Selfies

Aguafuertes marplatenses de un renegado periodista nacido en el Interzonal. Ojo de halcón que ve en simultáneo el plano general y el plano en detalle (que es lo mismo que decir: Jorge, el que no puede dejar de encontrar el pelo en la sopa).

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Foto: Juan Pablo Buceta – Ilustración: Luciano Cotarelo

Gallinas. Debería escucharse el cacareo de gallinas, como ocurre en las películas yanquis cuando quieren ambientar la pobreza o el subdesarrollo de un transporte o de cualquier espacio común. Por ejemplo, la clase turista de un avión adonde viaje Jim Carrey en medio de una serie de calamidades, deberá tener mexicanos y gallinas, para que todo pueda lucir fuera del orden y el criterio.

Pero aquí  no hay batarazas, aunque igual estemos en un corral. Hemos llegado por distintos vericuetos de un laberinto que inicia en la calle. Hemos visto al pasar los beneficios de los que gozan, los que sí pertenecen: piletas, promociones, servicio de bar, aquagym, límpidas instalaciones sanitarias, sombra, espacio. Ustedes solo continúen caminando, recorran los vericuetos que reservamos a los desarrapados, síganse unos a  otros, reconózcanse por la comodidad que deben llevar a cuestas, bajen la vista, no vean a las buenas familias a los ojos, chancleteando hasta el corral sin detenerse.

Hemos llegado al corralito de la playa pública. Con este calor había que venir o venir, no daba para otra cosa.  Ahora son las cuatro de la tarde y casi todos están desde mucho más temprano. Hay mujeres solas con una lona, hay grupos de tres o cuatro chicas, hay familias de un número indeterminado de miembros,  cuya base de operaciones es una carpa de cañitos y tela. Entre una y otra unidad no cabría un yo estirado; es tarde para exigir más espacio que el que podemos ocupar con las piernas recogidas. Con mi hija nos aplicamos protector como monos que se expurgan, guardamos la ropa en la mochila, se la encomendamos a la matriarca de un clan (los grupos familiares tenderán a irse más tarde que las minas solas) y nos vamos para el agua. En el camino descubrimos que la turba se las arregla para armar canchas de paleta en algunas franjas del ghetto. Resiliencia de clase. El agua está helada y nos hace temblar mientras recorremos la parte de bebés y de panzones que otean el horizonte. A cada paso las olas nos llegan más arriba. Ahora mojamos las muñecas, la cara. Hay que zambullirse, hay que tomar el coraje de hundirse para terminar de adaptarse. Allá debajo de la espuma vamos, por turnos, cerrándonos las narices con los dedos.

Desde el agua se ve el escenario completo. Por allá, cerca de los autos, la política en acoplados con promotoras y colores. Después, el mercado apropiado de todo lo que puede, extendiendo su apetito hasta nuestra zona de exclusión, que nace prácticamente adonde la arena empieza a oscurecerse. Y por acá andan los canas verde flúor, todos iguales, como una gran familia igualitaria, en la que ningún hermano ha tenido oportunidad de pelechar. Por ahí caminan viendo ser vistos.

Una chica se fotea. Desde el agua la veo posar en una foto que saldrá en escorzo, con su culo parado y las piernas por allá y su mueca risueña por acá. El fenómeno de las selfies debe haber venido a reemplazar las postales que iniciaban con “Queridos todos: desde estas playas les contamos que la estamos pasando de diez”. Una industria en decadencia esa de las postales, extinguidas como las cartas y las tarjetas navideñas. Ya todos tenemos nuestra capacidad de registrarlo todo con dispositivos móviles. En la transmutación, la foto panorámica y representativa del lugar, debió ceder paso a la individuación, a la reducción de las vacaciones al propio cuerpo, con un pedazo de paisaje haciendo de contexto. Arenita alrededor, plano cerrado sobre mí. Me dice mi amigo Gastón (él se quedó trabajando en la librería, yo me fui), que lo mismo está pasando con la literatura. Yo, a mí, me, la primera persona campea, es la medida de la historia. Parece que más nos perdemos cuanto más nos comunicamos, y nos resulta imperioso rescatarnos por nuestros propios medios. Hey, acá estoy, vacacionando, hey estoy vivo, tomo fernet, soy feliz, la vida apesta, vieron lo que dice esta señora en la tele, like si estás de acuerdo, compartan che.

Una nena se perdió. A cococho de un policía, la pasean y la aplaude toda la playa. Tarda demasiado en aparecer, la mala madre. Sigue el ritual analógico del aplauso, de ida y de vuelta. Qué carajo está haciendo esa mujer.

En cuanto a nosotros, ya nos divertimos lo suficiente. Las olas nos están empezando a parecer un tanto cargosas y tenemos en la garganta el sabor amargo de la sal. Así que salimos del agua/naturaleza (ese único lugar adonde todos somos iguales y estamos con lo puesto) y desandamos el camino. Agradecer la custodia de la mochila, secarnos un poco la cara, emprender hacia la salida. No podemos irnos por cualquier lado, las restricciones son ahora mayores. Al mar va cualquiera, pero no cualquiera se mete por acá. El sendero de los excluidos es una cuadra más allá. En el camino se nos secan las patas.

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