Las malas ondas

Aguafuertes marplatenses de un renegado periodista nacido en el Interzonal. Ojo de halcón que ve en simultáneo el plano general y el plano en detalle (que es lo mismo que decir: Jorge, el que no puede dejar de encontrar el pelo en la sopa).

Explico que las ondas electromagnéticas están en todo, en un espectro que va del ultravioleta al infrarrojo. Con ellas tenemos el horno de microondas, las comunicaciones policiales, los rayos X y el color azul. Porque nada es azul y nada es intrínsicamente amarillo, todo depende del material con que está constituido, así como nada es verdad ni es mentira, todo depende del cristal con que se lo mira. La manzana absorbe todo los colores del arco iris y refleja el rojo, que no es más que una onda que pega onda con los ojos. Explico que las ondas de radio viajan por el universo, imperecederas, sempiternas.

Es decir que toda la radio que hice, todo lo que dije, lo que he pensado y preguntado, todo flota en el frío vacío del espacio, como un eterno discurso penitente, como un alma sin cielo.

Onda que si un extraterrestre (que raro suena el término cuando nos alejamos tanto de la tierra) inventó un aparato, estará escuchando mis dichos de mayo de 1992, de octubre de 1998, de una mañana de 2002 y todo así. Escuchará que este modelo no cierra sin represión, que existe la decisión política de hundirnos, que la desnutrición no es casual.

Nada se pierde, todo se transforma, como han dicho Jorge Drexler y Lavoisier, como nos hemos cansado de escribir en pergaminos de despedida.

Somos parte del universo. Lo aclaro porque yo mismo pienso a nuestro planeta como una excepción de esa negrura, siendo que esta bolita azul insignificante en la que dibujamos una elipse en torno al sol, no es más que un puntito, un grano de arena en la playa de lo existente. Y alcanzados entonces por las generales de la ley, nuestros cuerpos son atravesados por las ondas, esas ondas en las que van montadas las viejas palabras, las mías, las tuyas hablando por celular el año pasado, las de Roosevelt Franklin Delano transmitiendo junto a la chimenea en medio de la guerra mundial. Nada hay que se parezca más a la fantasía del alma que esas palabras invisibles y hertzianas.

Al momento de leer esta columna estás perdiendo y dejando caer muchas células muertas, minúsculos copos de cereal sabor a vos que barrerás en algún momento preguntándote de dónde salió tanto polvo, al tiempo que otras células te van naciendo, con microscópicos grititos de alumbramiento; turgentes, vitales células que salen a la cancha perfumadas, con la esperanza de meter goles. Son el personal contratado de tu cuerpo, la planta transitoria, la grasa militante que hace que no te quede el pantalón azul. Pero por suerte las ideas no se matan.

Al momento de escribir esta columna me asalta una tristeza (espero que al momento de leer esta columna haya recuperado mis alegrías, haya venido el profesor Lupin a ofrecerme chocolate para recuperarme de los dementores). Y es porque –perdonen que empiece a putear– todo lo que tocan estos cretinos se transforma en mierda. Y porque parece al pedo todo lo que uno haga.

¿Conocés el mito de Sísifo?

El hijo de Eolo se mandó una serie de macanas con los dioses. Reveló sus secretos a los mortales, o les tomó el pelo, algo así. Cuestión que lo mandaron al inframundo a cumplir con un castigo que consistía en empujar una piedrota hasta la cima de una montaña, y, cada vez que llegaba arriba, la roca se le volvía a caer rodando por la cuesta. Así eternamente; todavía debe estar en eso. Y es un castigo feo, como todo trabajo forzado que no tiene el más mínimo sentido. Tanto, que lo han aplicado en muchas cárceles del mundo. Reos que tienen que trasladar piedras desde un extremo del patio hasta el otro, y una vez ahí volver a empezar en sentido contrario. Desquicia, desmoraliza el non sens. Distinto sería que los obligaran a construir casas en las que viva gente, juguetes que diviertan a los pibes.

¿Por qué la realidad se empeña en ser tan impermeable a nuestras palabras? En esta revista hay miles de caracteres ordenados por las más exquisitas plumas de mi época, hay conceptos, hay ideas, hay filosofía, doctrina, capital intelectual. ¿Por qué (la puta por qué) la realidad nos niega el favor de mostrarse aunque sea mínimamente erosionada por nuestro empeño? ¿Eh?

Me darán respuestas optimistas, me contarán historias de sembradores de bambú, de chinos pacientes con el don de la espera y la esperanza, con la recompensa final de su labor persistente.

Heme aquí, una máquina de perder la paciencia. Porque a esta altura ya es mala onda que tanto nabo no se rinda a la fuerza de nuestros argumentos. La reconcha de tu madre, no te das cuenta de que estás arruinando todo, no ves que se cumplen todas nuestras profecías, qué te pasa. No te importa, es eso, no te importa lo que nos importa a nosotros. Vos tirás a la basura lo que para nosotros es arte, vos te cagás de risa mientras nosotros lloramos por dentro. Sos malo, eso sos.

Adoptamos palabras cada vez más sofisticadas (tener palabras es como tener gatos, nunca son suficientes, ninguno es igual, cada gato nuevo tiene su propia personalidad). Y en tren de codearnos con los exactos términos, con la sintonía fina entre aquellos significantes y estos significados, dejamos por ahí tiradas las palabras simples. En la primaria escribíamos que mamá era linda y buena, pero los maestros nos fueron persuadiendo de adquirir otros términos, de elegir los mejores del enorme abanico de sinónimos con que nos provee nuestra lengua. Así que allá quedaron lo lindo, lo feo, lo malo y lo bueno, arrojados a la caja de las palabras ramplonas.

Yo ahora estiro la mano y rescato el Mal sin ningún sentido místico. Me voy a wikipedia y te copio y pego que el mal o la maldad es una condición negativa relativa atribuida al ser humano que indica la ausencia de moral, bondad, caridad o afecto natural por su entorno y quienes le rodean, actuar con maldad también implica contravenir deliberadamente usando la astucia, los códigos de conducta, moral o comportamiento oficialmente correctos en un grupo social.

Porque sólo pensando en términos de buenos y malos, jugando con términos esos absolutos, imaginando a toda esa gente como remachadamente mala, puedo concebir tanto empeño en sembrar el sufrimiento tan muertos de la risa.

Esta mala columna (y esta buena revista) tal vez quede alojada en la mega máquina, en el ultra servidor que todo lo conserva en el ciber cielo. Tal vez halle espíritus afines a esta misma sintonía, que además cuenten con las herramientas para que esta angustia se desinfle de sentido y brille el sol sobre campos floridos.

En el mientras tanto, me muerdo frenéticamente los nudillos, desesperado porque estos seres abyectos (estos malos) tengan por fin su merecido.

En el mientras tanto no habrá perdón, ni habrá tampoco olvido.