Las bolitas de Chaplin

Aguafuertes marplatenses de un renegado periodista nacido en el interzonal. Ojo de halcón que ve en simultáneo el plano general y el plano en detalle (que es lo mismo que decir: Jorge, el que no puede dejar de encontrar el pelo en la sopa).

El otro día miré la villa cuando fui a que me castren a Chaplin. Las casillas de chapa estaban por ahí enfrente, mientras yo sostenía al gato dentro de la mochila como un bebé, haciendo la cola entre dos perros gigantes, con los pelos de mi nuca erizados.

La noche anterior me olvidé de googlear si había un nudo para fabricar un arnés. Tengo una soguita larga que me podría haber servido por si se le daba por salir cagando. Pero como me olvidé, bajé los tres pisos con el gato a upa y después de llamar al remis, simplemente lo metí en la mochila dejándole el cierre un poco abierto para que respire. Un frío hacía.

Llegamos a la dependencia municipal. Pregunté en un lado y era a la vuelta. Primero había un tipo gigante, de boina roja, pañuelo al cuello, medio culo al aire, con ropa y camioneta sucias. Alguien al que no pueden apodar de otra manera que El Paisa. El Paisa tenía una perra grande atada con correa. Después una mina con otro perro, y terceros nosotros. Los que tienen varios animales habrán pasado por esto muchas veces, sea en veterinarias o ahí, donde los castran gratis. Ya adentro, me dijeron que habían agregado fechas porque están proliferando las enfermedades zoonóticas, como la brucelosis y la difteria. Raro, ¿no? Qué tendrá de especial esta época para que se esparzan males.

Sudaba frío, parado ahí muerto de frío. No deja de ser una operación, en un lugar raro para el pobre Chaplín que no tiene ni balcón, que apenas conoce el afuera porque le dejo abierta la ventana y se pasea por el alfeizar y mira —según la hora— pájaros o murciélagos.

Unas minas macanudas nos hacen pasar y me toman el nombre (el mío, no el de él); reparten sillas plásticas para la espera. Por allá, en el otro extremo del salón, se ve a gente en ropa médica armando el quirófano. Conozco a una de las chicas que atienden a los que llegan. O será que siempre alguien me conoce, me creo famoso, mis hijas creen que lo soy, es porque habitamos en esta sub república progre zurda nacional y popular de la ciudad, ahí donde medio que nos conocemos todos. Y como soy periodista, a los periodistas nos pasan dos cosas, o nos preguntan cuántas bombas se tiraron en Mosul (porque tenemos un embudo en el que todo nos llega), o nos preguntan adónde vamos a parar, o nos cuentan cosas porque somos la voz de los que no tienen voz, ignorando que la voz que acaso tenemos es mucho muy queda, apenas un susurro en el griterío de programas como Intratables o Animales Sueltos, como quien dice un pedo en la tormenta. Pero venga, cuente, aunque no tenga donde decirlo, quiero saberlo, la información es poder, la información es contrapoder. Give me the power.

Chaplín se pone frío por la anestesia, lo arropo con un pulóver viejo que una de mis hijas tostó en el calefactor; él se duerme y yo me quedo muy quieto como de piedra, nos veo como parodia de La Piedad de Miguel Ángel, en este salón sudamericano lleno de personas con sus animales que perderán sus atributos reproductivos. Duerme duerme negrito, que después ya estamos en casa. Y justo a tiempo, porque anda un perro intenso con correa demasiado larga que me posa la pata en la rodilla. Jiji qué simpático (sacame este monstruo de acá, no hay ningún gato para comer, tomatelás confianzudo).

Mientras tanto me cuenta (y me seguirá contando después de que entremos a quirófano, constaten que todavía estaba consciente y nos metan otra pichicata) sobre lo que se hace en ese lugar. De a cuántos pibes se les daba de comer hasta que alguien entró y les robó la cocina completa. De cómo la tercera allanó la villa diciendo que desde la dependencia dijeron que los ladrones eran de por acá. Esas cosas que hace la cana, ignoro si consciente o inconscientemente (tiendo a creer que hay un instinto policial que les hace oler cuando deben desatar la parte ilegal de su deber), de cortar lazos sociales, de oponerse en cuanto pueda a mejorar las vidas de los que están peor, cuando no a hacérselas más miserables a fuerza de cacheos. Porque también me hablan de apremios ilegales. Los pibes cuentan que los paran los pitufos cuando van con el skate a la plaza. Que a uno le quemaron la mano con un pucho, que a otro lo humillaron, a otro lo metieron en un patrullero y lo dejaron ahí por horas.

Está pasando todo otra vez, me digo mientras a Chaplin le quitan el relleno que cada tantos días lo volvía loco y me fumo un cigarrillo en el pasadizo elevado de afuera, desde donde se ve la villa de chapa. Mientras soplo humo que se hace nube con nervios, alguien le abre la puerta de la camioneta al Paisa, que viene con medio culo al aire cargando su perra operada y desmayada por la droga. Pasa todo de nuevo. Los índices conocidos de marginación, esa sopa social terrible que tiene de todo: embarazo adolescente, enfermedades erradicadas, brecha digital, policías que asustan, hambre, tristeza, ansiedad, angustia, desesperación. Agradece el Paisa y arranca la F100.

El señor del gatito negro. Acá. Me entregan para que abrigue con el pulóver un disfraz de gato, es mi querido Chaplín pero parece una estola de piel; está frío y profundamente dormido. Se va a despertar como cinco horas después todo turulato, en el transcurso de las cuales creeré que se murió, y me tiraré al piso a su lado dispuesto a llorarlo, hasta comprobar que por sus fauces entreabiertas sigue circulando el aire. Pero antes subo caminando una de las colinas más pronunciadas de Mar del Plata, con la mochila puesta para adelante, sujetando al gato como si estuviera lleno de nitroglicerina. Tiempo para pensar en lo bueno de que por ahora no se les de por esterilizar malthusianamente a los humanos, como alguna vez se hizo en la India. Porque los pobres y la pobreza están creciendo exponencialmente, pero no es culpa de los pobres su pobreza, sino del capital, que se reproduce de manera frenética.

Chaplin está muy bien. Ya no piensa en eso.