Winston Arroyo

Las encuestas ubican a Carlos Arroyo en posición expectante: puede ser el próximo intendente de Mar del Plata. Su caso es llamativo porque nunca desplegó una gran campaña ni se alió con candidatos de peso. Forjó imagen en la secundaria 2 y en la Dirección de Tránsito. Antes, pasó por la Marina y el Ejército.

Arroyo 1 Fotos: Federica Gonzalez y Romina Elvira

“Mi gran ilusión para cuando llegue el momento final es haber sido un faro.

Una luz que ilumine. No una estrella. Yo no quiero brillar”

(Carlos Fernando Arroyo, 29 de agosto de 2013).

Cuenta que una vez, cuando era director general de Tránsito, los empresarios del transporte hicieron un lock out en reclamo de un aumento de boleto. A la cabeza de un grupo de inspectores, fue hasta uno de los galpones en que guardaban los colectivos y un hombre armado le advirtió que debía retirarse. “Me tengo que llevar estas unidades porque el servicio de transporte debe ser prestado”, recuerda que retrucó. Y también que se abrió el piloto azul oscuro que llevaba puesto para mostrarle que no portaba ningún arma. Pero el otro seguía apuntando. “Entonces le dije que si disparaba me iba a matar, pero atrás mío iba a llegar otro. Y si lo mataba llegaría otro, y después otro. Porque me podía matar a mí pero no a la ley, que me iba a reemplazar por otros funcionarios y a la larga lo iba a matar a él”.

El relato fluye con tono épico. Quien lo escucha puede imaginarse a un nuevo superhéroe que en lugar de capa roja usa piloto azul. O a un vaquero al que le sobran agallas para enfrentar desarmado a un indio furioso. Pero no: Carlos Fernando Arroyo asegura que ese episodio tuvo lugar en los primeros años de la década del noventa. Dice que esa noche, después de reducir con palabras al cuidador armado, logró confiscar los colectivos que se necesitaban para prestar el servicio en Mar del Plata. Y que al otro día hubo transporte. De película.

La leyenda de su paso exitoso por el área de Tránsito municipal y el reconocimiento que se granjeó como director de la Escuela Secundaria 2, cargo que ejerció durante más de 25 años, han puesto a Arroyo en una situación que hasta hace unos años era inesperada: la de tener chances concretas de ser intendente.

De pronto, la cara del viejo abogado y profesor no parece tener las arrugas que sus 69 años le imponen naturalmente. Como a la chica más deseada de la clase, todos lo miran de reojo esperando un guiño cómplice. Quieren tenerlo de su lado en la contienda electoral que se librará este año. A su teléfono llamaron, entre otros, Sergio Massa, Mauricio Macri y Gerónimo Venegas. Es que las encuestas, en las que nunca antes creyó, lo muestran entre el puñado de dirigentes que tiene oportunidades de ganar la elección en Mar del Plata, que incluye al intendente Gustavo Pulti y a la radical Vilma Baragiola.

El caso de Arroyo es por lo menos curioso. Sin un partido nacional que lo respalde y sin grandes recursos para promocionarse, en las elecciones legislativas de 2013 juntó 57.907 votos, el 15,43 por ciento. El crecimiento con respecto a 2011, cuando obtuvo 30.671 votos, fue sorprendente. Pero Arroyo no es un hombre nuevo en la política doméstica: salvo en las de 1991, se postuló en todas las elecciones que hubo para intendente desde el regreso de la democracia. En las primeras, las de 1983, que ganó el radical Ángel Roig con 115.000 votos, juntó apenas 1.411 sufragios.

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Sin temor a que lo comparen con el hombre de Neandertal, Arroyo no usa ni usó nunca celular. “De mi libertad soy dueño yo”, dice cuando le preguntan los motivos. Para él, el hecho de que haya podido recibirse de abogado y tenido una trayectoria de 40 años en la docencia son suficientes para concluir que se puede vivir y tener éxito sin teléfono móvil. “Porque la sociedad de las multinacionales no me obliga a comprar nada que yo no quiera”.

Es poco probable que Arroyo lea esta nota: no lee casi nada que no esté impreso en papel. Le gusta tocar y oler los libros. Dice que, al contrario de los digitales, los tradicionales le permiten volver una y otra vez sobre una idea. También subrayar lo más interesante. Cree que entre el lector y la obra se genera una relación casi mística. Tanto que recuerda como si fuera hoy un tomo con hojas verdes impregnadas de dorado de El espíritu de las leyes, de Montesquieu, que estudió en francés en su época de estudiante de Derecho en la Universidad de La Plata.

No es que pidió esa versión porque prefería el francés antes del castellano: era la única que quedaba en la biblioteca de la Facultad. Un curso que había hecho en la Alianza Francesa le dio las herramientas idiomáticas para comprenderlo. “Este tipo de experiencia tan especial no te la permite, a mi manera de ver, lo que yo llamo la civilización del plástico, en donde todo es veloz, rápido, pasajero, efímero. Lo que hoy es la última novedad, mañana desiste”, explica como si estuviera al frente de una clase. Y enseguida apunta: “Hay obras con las que, además del contacto con el pensamiento del autor, uno tiene que tener un contacto casi físico”.

Literatura, sin embargo, ha leído poco. Se interesó por algunas novelas de escritores norteamericanos, como Ray Bradbury, el autor de Crónicas Marcianas. Pero siempre optó por los libros de salud, educación, química o matemática. “Ahora estoy leyendo un libro sobre la composición de la mente”, cuenta. Simultáneamente lee Fue Cuba, el libro en el que el exsecretario de inteligencia menemista Juan Bautista Yofre, procesado en una causa por espionaje contra el gobierno nacional, relata lo que a su entender fue el “proceso de sovietización” de la isla en base a documentos de la Agencia de Inteligencia Checoslovaca.

Está separado ―su mujer era la jefa de inspectoras de la Escuela Media 2― y tiene dos hijos treintañeros: Guillermo y Virginia. La pesca deportiva lo cautivó durante años, pero hace más de una década que no agarra una caña. Lo apasionan las flores. Preferentemente, las rosas y los jazmines. Las planta en su casa, donde procura que haya de distintos colores, perfumes y procedencias. “Es mi hobby”, dice con seguridad. También ama otras dos cosas: las películas clásicas, con las que se entretiene analizando desde las actuaciones estelares hasta la fotografía, y el piloto azul, que casi no se saca durante el invierno. “Es la prenda más cómoda que he conocido en mi vida”, lo elogia. Y asegura que uno clarito que le regalaron hace poco no es tan práctico: “Se ensucia mucho”.

En su juventud, llegó a fumar un paquete de 20 cigarrillos por día. Hace cuatro años tomó la decisión de dejarlo. Aclara que no le costó, que mientras otros toman pastillas y prueban métodos de todo tipo para eliminar el vicio, a él le alcanzó con tomar la determinación. Alguna vez, en privado, admitió que al principio estuvo bien pero después padeció algunos problemas de colesterol. En público elige otra forma de contarlo: advierte que el cigarrillo es un veneno y que simplemente lo dejó cuando se lo propuso.

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Nació el 9 de diciembre de 1945, el mismo año que Mar del Plata fue noticia mundial por el rendimiento de dos submarinos nazis en la Base Naval. Su padre, Pedro Carlos, era propietario de una pequeña fábrica de jabones. Su madre, Clara, apenas había terminado el tercer grado. La primaria la hizo en el colegio Don Bosco y la secundaria, en el Mariano Moreno. En eso estaba cuando, a los 16 años, murió Pedro Carlos y su vida dio un giro: tuvo que salir a trabajar para aportar a la economía del hogar, donde también revoloteaban dos hermanas más chicas.

Fue ascensorista en un hotel y cajero en una pescadería. Como no toleraba trabajar en relación de dependencia, a los 18 años se le ocurrió preparar alumnos aplazados para rendir materias en marzo. A la primera estudiante que requirió sus servicios le enseñó matemática de segundo año. La experiencia fue un éxito: poco a poco fueron cayendo más interesados. Tantos que tuvo que incorporar a la empresa a una de sus hermanas, a la que puso a impartir las materias que a él no le gustaban tanto, como Lengua.

Era toda una academia. En una sola temporada llegaron a preparar más de 700 materias. Abrían a las siete de la mañana y cerraban a las doce de la noche. Había turistas que llegaban de Buenos Aires, dejaban a su hijo para que estudiara, se iban a la playa y lo volvían a buscar a la noche. “Yo me encargaba de que aprendiera”, recuerda Arroyo.

El negocio terminó cuando se decidió por empezar Derecho en la Universidad Nacional de La Plata. Al principio no fue una etapa sencilla. Estudiaba horas y horas, con una devoción tan desbordante que pronto lo fulminó: llegó un momento en que no podía ni leer el diario. Por prescripción médica debió volver a Mar del Plata. “No tenía recursos y casi no me quedaba ropa. Pero tampoco quería ser una carga para mi madre”. Jura que lo salvaron las fuerzas armadas.

En la Marina ofició de cadete y en el Ejército fue soldado. “Allí me dieron comida, me dieron ropa y me curaron”. En ese tiempo empezó a germinar su concepto de funcionario público: “Los cargos son nada más que para servir. Yo tengo, en ese sentido, una formación muy militar. Uno está para servir. No está en el cargo para ser servido.”

Logró recibirse de abogado en 1971. Tuvo profesores “excelentes” y su materia favorita era Derecho Constitucional. “Me sabía la Constitución de memoria”, contó una vez. En Mar del Plata abrió un estudio en Belgrano y Neuquén, donde se ocupaba de sucesiones, divorcios, tenencia de hijos y adopciones. También fue asesor legal de organizaciones de odontólogos e interventor de la Sociedad de Conductores de Taxis.

Al mismo tiempo que empezó a ejercer como abogado se inscribió en los registros oficiales de educación para dar clases en el nivel secundario. La Escuela de Enseñanza Media 2 se convirtió en uno de sus trabajos más estables. Impartió Economía Política, Introducción a la Economía, Derecho Administrativo, Derecho Usual, Práctica Forense e Historia de la Cultura Argentina. Pasó además por las Escuelas Medias 5 y 6.

Durante cuatro años enseñó Ciencias Políticas en el Instituto de Formación Docente N° 19. En 1988, el cariño por la Secundaria 2 lo llevó a presentarse a un concurso para el cargo de director. Lo ganó. Jura que se encontró con una escuela derruida que, con la ayuda de la cooperadora y los alumnos, logró reparar. “Fue mejor director que profesor”, asegura un exalumno que lo tuvo en Economía.

Eran los primeros años de la década del ochenta. La vuelta de la democracia infundía nuevos aires. Se respiraba libertad. Pero dentro del aula Arroyo era estricto. Iba con el piloto y pantalones que le quedaban demasiado largos para evitar que se le arrugaran a la altura de las pantorrillas. Su sola presencia, con cabello escaso pero engominado y ojeras que tendían a hacer más viejos sus 40 años, intimidaba.

Los estudiantes de quinto año tenían Economía en la última hora, la que todos esperan para relajarse antes de la campanada que marca el final de la jornada escolar. Ese relax con Arroyo era imposible. Por eso algunos buscaban cualquier excusa que pareciera verosímil para no presenciarla. “La clase era pesada, como la materia. Arroyo era un tipo muy riguroso, pero había maneras de hacer la clase más dinámica. Y con él al frente del aula eso no sucedía”, describe el exestudiante.

 “El éxito de mi escuela se debe a que yo les pongo límites”, llegó a decir Arroyo. Pero también tenía su costado blando: a los alumnos les daba varias oportunidades para aprobar la materia. Dejó de dar clases en 2009, cuando asumió el primer mandato de concejal. Dio un paso al costado de la Dirección en agosto del año pasado. Cuando le preguntaron el motivo no demoró en responder:

―El año que viene voy a gobernar Mar del Plata.

Arroyo 3

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Su primer trabajo para el municipio fue arreglar la red de semáforos de la avenida Colón. Russak estaba al frente de la comuna, pero no era intendente, sino comisionado puesto a dedo por el gobernador de facto Ibérico Manuel Saint Jean: transcurrían los últimos años de la década del 70; la democracia era un recuerdo y una ilusión, la dictadura decidía quién vivía y quién moría.

El único antecedente que tenía era el de ordenar paradas de taxis durante su intervención en la Sociedad de Conductores. Lo contrataron porque los semáforos estaban tan descompaginados que en lugar de mejorar el tránsito provocaban accidentes. Mandó a revisar los equipos a la empresa que los había fabricado y descubrió que el problema lo generaba el aire marino de Mar del Plata. Cuando reparó los desperfectos, las autoridades municipales quedaron encantadas y le encomendaron una segunda misión: poner en marcha el estacionamiento medido. Al poco tiempo, lo que recaudaba el municipio de los automovilistas pasó a ser el segundo ingreso en importancia del municipio, después del pago de tasas.

De la coordinación de los departamentos de Transporte y Tránsito e Inspección de Tránsito ascendió a director. “Quedé impactado por la luctuosa estadística de accidentes que mostraba Mar del Plata. Luché para que no muriera más gente en las calles”, recordó en 1983, mientras promocionaba su candidatura a intendente por la Alianza Federal. Para entonces los medios ya hablaban de la “memorable política agresiva que ejecutó al frente de la Dirección de Tránsito”. Y contaban que en su paso por el municipio era factible verlo a la madrugada “transitando con su vehículo particular atento a las transgresiones del reglamento del tránsito”.

Al Partido Federal, del exoficial naval y ministro de Bienestar Social Francisco Manrique, ingresó por primera vez en 1982. No lo conocía nadie, pero tardó apenas un año en ponerse el traje de candidato. La derrota era cantada: el torbellino de Roig, que contó con los votos de Alfonsín, pasó por encima a todos sus rivales, Arroyo incluido.

Renunció al Partido Federal cuando, en 1984, Manrique votó a favor del Tratado de Paz y Amistad que firmó Alfonsín con Chile, que finalizó con el conflicto del canal de Beagle. A partir de allí tuvo un breve paso por el Partido de la Independencia, “que casi no tenía gente”, y entre 1992 y 1994 volvió a la función municipal convocado por Russak. Otra vez, los cargos fueron cambiando con el tiempo: subsecretario de Inspección General, subsecretario de Servicios Públicos, director general de Transporte y Tránsito.

Un día tocó el timbre de su casa Guillermo Sáenz Saralegui. Quería sumarlo a un nuevo espacio político. De su mano puso un pie en el Partido Popular de la Reconstrucción, cuyo principal dirigente era Gustavo Breide Obeid, uno de los líderes del levantamiento carapintada del 3 de diciembre de 1990.

De inspiración nacionalista, católica y federal, el partido nació en 1996 con la pretendida misión de “restaurar los valores que permitieron el nacimiento de la Nación”. Contrario al neoliberalismo, defendía la Doctrina Social de la Iglesia, se manifestaba a favor del no pago de la deuda externa y tenía una postura intransigente contra el aborto.

Conocer los postulados de Breide Obeid, condenado por la rebelión a siete años de prisión y a la pérdida de su condición militar, es adentrarse en la estructura ideológica de Arroyo:

  • “El estado actual de la Fuerzas Armadas es consecuencia también del modelo que agobia a la Nación. Vaciadas de su razón de ser son, además, atacadas por una hipócrita política de derechos humanos que sólo atiende a remover el odio, la venganza y la muerte. Y no es la búsqueda de la justicia lo que impulsa ese ataque pertinaz, es sólo un medio más utilizado por el imperialismo angloamericano para desarticularnos como Nación y frustrar el Proyecto que reúna a todos los argentinos”.
  • “Muy lejos estamos de creer que no deba hacerse nada, que pueda aceptarse sin cambios un estado de cosas a todas luces gravísimo. Pero del mismo modo, con la misma fuerza, rechazamos el ataque sistemático orquestado contra las fuerzas policiales para justificar cambios que atentan contra el espíritu mismo del servicio y de la institución” (*).

Arroyo fue vicepresidente del Partido Popular de la Reconstrucción en la provincia de Buenos Aires. Cuando le preguntan si no se arrepiente de su adhesión al controvertido Breide Obeid, frunce el ceño y responde al borde del enojo:

―Soy amigo de Gustavo Breide Obeid. Pienso que es uno de los intelectuales más importantes que tiene la Argentina. De él muchos conocen el aspecto militar, pero no saben que fue profesor de la John F. Kennedy, que es profesor de Ciencias Políticas, que es un hombre con una cultura extraordinaria.

Tampoco muchos deben saber -acaso ni siquiera el propio Arroyo- que en 1998 el periodista de Página 12 Raúl Kollmann le preguntó si estaría a favor de encarcelar y juzgar a quienes robaron chicos en la última dictadura. Breide Obeid, que andaba con ganas de presentarse como candidato a gobernador un año más tarde, respondió con la misma frialdad que hubiera adoptado ante una pregunta sobre el rumbo de la economía:

―No, no hay que volver al pasado. España no juzgó a los que lucharon en la Guerra Civil, Francia no juzgó a los que actuaron en Argelia, ni Inglaterra hizo nada con su feroz presencia en tantos lugares. Le insisto, en su momento hubiéramos estado de acuerdo con el juicio a las cúpulas y a los aberrantes. Hoy no.

En su derrotero por partidos de derecha, en 2007 Arroyo se postuló a intendente por el Paufe, del exsubcomisario Luis Patti, condenado unos años más tarde a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad durante la dictadura. Pero jura y perjura que con Patti nunca tuvo “nada que ver”, que se hizo “un sello de goma” para competir en las elecciones y que la adhesión se firmó en la Justicia. “Yo no tuve ningún trato con él. Nosotros presentamos la lista; ellos no pusieron gente ni nada. Tampoco nos dieron nada para la campaña.” Sacó 20.809 votos, el 6,76 por ciento.

En las legislativas de dos años después subió a 34.440, el 11,23 por ciento, y accedió al Concejo Deliberante con el frente Es Posible, que regentaba Alberto Rodríguez Saá. El escaño lo renovó en 2013 con su propio partido, Agrupación Atlántica.

Arroyo 2

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De las cinco sesiones especiales por el Día de la Memoria, la Verdad y la Justicia que hubo en el Concejo Deliberante en los años que lleva como concejal, Arroyo no asistió a ninguna. Si van a faltar a esas conmemoraciones, que tienen lugar cada 24 de marzo, los concejales procuran excusarse con mensajes de apoyo a las víctimas o críticas al golpe militar del 24 de marzo de 1976. En 2010, el radical Carlos Katz explicó que no podía asistir porque se había comprometido a participar en la maratón en homenaje a Miguel Venancio Sánchez, atleta federado desaparecido tras ser secuestrado de su casa de Berazategui el 8 de enero de 1978, cuando tenía 25 años. “Entiendo que mi participación también es un buen modo de representar a este cuerpo en actividades que realizan otras instituciones por la memoria”, arguyó.

En 2013, el concejal de Acción Marplatense Héctor Rosso notificó: “Por cuestiones personales y no encontrándome en la ciudad, no podré hacerme presente en la sesión pública especial convocada para el 24 de marzo de 2013 con motivo de conmemorarse el 37º aniversario del Golpe de Estado, reafirmando la democracia y los derechos humanos y en repudio al terrorismo de Estado y toda forma de discriminación”.

Arroyo casi nunca consideró necesarias estas formalidades. Sólo un par de veces envió misivas para avisar que no estaría en el acto. Fueron notas carentes de reivindicaciones a la memoria y repudios al terrorismo de Estado. Como la que envió en 2011: “Señor Presidente del Honorable Concejo Deliberante, arquitecto Marcelo Artime: Tengo el agrado de dirigirme a usted a fin de informarle que por motivos personales me encontraré ausente en la sesión especial convocada para hoy 24 de marzo de 2011”.

―Arroyo, ¿por qué no va a las sesiones especiales del 24 de Marzo?

―Porque muchos de los que van ahí han visto la historia solamente con un ojo. A mí siempre me molestó muchísimo toda la violencia, venga del lado que venga. Si de mí hubiera dependido, si yo hubiera asumido en lugar de Alfonsín, posiblemente los jefes militares que llevaron adelante el 24 de Marzo no hubieran sobrevivido una semana. Les hubiera hecho un juicio militar sumario y los hubiera fusilado. Por haber deshonrado el uniforme. Por lo que hicieron. Ahora han inventado un relato que no es cierto: los de ellos también mataban y ponían bombas. Ambas partes estuvieron muy mal. Unos, porque recurrieron a los secuestros y asesinatos, y los otros porque usaron al Estado para asesinar. Que tampoco es la solución a nada, en el último de los casos tendrían que haber investigado, sometido a proceso. La historia que han contado hoy no es igual a la que yo viví.

La noche que se votó la Ley de Matrimonio Igualitario, Arroyo se amargó. Cuando una radio le preguntó qué le parecía la nueva legislación, dijo que en el Congreso de la Nación estaban “en la pavada”, y les reprochó a los legisladores que no se ocuparan de temas más importantes como el Código Penal o el Código de Procedimiento Penal.

Tampoco dudó de qué lado ponerse el día que Marcelo Artime decidió imitar a Kirchner desde la presidencia del Concejo y bajó de sus paredes el cuadro de Pedro Giachino, el primer caído en la Guerra de Malvinas, acusado de haber formado parte de grupos de tarea durante la dictadura:

―Hagan lo que hagan ustedes, nuestros héroes de Malvinas van a ser siempre héroes. La historia ya los tomó.

En la tabla de valores de Arroyo, el papa Francisco ocupa el primer puesto, René Favaloro representa el ejemplo a seguir y Maradona es lo peor de lo peor. Está convencido de que la sociedad se cansó de ser comunista el día que cayó el Muro de Berlín, y que ahora se está cansando de ser consumista. Advierte que se necesita una gran inyección de educación porque, como los reyes romanos, acá los gobernantes le dan al pueblo “pan y circo”.

La inseguridad, según Arroyo, es el resultado directo de la sociedad materialista, consumista, hedónica, corrompida y podrida en que vivimos. Cree que la seguridad va a aparecer sola cuando atendamos “a nuestra juventud, a nuestros viejos, a los más pobres, a los desamparados, a los sufrientes…”, y cuando apliquemos el principio evangélico que recomienda “amar al prójimo como a ti mismo”.

Dentro de esa estructura, la policía “es benemérita” y le faltan herramientas para actuar. La culpa de todo la tiene la Justicia, que no aplica la ley y otorga libertades condicionales a los asesinos. A semejante situación se llegó por una sencilla razón: “Los profesores de Derecho Penal han creado generaciones de jueces permisivos que no entienden que los primeros derechos humanos son los de las víctimas y los de las familias de las víctimas”.

* * *

A medida que fue ganando votos, Arroyo fue perdiendo contundencia. En sus primeros años en el Concejo era más renegado, tajante y frontal de lo que es ahora. En sus discursos, podía dispararles a sus rivales políticos con la primera bravata que se le viniera a la cabeza. A Leandro Laserna le dijo una vez que nadie lo entendía porque hablaba “en coreano”. A Verónica Beresiarte la comparó con una investigadora de la KGB y la mandó a estudiar lingüística y a leer la Constitución. A los funcionarios les decía que no tenían “dos dedos de frente”. A los proyectos que no le gustaban los calificaba de “mamarrachos”, “ridículos”, “psicodélicos” o “absurdos”. Un día de 2011, varios de sus colegas le reprocharon en público estas actitudes. Él dijo que su carácter era así, directo y transparente. “No voy a cambiar mi forma de pensar ni de ser”, les aclaró.

Fue cambiando de a poco. Como todo político con expectativas de ser elegido, empezó a reservarse algunas opiniones. En sesiones decisivas, en lugar de decir blanco o negro prefirió el gris. Como cuando aumentó en enero de 2014 el boleto de colectivo, removieron a Vilma Baragiola de la presidencia del Concejo o designaron a Fernando Telpuk jefe de la policía local, temas en los que no votó a favor ni en contra: se abstuvo.

Las encuestas suelen hacer esta clase de artilugios: el hombre con más decisión del mundo puede convertirse en un ser dubitativo. El que no vaciló en enfrentarse a un guardia armado cuando era inspector, el que dejó de fumar con sólo proponérselo, el que no duda en defender a Breide Obeid como si fuera un prócer y el que hubiera fusilado a la Junta Militar sin pensarlo dos veces “por deshonrar el uniforme”, no alcanza a dilucidar si una legisladora debe seguir siendo presidenta del Concejo, si un comisionado de Seguridad Aeroportuaria es idóneo para comandar una fuerza policial o si el boleto del transporte debe subir o no.

A principios de 2014, presentó un proyecto de ordenanza para prohibir las murgas en las plazas. No sólo el plan no prosperó, sino que su autor recibió más críticas que elogios y se ganó para siempre la enemistad de los murgueros. “Para facho, Arroyo”, gritaron al unísono los de Lavate y vamo en el espectáculo que presentaron en verano en la Villa Victoria.

Entre sus iniciativas también figura la creación de un hospital municipal, un centro integral para mascotas y un instituto para el tratamiento de adicciones; la instalación de una planta de reciclado de neumáticos, un plan de poda preventiva, uno para disminuir la basura electrónica, la reformulación del sistema de estacionamiento medido y convertir a Mar del Plata en ciudad termal.

Arroyo promete gobernar para los barrios y “los que menos tienen”. Aunque intenta diferenciarse de Pulti, su campaña rumbo a las primarias tiene un claro punto de contacto con la del intendente en 2007: los dos eligieron al mismo hombre para erosionar la política económica y financiera del municipio. Hace ocho años, el exradical José Cano mencionaba los números exorbitantes de la deuda que, decía, dejaba el gobierno de Daniel Katz. Pulti aplaudía. Ahora, el mismo Cano menciona los números exorbitantes de la deuda que, jura, deja el gobierno de Pulti. El que aplaude es Arroyo.

Como Pulti entonces, el líder de la Agrupación Atlántica hace campaña con la convicción de que se puede bajar el gasto municipal, recortar personal y, a la vez, reducir las tasas. Para fines de 2015, sueña con ser el artífice de un gobierno de consenso y una administración “más republicana y democrática que la actual”. Dice que no le importa de qué partido vengan sus funcionarios. Que lo importante es que sean capaces e inteligentes. Repite una y otra vez que quiere ser un director de orquesta, no un monarca. Y promete sacrificarse:

―Soy como Winston Churchill: sangre, sudor y lágrimas.

 

(*) Extractos de un artículo firmado por Breide Obeid y por el excoronel Mohamed Alí Seineldín sobre el proyecto político del Partido Popular de la Reconstrucción.

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