La mente, ese campo de batalla

Al igual que el Che Guevara, el argentino Elvio Sisti se ofreció como médico de combate en un proceso revolucionario lejos de su país. Para él, la guerra de El Salvador se convirtió no sólo en un escenario de disputa política, sino en un involuntario campo de experimentación científico y social. Política, guerra de guerrillas y salud mental. Perfil de un psiquiatra que sigue soñando su revolución.

Sisti II

Fotos: Romina Elvira

Corre el año 2004. En las puertas del director del Hospital Interzonal General de Agudos (Higa) de Mar del Plata hay ―literalmente― una rebelión de locos. Los pacientes del hospital de día del área de salud mental acaban de enterarse que a su médico coordinador no le renuevan la concurrencia. Los talleristas que trabajan en el proyecto decidieron convocar a una asamblea de urgencia junto a los pacientes. La decisión es unánime: defender el proyecto y a su mentor. Ese petiso barbudo que mira siempre entrecerrando los ojos como si tuviera el sol de frente. Ese médico que a veces no usa delantal de médico. Ese psiquiatra que habla de que las personas con padecimiento psíquico no tienen que estar encerradas. Ese loco que dice que los locos necesitan sentido.

El director del Higa escucha a los talleristas, al involucrado y a los pacientes. Todos piden lo mismo, algunos lo corean en el pasillo a los gritos.

―¡Sisti no se va!

* * *

Elvio Sisti se recibió de médico psiquiatra en plena dictadura militar. No tuvo militancia política en su paso por la Universidad Nacional de La Plata; lo más cercano fue su participación en las reuniones que convocaba el viejito Lortera, un veterano comunista —médico y filósofo— autor del libro Materialismo dialéctico y psiquiatría. El hombre había formado un grupo de estudio en un viejo sótano prestado que reunía las condiciones de confidencialidad que demandaba la época. Allí, el joven Sisti vinculó por primera vez psiquiatría y pensamiento de izquierda.

Para esa altura ya estaba participando en un programa de Radio Universidad, desde el que difundían “El correo de la Unesco”, una revista que para la Argentina de 1979 era de contenido revolucionario.

Un día de esos recibió la invitación a integrarse al Consejo argentino de la Paz, que desarrollaba una intensa campaña de solidaridad con la revolución sandinista, el proceso centroamericano que estaba cambiando la realidad de Nicaragua a fuerza de ideas y fusiles.

Para la misma época, al regresar de unos de sus viajes por aquel país, Julio Cortazar escribió: “No soy sistemático en mis recuerdos, y solo podré mostrar algo de lo que supe y lo que vi; otros lo irán haciendo con más profundidad y detalle, porque muchos historiadores, sociólogos y periodistas están trabajando allá sobre el terreno para que la revolución del pueblo nicaragüense sea por fin mejor conocida y reciba un apoyo y una solidaridad que hasta ahora no ha estado a la altura que merece y necesita”.

Algo de eso debe haber pensando también Sisti cuando descubrió en la sede del Consejo argentino de la Paz un cuarto lleno de medicinas sin uso, y tomó la decisión de juntar sus vacaciones del trabajo, proponer un viaje inesperado a su pareja y emprender una peripecia que duraría 12 años y cambiaría su vida para siempre.

* * *

Cuando Elvio habla se mueve un poco. Apenas un movimiento pendular. Se siente como si el que lo mira estuviese mareado. No es él. No es lo que dice. Son las paredes, es el piso, el techo. Es esta pequeña cocina comedor revestida de madera cálida en la que está hablando hace cuatro horas y media. Es el pequeño velero Courage que envuelve la cocina, a Elvio Sisti, a su relato que se desliza zigzagueante como un barco sobre el agua. Al principio fue algo romántico, dice.

Y se quiebra. Y vuelve al relato. Y se vuelve a quebrar.

Cada tanto las lágrimas en los ojos, la voz rota, la pausa, el vaso con agua, el silencio profundo de segundos que parecen horas.

Y entonces vuelve al relato, como quien remonta un cerro por enésima vez. Tarde lo que tarde, el agua de este muelle espera paciente que retome la historia.

―Perdón… Mucho de lo que dije no la había compartido nunca.

La primera entrevista ―y todas las que vendrán― tienen una aliada. Karina Iraola es la actual pareja de Elvio, están juntos hace 12 años. También ella pregunta, también se sorprende con el relato, también aporta detalles de color.

―Es de la misma camada de egresados del Indio Solari en el Normal 3 de La Plata. Lo descubrí leyendo una biografía. Él dice que no se acuerda. Yo creo que el Indio sí se debe acordar, porque para mí que Elvio fue abanderado. Yo siempre le pregunto pero él no me quiere decir. ¿Fuiste abanderado?

Elvio no contesta.

Cuando se le hace una pregunta siempre hace una pausa. A veces responde, a veces no. Sólo él sabe qué cosa lo determina.

Antes del Normal 3, antes de la Universidad Nacional de La Plata, fue la vida en Verónica, una pequeña localidad en Punta Indio. La infancia tranquila en un pueblo de calles de tierra, con menos de 3000 habitantes, la compañía del abuelo Agustín, un “socialista de Palacios” con quien compartía una pieza a la que revestían con mapas. El viejo era un aventurero, fue quien le firmó a su nieto el permiso negado por sus padres para hacer un curso de paracaidismo. Pero Elvio era apenas un niño en esa época. Lo de la guerra vino mucho después.

* * *

Hicieron escala de unos días en Panamá, y el 10 de marzo de 1980 ya estaban en Managua, la capital nicaragüense. Sisti y su pareja, Adriana Martínez Petrocelli ―santafesina, estudiante de arqueología― llevaban encima sus 30 años, sus curriculums laborales y tres valijas con la medicina del cuartito del Consejo argentino por la Paz. Se las entregaron personalmente al presidente de la Cruzada Nacional de Alfabetización, Fernando Cardenal, hermano del ministro de cultura del gobierno sandinista, el poeta Ernesto Cardenal. Dejaron las valijas, se interiorizaron de la situación, conocieron otros barbudos y respiraron el oxigenado aire de la revolución de Nicaragua.

Diez días más tarde, el 20 de marzo, Elvio Sisti fue nombrado jefe del equipo interdisciplinario de salud del departamento de Chinandega, en el que no había ni un sólo psiquiatra.

Comenzó haciendo servicio de psiquiatría en el Hospital San Vicente. Y una de las primeras iniciativas que tomó fue inaugurar un consultorio móvil, aprovechando un Jeep que los sandinista habían reciclado de los aportados por la Alianza para el Progreso, la iniciativa de Estados Unidos para frenar el avance de proyectos socialistas en la región en la década del 60.

Montados en el vehículo y con solo un bolso de psicofármacos, iban recorriendo las fronteras y las unidades de salud de la zona. Atendían desde esquizofrenias hasta mujeres maltratadas, pero sobre todo apoyaron la Cruzada Nacional de Alfabetización, una experiencia en la que la revolución sandinista, con una movilización de 60 mil voluntarios, redujo el índice de analfabetismo de 50% a 13% en menos de un año. Atendían brigadistas alfabetizadores que habían sufrido crímenes atroces de la Contra, la organización paramilitar financiada por la CIA que realizaba sistemáticos atentando contra el pueblo y la revolución.

A fines de 1980, Sisti se empezó a comprometer con la guerra que se estaba librando en el vecino país de El Salvador. A través del Comité nicaragüense de solidaridad con los pueblos, comenzó una militancia que lo iría acercando a ese proceso de lucha hasta terminar incorporándose al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), la coordinación de organizaciones guerrilleras que luchaba por el poder de El Salvador.

Al igual que Ernesto Che Guevara en la revolución cubana, inicialmente Sisti se ofreció como médico general de combate. Pero la primera misión que le asignaron no tuvo que ver con eso.

Sisti III

* * *

Pocos meses después, Elvio está engrasando fusiles y guardándolos prolijamente en cajas embaladas para ser lanzadas desde el aire en paracaídas. La operación se realiza hace tres meses en una hacienda abandonada por terratenientes somocistas que huyeron a Miami luego de la revolución. El lugar es un paraíso y tiene su propia pista de aviones, un hangar con dos Douglas DC3. Al FMLN le pareció perfecta como base en Nicaragua de la operación secreta.

―Era como Desde el Jardín, parecía realismo mágico.

Todo había nacido de la derrota norteamericana en Vietnam.

A los vietnamitas les habían sobrado cientos de miles de fusiles M16 que, terminada la guerra,  habían entregado a los sandinistas para su lucha en Nicaragua. Una vez en el poder, los sandinistas querían aportar esas armas a la guerra que estaban librando sus hermanos del FMLN en El Salvador. La tarea de Sisti y sus compañeros consistía en preparar las encomiendas con los M16 de los vietnamitas y los AK47 que aportaron los sandinistas: desarmar, engrasar, embalar. Desde allí, enviarían aviones hacia El Salvador donde las recibiría el FMLN.

Fue la primera misión para la revolución salvadoreña.

Pero la cosa recién empezaba.

* * *

El exclusivo Club Náutico Mar del Plata fue fundado por la aristocracia marplatense en 1925. Su primer presidente fue Eduardo Peralta Ramos, descendiente de la familia dueña del territorio en el que se fundó la ciudad. Todo es muy blanco. Tiene: pileta cubierta, pileta descubierta, quinchos, muelles, gimnasio, restaurante, buffet, paradores, cuatro mil socios. Sus dos actividades tradicionales son la náutica y el tenis. Pero también se puede practicar natación, remo y hockey. No es de esos lugares en los que uno espera encontrarse a un exguerrillero marxista. Pero ahí viene uno.

―Hola. Esperen. Tengo que firmar ―dice un seco Sisti, su versión inicial.

Firmar es autorizar el ingreso. Se hace en un puesto de guardia y luego del gancho del socio en el papel, el personal permite la entrada de los invitados.

La caminata hasta el muelle es larga. Se cruza todo el Club, incluyendo canchas de tenis, restaurant, talleres, playa privada, puente colgante, dos paradores.

El Courage es un yate de pequeño porte que Sisti compró en Uruguay, se lo llevaron a Buenos Aires y lo trajo hasta Mar del Plata en una peripecia marítima: rompió hélice, tardó 4 días. Vive amarrado al muelle y, entre salida y salida a navegar, es su refugio en este mundo.

La navegación a vela es una actividad apasionante. En los años 80 se podía aprender en el Club Náutico, si se lo pensaba como deporte. O en Cuba, Panamá e Italia, si se pretendía ingresar clandestinamente armas por el mar Caribe en una guerra revolucionaria.

* * *

El segundo encuentro es en su casa. La que abre la puerta es Karina. Dice pasá, vas a tener que esperar un poco, Elvio se está bañando. Dice vení, de paso te quiero mostrar algo.

La casa es sencilla. Una esquina en el barrio San Juan: comedor pequeño, cocina, living amplio, sillones cómodos, habitaciones.

Y un patio.

―Añoranzas ―suelta ahora Karina, como quien sabe lo que va a provocar.

El patio es relativamente chico, apenas 6 metros por 3. Por la vegetación que lo habita, casi no se puede transitar. Es una selva en miniatura, la muestra gratis de la flora silvestre: diversidad de plantas enormes, una pequeña cascada, hojas del tamaño de brazos que llueven como lenguas de gigante, como gotas pesadas suspendidas en el tiempo. Ecosistema del recuerdo. Un abrazo del Caribe en plena ciudad, en plena casa, en pleno patio de 6 por 3.

―Todos los días, desde que yo lo conozco, hace su rutina de ejercicios acá todas las mañanas. A las 6 am, haga el clima que haga. Hace 12 años.

Sisti IV

* * *

Hay dos que se gustan.

O eso parece. No es la cola de un cine, no es un café, no es el borde de una cama. Es la guerra, es 1983. Es el cerro Las nubes, Amatitán Arriba, El Salvador. Pero ellos se gustan.

Esteban es un joven guatemalteco que realiza su instrucción militar en guerra de guerrillas para volver a pelear a su país. Hoy es su último día en el campamento guerrillero, luego de una campaña de casi un año en El Salvador. De pasada hacia la comandancia ―desde donde organizarán su salida― decidió pasar a despedirse de los médicos y enfermeras del hospital, un rancho en mitad del cerro.

Los dos médicos del rancho tienen seudónimos: Carlos Fonseca ―cirujano― y Rocky ―clínico y psiquiatra―. Las dos enfermeras son Yeny ―la de los ojos verdes que enamoró a Esteban y a todos los demás― y la francesa ―que a Esteban le dice “Estifan” y a Rocky, Rocky―.

Rocky es el nombre de guerra de Elvio Sisti. Él es el responsable del hospital conjunto que las Fuerzas Armadas de Liberación ―una de las organizaciones que conforman el FMLN― ha montado en la base del cerro Las nubes, un territorio que controla la guerrilla.

Esteban ya se despidió de él, también de los demás, pero sigue hablando con Yeny. Rocky ―que es Sisti― los mira; se da cuenta que no quieren despegarse. Los ojos verdes, los ojos marrones, los ojos que no ven más que los ojos. Pero se escucha un avión, se huele un bombardeo. Rocky levanta la vista y ve el círculo que hace un A37. Su formación en aviación en su paso por el servicio militar argentino, sumado al curso realizado en Cuba, le bastan para leer el movimiento: el A37 prepara un bombardeo plano. Rocky ―que es Sisti― baja la vista y mira a su gente. Indica ir hacia los refugios. Hay dos. Uno muy cerca del hospital ―una zanja profunda quebrada en L con quiebres realizados para frenar la onda expansiva― y otra de menor calidad ―algo como una pileta sin demasiada profundidad― pero más alejada.

―Les hago seña a los dos tortolitos. Todos vamos a las trincheras, pero ellos no se despegaban. Les di tres veces la indicación de que vayan al refugio antes de irme con los demás.

Rocky se va con la enfermera francesa a la segunda trinchera, la más alejada. Fonseca se mete en la parte cubierta de la L. El avión suelta la bomba.

Desde el cielo caen 250 libras de furia anticomunista.

Bum.

El mundo es un bramido silenciado.

La indicación es esperar en el refugio. Asegurarse que no soltarán otra bomba. Esperar.

El silencio es total.

Rocky ―que es Sisti― espera en su lugar cuando, como una bolsa de papa, cae adentro el cirujano Fonseca con heridas leves. Lo revisa pero Fonseca dice: “Yeny”. Cuando sale del refugio, se encuentra con la nada. Todo barrido: no hay hospital, no hay trinchera, no hay refugio, no hay árboles de mango.

―Me dio una sensación irreal ―dice ahora Rocky, 32 años después.

Se acerca a la otra trinchera. No hay nada, está tapada de tierra revuelta. Lo único que reconoce es el pelo de Yeny, una peluca inerte, punta del iceberg que avisa de un cuerpo enterrado. Tomándola de ahí le levanta la cara, está intacta, hermosa, muerta. La onda expansiva le quitó la vida sin lastimarla.

Esteban no tuvo la misma suerte.

Algunos restos indescifrables de vísceras y tierra quemada. Sólo un brazo entero, pero lejos, en la calle rumbo al mando, a 50 metros. Su cabeza y torso recibieron la bomba. Nada queda de ellos.

Cuando se haga la ceremonia fúnebre, no habrá cadáver que enterrar.

* * *

Gran parte de la juventud salvadoreña pegó el salto hacia la lucha armada el 20 de febrero de 1972. Ese día hubo elecciones en El Salvador. Desde la década del 30 ―al igual que en el resto de América Latina―, la oligarquía gobernaba a través de dictaduras militares. El Partido Comunista estaba proscrito y la izquierda y el progresismo decidieron hacer un último intento de cambiar la realidad por la vía electoral. Conformaron la Unión Nacional Opositora (UNO), un frente de la oposición civil. Los militares y las clases dominantes salvadoreñas habían conformado su propio frente, el derechista Partido de la Conciliación Nacional (PCN). Por la noche, cuando comenzó el recuento de votos, el Consejo Central Electoral confirmó que la tendencia estaba dando ganador a la UNO. Pero antes de que pudieran festejar, se cortaron todas las vías de información de El Salvador. Dos días. Cuarenta y ocho horas de silencio. Cuando volvieron las noticias, se anunciaba que el ganador era el candidato del PCN.

El pueblo se sintió estafado y salió a la calle a denunciar el fraude. Uno de los epicentros de la protesta fue la Universidad Nacional. El ejército lo resolvió así: la bombardeó y decretó su cierre por dos años.

La juventud de El Salvador, que padecía ―además de la falta de libertad y las represiones― una abismal brecha entre ricos y pobres ―el 10% de la población poseía el 80% de las riquezas del país―, sintió ese día que las posibilidades de cambiar esta realidad por la vía electoral se habían agotado. Esto, sumado al contexto internacional ―revolución cubana y procesos de luchas de liberación en todo el continente―, provocó un crecimiento acelerado de las organizaciones armadas y del FMLN que ―liderado por el legendario Shafik Handal― buscaría derrotar a la dictadura con las armas en la mano en una guerra que comenzaría en 1980 y se extendería hasta 1992.

* * *

Le duele la boca. En los casi cuatro años que lleva en los frentes de combate, le ha pasado de todo: ampollas de pura sangre que ocupaban toda la planta del pie, cortes, golpes, suturas en plena marcha, fiebres. Pero las caries que tiene ahora son tan grandes que se le meten las semillas de naranjas en los huecos. Y duele. La infección es grande, el dolor intenso y la cantidad de antibióticos que toma ya no surten efecto. Pero hay algo más: Adriana ―Anita―, su esposa, está embarazada. La decisión del mando es que ambos salgan del área de combate y viajen a San Salvador.

En enero de 1985 organizan la salida. Sisti lo hace camuflado con unos pantalones que le quedan enormes y ―mal― afeitado. Al verse en un espejo ―hace cerca de tres años que no se ve en un espejo― no se reconoce. Pasan unos meses en la ciudad; la idea es que se recupere y retorne al campamento. Pero deben suspender su ingreso por presencia del ejército y entonces cambian los planes: en unos días debe irse a Nicaragua, para una nueva misión.

En su estadía en San Salvador, Sisti pierde una muela, logra salvar otra, se recupera de la infección, tramita un pasaporte falso, practica el acento caribeño y ensaya el himno de El Salvador por si se lo piden en Migraciones.

Salen separados, pero se reencontrará con Anita en una casa de seguridad de Managua. Allí nace su bebé, que no es uno sino dos: mellizos. Anita primero se ocupa de ellos, luego se convertirá en secretaria de Shafik, el máximo líder del FMLN. Por su parte, Sisti ocupa su tiempo ejerciendo psiquiatría de guerra con combatientes, mientras espera instrucciones.

En eso está cuando se entera que el comandante Ramiro Vázquez quiere hablar con él para proponerle una operación de apoyo ―en ese momento no lo sabía― a la ofensiva militar del 11 noviembre de 1989. El plan era sencillo: debía capacitarse en navegación a vela, combate en altamar y técnicas de buceo, viajar a Europa simulando ser un burgués argentino, comprar allí un velero, llenarlo de armas y entrar por el mar Caribe a El Salvador.

* * *

El Salvador – Argentina: dejar los mellizos al cuidado de sus abuelos.

Argentina – Panamá: tomar cursos de buceo.

Panamá – Italia: realizar cursos de navegación a vela, obtener patente y carnet habilitante.

Italia – Panamá – Costa Rica: reencontrarse con Anita.

Costa Rica – Argentina – Cuba: entrenarse con tropas especiales en navegación por electrónica y por sextante, en operación de embarcaciones medianas, combate en alta mar y buceo de búsqueda.

Cuba – Nicaragua – Guatemala: armar pantalla, proyecto turístico con cabañas y medio náutico, para poder recibir barcos.

Guatemala – El Salvador: regresar al frente guerrillero.

* * *

“Durante mi primer viaje a Europa ―el que escribe es Sisti, se trata de Capitalipsis now, un texto inédito― en misión secreta para la guerra revolucionaria de El Salvador (1988), estaba tan militarizado y compartimentado en el control del trato coloquial con quienes iba conociendo, que no me di cuenta. Pero años después y terminada la fase armada, lo descubrí: quienes estábamos en una lucha revolucionaria, y especialmente en su fase armada, poseíamos un poderoso sentimiento egodinámico”.

La concepción de Sisti sobre los padecimientos psíquicos es particular. Considera a la salud mental como desarrollo humano y a la lucha por atender las necesidades básicas y transformar la realidad como sentido.

―El sentimiento egodinámico es el de estar viajando en el plano subjetivo, avanzando continuamente, aunque no siempre en forma lineal. Ser marineros de un gran velero afectivo, que de pronto nos mandaba a las gavias del palo mayor o a la sentina de popa, pero siempre en movimiento. Cada cosa que uno hacía, incluyendo el simple dormir, se sentía como algo de la “navegación”, inevitablemente valiosa. Recuperar un fusil era avanzar, pero también lo era techar un refugio, hacer la guardia nocturna o cocinar tortillas de maíz. Cada cosa que se hacía era algo de uno mismo y del camino total. Nos construimos mutua y dialécticamente en el camino.

* * *

Hubo otra revolución.

Ocurrió en Italia, en una pequeña ciudad llamada Trieste.

Fue a principios de los 70, cuando nombraron director del Hospital a un tal Franco Basaglia. El hombre era un psiquiatra italiano que desde ahí lideró un movimiento intelectual y político que revolucionó la psiquiatría del mundo. Al descubrir el tratamiento carcelario que recibían los pacientes internados en manicomios y los crueles procedimientos de dudosa eficacia a los que eran sometidos, fundó un movimiento para democratizar la psiquiatría.

Por su concepción de la salud mental, se lo acusaba de hacer politiquiatría: Basaglia decía cosas como que la locura era una enfermedad resultante de la marginación económica y que en los manicomios se reproducían desigualdades de clase.

Su revolución la hizo en la gestión del hospital de Trieste, hasta donde se dirigieron psiquiatras de todo el mundo para conocer su método y sumarse a su movimiento.

En 1992 ―cuando se firmaron los acuerdos de paz en El Salvador y se preparaban para un arduo trabajo de reinserción de excombatientes y refugiados de guerra― los discípulos de Basaglia viajaron hasta Centroamérica, con la intención de aplicar métodos renovadores buscando aportar su experiencia a la reconstrucción del tejido social salvadoreño. Allí se encontraron con un aliado. Un exguerrillero que, además, era psiquiatra.

Sisti VI

* * *

El documental de Naciones Unidas se llama así: Más que un Consultorio. Una experiencia de salud mental territorial. Mientras se suceden imágenes de El Salvador de la postguerra, una voz femenina en off con dicción perfecta introduce: “Durante doce años, El Salvador fue escenario de una guerra civil que cobró más de 75 mil vidas. Quince mil combatientes quedaron lisiados. La población campesina fue la más golpeada. Muchos de ellos abandonaron el país, refugiándose principalmente en Honduras, en condiciones de aislamiento forzado. Después de ocho años de exilio grupos de refugiados lograron retornar a sus tierras. Sobre las cenizas, surgió la comunidad. Se construyeron nuevas viviendas y nuevas relaciones entre hombres y mujeres. En este contexto, el Programa de las Naciones Unidades para Desplazados, Refugiados y Repatriados de Centroamérica (Prodere) introdujo una metodología de participación comunitaria e intersectorialidad motivada desde un enfoque que une la salud mental al desarrollo humano”.

Mientras continúan las imágenes de la reconstrucción comunitaria de El Salvador, el documental muestra entrevistas a campesinos repatriados y a profesionales y voluntarios que trabajan en el Programa. En el minuto 10, aparece un hombre ―42 años, castaño, sin canas, chomba rayada―, dice: “Le damos recursos a la comunidad para que puedan actuar sobre los demás grupos de riesgo como niños, lisiados, mujeres. La metodología ha sido de tipo participativa y autogestiva, no se ha hecho nada sin la organización de la comunidad”. El graph indica: Elvio Sisti, psiquiatra.

La firma de los acuerdos de paz lo encontró en Guatemala, donde vivía hacía tres meses, desarrollando la última etapa de la misión encomendada por el FMLN. Al enterarse del fin de la guerra, pidió al mando volver a El Salvador y entrar nuevamente a los campamentos de Guazapa. En febrero de 1992 logró ingresar a “la ciudadela”, donde llegaban todos los excombatientes para entrar a los Programas de las Naciones Unidas, quien oficiaba de veedora del cumplimiento de los acuerdos de paz entre el FMLN y el Estado salvadoreño, y coordinaba la reconstrucción de la vida social, política y económica del país tras los 12 años de guerra. En ese contexto, Sisti se integró a trabajar en el Prodere.

―De esas experiencias, y del proceso de lucha, se alimentó en mi ese enfoque. Después  entramos en contacto con los italianos de Trieste trabajando en el Programa. Pero yo no había leído a Franco Basaglia, ni el trabajo de ellos. La misma práctica coincidía, nos identificaba.

* * *

La primera guinda ―como se denominaban las invasiones del Ejército― fue dura. Sisti acababa de integrarse a los frentes y, tras un primer bombardeo aéreo, les avisaron del ingreso de columnas por tierra en una maniobra de cerco. El repliegue fue con población civil de una comunidad campesina, desplazada de sus tierras por el ataque militar. La guerrilla acompañó y guió esa retirada, mientras algunas unidades militares del FMLN aguantaban en la línea de fuego a las tropas del ejército salvadoreño, entrenadas y asistidas por Estados Unidos. Eran cerca de 3000 personas huyendo, de las cuales solo 200 eran guerrilleros armados.

Luego de días de caminata, con lluvias tropicales que dificultaban el paso, lastimaban los pies y mojaban las armas, llegaron a orillas del Lempa. La única vía de escape seguro era cruzando el río, pero había un solo bote para los miles que eran. Desde el cielo llovían disparos y bombas.

―Las familias campesinas no entendían qué pasaba, lo vivían como un castigo divino, lloraban a mares, desgarradas.

Sisti ―que tenía una pistola .45 con cuatro balas, que intentaría disparar luego y fallaría en el intento por lo mojada que estaba― debutaba como médico de combate atendiendo a los heridos: cortes, balas, desgarraduras. Las familias civiles estaban aterradas y empezaron a querer cruzar el Lempo como podían.

―Cortaban plantas de banana para hacer balsas, pero era como cartón y al mojarse se hundía. Se ahogaban familias enteras.

Finalmente, lograron concretar la retirada. Antes, Sisti nadó el Lempa buscando un bote, se cortó la planta del pie bajo el agua, conservó la inservible .45, perdió su mochila con todas sus pertenencias y la reemplazó con la mochila de un muerto, que apenas tenía una desvencijada hamaca para dormir. Fue su debut en una guinda.

Casi no se detuvo a pensar porque no hubo tiempo. Luego sí lo habría, y ahí fue que apareció el hallazgo. Fue por la diferencia.

Unas décadas después, lo explica así: los desplazados por la guerra ―en bombardeos y campos de refugiados― sufrieron los mismos padecimientos que los combatientes ―en frentes de combate y campamentos guerrilleros―: falta de agua, de comida, frío, heridas de guerra, miedo. Pero ―Sisti lo descubrió después de los acuerdos de paz, trabajando en el Prodere― la forma de procesarlo y los padecimientos psíquicos derivados de esas experiencias fueron bien diferentes. Los refugiados expresaban sintomatologías severas, los exguerrilleros podían superarlos con relativa facilidad. La diferencia era una y podía salvarlos: sacrificio con sentido, sentimiento egodinámico.

* * *

Drákula le decían.

Era un delincuente incurable de 16 años y le faltaban los dientes incisivos. Daba miedo Drákula.

Estaba preso cuando la guerrilla del FMLN tomó la comisaría de Usulután en la que sentía morir sus días. Era violento como un vampiro, agredido y agresor.

El FMLN liberó a sus combatientes detenidos y, con ellos, a todos los presos, incluso a los comunes, incluso a Drákula. Pero el adolescente no salió corriendo, le cayeron bien los guerrilleros y pidió sumarse a la guerra como combatiente. Lo aceptaron. Por primera vez en su vida lo aceptaron.

Con el tiempo se convirtió en un guerrillero ejemplar, buen compañero, audaz, arriesgado como pocos. Aprendió a leer y a escribir, tejió amistades profundas y ocupó roles importantes que ofrecieron un sentido a su vida. Cayó en combate un día de 1983.

Diez años después ―con la firma de los acuerdos de paz y la guerra ya concluida― la Universidad Nacional de El Salvador editó un libro llamado La psicoestimulación de base. En la tapa, bajo el título, figura su autor: “doctor Elvio Sisti”.

En la primera página, solo una línea interrumpe el blanco del papel. “A la memoria de todos los Drákulas”, dice.

* * *

A fines de los 90, Sisti necesitó volver a la Argentina, estar más cerca de sus hijos y de sus padres. Por gestiones de su hermana, llegó a Mar del Plata en el 2000. Luego de un infructuoso paso por la Secretaría de Calidad de Vida del Municipio, le ofrecieron la coordinación del hospital de día del Higa.

―Ahí se armó la revolución ―dice, y por fin sonríe.

Impulsó videoforos, huertas, talleres de artes, muralismo, una revista, emisiones de radio desde el propio hospital, taller de teatro, festivales de rock. Cada una de las actividades las organizaba junto a los pacientes, a través de asambleas. Y cada una de las actividades era resistida por las autoridades del hospital.

El día que decidieron hacer un festival musical, la directora del área de salud mental, Ángela Calderaro, le dijo:

―Vos si querés invitá esos músicos, pero llevátelos bien lejos de acá porque los pacientes internados se nos alteran.

Lo terminaron haciendo en la sociedad de fomento del barrio ubicada a unas cuadras del hospital. El contraste era extremo: a escasos metros del festival en el que los locos de Sisti cantaban y bailaban, estaban los discípulos de la doctora Calderaro, adentro del Higa, dándole electroshock a un chino recién internado, que ni siquiera sabía hablar español.

A pesar del apoyo de talleristas y pacientes, Sisti no pudo evitar que por las diferencias con las autoridades del Interzonal le rescindieran la concurrencia ―que era ad honorem― en la coordinación del hospital de día.

Pero pasó algo. Los pacientes le pedían seguir, los talleristas le pedían seguir, él quería seguir. Y siguió. En el 2005 fundó la Asociación para el Desarrollo de la Salud Mental (Adsam). Consiguió un espacio en las Ferias Comunitarias que quedaban cerca del hospital y se llevó para allá a todos los pacientes que había externalizado. Logró armar un equipo de trabajo interdisciplinario y que la Municipalidad le pagara el salario de una enfermera; todos los demás trabajaban gratis.

―Nunca lo vi tan feliz como cuando iba al mercado ―dice Valeria Rodríguez, quien conoce y trabaja con Sisti desde los años de Adsam―.  Cuando en el 2007 se cayó también ese proyecto estuvo muy triste. Muy triste de verdad.

Valeria ―que continúa trabajando con Sisti, ahora en un Centro de Prevención en Adicciones dependiente del Estado provincial― dice que él jamás chapea. Que cuando lo conoció se fue enterando de su curriculum por los sellos de sus recetas. Recetas que, además, tenían dos particularidades: evitaban el diagnóstico estigmatizante ―que muchos profesionales e incluso familiares le pedían con insistencia― e indicaban cosas raras.

―Un día vino una chica ―cuenta ahora Viviana Ruiz, directora del Centro Cultural El Séptimo Fuego― a decirme que quería empezar teatro. Estaba en tratamiento psiquiátrico, yo en ese momento no lo sabía. Me dio una receta médica. La firmaba Sisti e indicaba: “Taller de teatro”.

Cuando todavía era el coordinador del área de Salud Mental del hospital, Sisti se contactó con Viviana y su compañero Marcelo Romer. Quería proponerles que se integren al proyecto, para comenzar a dictar talleres de teatro para los pacientes psiquiátricos. Viviana dudaba.

―Mirá Elvio, yo sé mucho de teatro, pero de salud mental no tengo idea. Nunca traté con enfermos psiquiátricos, no tengo experiencia, no se cómo manejarme, no se cómo tratarlos.

Sisti se quedó mirándola, como si pensara una respuesta pero no pensaba ninguna respuesta. Contestó.

―Igual que a tus hijos.

A los cinco minutos ya estaban planeando los primeros pasos del taller.

Un año después de esa conversación, el sábado 15 mayo de 2004, el diario El Atlántico de Mar del Plata publicaría una nota firmada por el cronista Rodolfo Palacios, titulada Actuar para vivir. Decía: “La de la directora teatral Viviana Ruiz no es una clase más. Sus alumnos son un grupo de pacientes psiquiátricos del hospital público que buscan en el teatro una salida a sus conflictos. La iniciativa surgió hace más de un año del doctor Elvio Sisti, jefe del hospital de día del Interzonal a quien le pareció una buena idea que los enfermos psiquiátricos vivieran la experiencia de estudiar teatro”.

* * *

―Es callado, parco, pero cuando se lo conoce es sagaz. Sisti contraviene la hegemonía de la psiquiatría clásica. Siempre busca generar proyectos en las personas, y usa la medicación solo como compensación, nunca como muleta definitiva.

Eduardo Zamorano es psicólogo. Durante diez años fue director de la comunidad terapéutica de Chapadmalal, un espacio de internación en el sur de Mar del Plata en el que el Estado ofrece tratamiento a personas con problemas graves de adicción a las drogas. Cuando Zamorano asumió su cargo, conoció a quien ejercía como psiquiatra en el lugar. Se trataba de Elvio Sisti.

―El compromiso que ha tenido en su vida, que no fue una vida fácil, lo lleva también al consultorio. Cuando se ha terminado peleando, como pasó en el Higa, fue porque no lo comprenden. La gremial médica no se banca que tenga tanto contacto con el paciente, no se banca la horizontalidad que él propone. En la medicina falta oreja, escucha. Eso Sisti lo tiene. Sabe mucho, pero primero escucha. Su enfoque no es individual, es social y humanista. Lo que el hace es antipsiquiatría.

Sisti final

* * *

Preparar al Courage lleva su tiempo.

Sacar lonas, preparar velas, tirar de sogas, hacer nudos, nudos y más nudos. Hoy se sale, dice Sisti. El cielo está despejado, así que arranca la odisea.

Una vez en altamar, se hiza la vela mayor. El mecanismo es simple: tirar de sogas, hacer nudos, nudos y más nudos. Al cabo de dos horas de navegación, el humo se apodera de la escena. Apagar el motor, indica Sisti a la inexperta tripulación.

Aldo y Sebastián intentan reparar el motor, Fabián vomita sin parar, Sisti timonea, Karina pide auxilio a Prefectura. Sin motor, con marea y viento en contra, no parece sencillo volver. Sisti está concentrado, indica cambiar de pierna, cuando cambiar de pierna significa tirar de sogas, más sogas, y hacer nudos, más nudos.

Luego de varias pruebas, la marea gana la partida. La vuelta será larga, se llegará de noche, pero el Courage volverá a amarrarse en un abrazo esperado con su muelle.

Toda la tripulación colabora con el retorno. Entre ellos, dos de los tres hijos que Rocky y Anita tuvieron en plena guerra: Fabián Sisti, diseñador industrial, 34 años, y Aldo Sisti, ingeniero químico, 35. Llegaron de La Plata para visitar a su padre y dar unas vueltas en el velero.

Aldo parece disfrutar el viaje, hace y deshace nudos con destreza, es el especialista en cambios de pierna. Treinta y cinco años atrás estaba junto a su otro hermano, Martín, rodeado de líquido amniótico, dentro de un útero, cubierto por la piel de una panza que caminaba por la selva salvadoreña. El útero era el de su madre, Anita, que marchaba junto a 70 combatientes del FMLN en una retirada al mando de Rocky -que es Sisti, que será su padre-.

Cuando termine la guinda, y estén sanos y salvos, sus padres comenzarán a sospechar el embarazo, lo confirmarán luego, saldrán del Frente de combate y se dirigirán a Nicaragua, donde nacerán ellos a quienes llamarán Aldo y Martín, y a los que sumarán, un año después, a Fabián, el tercero. Luego los traerán hasta Argentina de forma clandestina para dejarlos con sus abuelos. Ellos pasarán su infancia, estudiarán, llegarán a la Universidad, se recibirán, trabajarán y viajarán un día a Mar del Plata, para dar una vuelta en el velero Courage de su padre, donde están ahora, haciendo nudos.

* * *

Es de noche, Elvio Sisti está sentado frente a la lenta computadora de pantalla verde que le regalaron los italianos. Con ella pudo reemplazar la Olivetti portatil naranja, en la que redactó los primeros textos sobre salud mental. Ahora escribe su segundo libro. Es noviembre, 1995, San Salvador.

Escribe: “En Centroamérica está fresca todavía la experiencia de la guerra en El Salvador. En ella se dieron situaciones de interés científico para el campo de la salud mental. Ningún cuerdo desearía contar con laboratorios naturales a ese precio pero, ante la realidad histórica, es nuestra obligación encontrar en qué medida podemos extraer su valor y significado, no moralista, sino para el mejor conocimiento de la salud mental. Por otro lado, los sufrimientos pasados cobrarán mayor sentido si conseguimos al menos reconocerles ese servicio impensado al bienestar humano. Entonces se harán más llevaderos los traumas, las pérdidas y las invalideces”.

Tras repasar el último párrafo, hace una pausa. Mira la pantalla, las teclas de la máquina, piensa. Luego sigue escribiendo. Como quien remonta un cerro por enésima vez.

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