Eso que llaman amor
Sobre el trabajo doméstico y de cuidado, el capitalismo construye sus riquezas y los hombres sus privilegios. Pese a los sueños de libertad y la esperanza emancipadora, las tareas del hogar continúan estando feminizadas. Un trabajo que no tiene vacaciones, feriados, obra social, descanso y que casi nadie valora. La jornada completa o la doble jornada laboral no es más que una de las expresiones fundantes de la desigualdad de género.

Por Romina Elvira y Melina Antoniucci

“El amor ha sido el opio de las mujeres,

como la religión el de las masas”

Kate Millet

El hogar es la unidad doméstica primaria y fundamental del sistema económico capitalista. Así como en las fábricas se producen autos o heladeras, en las oficinas informes o en un taller se fabrican remeras, en los hogares se reproducen (se alimentan, se cuidan, se bañan, se aman) los trabajadores y las trabajadoras que fabrican el auto o la heladera, que redactan esos informes o que van a coser esas remeras.

En los últimos 60 años, las mujeres se han insertado en masa en el mercado de trabajo. Pese a las condiciones de desigualdad y la brecha salarial que existe entre hombres y mujeres, esta inserción representó no sólo la independencia económica sino, muchas veces, la posibilidad del crecimiento profesional o personal. Pero los sueños de libertad y la esperanza emancipadora, mantuvieron intacta una realidad: el trabajo doméstico y de cuidado continúa estando feminizado.

Son las mujeres las que, luego de regresar de sus jornadas de trabajo o simultáneamente a ellas, continúan con una extensa y agotadora jornada laboral en sus hogares. Un trabajo que no tiene vacaciones, feriados, obra social, descanso y que casi nadie valora. Aquello que se conoce como doble jornada laboral no es más que una de las expresiones fundantes de la desigualdad de género.

Escobas, cocinitas, planchas, maquillajes, muñecos, mamaderas… ya desde pequeñas, en cada cumpleaños y en cada navidad, se arma la lista de los trabajos que las mujeres tendrán que hacer a lo largo de su vida. Por amor, por mandato o convicción el hogar y la maternidad se instalan como destinos.

La ecuación es sencilla. Sobre el trabajo doméstico y de cuidado, el sistema económico construye sus riquezas y los hombres sus privilegios. La teórica feminista Silvia Federici es contundente: “El capitalismo se ha beneficiado con esta situación. Con un salario ha comprado a dos trabajadores. El trabajo de las mujeres es el más importante, el embrionario, si no hay seres humanos no hay nada. No hay trabajadores, no hay trabajadoras y tampoco hay capitalismo”.

Según los datos arrojados por el Instituto Abierto para el Desarrollo y Estudios de Políticas Públicas, las mujeres dedican 6 horas diarias al cuidado de personas dentro del hogar, mientras que los hombres, poco más de 3. El total del trabajo doméstico no remunerado está en manos del 86,7% de mujeres. Por cada hombre que realiza tareas domésticas, hay 9 mujeres que llevan adelante el hogar.

La idea de instinto materno también hace lo suyo. Por cada 30 mujeres que se encargan de bañar a sus hijos e hijas, solo hay un hombre que convierte a la bañera en una aventura de barcos y submarinos. Por cada 13 mujeres que hacen dormir a sus hijos e hijas, solo hay un hombre que cuenta cuentos. En la elaboración de las tareas escolares, por cada 15 mujeres solo hay un hombre que se encarga de comprar mapas y cartulinas o repasar la tabla del 8.

No solo la belleza, la fragilidad y la delicadeza son ideas asociadas al mundo de lo femenino. El amor, la dedicación y el sacrificio define a las mujeres en sus roles y les indica el camino del deber.

El amor todo lo puede y todo lo cura. El amor también todo lo limpia, todo lo ordena, todo lo barre y todo lo cocina. Pero eso que llaman amor, es trabajo no reconocido, desvalorizado y no pago.

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  • 08 Mar 2018