El mar no perdona a los barcos de papel

El capitalismo mata. Cuando el Repunte se hundió viajaban en él doce personas. Sólo dos sobrevivieron. En esta crónica se narran historias de trabajadores de la pesca víctimas de “la fiebre del oro rojo”, de mujeres que luchan por justicia y de familias que esperan que el Estado y los empresarios asuman que acá, como en Cromañón, no hubo un accidente: se puso en riesgo la vida para maximizar ganancias.


Fotos: Diego Izquierdo

Mujeres de setenta años. Pelo blanco, bufanda tejida a mano. Mujeres de treinta, cincuenta. Campera sport con el cierre subido hasta arriba. Mujeres de veinte años, de nueve. Jeans gastados con tajos en las rodillas, zapatillas de Barbie.

Las madres, hermanas, esposas e hijas de los tripulantes del barco Repunte gritan en la puerta de Prefectura. Son las siete de la tarde del 19 de junio, ya es de noche. Hace mucho frío y está empezando a llover, pero ellas no se dan cuenta o no les importa. Ninguna suelta la foto de su familiar, se rompen las manos y la garganta hasta que las escuchen. Se nota que no duermen, que están tristes. Se nota que no van a parar.

—Que los busquen hasta que aparezcan. Vivos seguramente, vivos seguramente —repite a gritos Daniela Pala cuando pide por su esposo, Sebastian Cabanchik, de treinta y cinco años.

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El barco Repunte, de la empresa marplatense Ostramar, salió de Puerto Madryn el martes 13 de junio de 2017 a pescar langostinos. Luego de tres días en altamar, cuando ya estaba volviendo, se hundió a 65 kilómetros al noroeste de Rawson. Los tripulantes eran el capitán Gustavo Sánchez, el primer oficial de pesca José Arias, el jefe de máquinas Horacio Airala, el oficial de máquinas Silvano Coppola, los engrasadores Sebastián Cabanchik y Jorge Gaddi, el engrasador con título de maquinista Fabián Samite, el cocinero Ricardo Homs, y los marineros Lucas Trillo, Fabián Paganini, Julio Guaymas y Marcelo Islas. De todos ellos, solo fueron rescatados con vida Lucas y Julio. Los cuerpos de Jorge, Silvano y Ricardo fueron encontrados sin vida y el resto de los navegantes permanecen desaparecidos.

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Lucas Trillo tiene treinta y cinco años, barba de tres días, cuerpo robusto. Una hernia de disco lo obliga a arrastrar los pies como si estuviera sonámbulo. En el camino que va desde la vereda hasta la cocina-comedor de su casa se ocupa de los perros. Contra el paredón, seis cachorros se amontonan debajo de su madre buscando la teta. Él los toca apenas con los dedos para contarlos, dice que en un tiempo les va a tener que conseguir lugar.

La casa es chica, en los rincones y contra las paredes hay cosas de su hijo de dos años y medio: juguetes, cochecito, silla de comer. En la mesa espera una pava, un mate con el escudo de independiente, facturas y Julio Guaymas, el otro sobreviviente del Repunte.

Julio tiene treinta y nueve años. Es morocho, pelo corto, barba hasta el pecho. Debe medir un metro noventa y pesar más de cien kilos. Lucas le pone azúcar al mate, lo carga de agua y se lo pasa a su compañero.

La tarde del viernes 16 de junio las bodegas de langostino ya estaban repletas, los cajones bien amarrados y las redes levantadas.

—Volvíamos contentos. El domingo era el día del padre así que íbamos a poder hablar más tranquilos con la familia —Julio habla, mastica un pedazo de uña.

A las nueve de la noche se reunieron en el comedor. Ricardo había preparado carne al horno y, excepto Gustavo y Silvano que ya habían cenado centollas, el resto se sentó a comer, charlar un rato. En la sobremesa quedaron los mismos de siempre: Sebastián, Marcelo, Julio, Lucas y Ricardo. Después de intentar seguir una película de cuatro superhéroes rusos y de disfrutar una copa mas de vino, se fueron a dormir. El cansancio era extremo.

—Yo ya había estado en otros temporales como ése, pero la verdad que se sentía feo… feo —dice Lucas con las cejas en alto.

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Gabriela Sánchez, hermana de Gustavo, tiene 52 años. Pelo negro, corto, con rulos. Detrás de los anteojos, los ojos cansados se ven aumentados. Los pómulos caídos arrastran las puntas de la boca hacia abajo. Se acuerda que cuando pasó el accidente, estaba yendo a comprar una torta de cumpleaños para su hija Antonella. Ese sábado a la noche iba a juntarse toda la familia para festejarle los veinticinco. Cuando atendió el celular, escuchó la voz de su marido que desde Comodoro Rivadavia le decía: Quedate tranquila… el barco de Gustavo se hundió, pero no te asustes, están todos a salvo arriba de la balsa.

—Yo me tranquilicé enseguida porque él es jefe de máquinas y también estaba embarcado en esa zona. Le pregunté si me estaba ocultando algo y me dijo que no. Que en todas las radios de los barcos y de Prefectura decían que estaban a salvo.

Gabriela cortó con su marido y llamó enseguida a su sobrina y a su mamá. De esas conversaciones hoy solo se acuerda de dos palabras.

—Está vivo. Les dije que su papá y que su hijo estaba vivo.

Ni bien se enteraron de lo que estaba pasando, toda la familia se juntó en la casa de su hermana Fabiana a esperar alguna novedad. Otra vez, la noticia llegó desde el sur. Mario le dijo a Gabriela que había habido una confusión que nadie podía explicar: encontraron la balsa, pero adentro no había nadie. Algunos se fueron directo a las puertas de Prefectura y otros se quedaron ahí, esperando a que sonara el teléfono. Lo primero que les dijeron fue que habían rescatado a un tripulante con el helicóptero y que respondía al apodo de Gallego que es como le dicen a Gustavo. Los que se habían quedado en la casa gritaban y saltaban de alegría. Gabriela estaba convencida de que su hermano estaba vivo. Lo sentía, estaba segura.

Al poco tiempo, la información volvió a mutar: el sobreviviente que estaba en el helicóptero era Julio Guaymas que en un estado de semi-inconsciencia no podía parar de repetir: ¡Gallego! ¡ya está! ¡saltá Gallego! ¡Gallego! ¡saltá!

A las doce de la noche, sin ninguna otra novedad, Gabriela y Antonella volvieron a su casa. Las paredes decoradas para el cumpleaños esperaban con globos, guirnaldas de colores.

—Antonella quería romper todo y yo no paraba de llorar. Pero me fui a dormir convencida de que mi hermano iba a aparecer al otro día. El siempre fue un luchador. Pensaba que iba a llegar hasta la costa y que lo iban a encontrar caminando.

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—Las olas pegaban unos guascazos que te hacían saltar de la cucheta —Julio se acuerda de la mañana del sábado 17 de junio.

Cuando se levantó, se puso a ayudarles a Fabián Paganini y a Lucas que estaban sacando un poco de agua que había entrado en el comedor. Llenaron dos baldes de veinte litros y le pidieron al jefe de máquinas que moviera el barco para que se terminara de escurrir. A los pocos minutos empezaron a notar que estaban inclinados hacia estribor. Por más que distribuyeran el combustible de los tanques para tratar de estabilizarse, siempre se volvían a torcer. Julio siguió las órdenes del capitán y fue a despertar al resto de los compañeros.

—Nunca pudimos ver por dónde entraba el agua, para mí era por estribor, en la obra viva, que es la parte de abajo —Lucas habla con la mirada fija en la nada, como si lograra ver las chapas abiertas, el agua entrando.

Después de varios intentos fallidos por tratar de enderezar el barco, se reunieron en el puente, que es donde estaba la balsa. Gustavo los miraba y trataba de transmitirles tranquilidad, confiaba en que iban a salir. A medida que pasaban los minutos, la cantidad de agua era mayor y cada vez estaban más de costado. En silencio, todos esperaban la orden de abandonar el barco. Cuando Lucas escuchó al capitán dando el Mayday por radio no dudó un segundo y abrió la balsa.

Lucas cambia la velocidad de su relato. Se frena de golpe. Se acuerda que la balsa se abrió bien, pero que cuando cayó al mar se enredó entre los cables del tangón, la estructura desde donde bajan las redes. Duda que hubiera pasado si la hubiera abierto un rato antes, o un rato después. Que hubiera pasado si no la hubiera abierto.

Julio vio que el primero en tirarse al agua fue Fabián Samite y que atrás de él siguieron todos. Los últimos fueron los capitanes Gustavo y Horacio. La balsa seguía enredada y de a poco se empezaba a hundir con el barco. Pero era la única posibilidad que había de mantenerse a flote, tenían que hacerla zafar. Sebastián, José y Marcelo llegaron nadando. Entre los tres se turnaban para intentar liberarla y para ayudar a subirse a los que estaban cerca. El tiempo pasaba y el barco se llevaba todo. Los cables de acero no cedieron y no les quedo más opción que volver a tirarse al mar.

Lucas se puso un aro salvavidas que pasó flotando cerca de él y empezó a nadar para que no se le saliera. Se acuerda de ver a alguno de los compañeros haciendo la plancha o en posición fetal como indican los manuales de supervivencia. A otros, los perdió de vista enseguida. En pocos minutos estaban todos dispersos, a la deriva. Ya no había barco, no había balsa. Lo único que había era mar. Olas de seis metros. Mar. No había a quien gritarle. Mar. No había hacia donde escapar. Mar. Mar. Mar. Y la muerte.

Julio se agarró de un cajón y dejó que la corriente lo llevara. En un momento sintió que algo le estaba golpeando fuerte en la espalda. Se dio vuelta para sacarse de encima lo que creía que era una madera y vio que era el cuerpo de uno de sus compañeros. Miró rápido para otro lado, no se animó a ver quién era.

Sin que supieran uno del otro, Julio y Lucas estuvieron en el agua durante horas esperando a que los rescataran. Entre brazada y brazada tenían que tirar manotazos al aire para sacarse de encima a los albatros que ya se los querían comer.

—En ningún momento tuve miedo. Lo desafiaba a Dios y le decía: si vos existís, demostrameló, mi hijo no se puede quedar sin padre —dice Lucas hasta que Julio lo interrumpe:

—Yo la verdad que sí tuve mucho miedo. Cuando ya había perdido las esperanzas, le pedí perdón a Dios y a toda mi familia. Le pedí perdón a mi mujer y a mis hijos porque no iba a volver.

Cuatro horas después, el buque pesquero María Liliana, que había escuchado el aviso de Gustavo por radio, fue el primero en llegar. Cuando lo vieron a Lucas, le tiraron una soga para levantarlo. Él agarró la cuerda y empezó a trepar, estaba desesperado. Pero las energías de un cuerpo son finitas, y a Lucas se le agotaron cuando estaba a unos pocos metros de salvarse. Lo último que se acuerda es de perder todas las fuerzas, de que las manos se le abrieran y volver a caerse al mar.

Un marinero que había visto cómo se les había escapado otro tripulante de la misma manera, se ató una soga a la cintura y se tiró para rescatarlo. Luego de que le hicieran reanimación, Lucas empezó a recobrar la consciencia lentamente. No podía mover ninguno de los músculos. A la noche, le dieron una sopa tibia y le llevaban una cuchara a la boca y cuando él lo pedía, alguien le acercaba la medallita desde el pecho hasta los labios: “Es mi hijo”, explicaba cada vez que le daba un beso.

Media hora después del rescate de Lucas, el helicóptero de Prefectura encontró a Julio.

—Yo estaba esperando la muerte. Después de ver como se alejaba el María Liliana pensaba que en cualquier momento me agarraba un paro o me empezaba a congelar. Así que cuando apareció el helicóptero volví a vivir, como que me volvió el alma al cuerpo, se dice.

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Los investigadores del INIDEP piensan que las variaciones en las temperaturas del agua como consecuencia del cambio climático global, entre otros factores, favoreció la tasa reproductiva del langostino. En los últimos diez años, en el Golfo San Jorge, pasó de pescarse 40.000 toneladas a 180.000. Roberto Garrone, periodista dedicado a la actualidad portuaria, dice que el Repunte tenía una capacidad para 2.200 cajones de veinte kilos cada uno. Estimando que el precio de la tonelada es de 3.000 dólares, eso da un resultado aproximado de 132.000 dólares de recaudación en cada viaje. Y teniendo en cuenta que cada viaje como mucho dura tres días, y la temporada de pesca es de cuatro meses, la multiplicación de todos esos factores lleva a resultados millonarios, en dólares. Es por eso que a la actual bonanza del langostino se la llama “La fiebre del oro rojo”. Y detrás de la fiebre y los millones, están las empresas dispuestas a llevarse todo lo que puedan.

Agustín Nieto es doctor en Historia e Investigador del CONICET. Sus trabajos tienen foco en la relación que existe entre los trabajadores del puerto y los empleadores. Dice que todas las empresas se guían por el mismo principio capitalista: maximizar los beneficios y ganancias a costo de precarizar las condiciones laborales. Casi ningún barco tiene los elementos necesarios para un naufragio. Los salvavidas son viejísimos, no aguantan ni una hora en el mar. Si un barco tiene una rajadura, le sueldan un chapón ahí mismo en el puerto, cuando en realidad deberían ir a Dique Seco para ser inspeccionados a fondo. Dice que el Repunte siempre fue un barco merlucero y que debido a todos los beneficios económicos asociados a la captura del langostino, la empresa rediseñó el barco para que los pueda salir a pescar.

Agustín dice que el problema frente a tantas irregularidades, debería ser detectado y controlado por Prefectura al momento de realizar la inspección de los barcos. El problema es que en esta lógica de mercado, donde el que manda es el más poderoso, los empresarios quieren salir a pescar en las condiciones que sea, y el Estado se lo permite. Agustín aclara que aunque la seguridad en los buques sean pésimas, los trabajadores no se organizan en un reclamo conjunto porque necesitan salir a trabajar. Si alguno de ellos decide no salir o denunciar alguna irregularidad, la empresa lo hace a un costado y llama a otro pescador que viene detrás.

Lucas era consciente de que el Repunte era una chatarra podrida, pero dice que todos los barcos de Mar del Plata salen a pescar en esas condiciones. Que es cierto que todos los pescadores salen por necesidad, pero que ninguno sale a buscar la muerte.

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Silvia de la Hoz se apoya los anteojos de sol en la cabeza. Tiene el pelo corto, castaño. Lleva un pulóver violeta y una chalina que hace juego. En una hora, se pondrá la remera con la foto de Marcelo, su marido, y participará de una charla en la Universidad Nacional de Mar del Plata sobre “La seguridad en la pesca”. Su hija Florencia, de veintidós, cara redondeada, ojos negros, la seguirá en cada paso.

Mientras esperan que se haga la hora de la charla, se ayudan a recordar a Marcelo. Se ayudan en el detalle: lo que se olvida una, la otra se lo acuerda. Se ayudan en la voz: cuando una se quiebra, arranca la otra.

El primer barco al que Marcelo subió fue el Santa Ángela, también de la empresa Ostramar. Junto con él, estaba su sobrino, Sebastián Cabanchik que en ese momento tenía veinte años. Silvia dice que la relación entre ellos dos siempre fue bárbara y que capaz Dios lo quiso así. Que juntos se suban al primer barco y que juntos se vayan en el último.

La mañana del 17 de junio Florencia fue a ver un partido de fútbol que jugaba Mía, su hermana de doce años. Su madre decidió acompañarla. En la casa se quedaron sus otros hijos: Karen de veinte y Matías de diez. Cuando llegaron a la cancha, Mía estaba por patear un penal. Se perfiló para pegarle con la zurda, tomó velocidad y después de hacer el gol, festejó haciendo un bailecito frente a la cámara del teléfono de Florencia.

—Después del partido, Mía me preguntó si la había filmado porque ese sábado mi papá entraba al puerto y entonces se lo podía mandar por whatsapp, imaginate.

Mía se sacó los botines, guardó las vendas en la mochila y junto a su madre y su hermana empezaron a volver. Antes de llegar a la parada del colectivo, Silvia atendió una llamada de Karen y escuchó que su voz que no podía armar una oración. Solo le salían dos palabras claves que repetía sin parar: “Papá… barco… papá… barco”.

Durante unos segundos, las dos se quedan calladas, se agarran de la mano. Silvia se seca las lágrimas con la palma de la mano y dice algo que más tarde repetirá en la charla en la Universidad:

—Mi marido era muy buena persona… no se merecía esto, no se merecía que su cuerpo no apareciera más.

* * *

El cuerpo de Lucas era una gelatina. En diez días que estuvo internado en Puerto Madryn perdió más de nueve kilos. Las fibras de los músculos se habían roto por hacer tanto esfuerzo y liberaron a la sangre proteínas que fueron a parar derecho a los riñones. Los médicos estaban seguros que iba a tener que ir a diálisis de por vida, pero por milagro, dice él, pudo evitarlo.

Julio se estabilizó en menos tiempo en el hospital de Trelew. Aunque se cortó los ligamentos de las dos rodillas y los tendones de un codo y un hombro, dos días después del accidente le dieron el alta físico. Al pisar la vereda del hospital, el doctor le dijo a su mujer que ni bien llegara a Mar del Plata lo lleve a un psicólogo y a un psiquiatra porque lo peor estaba por venir.

Las rodillas, los riñones, las piernas y brazos se les fueron acomodando en el transcurso de los siguientes meses. En cambio, el fantasma que nació en sus cabezas el día del accidente empezó crecer a ritmo acelerado. Los dos sufren ataques de pánico, no pueden estar en lugares donde haya mucha gente y creen que se van a morir de día, mientras duermen, en cualquier momento. Julio se despierta entre la noche llorando, le grita a su mujer que lo ayude, que le saque la ropa mojada. Sufre depresión profunda, quiere estar solo y dice que muchas veces no quiere seguir.

—Los días que hay tormenta, me ha pasado… —Julio hace una pausa, tose— me meo todo encima.

En cambio, Lucas quedó con un exceso de adrenalina constante y por más que le den medicación no se la pueden bajar. Hace ejercicio todos los días, todo el tiempo y no hay caso, no puede disminuir la ansiedad, el acelere. Dice que a medida que pasa el tiempo, su cabeza se aferra más al recuerdo, que cada vez piensa más en sus compañeros.

—Me pasa que salgo a la calle y veo la cara de los muchachos por todos lados. El otro día andaba en el centro y vi a uno que estaba segurísimo que era Riky. Lo seguí un rato largo y cuando lo alcancé, lo mire y no… no era.

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Lorena Arias tiene los ojos delineados, la boca pintada de rojo. Lleva blusa beige, pulseras, anillos, pollera larga, botas oscuras. Es la hija del primer oficial Horacio Airala, aunque, dice, no quiere que se mezclen las cosas. Cada vez que habla del Repunte, de la boca para afuera, solo lo hace como abogada querellante de la causa.

La causa penal tiene lugar en el juzgado federal número dos de Rawson. El Juez que la atiende es Gustavo Lleral, el mismo que se ocupa del caso Santiago Maldonado.

Lorena explica que el objetivo de ellos es que por primera vez, un hundimiento cambie la caratula de “N.N. sobre averiguación de delito” a “Estrago culposo”. Al igual que pasó en Cromañón y en la tragedia de once, entienden que el caso del Repunte no fue un accidente, están convencidos que hay responsables. Quieren que se averigüe a fondo en qué condiciones estaba el barco y que pasó con el protocolo de seguridad y búsqueda desde el momento en que los tripulantes tuvieron que saltar al mar.

—Si la balsa estaba en un lugar y después le pusieron los tangones de otro barco, alguien tenía que verificar que eso no achique las posibilidades de supervivencia, y nadie lo hizo. Y después dejaron que pasen más de cuatro horas para ir a buscarlos cuando el helicóptero llega en veinte minutos. Todo mal hicieron.

Pareciera que el dolor y la bronca fueran a devorarse a la abogada en dos segundos. Lorena respira hondo, golpea las uñas sobre la mesa y recupera la profesión, la técnica. Dice que si la causa se eleva a juicio y encuentran responsables, ellos no van a pedir que vayan presos. Lo que quieren es que queden inhabilitados de por vida para ocupar sus cargos.

—El primer acto de corrupción es ocupar un espacio para el que no estás preparado. Y mucho más si de tu trabajo depende la vida de otras personas.

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Cuando Julio Guaymas salió del hospital, le dijo a la familia Samite que Fabián había saltado con dos chalecos salvavidas. Eduardo, el padre, pensó que si no lo podían encontrar en el mar, entonces había que buscarlo por tierra. Y nadie lo estaba haciendo. Ni bien se enteraron del hundimiento, toda la familia salió para Prefectura de Rawson. Érica, la hermana, se acuerda de ver a los prefectos que los miraban como si fueran bichos raros, no les decían nada. Cuando ella y sus hermanas se empezaron a impacientar y preguntaron si había alguna novedad, uno de ellos les respondió:

—¿Saben que pasa? No es fácil, en el mar los cuerpos se hunden. Es como si tiraran una feta de jamón crudo al agua, ¿entienden?

Cuando les dijeron eso, pegaron media vuelta y se fueron. No pelearon, no gritaron. Lo único que les interesaba era encontrar a Fabián y se dieron cuenta que ahí estaban perdiendo el tiempo. Eduardo alquiló una 4×4 y toda la familia empezó a recorrer la costa de Península Valdez. Hasta donde se podía llegaban con la camioneta, después recorrían los kilómetros a caballo o a pie.

Los primeros días tenían esperanzas. Fueron a una parte que queda cerca de Punta Pirámides que llaman “El basurero” porque es donde el mar devuelve todo lo que no es suyo. Encontraron botas, restos de frutas, un montón de cajones de pescado. A medida que pasaban las semanas, Érica dice que le daba más miedo salir.

—¿Mirá si encontrás algo tirado y cuando lo das vuelta ves que es tu hermano?… pero alguien lo tenía que buscar.

Una de las últimas veces que salieron fueron hasta una capillita que está en un lugar llamado “Bajo los Huesos”. La madre de Fabián pensaba que podían estar ahí, refugiados, esperando a que los fueran a buscar. Érica dice que decidieron ir para que su madre no se fuera a quedar con esa duda para toda la vida. El lugar quedaba a más de diez kilómetros y en algunas zonas tenían que pasar rápido para que los lobos marinos no los salieran a morder.

Cuando llegaron ya se estaba haciendo de noche. Érica se acuerda que le sorprendió haber encontrado la capilla ahí, en el medio de la nada, entera y muy bien cuidada. Lo dice como si no existiera otra opción. Como si la idea de encontrar algo en el medio de la nada, entero y bien cuidado, no entrara en su cabeza.

 

* * *

Gabriela da vueltas para un lado, para el otro. Quisiera poder dormir pero la imagen de su hermano no la deja. Se pregunta cómo habrán sido los momentos finales. Piensa en la temperatura del mar, cree que con tanto frío se debe haber dormido enseguida, que no debe haber sentido nada. Es una idea que viene analizando hace más de quince días. El problema le surge cuando se acuerda que los sobrevivientes estuvieron más de cuatro horas flotando en esas aguas heladas. Se pregunta si Gustavo habrá estado pataleando tanto tiempo, si habrá sufrido.

Desde el día del accidente, la duda no se despega un segundo de su cabeza. Dice que ella es muy racional, que todo lo piensa. Que sabe que pasó mucho tiempo, pero que al no tener el cuerpo es como si su hermano hubiese quedado flotando.

Muchas mañanas se levanta y se pregunta ¿y si aparece?

* * *

Gabriela se acerca a la valla, pide permiso para pasar y dos de seguridad le contestan que no se puede. Sin mirarlos, ella aclara: “Soy la asesora del concejal Lucas Fiorini” y entonces le abren el paso, le piden perdón. Del otro lado del vallado están los miembros de la UOCRA esperando el tren que traerá a la gobernadora María Eugenia Vidal. Ya pasaron más de dos semanas del hundimiento y todavía no recibieron ninguna respuesta por parte del gobierno. Gabriela, su hermana Romina, sus sobrinos Guadalupe y Franco junto a otros familiares piensan que el acto de reinauguración del trayecto Buenos Aires-Mar del Plata del ferrocarril Roca es una buena opción para hacerse escuchar. Quieren entregar un petitorio que exige que no dejen de buscar a los desaparecidos, que haya asistencia psicológica a los familiares de las victimas y que los controles sobre el estado de los barcos por parte de Prefectura sean más rigurosos.

Cuando Romina ve pasar al intendente, Carlos Arroyo, se acerca para entregarle el petitorio. Antes que fuera a terminar una oración, él la mira con cara de sorprendido y le pregunta “¿y yo que tengo que ver con el puerto?”. Después de decir eso, se da vuelta y sigue su camino hacia donde están las vías; la gobernadora está por llegar.

Ni bien Vidal pone un pie sobre el andén, Gabriela saca de su bolso el cartel de Ningún hundimiento más y junto a Guadalupe empiezan a pedir justicia a gritos. Las fuerzas de seguridad las apartan enseguida. A ellas y al resto de los familiares que piden lo mismo. Pero el reclamo se hace escuchar y, antes de volverse a La Plata, la gobernadora acepta hablar con los familiares de Gustavo Sánchez. La conversación dura dos minutos: les solicita una lista de los afectados y promete hacer llegar ayuda a través de la Secretaría de Desarrollo Social.

Pocos días después esa ayuda se materializará en una cocina, un termotanque, y una beca de trabajo. Gabriela está convencida de que lo que quisieron fue neutralizar la lucha del Ningún hundimiento más, que les dieron esas cosas para conformarlos, callarlos. Aunque también reconocerá que aceptaron todo lo que les mandaron porque a muchos de los familiares esas cosas les hacían falta.

* * *

Matías Islas, hijo de Marcelo y Silvia tiene diez años. Sale del baño, se frota las manos y con una sonrisa pregunta: Bueno… ¿Qué quieren cenar hoy? ¿Quieren que miremos una peli? Su madre y sus hermanas Florencia, Karen y Mía le responden con otra sonrisa. No le dirán que cuando él estaba en el baño, ellas lo escuchaban llorar.

Matías tiene diez años. Se levanta a la mañana y en la puerta de su casa pega el símbolo del ying-yang. Después le explicará a Florencia que lo malo es que perdieron a su papá muy rápido, pero lo bueno es que ellos van a estar más unidos que nunca.

Matías tiene diez años. Le pide el teléfono a su madre y avisa en el grupo de whatsapp Repunte que cuando vayan a hacer los barquitos de papel que les pidieron para el documental, les pongan una capa de plasticola abajo. Una noche se quedó probando en la olla de su casa y comprobó que sin pegamento, los barcos se hunden a las dos horas y diez minutos, en cambio, si le ponen la plasticola pueden aguantar casi el doble de tiempo.

Matías tiene diez años. Silvia lo mira y dice que cada día que pasa se parece más al padre. Cómo camina. Cómo se ríe. Cómo habla. Dice que hace poco tomó la comunión y que todo el tiempo se movía con el vasito de gaseosa en la mano, lo mismo que hacía Marcelo con la copa de vino.

 

* * *

Son las tres de la tarde de un sábado de agosto. El cielo está despejado, el sol es tibio, el viento frío. Como todos los meses, los familiares del Repunte se reúnen en el monumento a los pescadores para pedir por los muertos y desaparecidos, para exigir que no haya ningún hundimiento más. El reclamo se hace en conjunto con los familiares del San Antonino, un barco que se hundió un año atrás y se llevó la vida de sus seis tripulantes. A cada uno que va llegando, Gabriela le entrega un cartel con el nombre de los diferentes buques hundidos en los últimos diecisiete años. Son cuarenta y un barcos, ochenta y seis vidas.

La madre de Gustavo va a todas las marchas y reuniones. El día que se despidió de su hijo dice que le dio tantos besos como cuando era un nene. Tiene un cartel que dice “El mar no perdona a los barcos de papel”.

Daniela no suelta la foto de su marido Sebastián junto a los mellizos, en ningún momento puede parar de llorar. Roxana, mujer de Ricardo, camina todo el trayecto despacio, en silencio. Lo hace con Celeste, una de sus siete hijos. Los familiares de Fabián Paganini levantan carteles con fotos de él. Su cara está por todos lados.

Un centenar de personas acompañan el reclamo. La mayoría son trabajadores del puerto y sus familias. Las personas que están en el centro comercial miran con curiosidad, algunos se suman con un aplauso tímido o tocan bocina. Al frente, los más chicos llevan una bandera argentina con la frase “La corrupción mata”.

Cuando la marcha llega a la puerta de Prefectura, los hijos de los muertos y desaparecidos se forman al frente. Gabriela se para a un costado y mirando hacia la entrada grita:

—Están las viudas, están los padres, estamos las hermanas, están los amigos, están los compañeros de trabajo. Acá adelante están todos los hijos, quiero que les miren la cara, que los conozcan.

Pero nadie sale a decir nada. Detrás del vidrio, se ve a los prefectos agrupados, tranquilos, hablan entre ellos. Después de cantar durante diez minutos “Se va a acabar, se va a acabar, esta costumbre de coimear” la marcha sigue hasta el playón de los pescadores. Silvia agarra el megáfono y empieza a nombrar:

Sebastian Cabanchik, presente.

Gustavo Sánchez, presente.

Silvano Coppola, presente.

Fabián Paganini, presente.

Horacio Airala, presente.

Ricardo Homs, presente.

Fabián Samite, presente.

Marcelo Islas, presente.

Jorge Gaddi, presente.

José Arias, presente.

Repunte, presente

Prefectura, ausente.

Estado, ausente.

Después deja el megáfono y se une en un aplauso para todos los tripulantes del Repunte. A un costado, la gente que le tira comida a los lobos marinos se empieza a poner fastidiosa. Tanto ruido los está espantando y ellos querían sacarse una foto.

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