El francotirador

Leonardo Gutiérrez vive con el triunfo en la mira. El jugador más ganador en la historia de la Liga Nacional de Básquet no se perdona no estar a la altura. Es un cabeza dura que no deja que ningún compañero se relaje. En 2009 se instaló en Mar del plata y lo disfruta Peñarol.

Leonardo Gutiérrez

Fotos: Pablo González

Juan Manuel Locatelli se indigna. No sabe cómo parar a los plateístas de Peñarol que se abalanzan sobre las vallas de contención para insultar a ese jugador de Boca que los amarga siempre.  Se va a iniciar el tercer cuarto y Leo Gutiérrez está parado sobre la línea lateral del Polideportivo, frente a los bancos de suplentes. Pero no acepta semejante hostigamiento y, en lugar de reiniciar el juego, deja caer el balón de sus manos. Desencantado, menea la cabeza y camina hacia el centro de la cancha para alejarse de la catarata de insultos.

―¡Que no lo puteen más, que no lo jodan! Después lo tenemos que aguantar nosotros.

Locatelli sabía que estaban despertando a una bestia. Dicho y hecho. Leo, que había tenido un primer tiempo discreto, respondió a las agresiones con dos triples seguidos. Fueron puñaladas al corazón de sus fervorosos detractores.

―¡Viste! ¡Te dije! ¿Para qué lo putean? Lo teníamos controlado…

El grito de Locatelli hacia el banco de Peñarol no admitía reproche. Sus compañeros sabían que no es una buena idea insultar a Leo desde una tribuna cuando se lo tiene enfrente. A veces, devuelve gentilezas con algún gesto. Pero generalmente se la cobra en efectivo adentro de la cancha. Se agranda. Mantiene la cabeza fría y contesta cada agravio con una acción positiva, que generalmente vale tres puntos.

* * *

―Tenés un corte muy grande, se te ve el parietal. Te tengo que llevar a la clínica.

―Coseme acá como puedas, quiero seguir jugando.

Leo Gutiérrez está sentado en una camilla dentro de un vestuario vacío. Después de mirarse al espejo, su bronca se potencia. Insulta al aire. En el Polideportivo se respira tensión. Tiene la frente abierta y la cara llena de sangre. En el parquet, Peñarol y Quilmes disputan el segundo clásico de la temporada 2014–2015. Un golpe involuntario de Luca Vildoza en la disputa de un balón lo sacó de la cancha. Se jugaba el segundo cuarto. Tiene un corte profundo y el médico, Martín Paredes, cree que lo mejor es trasladarlo a un hospital. Eso significa no volver al partido.

Peñarol está diezmado. Martín Leiva, uno de los pilares, quedó marginado por lesión y Leo Gutiérrez es consciente de que su presencia se torna muy necesaria. Paredes le dice que hay que acudir a un cirujano. Que de lo contrario, le va a seguir sangrando y no va a quedar bien. A él no le importa: quiere que lo cosa en el vestuario. Ante la insistencia, el médico cede. No está fácil: a la altura de la ceja, la piel se corta y no puede dar puntadas con precisión. Después de varios nudos, lo resuelve. En total, son 12 los puntos sobre la frente de Leo.

Con un vendaje que le rodea la cabeza como si tuviera una vincha, Leo sorprende y sale a jugar el segundo tiempo. Cruza hasta el otro costado de la cancha y lo va a busca a Vildoza. Lo abraza y le da un beso. El gesto descomprime.

Leo Gutiérrez suele oler el peligro. Sabe cuándo su equipo está en riesgo y generalmente encuentra el antídoto. Esa noche tenía que estar. Y la estadística le estrechó la mano: convirtió 10 puntos en el segundo tiempo y resultó el goleador de Peñarol en un triunfo agónico por 74 a 72. Con la lesión a cuestas, disputó 35 minutos 15 segundos. Fue el jugador que más minutos estuvo en cancha.

―Recién a los cuatro o cinco días fui a ver al cirujano y me dijo que estaba muy bien cocido, que otra cosa no se podía hacer.

Cuatro meses después del episodio, Leo Gutiérrez lleva una pequeña cicatriz en la frente, con la forma de un siete.

No era la primera vez que asumía el riesgo de jugar lesionado. Ya lo había hecho en Boca,  en la temporada 2006-2007. En una práctica liviana en la Bombonerita,  justo en el día previo al inicio de los playoffs ante Ben Hur, sintió el pinchazo inoportuno.

―Uy, me desgarré.

Gabriel Piccato, entrenador de Boca, prefirió pensar que se trataba de una exageración.  Pero la cara de preocupación de Leo Gutiérrez y el inmediato diagnóstico de quien conoce su cuerpo a la perfección, dejaron poco margen para la duda.

Pasaron pocas horas y los médicos confirmaron la sospecha de Leo. Para cualquier normal, sería quedar marginado de la eliminatoria.  Pero se trata de un cabeza dura.

―Escuchame,  vamos a ver qué pasa en estos dos primeros partidos de local. No los voy a jugar, pero si la cosa se complica, el tercero lo juego como sea. No me importa nada.

Para Piccato, la actitud de Leo Gutiérrez era la de un grande de verdad. De una especie de jugador en vías de extinción. “Yo creo que no cualquiera hace eso. Él ya era Leo Gutiérrez, había ganado varios títulos y podría haber priorizado otras cosas”.

―Yo me hago cargo si se agrava la lesión. Pero no voy a cumplir con los días de reposo, voy a jugar.

Leo quería estar de cualquier manera. Boca había perdido los dos primeros encuentros de local y él sabía que el siguiente podía ser el último partido de su equipo en la temporada.  Si tocaba quedar eliminado, quería hacerlo en cancha con sus compañeros. No había sido una temporada fácil: el despido del entrenador Eduardo Cadillac a comienzos de temporada lo puso en el ojo de la tormenta. Desde algunos sectores de la prensa lo señalaron como uno de los responsables de la situación. Esos momentos duros motorizaron su insistencia para jugar.

Una semana después, el Coliseo del Sur esperaba desatar el festejo. En Rafaela todos sabían que la situación era inmejorable: Ben Hur necesitaba un triunfo más para eliminar a Boca y Leo estaba en una pierna.

El vendaje especial del kinesiólogo José Ossemani protegía los isquiotibiales de Leo, pero el dolor aparecía en los piques cortos y en los desplazamientos laterales. Por eso, pidió defender a Damián Tintorelli, el jugador más alto y con menor movilidad del rival.

A falta de 8 segundos para el final, el reloj marcaba 72 iguales. La ofensiva de Boca se ensució y, luego de una secuencia de pases, el balón derivó en Leo Gutiérrez. A 45 grados, frente al banco de suplentes local, armó un tiro de su sello. La bola parecía que iba a tocar el techo. ¡Chas!

La bomba acalló los silbidos y dibujó una postal en las tribunas. Apenas se vieron algunos gestos de lamento de aquellos que la veían venir. Un año atrás, jugaba en Ben Hur y los había acostumbrado a festejar. Como rival, les hizo sufrir en carne propia su frialdad para los instantes decisivos. Con aquel triple clave, Boca inició el camino hacia el título.

Leonardo Gutiérrez

* * *

Leo Gutiérrez estaba encendido. Convertir seis triples en el primer tiempo le había elevado la confianza hasta las nubes y veía el aro como una palangana. Su Peñarol le ganaba cómodo a Boca y nadie esperaba demasiadas emociones en el Polideportivo. Hasta que en el tercer cuarto metió dos más y despertó la curiosidad de espectadores y periodistas.

―Ya metiste ocho triples. Seguí tirando que podés pasar el récord.

La sugerencia llegó desde la platea. Un grupo de hinchas alimentó el deseo de Leo, que seguía en llamas en el último cuarto. Cada vez que pasaba por ese sector, a la altura de la mitad de la cancha, recibía la cuenta regresiva que lo acercaba a un nuevo logro.

―¡Dale que te faltan cuatro!

Conscientes de la posibilidad, y con el partido definido, sus compañeros veían en él un faro al que le debían pasar la bola. Lo ubicaban, le hacían el espacio y lo asistían.  A esa altura, Leo la pedía en todos los ataques. Sin importar cómo fuera el tiro, iban todas adentro.

―No me defiendas fuerte en la próxima. Meto otro y te juro que no tiro más.

Llevaba 12 triples y le pidió el favor a su marcador, Fernando Martina. Pero el pivote de Boca ya no soportaba el bombardeo. Estaba rabioso y, herido en su orgullo, rechazó el convite. Era la noche de Leo. Tomó la bola y, ante la embestida de la marca, la lanzó casi con los ojos cerrados. La bola se desprendió de sus manos y describió una parábola interminable. Bajó como un misil: tablero y red. Había alcanzado el record. Pero antes de volver al vestuario se lo quedaría solo para él con dos triples más.

No siempre la mano de Leo fue especial para los triples. El progreso está en su ADN. A los 15 años fue reclutado por Julio Lamas para jugar en Olimpia de Venado Tuerto. Era un pivote que resaltaba por el físico. Técnicamente era muy limitado. Su lanzamiento era pobre. Pero medía 2 metros, tenía un gran poder de salto, tomaba rebotes, era agresivo para defender y mostraba algo que no se entrena: una mentalidad muy fuerte.

Su vida en Venado Tuerto estuvo dedicada casi en exclusividad al entrenamiento. Las seis horas de práctica diaria lo llevaron a elevar su nivel técnico para complementar su poderío físico. Absorbió las enseñanzas como una esponja. Y ese mismo año fue convocado para jugar el Sudamericano de cadetes con la Selección Argentina, sin imaginar que con el tiempo sería campeón olímpico y el jugador que más veces vistió esa camiseta en la historia

Pese a que había mejorado el lanzamiento, el tiro de tres puntos estaba lejos de ser el arma principal de su juego. Solía tirar dobles largos, pero rara vez se animaba a probar desde más allá de la línea de tres.

―Tenés buena técnica de tiro, ¿por qué no hacés un paso más para atrás y probás algún tirito de tres puntos?

Marcelo Milanesio no sabía que, con su consejo, estaba activando una bomba. En aquel entrenamiento en el estadio municipal de San Francisco, durante el Argentino de mayores del 2000, Leo Gutiérrez decidió hacerle caso a uno de sus referentes en Atenas. La empezó a meter, tomó confianza y el vuelco fue evidente: de apenas 18 triples convertidos a lo largo de sus primeras 7 temporadas, pasó a encestar 120 en la siguiente (2000-2001). Luego, perfeccionó el recurso y lo transformó en un arma mortal. Los rivales saben que no pueden descuidarlo ni un segundo y eso le permite liberar a sus compañeros.  Su conexión con el aro funciona a prueba de balas: a los 36 años se convirtió en el máximo triplero de la historia de la Liga Nacional.

* * *

Agacha la cabeza, lanza una mirada perdida hacia el parquet. No es su noche. Está resignado, frustrado. Es su primera final internacional en Peñarol, la gente llenó el estadio y él no se perdona no haber estado a la altura. No hay nada peor para Leo Gutiérrez que no dar la talla en un encuentro decisivo. En un partido que hierve tanto como el Polideportivo, debe abandonar la cancha para no volver. Nada menos que en la final de la Liga de las Américas ante Halcones de Xalapa.

Jugó mal. La marca del mexicano Víctor Mariscal no le dio respiro y estuvo permeable en defensa. Su lenta caminata hacia el banco refleja la impotencia de no poder hacer lo que casi siempre puede. Aunque tiene a la gente en el bolsillo, mira a la cabecera y une las manos a la altura de su frente como si fuera un rezo.

Pide perdón. Segundos antes, un pitazo congeló el tiempo por un instante. Leo Gutiérrez llegó a la quinta falta y debió irse al banco de suplentes para no regresar al juego. El reloj marcaba un minuto 51 segundos para el final de un suplementario infartante. Peñarol ganaba por un punto (87-86) pero perdía a su líder.

Sentado, con una toalla blanca que envuelve parte de su cabeza gacha, Leo Gutiérrez no quiere mirar. Los gritos de la gente son ahora su termómetro del partido. Adentro del rectángulo, Kyle Lamonte toma el liderazgo ofensivo, define el juego y desata la fiesta. Como si lo hubiera rescatado de un naufragio, Leo lo abraza, le besa la cabeza. Después, corre hacia la platea. Ahí lo esperan su mujer y sus dos chicos. Leo le entrega la camiseta a su hijo Pepo como una ofrenda. Mora, desde los brazos de su madre, mira el gesto que su papá repite cada vez que termina un partido. Entonces sí, es momento de soltar: Leo estalla en un llanto cargado de angustia. La historia termina como casi siempre: descorcha el champagne, toma un trago y se baña en burbujas. La gloria le cae como un bálsamo. Consiguió su propio perdón. Al fin y al cabo, a él lo contratan para ganar.

* * *

―Pocos consiguieron el bicampeonato en la Liga, pero nadie ganó tres. ¡Así que vamos por más!

En un escenario montado en el medio del Polideportivo de Mar del Plata, Leo Gutiérrez invita a la gente a soñar en grande y lo que ya era una fiesta se convierte en delirio. El público estalla sólo con imaginar semejante hazaña.  Rodeado por sus compañeros y empapado en champagne, a Leo lo envuelve un estado de éxtasis. Apenas pasaron 15 minutos del final del partido que consagró a Peñarol como bicampeón de la Liga y ya piensa en hacer historia en la temporada siguiente.

La gloria es un vicio para Leo Gutiérrez. Nunca se conforma. Lograr un título le genera una sensación de plenitud que dura hasta el primer partido del torneo siguiente. Mientras otros jugadores se preocupan por sus números individuales, a él no le interesa ser goleador ni tener una planilla con valoración alta. Lo único que lo llena es ganar.

―Los números te ayudan para tu ego personal, nada más. Por eso siempre les digo a mis compañeros que si quieren ganar más guita el año que viene, hay que ganar. Hay que salir campeón.

Leonardo Gutiérrez

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―Vení, a partir de hoy vamos a compartir habitación.

Durante la cena en el hotel de Comodoro Rivadavia, en el primer viaje de la temporada, Leo Gutiérrez sorprende a Luciano Massarelli. Al pibe, que recién llegaba a Peñarol con el desafío de acoplarse al equipo campeón, se le iluminaron los ojos. En la previa de cada Liga, Leo observa al compañero con el que puede entablar una buena relación y lo invita a pasar más tiempo con él. Generalmente, le apunta a los jóvenes a los que cree que les puede transmitir algo.  Aunque no suele forzar la situación: si se da cuenta de que alguien no lo escucha, no pierde el tiempo.

La propuesta no sólo incluye dormir en la misma pieza en los viajes. El compañero realiza junto a Leo la sesión de tiro matutina en el día del partido. Le pasa el balón para que tire y juntos simulan situaciones de juego en un clima relajado. El elegido disfruta de sus consejos, pero también queda expuesto a su exigencia y debe soportar su carácter, sobre todo por las mañanas. Leo insiste para que se cuide el físico, que tenga el peso justo y que se concentre en pulir determinado aspecto de su juego.

La exigencia de Leo no termina en su compañero de habitación. Él no permite que nadie se relaje. Tiene la medida para detectar cuándo uno de los suyos ingresa en esa zona de confort. Lo identifica en actitudes, en gestos. Piensa que si un compañero se relaja, luego se producirá el efecto contagio que derivará en un pozo colectivo. Por eso, apenas se da cuenta, ataca el problema con una charla, un par de gritos o algún insulto. Nadie debe enojarse: antes de cada temporada, organiza un encuentro con todo el equipo y, tras escuchar a cada uno de sus compañeros, les aclara que no tiene mala intención.

* * *

―Se lo quiero dedicar a mi mujer, que me dijo que iba a jugar bien. Yo quiero a toda la gente de Córdoba y no me merezco esto que me hacen. Yo no cagué a nadie. A nadie cagué. A nadie…

Con el premio al mejor jugador del partido en la mano, Leo Gutiérrez quiebra en llanto en el estadio Orfeo durante la entrevista con la televisión. Ese hombre duro, de cabeza fría para resolver en los momentos de tensión, lagrimea como cualquiera que se siente víctima de una injusticia. Todavía lleva en el corazón a Atenas y los insultos del público local le duelen en el alma. Los cordobeses, casi con el despecho de un amor que se fue, no le perdonan su pase a Peñarol y lo acusan de mercenario. Leo quiere explicar el porqué de su cambio de vereda,  que la dirigencia de “Griega” le puso todas las trabas posibles. Pero no puede hacerlo.

La descarga de Leo no frena el desencanto de la gente de Atenas, que lo hostiga sin piedad con más insultos y carteles. Gente que él siente como propia le grita que es un traidor, un vendido. Le muestran pancartas con el signo pesos y billetes. Del otro lado, los hinchas de Peñarol corean su nombre y componen una escena imposible de imaginar un año atrás. El periodista Fabián Pérez lo agarra de un brazo e intenta tranquilizarlo en el cierre de la nota, pero Leo lo deja con el micrófono en la mano. “Sentí impotencia por no poder pararle el llanto. Leo es uno de los tipos más honestos del básquet argentino. Nunca se guarda nada”, contó el periodista.

Leo se aleja de las cámaras y hace diez pasos hasta toparse con un muro de contención: es Martín Leiva, su compañero de batallas dentro de la cancha. Lo abraza, le aprieta la cabeza junto al pecho y se lo lleva al vestuario.

―Quedate tranquilo que hoy van a ganar y la vas a romper. Después, dedicamelo a mi.

A 1200 kilómetros de distancia, Fernanda le da a Leo Gutiérrez el espaldarazo necesario para afrontar el cuarto juego de la final ante Atenas. Antes de cada partido como visitante, Leo llama a su mujer desde el micro que lo lleva a la cancha. Pero este no era un llamado más. Necesitaba ganar confianza en una serie en la que sentía que no estaba jugando en plenitud.  Al final, el pronóstico de su compañera resultó por demás acertado. Él, antes de quebrarse, cumplió con la dedicatoria.

* * *

Había dos clubes en los que Leo Gutiérrez estaba convencido de que no iba a jugar. Uno era Gimnasia y Esgrima de Comodoro Rivadavia. El otro, Peñarol de Mar del Plata. Cada vez que visitaba a esos equipos, era hostigado, insultado y fuertemente rechazado por el público local. Nunca supo por qué lo maltrataban los sureños. Pero entendía que los agravios de los marplatenses respondían a la final que les ganó con Boca.

En la temporada 2007-2008, la gente de Peñarol tenía la herida abierta de la final perdida ante Boca meses atrás. Y aprovechó una de las visitas del “Xeneize” al Polideportivo para desquitarse con Leo Gutiérrez. La noche terminó mejor para los marplatenses, que festejaron el triunfo y se burlaron de la expulsión de Leo, que discutió acaloradamente con el árbitro Pablo Estévez y dejó la cancha antes del final. Lo insultaron, lo silbaron y todo el estadio cantó en su contra. Él estaba caliente. Y mientras se iba al vestuario, respondió al levantar dos de sus dedos para recordarles el subcampeonato de la temporada anterior.

―Hey, número uno, tranquilizate. No te podés calentar así. Vos sos el más grande de todos.

Al llegar al vestuario, Leo recibió el mimo del presidente de Peñarol, Domingo Robles, que siempre lo quiso en su equipo. Ya se conocían, habían charlado en varias oportunidades. Leo siempre lo respetó. Por eso, a pesar de la calentura, decidió escucharlo.

―Vos sos el más grande, no te tenés que enojar. ¿Sabés por qué te putea la gente? Porque quiere que vistas la camiseta de Peñarol. Acordate, algún día vas a venir a jugar acá.

Pese al intento de seducción de Robles, a Leo no se le cruzaba por la cabeza jugar en Peñarol. Sin embargo, dos temporadas después, y luego de ganarle otra final a los marplatenses jugando para Atenas de Córdoba, la historia dio un giro de 180 grados.

Leonardo Gutiérrez

* * *

Pasada la medianoche, Leo Gutiérrez no tiene sueño. Sabe que no va a poder dormir. Otro buscaría la forma de conciliar el sueño. Él no. Se levanta. Va hasta la computadora y elige en Internet un video de su cosecha. Las finales son su debilidad. Esta noche, la del 98/99 es la elegida. Mira sus jugadas. Quiere recordar cómo resolvió. Cómo ponía el cuerpo, las manos, los pies. Compara su juego de aquel momento con el actual y observa al equipo. Las horas pasan y el sueño llega. Vuelve a la cama y recién entonces, puede descansar.

La cabeza de Leo Gutiérrez es una computadora. En su memoria tiene un archivo de estadísticas, jugadas y sensaciones. Se acuerda de todo: cuántos puntos metió en las finales, de los cuatro compañeros que estaban en cancha en un momento puntual y hasta de cuántos puntos y rebotes hizo un rival en una final hace más de 15 años.

Su memoria se alimenta de los sentidos. Observar es la clave en su aprendizaje. Mira a jugadores puntuales e intenta copiar su mecánica. “Los jugadores de mi generación siempre fuimos estudiosos de compañeros y rivales. No mirábamos tanta NBA como los chicos ahora”, sentencia con un dejo de resignación.

***

A los 13 años, Leo ya estaba acostumbrado a madrugar. Le gustaba cazar y pescar. Esa era su felicidad: cuando la luz del día asomaba, se reunía con sus amigos y caminaba por Marcos Juárez las 20 cuadras que lo separaban del campo.  La adrenalina de apuntar y tirar lo atrapó desde muy chico. Empuñaba una escopeta, se concentraba y esperaba el momento justo para dispararle a las liebres y a las perdices. Casi siempre acertaba. “Tenés que ser muy malo para errarle. Lo más difícil es la caza mayor, porque es de noche, no se ve con claridad y tenés que estar bien cómodo. Se tira a 80, 60 o 40 metros de distancia y necesitás un fusil con una mira. Generalmente, esperamos que haya una luna bien fuerte. Vamos y cazamos chanchos y ciervos”, cuenta 23 años después, convertido en una estrella del deporte.

―Acá de vago no te vas a quedar: o estudiás o trabajás.

Norma Gutiérrez le marcó la cancha. Apenas terminó la primaria, Leo decidió dejar de estudiar y Norma dejó las cosas en claro. Ella fue madre y padre a la vez. Crió a él y a Claudia con mucho esfuerzo para que no les falte nada. Siempre les inculcó que debían darle valor a las cosas.

Leo le pidió trabajo a un tío albañil. Su primera tarea fue ayudar en la construcción de una casa de dos pisos. Cada mañana, llegaba el camión con los ladrillos y tenía que descargarlos. Las manos ya eran su herramienta de trabajo y las empezaba a curtir. Apilaba 3 o 4 ladrillos por vez, inclinaba su cuerpo y lanzaba  hacia arriba. No se trataba de una pelota. Ni se escuchaba el inconfundible sonido de la red. Eran asistencias para su tío, que esperaba en el techo.

El de ayudante de albañil no fue el único trabajo de su infancia en Marcos Juárez. Durante casi un año tapó los pozos ciegos que las inundaciones dejaban en la ciudad.  Fue el padre de un amigo el que le dio la misión y Leo la encaró. Cargaba las carretillas con tierra negra y colorada para volcarlas en los huecos que dejaba el agua.

Al final de cada jornada, se iba a entrenar al club San Martín. A esa altura, ya había elegido el deporte a seguir. A los 6 años, a escondidas de su madre, había engañado al básquet con el fútbol. Pero siempre le gustó jugar con las manos: el arco fue su lugar. El engaño duró poco. El entorno del básquet le resultó más agradable y cambió el buzo por la musculosa.

* * *

El primer sueldo de Leo Gutiérrez en el básquet fue de 150 pesos. Estaba feliz: a los 15 años ya le pagaban por hacer lo que le gustaba y a fin de mes le sobraba plata. La dirigencia de Olimpia de Venado Tuerto, el club que lo había reclutado, premiaba con un aumento a los juveniles que mejoraban en algún aspecto del juego. Leo, que pesaba 86 kilos cuando llegó, se mentalizó para bajar de peso, aprendió a volcar el balón y mejoró su tiro. Los premios que recibía eran el combustible de su evolución. Al poco tiempo duplicó el sueldo y fue convocado por la Selección Argentina para jugar un Sudamericano de cadetes.

El salto económico llegó a los 18 años, cuando Olimpia logró el título de Liga Nacional. Con el premio en el bolsillo, Leo pensó en su madre. Norma había alquilado durante toda su vida y para él era fundamental que tenga un techo propio. Por eso, cuando volvió a Marcos Juárez para pasar las vacaciones, le compró una casa. Un poco modesta, pero al menos ya no habría que pensar en pagar el alquiler.

Pese a que ya había logrado un título en el básquet profesional, para Leo ese fue su primer momento de gloria. El básquet le permitía empezar a cambiar su destino y el de su familia.

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