Todo es energía, mi amor

El conocimiento ancestral andino es custodiado por los Queros, comunidad indígena de Perú. Desde ellos y hacia el mundo, los saberes se difunden para atraer una nueva forma de entender la naturaleza, los pensamientos, las relaciones y lo que nos rodea. Y así, tener bienestar a voluntad.

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Cuando don Juan Núñez del Prado acudió a entrevistar a Benito Corihuaman para su estudio sobre los sistemas religiosos andinos, se quedó con las ganas. Estaba destinado a pasarlo por el cuerpo. No iba a ser suficiente sentarse por algunas horas, incluso días, con este “sacerdote” practicante del misticismo: le llevó décadas aprender sus enseñanzas.

Ateo y racionalista, el antropólogo de la Universidad Nacional San Antonio Abad del Cuzco, buscaba información y no necesariamente una guía espiritual. Antes de investigar los sistemas religiosos trabajaba sobre las estructuras sociales, pero al encontrarse con un sistema de creencias sobrenaturales expandido sobre una vasta zona, se propuso conocer y entrevistarse con el sumo sacerdote de la jerarquía.

El padre de don Juan fue quien comenzó la labor. Oscar Núñez del Prado, también antropólogo, relevó la existencia de más de 5200 comunidades indígenas que tenían un sistema de creencias y vivencias en común. Estaban cristianizadas, claro. Cuatrocientos años antes los españoles se habían quedado con todo e impuesto su cultura por sobre las tradiciones incaicas. Sin embargo, en la práctica, la pachamama seguía siendo el centro de todo.

En 1955, Núñez del Prado padre realizó la primera expedición antropológica a Quero, una comunidad que se encuentra en la Provincia de Paucartambo, en el Departamento del Cuzco, en Perú. Sus habitantes son quienes mejor han conservado las antiguas prácticas espirituales en los Andes y son considerados los guardianes de los saberes ancestrales.

No faltaba mucho para que comience la década del 80 cuando se produjo el encuentro. Don Juan tuvo allí su momento cumbre, la gran revelación de su vida. Él y Benito Corihuaman no hablaban la misma lengua, pero tres copitas de pisco bastaron para entenderse a la perfección. La línea de comunicación que se estableció entre los dos, escapaba a toda lógica. Su cabeza dio un giro, se expandió hasta horizontes desconocidos y quiso absorber todo lo posible, y lo más rápido posible, de aquel hombre.

La sabiduría de Benito Corihuaman pudo más. Si quería aprender, don Juan debía antes vivir. Lo mandó a Ausangate, la quinta montaña más alta de Perú y la zona donde se concentra la población Quero. Allí se realiza anualmente el Festival de Qoyllorit’i, que reúne en las faldas del nevado a unas 70 mil personas de manera anual.

Don Juan emprendió la expedición desde Cuzco. Le tomó aproximadamente seis meses llegar. Hoy, con los caminos construidos, la travesía por ruta demora una hora y media.

En Qoyllorit’i, nada se hace con dinero sino con reciprocidad. Primer gran concepto andino adquirido: Ayni. No es un intercambio, es dar sin esperar nada a cambio con la certeza de que volverá multiplicado.

 

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Si tengo algo de espiritualidad en mi vida, se la debo a mi abuela Italia. Nunca me interesó demasiado la religión, a excepción de aquel loco año en que decidí tomar la comunión, sin que nadie me incitara a ello. Afortunadamente, mis padres no me obligaron a adoptar un culto ni a predicarlo, a pesar de haber asistido a un colegio católico. La religión fue meramente decorativa en aquel tiempo, algo que había que pasar a cambio de concurrir a una buena institución educativa, semi privada y, claro, subsidiada por el Estado.

Italia, en cambio, me inculcó algunos valores espirituales como su creencia en las vidas pasadas y la naturalización de la muerte. Nunca la vi desmoronarse ante ella, sino tomarla también como una parte de la vida. Tal vez no era conversación apropiada para niños, pensarán algunos, pero desde muy chica supe que el deseo de mi abuela era ser cremada. Jamás hubiera permitido que la viéramos en un cajón ni la llorásemos como si fuera el fin del mundo. Cuando finalmente sucedió, mi corazón se partió, pero decidí honrar aquellas creencias y su espiritualidad.

Su hijo menor, mi tío Roberto, de alguna manera retomó su senda con una profundidad que yo nunca hubiera imaginado. Ingeniero, capitán de ultramar, padre de familia e integrante del dúo “pardepe” junto a mi viejo en cada encuentro familiar habido y por haber, emprendió el camino del chamanismo.

Se preparó, se formó con diversos maestros -incluso con don Juan- y hoy dicta talleres de chamanismo andino, sin haber perdido una pizca de su esencia.

 

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Suena “Días de Sol”, de Los Pericos, en mi celular y a pesar del supuesto buen augurio que debería traerme cuando lo elegí de alarma, siempre tiene malas noticias: es hora de levantarse. Noctámbula y trasnochadora, las mañanas son la peor parte de mi día. Especialmente cuando no corresponde.

Son las 8 de un sábado y salen esos primeros acordes ya conocidos. Mi cuerpo no entiende qué pasa, se supone que hoy dormimos. Pero esta vez no. Enseguida mi cabeza le avisa que en media hora el tío pasa por casa a buscarme para ir rumbo a Sierra de Los Padres, así que debo alinear rápidamente cuerpo y mente para estar lista.

Allí dictará el taller de cosmovisión andina, para adentrarnos en las tres sendas: la del lado izquierdo, la del medio y la del lado derecho. Es, según supe luego, una especie de “master” en esto del chamanismo, pero allí se entremezcló gente que sabe mucho, con personas que sabían muy poco. En este último grupo estaba yo, diría que casi exclusivamente.

Mi asistencia fue motivada por una inquietud periodística. Quería escribir sobre lo que mi tío hacía y reproducir las historias que había escuchado con absoluta fascinación. Cuando lo llamé para hablarle de Revista Ajo y lo que buscaba, no dudó un segundo. Me invitó a pasarlo por el cuerpo.

 

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“Todo es energía, mi amor”. La frase se me incrustó en el cerebro. La pronunció el tío mientras intentaba sacarme una contractura que padezco desde hace meses. Un tirón que me hace sobresaltar cada vez que giro la cabeza hacia la derecha. Sigue ahí, querido y escéptico lector, sólo me gustó la idea detrás de las palabras: que todo, no sólo lo que nos rodea, sino también nuestro interior consciente e inconsciente, es energía. Y por ser tal, podemos moverla y transformarla.

No sabía con qué me iba a encontrar cuando acepté la invitación al taller que duraría dos fines de semanas completos, de la mañana a la noche. Busqué el atajo, y hasta algo de consuelo, al pensar que si los dos días iniciales eran suficientes para ayudarme a escribir la crónica, no sería necesario llegar hasta el final.

Las primeras tres horas alcanzaron para despertar mi curiosidad y garantizar mi presencia durante toda la extensión del taller.

Algunos días antes, recibí un mail del tío Roberto con una breve descripción del curso y en esas pocas líneas, varias cosas llamaron mi atención. Primero, la finalidad del taller luego de “recorrer las tres sendas”: “Plantar la semilla del inca dentro nuestro”.

Lo siguiente fue la lista de cosas a llevar: “Su mesa y una nueva piedra”. Demasiado para mí. La piedra, vaya y pase, pero no lograba entender para qué necesitaría una mesa ni cómo iba a hacer para transportarla. Pensaba en todas las que había en la casa y ninguna resultaba muy maniobrable. Llamé al tío y sin demasiados explicaciones, me dijo “olvidate, yo me encargo”. En ese momento decidí entregarme a la experiencia y que sea lo que tenga que ser, como tenga que ser.

En el camino a Sierra de Los Padres charlamos de todo un poco, de la vida en general y de algunas situaciones en particular, pero poco y nada del curso que se venía por delante. Apenas abordamos el tema del chamanismo, aunque en un pasaje de la conversación, Roberto definió a la práctica como “espiritualidad excesiva”.

Nos esperaba un gran salón en un camping lleno de visitantes ocasionales y los otros 15 participantes del taller. La llegada del chamán despertó algunos abrazos efusivos y el arreglo de los detalles finales para el inicio del primer día, en el que recorreríamos la senda del lado derecho. El lugar estaba prácticamente listo, preparado por algunos estudiantes avanzados.

Las colchonetas y almohadones distribuidos en un gran círculo rodeaban el altar: una manta peruana extendida sobre el piso, sobre las que se apoyaban muchos elementos distintos, tales como figuras de animales, botellitas, maracas, campanas, flores y cuencos con distintos tipos de incienso.

Olor a “paquistaní shop” por doquier. Confieso que lo extraño, parece que eran inciensos y sahumerios de los buenos porque no me agarró alergia en ningún momento. El aire estaba inundado por fragancias y así se mantuvo durante los cuatro días de taller, ya que apenas comenzaba a disiparse, alguien se encargaba de volver a encenderlos. Mi preferido: el palo santo.

A medida que los talleristas fueron llegando, el altar se fue llenando de unos paquetes para mí extraños, que cada uno fue dejando sobre la manta ubicada en el centro del salón. No tardé mucho en darme cuenta de que esas eran las mesas. Me sonrojé y se me escapó una semisonrisa vergonzosa al pensar que podría haber aparecido con un mueble, producto de mi ignorancia absoluta sobre las cuestiones chamánicas.

Así descubrí que una mesa es básicamente un paño -los “verdaderos” son peruanos y tienen un tejido especial- que representa con cada uno de sus lados el cielo, la tierra, lo femenino y lo masculino. Allí se ubican los objetos poderosos o sagrados que un “paco” (el que se inicia) reúne durante su trabajo en la senda sagrada, y que utiliza en ceremonias y curaciones.

Mis pocas habilidades sociales para relacionarme con extraños me convirtieron en una sagaz observadora de todo lo que sucedía a mi alrededor. Si quieren saber qué tipo de gente acude a un taller sobre chamanismo, debo decir que hay de todo. Desde personas que pasaban los 60 hasta una chica de 16 años. Desde una sexóloga hasta una kinesióloga que toca el violín, pasando por una diseñadora gráfica y una profesora del Conservatorio.

Me senté en una colchoneta azul casi enfrentada a mi tío para poder tener una visión completa del salón. Estábamos todos ubicados, algunos en reposeras, otros en almohadones, y conté 14 personas a mi alrededor. En eso llegó la número 15, algo apurada y pidiendo disculpas por la tardanza, con una canasta playera a cuestas. Yo estaba de espaldas a la puerta, así que sólo la escuché entrar. Cuando me dí vuelta, pensé: “La conozco” y en milésimas de segundos, la reconocí. Era mi madrina de bautismo, a quien no veía desde hacía tal vez unos 15 años, o más. Ella no había cambiado tanto, yo seguramente sí, así que me propuse no revelar mi identidad y jugar a cuánto tardaría en descubrir quién era yo. No pasó mucho. Diría que no terminó de esbozar el “hola” de presentación, cuando abrió inmensamente los ojos y pronunció mi nombre. Nos abrazamos un rato y al oído me dijo: “No puedo creer que vaya a hacer esto con vos”. De ahí, hasta el fin de la travesía, auspició de mi guía por el camino chamánico.

 

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Las primeras horas fueron dedicadas a la parte teórica del asunto. Roberto nos contó la historia de don Juan con Benito Corihuaman y nos ofreció algunos conceptos que nos iban a servir para entender de qué iba la cosa en las tres sendas.

Algo curioso quizá, es que todas las religiones están contempladas y son respetadas por la cosmovisión andina. De hecho, muchos conceptos de la misma tienen sus analogías en las distintas religiones e incluso en otras disciplinas como la psicología.

Aunque las diferencias son sustanciales. En la religión, contrario a la espiritualidad, el dogma dicta que, si no crees, te vas, no perteneces, no sos. Además, las religiones depositan su fe y creencias en algo o alguien superior y exterior, pero la cosmovisión andina nos insta a convertirnos en el eje del mundo. Lo sagrado, en definitiva, es el humano y no un Dios que vela por nosotros si hacemos las cosas bien o nos castiga si nos equivocamos.

Para emprender el camino andino, aquel que han recorrido los maestros más avanzados, hace falta atravesar tres sendas. Impartir los conocimientos básicos de cada una, y aprender a dominar las energías que en ellas imperan, fue la finalidad del taller.

El primer día estuvo dedicado al lado derecho, que en términos concretos hace referencia a lo externo. Según explicó Roberto, de acuerdo a la cosmovisión andina, todos estamos rodeados por un campo energético y la senda del lado derecho es la relacionada con las energías externas a él. Básicamente, la realidad.

La senda del medio refiere a la energía y la intención dentro de nuestra burbuja energética  y a cómo desarrollar la conexión con las iniciaciones espirituales andinas.

La senda del lado izquierdo, en tanto, es la energía y la intención dentro del ser humano. En términos psicológicos, el inconsciente.

La premisa chamánica indica que si al pensamiento lo paso por el cuerpo, se puede manifestar en la realidad. Es el clásico “ten cuidado con lo que deseas”. Lo que propone esta práctica es entonces una forma de reestructurar la mente y ofrece algunos trucos para trabajar desde lo emocional, hacia la materia.

En uno de los almuerzos, me arrimé a un grupo que charlaba animado. Debatían sobre cómo nosotros mismos estábamos atrayendo negatividad constantemente y provocando así enfermedades, accidentes y demás. Una mujer contó que su vecina tenía una severa paranoia con la inseguridad, aún sin haber sido víctima de la misma y desde hacía muchos años. No hablaba de otra cosa, siempre preocupada y procurando protegerse de la delincuencia. Convirtió su casa en una fortaleza: rejas, alarmas, cámaras. Un día, le entraron por el lugar menos pensado. “Estuvo 10 años esperando que le robaran…y le robaron”, analizó.

Es que la cosmovisión andina entiende que así como podemos transformar con pensamiento y energía para bien, también lo podemos hacer para mal. Mal nuestro y de los otros.

 

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Si alguien pensaba que esta crónica podía incluir una experiencia con ayahuasca y un viaje psicodélico, siento decepcionarlos. Todo el trabajo fue a través de la intención y el empoderamiento personal.

A partir de una serie de ejercicios, nos enseñaron a limpiarnos la “hucha”, es decir, la energía pesante. No es que sea mala, sino que no nos sirve, pero sí a la pacha, que se alimenta de ésta para evolucionar. Loco, ¿no? Eso creí yo también.

“Todo lo que entrego a la pachamama es evolución. Es lograr bienestar a voluntad”, dijo mi tío, mientras explicaba que la energía pesante se manda a la tierra a través de la energía “sami”, la más refinada y que corresponde a un estado de armonía.

“Algo importante a saber: en la cosmovisión andina las polaridades no existen. Eso de lo bueno y lo malo, lo blanco y lo negro, lo lindo y lo feo. No. Lo que existen son diferentes tipos de energías. Energías que vibran distinto, con sabores diferentes, y que aprendamos a saborearlas y a entender para qué sirven unas y otras, es la finalidad.

Bajo este paradigma encajan los conceptos de “masintin” y “yanantin”. El primero es una definición andina parecida a la cooperación: son dos energías iguales que se unen para hacer un bien en común. Roberto sostuvo que en las 5200 comunidades andinas, no existe la competencia.

Desde la visión occidental, en una carrera entre dos, gana el que llega primero. En cambio, desde la cosmovisión andina, no hay motivo para que una persona llegue sola a la meta. ¿De qué sirve? De nada. Entonces, la idea es ayudar al que está detrás a llegar, mostrarle dónde se equivocó y ayudarlo a mejorar. Nos instan a pasar de una postura competitiva, a otra de cooperación.

A partir del “masintin” como forma de relacionarnos, se busca reconocer en el otro los puntos de coincidencia para formar alianzas con más facilidad.

El “yanantin”, en cambio, es encontrarnos con una energía diferente a la nuestra. La indicación para estos casos, es armonizar las diferencias energéticas, a fin de celebrarlas y no eliminarlas. Un ejemplo: nosotros somos “yanantin” por venir de un hombre y una mujer que se unieron para darnos vida.

El día terminó con la realización de un despacho comunitario. Cada uno armó un “quintu”, compuesto por tres hojas de coca, una flor blanca y otra roja, agarrados por una bandita de cera. Cada uno tuvo un pedido personal, depositado con un soplo. El chamán ordenó los quintus dentro de un papel blanco, que fue cubierto por distintos alimentos -granos en su mayoría- y cosas dulces. Esto último, para que “los dioses golosos no se coman los pedidos” y se atraquen antes con azúcar y caramelos.

Acostumbrada a desvelarme, a dar vueltas durante horas antes de poder conciliar el sueño, el profundo descanso de esa semana resultó satisfactoriamente inusual.

 

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Durante los días siguientes hubo poca teoría y mucha práctica. Un curso acelerado de ejercicios para modificar nuestro paradigma de pensamiento y empezar a trasladarlo a la vida cotidiana y a los otros. No es tarea sencilla, estamos programados para otra cosa. Arrastramos pesares que no nos corresponden, cargas de nuestros viejos y de nuestros abuelos incluso. A eso, le sumamos las vivencias propias, las huellas que otros han dejado en nosotros y que nos hace actuar de tal o cual manera bajo determinada circunstancia. A lo largo de nuestra vida vamos cargando la mochila con modismos, estructuras, mandatos, mecanismos de defensa y de ataque.

Lo que los descendientes del linaje incaico quieren mostrar al mundo, es que hay otra manera de vivir, que hay formas de vaciar esas cargas que llevamos a cuestas desde hace años y las que adquirimos cada día. Nada de lo que atravesé en el taller me resultó ilógico. Todo tenía sentido y aplicaciones prácticas y diarias. Insisto, no es fácil hacerlo.

Quisiera poder ser más explícita, reproducir las historias escuchadas sobre revelaciones que algunas personas han tenido al hacer regresiones a vidas pasadas, lo que se siente cuando uno visualiza el pase de energía de una parte a otra del cuerpo o con otra persona. El calor, el bamboleo, los colores que aparecen y se van, imágenes que surgen sin explicación racional. Este es el punto de quiebre, el raciocinio. Hay cosas que no tienen una lógica según los parámetros de la misma.

No creo que haya persona que alguna vez no tuvo una corazonada o le sucedió algo, tal vez un hecho pequeñito, pero maravilloso y entendido como una señal. De eso se trata entonces, proyectar desde el inconsciente como queremos vivir en el consciente. Es, simplemente, una condición humana.

Si algo aprendí es que en el chamanismo no hay fórmulas, sino trucos. Es un camino personal y cada quién, si se predispone, puede atravesarlo a su manera. Saber escuchar cuando una frase, un concepto, una idea hace ruido adentro nuestro, es estar en contacto con esas energías que nos rodean. Una corazonada, el instinto, no son meras causalidades. Hay algo dentro nuestro que nos orienta en determinada situación, cuando desoímos, tarde o temprano descubrimos el error.

Todo es energía, mi amor. Sólo hay que llevarla por buen camino.

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