lo que ello implica. El periodista que asume el lugar de mensajero está asumiendo que recibe la información en sobre cerrado, que no analiza de qué se trata, y que la entrega a su destino, para el caso la sociedad entera. En pocas palabras, para ser mensajero se debe publicar sin saber lo que se publica. Mejor llamarlo gacetillero de prensa.

La deadline de los policiales III

De todos modos, se puede decir que hay una postura velada, algo semejante al declamado esfuerzo por proteger la libertad de expresión ilimitada que, por definición, avanza sobre todo lo que se le oponga, incluyendo los derechos a la buena información de la sociedad. Puede que cierto periodismo sea mensajero. Todo dependerá de cómo se ubique en su concepto de la información, del lugar que ocupa en su distribución a la sociedad, y de la ética que despliegue para realizar esa tarea.

¿Es posible suponer que entrega los mensajes a sobre cerrado? ¿Acaso no existe la tarea de edición?

En los casos policiales esto puede traducirse como tomar la información de fuentes policiales y desparramarla en la sociedad como noticia cierta. En teoría, sin saber que lo hace.

Si no sabe lo que transmite, por qué siempre la fuente es la misma (la policial) y no la de los presuntos (o reales) delincuentes, sus familiares o abogados. ¿Acaso se pueda hablar de selección de fuentes, selección de sujetos y selección de objetos? De ser así, ¿se podrá hablar de recorte de fuentes, recorte de sujetos y recorte de objetos? Y en caso de que lo hubiera, ¿ese recorte es consciente o inconsciente?

Por eso, en el caso al que nos referimos habían pasado apenas 20 minutos desde que Ramona era Ramona de la Capital y ya el periodista ante cámara relataba que se trataba de un:

Peligroso delincuente de 16 años, armado, con antecedentes, causas por drogas, lesiones y robo a mano armada.

De haber tenido tiempo, ¿habría preguntado? Primero, saber qué preguntar. Tal vez le hubieran dicho que “es un menor y por ley se debe proteger su identidad”. Quizás, con un poco de tiempo hubiera podido reflexionar que, si es un menor y se debe proteger su identidad, es raro que informen que tiene 40 causas; pero si pregunta por las cuarenta causas, responden que es un menor y se debe proteger su identidad. Se ve que la ley que ata las manos policiales no las ata tanto porque la información de que tiene 16 años y es un peligroso delincuente, y sus antecedentes, finalmente salió. Y se ve también que la ley tampoco ata las manos periodísticas, porque tal como se informó así se publicó.

De haber tenido tiempo, se hubiera armado de otro cuadro, hubiera compuesto otra escena, porque con tiempo se hace más difícil vincular “peligroso delincuente” con “liberó a los rehenes después de que la madre le llevó pizza”, o se hubiera pensado, después de verlo (porque después la policía lo dejó un rato lejos pero a la vista de las cámaras) que era muy probable que entró al local con un cuchillo justo en el momento en que cerraban la cortina metálica, y se asustó y se quedó encerrado adentro.

¿Cien policías desplegados para resolver algo que se resolvió con una pizza? ¿Qué hubieran hecho si el chico no tenía hambre?

Tal vez se pueda pensar que el centenar de policías, patrulleros por doquier, un camión de asalto, el grupo de elite desplegándose a la vista de todos, y la generosa provisión de datos a la prensa, no sea más que una puesta en escena para difundir un modo de resolver cualquier problema de inseguridad, mediante la saturación de uniformes, de armas, de poder punitivo. Y la puesta en escena es para los medios, para los periodistas de policiales, que sabrán creer la información y repetirla (repetir, sí, repetir) y difundirla, multiplicarla.

El efecto, la cohesión entre información policial y noticias policiales da sus frutos. La población lee las notas policiales, consume los noticieros de la tevé cuya enorme proporción está constituida por noticias policiales. Y aprende. Sabe que por más campañas de desarme que haya lo más práctico es estar armado. Lo dicen en la tele.

Hace muy pocos días, un pasajero mató de un tiro a una chica de 17 años, casi de la misma edad que Pike, el peligroso delincuente de Ramona, intentando evitar que unos ladrones robaran un par de celulares y algo de dinero de dentro del colectivo en que viajaban ambos.

Al día siguiente, un vecino llamó a la policía, en Lanús, porque estaba asustado por un probable robo que tal vez ocurría en su casa. Cuando llegaron los policías, de noche y a oscuras, estuvo seguro de que se habían cumplido sus sospechas, los vio ladrones, entendió que finalmente no estaba tan mal mantenerse alerta, y disparó. A un sargento le dio en la frente y al otro en el cuello.

Hace unos años, también en Lanús, un padre mató a su hijo porque volvió de noche y a una hora en que su hijo no debía volver (había olvidado las llaves) y lo creyó un ladrón porque intentaba entrar por la parte trasera saltando una medianera.

Las noticias policiales no les dieron tiempo para reflexionar, les enseñaron el modo de resolución de cualquier supuesto conflicto de inseguridad. Y quedaron ubicados en la deadline, la línea de muerte después de la cual ya no hay nada.

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