Samba para no olvidar
Todo se mueve en la Roda de Samba. Una fiesta en la que la cultura brasilera invita a soltarse y a empujar la tristeza afuera. Ritual pagano en el que la guía es un ritmo que atraviesa cada cuerpo. En un mundo de más y más fronteras, argentinos y brasileros se abrazan en una fiesta sin fin.

Por Andrea Alegre y Federica Gonzalez

Texto: Pablo L. Navas

1.

La canción A Felicidade empieza diciendo “Tristeza não tem fim”.

2.

Este lugar es otro.

Este día es otro. Esto no es Mar del Plata. Esto no pasa un lunes. Hoy, aunque así lo digan los cajeros, no es fin de mes.

Esto tiene que ser Bahía o Río de Janeiro. Debería ser viernes o sábado. Estas cosas pasan en el medio de enero.

Pero no.

Esto es Mar del Plata. Es lunes. Es tres de abril. Al frente hay una plaza y los demás están en la entrada o dentro del bar El Argentino. No es que las puertas están abiertas, también están abiertas las ventanas y porque no hace frío mucha gente fuma, conversa y espera. Cuando sean las diez de la noche las manos que sostienen los vasos aplaudirán, los ojos que miran el árbol de otoño se van a cerrar cada tanto porque, como afirmaban los clásicos, las pasiones tienen su conmoción orgánica y para algunos es mejor mirar hacia dentro cuando se goza.

Tres amigos hablan de los consumos de época: de youtubers, de los libros que hay para leer y no se pueden leer, no porque no se consigan sino porque se consiguen demasiado/s, de la distracción, de las redes y por ende de la angustia. Cada tanto tienen que ponerse uno más cerca del otro, es que no paran de llegar personas a Chacabuco casi 20 de septiembre.

La mayoría parece saber lo que está por pasar, vienen por algo que, creen, tiene  garantía de disfrute. Y los que llegan son mujeres y varones, veinte-treintañeros, cuarentones, un poco más, y hay una niña de seis años compartiendo la picada que comen sus padres mientras toma 7up.

El bar El argentino tiene en sus paredes de ladrillo a la vista un collage hecho de fotos enmarcadas, funcional a la eternización de íconos del consumo vernáculo, popular y masivo. Gardel y Pugliesse, Evita, Fangio, también Messi, Tita Merello, Leonardo Favio y Rubén Juárez. ¿En qué momento la decoración de interiores (¿?) muta en mural que propone una forma de leer las constelaciones de la historia política? Acá hay un relato literalmente colgado y bendecido por Jauretche: la trilogía San Martin-Rosas-Perón. Debajo de esas imágenes todos hacen algo todo el tiempo: encontrarse y es un abrazo atrás de otro, con efusiones sin pruritos, evitando esconder la alegría debajo de la alfombra. Hoy hay fiesta.

3.

En una mesa de madera hay tres botellas verdes. Alrededor de esa mesa y de esas botellas se sientan Alan, Mariela, Pablo, Facundo, Juan Ignacio, Ariel, Alejo y Diego, forman una ronda o, por fin, la Roda. El resto ríe, regula la ansiedad, come y toma. Muchos ya conocen a este grupo que mes a mes —¿se?— propone ahuyentar los fantasmas de una jornada entera, de un mes entero, con palmas, con coros, con baile, con urgencia.

El samba brasileño es un género musical fundamental, por ejemplo, de Río de Janeiro y lo es sobre todo en ciertas zonas de la Ciudad, como ocurre en los barrios de Irajá y Del Castilho. En 2005 la Unesco declaró esta expresión estética patrimonio de la Humanidad.

A principios de siglo Fatboy Slim sacó el video de Push the tempo, mostrando como gente de los suburbios quedaba poseída por el ritmo electrónico de la banda. Lúmpenes y granjeros, represores y comerciantes, perdían el control de su motricidad cuando el casette comenzaba a funcionar. No les quedaba a los personajes otra opción que entregarse a la danza. Algo muy parecido logra la Roda de Samba de Mar del Plata. De a poco, inevitablemente, los tímidos, los discretos, sienten imposible continuar sentados, se tienen que sumar a ese ritmo democratizado, carente de prejuicio y redentor. Eso le pasa al muchacho sentado en una de las mesas, que ha quedado solo porque los demás comensales que lo acompañaban ya están inmersos en el tarareo portugués y en los pasos afros. El joven calvo se levanta, mira a los costados y confía en el in crescendo de su soltura y su borrachera.

Alan Elvira Da Silva tiene algo de capitán humilde. Saluda, da la bienvenida y separa en dos bloques la roda. En la primera parte los platos siguen puestos y quienes lo desean dejan los ritmos como notas de fondo que den forma. En el segundo momento, y después de una pausa de diez minutos, las mesas se corren para que los neófitos bailadores no tengan obstáculos por ahí.

4.

En un perchero cuelgan dos sombreros blancos y unas guirnaldas. Y una coronita. De plástico. Puede ser que ahí esté materializado parte del misterio de esta roda que hace a la gente transpirar de tanto canto al aire y tanto taco al piso, logrando imponer la inversión de lo bajo sobre lo alto, reproduce aquello que en el carnaval había visto Mijaíl Bajtín, o lo que Serrat narraba acerca de la noche de San Juan. Terminan quebrándose inercias esclavizantes y las negritudes ancestrales pincelan una época con tipos de dominación diferentes. Aquellos que el antropólogo francés Willian Fanon llamó “los dominados de la tierra” se entronizan, dan vuelta al signo. Los esclavos juegan al amo.

5.

Alan presenta a su madre y los espectadores activos, encimados a la roda, aplauden más que entusiasmados. “Si quieren aprender a bailar miren sus pies, y sus caderas, y sus hombros”, deliran todos con esa mulher. Alan dice: “El samba se quedó en Mar del Plata”. Alan es categórico: “Cantando mando la tristeza afuera”.

Pero no solo cantando, de golpe se forma un trencito. Gabriel que dos horas antes se bañaba y aceptó la invitación de una amiga para aprovechar un plan alternativo de lunes, ahora no lo puede creer y registra con el celular la legítima desmesura.

Casi todos los presentes cantan, incluso por adhesión a la fonética. La apropiación es otra. No todos saben cantar o bailar y sin embargo todos cantan y bailan.

6.

Quedan tres canciones y es invitada a sumarse la cantante Marita Moyano, quien aparece entre ovaciones. “Desilusión, desilusión, bailo, bailas/ En la danza de la soledad“, insiste Moyano negociando entre la saudade y la liberación.

Lo que sigue es un amague permanente, cacheteo al aire con los dedos, arenga, que durante cuarenta minutos pedirá que la voz de Da Silva, la batería de Facha Passeri, la flauta de Mariela Federman, el cavaquinho de Alejo Paz, la percusión de Juan Ignacio Elvira, Ariel Corradini y Diego Gómez y la guitarra de Guzmán, sigan sonando y sonando sin importar que mañana sea martes, que haya que cursar, que haya que ir a pagar una cuenta, rendirle vaya a saber qué a un jefe, o que ya sean las dos de la mañana.

7.

El samba era eso: dos amigas abrazándose; una madre abriendo los postigos de su habitación; la casa un sábado a la mañana; unos pies golpeando la tierra roja; un morro soberbio; una cantina en Pernambuco; Vinicius explotando ¡Sarava!. Un beso espontáneo en la mejilla. La palma cuando pica golpeando percusivamente. Este lugar es otro. Es Quintal do Pagodinho o es un bar que frecuentaba Almir Guineto. Pero no, Mar del Plata se da el permiso —lo podrá hacer nuevamente el 1 de mayo— de procesar el dolor del mundo de otro modo.

8.

Hay un modo carioca de interpretar la muerte, una forma —¿más sabia?— brasilera de relacionarse con el sufrir: la que condujo a Tom Jobim hacia la paradoja de empezar una canción titulada A Felicidade con un verso que dice “tristeza não tem fim”.

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  • Fotografo : Andrea Alegre
  • 21 Abr 2017