El eterno editor

Daniel Divinsky fundó Ediciones de la Flor en 1966, una Editorial independiente que desde ese año batalla en un mercado cada vez más concentrado. En ella publicó libros de Rodolfo Walsh, Caloi, Fontanarrosa, Maitena, Quino, Rep, Griselda Gambaro, entre muchos otros. Perseguido por la última dictadura, sufrió cárcel y exilio. Perfil del “señor de los libros”.
divinsky y Griselda Gambaro
Divinsky junto a Griselda Gambaro

Fotos: archivo Daniel Divinsky

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En la esquina de Gorriti y Bulnes, en el barrio de Palermo, Buenos Aires, hay una casona antigua de dos plantas que da techo a Ediciones de la Flor, la editorial fundada en 1966 por Daniel Divinsky que, en un mercado cada vez más concentrado, aún subsiste como independiente, entre otros motivos, gracias a la fidelidad histórica de dos de los autores que integran su catálogo: Roberto “El Negro” Fontanarrosa y Joaquín Salvador Lavado Tejón, Quino, el creador de Mafalda.

―Ponete cómodo que Daniel ya te recibe ―dice Jorgelina, la recepcionista que trabaja allí desde hace casi veinte años.

La recepción es pequeña. En las paredes hay dibujos y dedicatorias de los humoristas Sendra, Rep y Quino y reconocimientos de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, de la Biblioteca Nacional, el Premio Konex. Sobre una mesa pequeña una mano prolija ubicó las últimas novedades de la editorial. El tiempo lo marca un reloj antiguo de pie entallado en madera.

Después de unos minutos de espera, la puerta de la oficina se abre como un libro: con intriga, y Divinsky aparece sentado detrás de un escritorio caótico con apenas espacio para apoyar los codos y del que alcanzo a distinguir una ilustración del dibujante Decur que reproduce la oficina y dice: Para Daniel Divinsky, señor de los libros y guardián de tesoros.

Divinsky parece un abuelo con ganas de jugar. Tiene el pelo y la barba blancos y usa lentes gruesos. Es grandote pero su boca es fina, levemente alargada: simula estar siempre sonriente. Tiene ojos breves y vidriosos.

Este lugar, dice, es su bunker. Los empleados recuerdan que en más de una ocasión ha dicho que quisiera morirse aquí. Llega a las dos de la tarde, con la energía que brinda la pasión y, básicamente, se pone a leer. Así lo ha hecho desde los 24 años, cuando fundó la editorial.

―La actividad del editor consiste en ganarse la vida con algo que le produce mucho placer, elegir cosas que le gustan y poner la plata necesaria como para que se difundan y alguien más pueda verlas -afirma.

Divinsky sabe de qué habla. Ha sido el histórico editor de Fontanarrosa y Quino: entre ediciones y reediciones les ha editado ciento veinte libros, millones de ejemplares. Además fue el primer editor de Martín Caparrós, Liniers, Maitena y Rep. Las primeras novelas de Rodolfo Fogwill y Guillermo Saccomano vieron la luz a través de Ediciones de la Flor.

Juan Carlos Kreimer, periodista y escritor, afirma que así como para los políticos su biografía es su prontuario, en el caso de los editores y sobre todo en el caso de Divinsky, su biografía es su catálogo. En él conviven Rodolfo Walsh, Umberto Eco, John Berger, Vinicius de Morales, Ray Bradbury, Leo Maslíah, Ariel Dorfman, Roberto Cossa, Silvina Ocampo y Griselda Gambaro. Un catálogo ecléctico que roza los setecientos títulos, todos editados sobre la base de un único criterio: su gusto y el de su socia Ana María Kuki Miller.

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Jorge Álvarez fue uno de los principales promotores de la cultura argentina en la década de los sesenta y setenta. Produjo a Luis Alberto Spinetta, Manal, Sui Generis y a través de “Editorial Jorge Álvarez”, que fundó en 1963, editó los primeros números de Mafalda. También a Rodolfo Walsh, Manuel Puig, Félix Luna y David Viñas, entre otros referentes. Su librería de la calle Talcahuano fue uno de los epicentros culturales en aquellas décadas, y Divinsky, un habitué. Para la editorial de Álvarez hizo traducciones, corrigió pruebas de decenas de libros y tuvo a su cargo el cuidado de algunas ediciones. Álvarez fue uno de los artífices de la creación de Ediciones de la Flor y –sin saberlo– del arribo de Quino a la editorial.

―Se había convertido en el financista de las inquietudes intelectuales de sus amigos —dice Divinsky mientras unos papeles dejan de hacer equilibrio y caen. Los recoge y los vuelve a colocar en aparente orden-. En aquel momento, con mi socio del estudio jurídico –Tito Finkelberg: Divinsky es abogado– se nos ocurrió poner una librería pero no teníamos ningún capital. Cada uno vivía en la casa de sus padres, que nos regalaron 150 dólares a cada uno. Empezamos a ver locales y pedían el equivalente a 1500 dólares. No había forma.

Álvarez sugirió utilizar el capital ―los 300 dólares― para comprar derechos para publicar libros. “Con las lecturas de Daniel, la organización de Tito y el aporte de mi crédito editorial se puede armar una editorial”, dijo. Fue entonces que Pirí Lugones ―escritora y periodista, compañera de Rodolfo Walsh, también desaparecida por la última dictadura― expresó:

―Ustedes quieren una flor de editorial.

Sin saberlo le estaba poniendo nombre al proyecto.

En 1969, cuando la editorial de Jorge Álvarez quebró, De la Flor heredó a buena parte de los autores: Pirí Lugones, Walsh y Quino.

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Cuando tenía cuatro años Divinsky tuvo una infección renal de lentísima recuperación –nefritis– que hizo que se pasase casi cinco meses en cama. Fueron sus tías, docentes de alma, las que entonces le inyectaron el amor por los libros: aprendió a leer y a dejarse atender como buen hijo, nieto y sobrino único. Cuando entró a primer grado leía tan bien que era ejemplo para los de sexto: las maestras lo llevaban para mostrarles cómo debían leer, cosa que a él le generaba demasiada vergüenza.

A los quince años, los jóvenes de su edad disfrutaban de la adolescencia mientras Divinsky comenzaba a cursar la carrera de Derecho en la Universidad, ya que había rendido libre varios años del secundario. A los veinte años se recibió de abogado, con medalla de honor. Como la mayoría de los abogados que recién empieza, sus primeros clientes fueron putas, parientes y pobres. Poco a poco fue granjeándose buena fama en la profesión, pero aunque el futuro era promisorio, él era infeliz.

Kreimer, que lo conoce desde esa época, recuerda que desde siempre Divinsky se lleva muy mal con el conflicto: le huye. Para un abogado, el conflicto es su materia prima: resolverlos es inherente a su función. Ejercer la profesión era, entonces, una especie de tortura cotidiana: vivía angustiado. Soportó la angustia diez años, hasta que se transformó en editor.

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En 1967, Ediciones de la Flor publicó su primer libro, Buenos Aires, de la fundación a la angustia, una antología que incluía relatos de Julio Cortázar, Rodolfo Walsh y David Viñas. Luego, El libro de los autores, en el que Borges, Sábato, Mujica Láinez y Walsh, entre otros, prologaron su cuento favorito.

―La editorial empezó como un hobby ―dice Divinsky. No teníamos una dedicación exclusiva, manteníamos la editorial a suero hasta que se produjo la irrupción de Mafalda.

Divinsky, Masliah, Paz Rudy
Daniel Paz (Rudy) y Leo Maslíah, sentados ante Divinsky

Como abogado, Divinsky había sido mediador entre Quino y Álvarez, que con la quiebra le adeudaba al humorista varios pagos por derecho de autor.

―Como éramos amigos de Álvarez, pasamos el caso a otro estudio. Cuando se resolvió todo, Quino vino y dijo: “¿Por qué no empiezan ustedes a hacer Mafalda?”. La primera tirada de Mafalda 6 fue de doscientos mil ejemplares. Había que manejar eso, sobre todo con las distribuidoras en kioscos que siempre fueron organizaciones gansteriles.

5

El sol es lábil sobre las veredas del centro de la Ciudad. A las nueve de la mañana, la sombra que dibuja en las paredes de las casas y edificios es tenue: ilumina pero no quema, es apenas un fragmento de luz que puede leerse como el prólogo de un día templado.

Quino abre la puerta de su departamento con una sonrisa. Como el ambiente de su casa en el que había pensado que podíamos conversar está ocupado ―Paula, encargada de la gráfica de sus libros, está trabajando allí― propone que lo hagamos en otra habitación que, dice, está desordenada, aunque la disposición de cada cosa en su lugar lo desmiente inmediatamente. Hay ―era de suponer― dibujos suyos y de Fontanarrosa enmarcados, colgados con prolijidad. Hay una mesa de trabajo y, sobre ella, Mafaldas de distintos tamaños, hay un mueble con cada cosa ―libros, carpetas, dvds― rotulados con esmero y, más allá, hay una silla mecedora. Más cerca, del otro lado de la mesa con las Mafaldas, está él, sentado con una austeridad tal que confirma la humildad perpetua que todos le reconocen.

―No siendo con mis dibujos, me cuesta mucho expresarme; no conozco a la gente al menos que me tome el trabajo de sentarme acá a pensar cosas ―dice al inicio, excusándose. Pero a Divinsky, lo conoce al detalle.

―Al principio no imaginaba que mi relación con Divinsky se iba a extender durante tantas décadas ―sostiene Quino.

Pero las décadas pasaron.

Sobre Quino, Divinsky dice que es minucioso hasta el agotamiento.

―No deja nada librado al azar. En los libros de recopilación de chistes trata de que el remate de uno tenga que ver con el comienzo del otro. Y ese ordenamiento puede llevar meses. Las tapas, en cuanto al color, Quino las decide con Kuki y los títulos en general conmigo. Por ahí se obstina en que no le gusta ninguno de los cuarenta y cinco que le propongo y propone otro.

Sobre Divinsky, Quino dice que es muy ansioso.

―Uno le muestra un libro para hacer y dice: “Bueno, ya está”. Y le decimos cómo, hay un montón de cosas que hay que ver: si están bien compaginadas unas ideas con las otras, por ejemplo. Es muy así de decir “ya está”. En los primeros años, en los catálogos de Ediciones de la Flor las Mafaldas ni figuraban, cosa que a mí me daba bastante bronca. Era como que fuese un género menor, que no era literatura. Pero nunca le dije nada.

En la voz de Quino no hay resentimiento, sólo la evocación de una herida que ya cicatrizó. Ni esa bronca inicial ni ninguna otra circunstancia hicieron que pensara en cambiar de editorial. Esa fidelidad, que no se rompió ni cuando Divinsky y Kuki estuvieron presos, ni cuando debieron exiliarse, ni siquiera cuando él y Fontanarrosa eran consagrados y los grandes pulpos editoriales les ofrecían lo que fuese por convertirse en sus editores, es la que permitió, en buena parte, que Ediciones de la Flor se mantuviera con vida durante todos estos años.

En su casa, Quino afirma:

―Jamás se me hubiera ocurrido traicionar eso.

―¿Cambiar de editorial hubiese sido una traición para usted?

―Sí, claro. Igual que para Fontanarrosa.

Divinsky, Fontanarrosa, Liberarte
Divinsky, en compañía de Fontanarrosa, en el teatro Liberarte

6

Hasta el día en que falleció ―el 19 de julio de 2007, por una esclerosis lateral amiatrófica diagnosticada cuatro años antes― Fontanarrosa publicó 75 libros con De la Flor. El primero fue en 1972, ¿Quién es Fontanarrosa?

―Trajo el material en una carpeta enorme, que tuvimos que hacer como libro, con un tamaño absurdo que salió carísimo. Anduvo bien. Nos pareció que era tan bueno que hicimos ese tamaño especial. Después, cuando reeditamos ese libro, fue en el formato normal de De la Flor: cuadrado -recuerda Divinsky.

Fontanarrosa le enviaba los borradores de cada libro y se desentendía: no volvía a leer las cosas después de que Divinsky hacía su labor ni quería que se lo consultase: la responsabilidad del editor era mayúscula.

―Las ideas eran geniales y los diálogos inmejorables pero la sintaxis era un horror, y las reiteraciones –por el apresuramiento y porque no revisaba el texto― eran muchas. Era absolutamente necesaria la intervención, aunque nunca se modificó un diálogo -dice Divinsky.

Con ese pacto nunca escrito, Fontanarrosa eligió siempre a Divinsky como su editor. Sin embargo, tras su muerte, una disputa entre Franco, su hijo, y Gabriela Mahy, su última esposa, trabó la edición del último libro de Fontanarrosa, aquel que había escrito durante la convalecencia. Además, Franco cedió los derechos heredados al Grupo Editorial Planeta, para reeditar algunos de los principales libros de Fontanarrosa. Sobre la primera cuestión, Divinsky presentó una demanda judicial contra el hijo de Fontanarrosa para poder publicar el material. La causa se extendió durante cinco años en los Tribunales de Rosario, hasta que el juez Fabián Bellizia declaró legítimo el contrato que habían firmado la última esposa de Fontanarrosa y De la Flor, y el libro –con veinticinco cuentos inéditos– pudo ser editado, a principios de 2013. Sobre la segunda, alcanza con una declaración de Divinsky: “El Negro siempre sostuvo que De la Flor era la editorial con la que publicaría sus libros. Obviamente no pudo obligar a su hijo a seguir su decisión. Los talentos y los afectos no se heredan”.

Juan Forn es un escritor, periodista y traductor que dirigió la colección Biblioteca del Sur de la Editorial Planeta. Una vez lo tentó a Fontanarrosa: “A ver cuándo te pasás a una editorial grande”. El Negro respondió con su estilo: “Sólo si le pasa algo a los Divinsky”. Y en tono irónico y mafioso agregó: “Pero que parezca un accidente, eh”.

En el teléfono, la voz de Forn cruje como una hoja seca bajo un pie. Como el mar de Villa Gesell, donde vive desde hace décadas, su voz salpica:

―Tanto Fontanarrosa como Quino se quedaron con Divinsky no sólo por la fidelidad en los tiempos difíciles, sino que además hay un mérito de la editorial porque cuando Daniel y Kuki salieron de prisión, una de las primeras cosas que hicieron fue pagar los derechos a los autores por los libros que se habían vendido. Además, en momentos en que Quino y Fontanarrosa necesitaban plata, Divinsky se las anticipaba de onda porque sabía que era una relación de por vida y que los libros de ambos se iban a vender siempre.

7

El 8 de febrero de 1977 la dictadura que gobernaba Argentina llevaba poco más de diez meses en el poder desarrollando su plan genocida. Ese día los militares secuestraban y desaparecían (entre otros) a Jorge Bonafini, el hijo mayor de Hebe de Bonafini, la emblemática presidenta de las Madres de Plaza de Mayo, y publicaban en el Boletín Oficial la prohibición del libro Cinco dedos (entre otros) por tener “finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria a la tarea de captación ideológica, propia del accionar subversivo”.

Cinco dedos es un libro infantil ―escrito en Berlín Occidental― en el que una mano verde persigue a los dedos de una roja que, para defenderse y vencer, se une y forma un puño colorado. La editorial que lo publicó en Argentina fue Ediciones de la Flor.

La orden de censura fue transmitida por radio y, poco después, un decreto dispuso el arresto de Divinsky y Kuki Miller, que estuvieron 127 días detenidos a disposición del Poder Ejecutivo. Estaban todavía en prisión cuando también fue prohibido Ganarse la muerte, de Griselda Gambaro, otro de los libros de su sello.

―Un ejemplar de Cinco dedos fue comprado por la esposa de un coronel, que cuando vio el libro que tenían sus hijos se horrorizó. Una de las cosas que le había molestado era que la mano derrotada fuera verde, el color del uniforme de fajina del Ejército. De ahí surgió la prohibición ―cuenta Divinsky.

Como la detención fue pública, en prisión no sufrieron las vejaciones que sí atravesaron quienes fueron secuestrados de manera clandestina. La presión de editores y escritores internacionales hizo posible que pudieran quedar en libertad y salir de país gracias a una invitación de la Feria de Frankfurt que, si bien se hacía varios meses después, puso pasajes a disposición de ambos para cuando creyeran conveniente.

La Feria de Frankfurt es un acontecimiento que, desde entonces, está grabado en el corazón de Divinsky, adonde asiste año tras año y comparte diversos momentos con escritores como el italiano Umberto Eco, de quien fue editor: uno de sus mayores orgullos.

Con la amenaza permanente a cuestas, el siguiente destino fue Caracas, Venezuela, donde el escritor uruguayo Ángel Rama, director literario de la Biblioteca de Ayacucho y exiliado allí, le ofreció un puesto en esa editorial. Caracas sería, hasta 1984, su ciudad en el mundo.

Durante ese tiempo, quien quedó a cargo de Ediciones de la Flor fue Elisa, la madre de Kuki, con quien intercambiaban correspondencia sobre el funcionamiento de la editorial. Con la fidelidad de Fontanarrosa y Quino y las finanzas ordenadas, la editorial resistió la dictadura reeditando long seller, aquellos libros que son éxitos de ventas a lo largo de los años, y muy pocas novedades.

8

Durante la década de los noventa, las empresas argentinas fueron un shopping: las firmas transnacionales ingresaban para comprarlas insaciablemente. El mercado editorial fue parte de esta tendencia, lo que provocó que se concentrara y, por eso, se redujera la cantidad de empresas nacionales en manos de los grandes conglomerados internacionales.

En ese contexto, Ediciones de la Flor supo resistir el embate, rechazar las ofertas y generarse su propio espacio de existencia.

―Siempre cito que un tipo de Bertelsmann, el gran grupo editorial alemán, dijo –sostiene Divinsky, el rostro relajado: en el goce, parece rejuvenecerse– que las multinacionales eran como esferas en una caja: al ser esféricas dejaban agujeritos en el medio donde podían crecer otras pelotitas, siempre que no lo hicieran demasiado porque si lo hacían eran absorbidas.

En pleno desembarco multinacional, De la Flor recibió algunas propuestas para ser absorbida. Divinsky dice que ni siquiera llegaron a evaluarlas porque no tenían ninguna necesidad de vender. Planeta, RNA, el Grupo Mondadori y Capital Intelectual fueron las cuatro editoriales que obtuvieron un “no” como respuesta.

Carlos Ulanovsky es periodista y autor de numerosos libros sobre la historia de los medios de comunicación en Argentina. Su primer libro lo publicó, en 1974, en coautoría con Sylvina Walger y por Ediciones de la Flor. Se llamó TV guía negra: una época de la televisión en la Argentina en otra época.

―Así como pienso que su escritorio podría hablar de Daniel y su personalidad, los casi setecientos títulos del catálogo hablan por la editorial: multiplicidad de géneros, autores de todos los estilos, edades, pensamientos y países que significan en conjunto una valiosa referencia cultural del tiempo que nos toca vivir -sostiene.

Pocas editoriales –no sólo en Argentina, sino en el mundo entero: el mercado editorial funciona de manera globalizada– pueden resolver qué editar con una decisión tan personal como el placer que le da un texto a su dueño. Las pocas que funcionaban de esa manera fueron absorbidas por los grandes peces del mercado. Pero Ediciones de la Flor sobrevivió.

Ulanovsky tiene una teoría:

―El de De la Flor representa un muy elogiable caso de resistencia cultural, y de parte de sus dueños, de convicción ideológica.

Divinsky
Ulanovsky en la presentación de un libro con Divinsky, Leyrado y Apo

Quino, por su parte, considera que el mayor mérito de la editorial es ese: haberse mantenido tanto tiempo independiente. Para él, ha sido posible porque De la Flor tuvo una política económica de no endeudarse nunca.

Ediciones de la Flor es una rara avis del mercado: no despide a sus empleados. En la editorial trabajan catorce personas, todos con varios años de antigüedad en la empresa: veinte, doce, quince. En términos económicos es una empresa familiar en la que sus dueños, Kuki y Daniel, están a cargo de las tareas directivas y debajo de ellos existe una organización eficiente.

Adrián Colocci, el asistente de Daniel que trabaja hace veintiún años en la editorial, encaró una vez a Divinsky para saber si eran ciertos los rumores que circulaban sobre la venta de la editorial.

―¿Cuál fue la respuesta?

―Un “no” rotundo. No quiere hacer otra cosa. Le encantan los libros, de hecho es el que los lee cuando llegan. Hay veces que subís y se está cagando de risa porque está leyendo algo que le causa gracia y de repente llegás y parece que está en el cementerio porque no le gusta el libro o está compenetrado con eso que está leyendo.

Juan Forn sostiene que De la Flor es la única editorial independiente de la década del sesenta que sigue en pie y eso ya es un mérito. Además, para él lo bueno que tienen las editoriales pequeñas es que cuidan mucho a su autor y que la relación que establecen es más cercana.

―No es casualidad que vuelvan a surgir los sellos chicos con tanta pujanza, porque una cosa es que sientas que el editor te elige y confía en vos y otra si sos un commodities más en un artefacto gigantesco. A un tipo como Divinsky si le va mal con un libro de Fontanarrosa no se le mueve un pelo y sigue dándole para adelante. En cambio a una editorial grande si le va mal, instantáneamente vale menos.

En su estudio, Juan Carlos Kreimer está sentado con los pies arriba del sillón, descalzo. Él, que también dirige la colección de novelas gráficas de la editorial, puede ver el asunto desde los dos lados del mostrador: como autor y como editor.

―Daniel se debe dar cuenta de que entregar la editorial a un grupo como Planeta o Mondadori es darle margaritas a los chanchos: son máquinas de hacer chorizos. Tienen que sacar tantos títulos por mes y sale cualquier cosa. Yo digo que hacen “libros sachet”: con fecha de vencimiento. Y, además, no son muchas las editoriales que liquidan en fecha los derechos de los autores y De la Flor paga puntillosamente.

9

Con tantas historias encima, no es raro que Divinsky se haya puesto a trabajar sobre sus memorias, que serán publicadas este año por la editorial Libros del Zorzal. Para Leopoldo Kulesz, su director, Divinsky representa la audacia, la creatividad y la honestidad intelectual.

En el bunker de Divinsky, Jorgelina, la recepcionista, golpea la puerta para avisar que se va. El día se extingue, pero Divinsky ignora el paso de las horas, del tiempo. Una oscura lluvia de verano se asoma por la ventana. Dicen que después del punto final, los libros continúan escribiéndose en la cabeza y en las interpretaciones del lector. Tal vez por eso, Divinsky –ajeno al lento pero inevitable desenlace del día– pareciese no tener fin.

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