¿Qué, mi plata no vale?

Aguafuertes marplatenses de un renegado periodista nacido en el Interzonal. Ojo de halcón que ve en simultáneo el plano general y el plano en detalle (que es lo mismo que decir: Jorge, el que no puede dejar de encontrar el pelo en la sopa).

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Foto: Juan Pablo Buceta – Ilustración: Luciano Cotarelo

 

– ¡Esto es una vergüenza!

Es la segunda vez que la mujer del carro de atrás lo dice; ahora con mucha más fuerza. La vieja debe creer que alguien (podría ser un encargado que ande por ahí), al escucharla, va a resolverlo todo en un santiamén, con los cachetes colorados. En su arcaica y fantasiosa concepción, la señora que grita que es una vergüenza, debe considerar que a los empleados de una cadena de supermercados los impulsa el orgullo de un trabajo bien realizado, ese que cuando todo marcha como se debe, los hace irse a casa con pechos henchidos de satisfacción por estar brindando el mejor de los servicios. No el salario, el orgullo.

Yo estoy tan hinchado las pelotas como ella de lo que está pasando, pero por un instante mi furia se desplaza, y ya no son las horas que parecen transcurrir en el escenario de torpezas de la línea de cajas, sino esa candidez viejeril para elegir las palabras. Así que, con mis codos apoyados en la barra del changuito, giro unos grados y le doy cátedra.

Señora, la vergüenza acá no tiene nadita que ver. Usted cree que el dueño está ahora en su mansión escuchando por micrófonos ocultos lo que a usted le parece el funcionamiento de su negocio, que se siente triste por traicionar su confianza, que va a indicar con unos dedos levantados la cantidad de cajeros que deberán sumarse ipso facto para que todo sea más ágil y usted pueda ir a hervir las salchichas. Esto, señora, se llama Capitalismo, es el sistema mismo (a esta altura no es lo que le dije, sino lo que hubiera querido decirle, completado por escrito en la comodidad de mi casa), un sistema en el que los beneficios para los empresarios deben superar los beneficios que obtienen sus clientes, haciendo inconcebible que haya diez cajas abiertas para quince personas. Mire un poco a su alrededor, señora de las dos vergüenzas, y dígame si algo de toda esta manzana de góndolas, aquella fila interminable de heladeras, todas esas luces que serpentean por los techos, se sostendría con la cantidad de empleados necesarios como para que usted no tenga de qué quejarse, si este monstruo podría solventarse sin capas sobre capas de subsidios y fomentos de un Estado agradecido por la iniciativa empresaria que da trabajo genuino y brinda servicios. En este marco, ellos, los empresarios, son los verdaderos héroes, no usted, no los empleados que son puteados todas las mañanas y todas las tardes, por gente que cree que son estos uniformados los que ponen las reglas, los precios y los horarios. Cómo que esta caja está cerrada, si estás ahí (tajaí), si te estoy viendo, si yo tengo que ir a cocinarle a mi nieto y estoy acá parada como una estúpida. Porque, ¿sabe?, nosotros los consumidores somos parte del problema, manifestado con esa clásica pregunta de borrachos acerca de los derechos que creemos tener adquiridos con plata en la mano.

Ojalá le hubiera dicho todo eso, o al menos una parte de lo que agregué después. Pero hubiera quedado como un loco.

Vuelvo a ponerme en la cola, en la serie de pensamientos pseudo socio, antropo, psico, e ilógicos que me asaltaban para compensar la indignación por la espera.

Sudo, tengo un hambre proverbial, odio todo, me odio por no dejar las cosas en el carrito e irme a mi casa, me odio por no empezar a revolear los jugos clight de naranja, mi paquete de rollos de papel higiénico, mi manteca Verónica de 200gs., mis tres bananas, mi café Arlistán, en fin mis elecciones por los aires, no -en mi caso- para avergonzar dependientes, sino para expresar alguna vez mi no docilidad ante el orden establecido. Debería prender un pucho, que sería el acto más prohibido e inesperado, una forma de romper las reglas, ya que se ve que las reglas que acepto son una porquería que aplasta la dignidad, que nos deja a cada cual en nuestro sitio y que, en el mejor de los casos, nos lleva a tomárnosla con la pobre chica a la que se le rompió el escáner para que todas la odiemos un poco en su calidad de representante de toda la fucking maquinaria, mientras la pobre intenta dar velocidad supersónica a sus deditos que escriben los códigos. Por eso odio Relatos Salvajes, esa película que tanto gusta. Odio la alegría frenética que mostraba toda la platea del cine, mientras Darín descargaba toda su bronca contra un empleado que tan sólo –y obligadamente- le recitaba los pasos burocráticos para la recuperación de coches secuestrados.

El señor sistema no está nunca, salió a hacer trámites, quedan visibles sus empleados de menor jerarquía. Es igual que en las primeras líneas de la guerra, nunca son los blancos de clase media los que se ven las caras en trincheras contrapuestas, son negros, latinos, pobres, peones. Más atrás mira por prismáticos un universitario con tiras y casco, mientras muy lejos del estruendo, allá en Washington (es un decir), dirigen las conflagraciones unos generales que juegan golf con los empresarios que se benefician del conflicto. Puede ser que algunos de los soldados que van a morir (que de todos modos morirían, en su calidad de escoria del sistema) estén inflamados de fervor patriótico y crean que derramarán sangre por la patria -en eso radica la gracia de las batallas-, pero eso no desmentirá el funcionamiento general en uno y otro bando, que bien mirados y despojados de uniformes podrían ser los mismos…

Como siempre me voy por las ramas.

Otros temas son qué caro que está todo, cómo se achica el pollo en el horno y nuestra resignación de autorrespeto a cambio de tener todos los productos que necesitamos en un solo lugar. Pero eso será otro día, me voy a comer.

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