Jazz (o de cómo improvisar colectivamente)

Fueron cinco días a pura música en plazas, teatros y bares. El Festival reunió a 40 grupos locales, nacionales e internacionales y pudo ser disfrutado por diez mil personas. Los músicos de Improvisación Colectiva Mar del Plata (ICM), sin apoyo del Estado municipal, dieron una lección de compromiso, música y autogestión. Crónica visual con swing.

Fotos: Andrea Alegre | Texto: Andrea Perez Calle

En la casa hay muchos cuartos y, a simple vista, todos son iguales y están ordenados, bien dispuestos y decorados. Tras las puertas altas, viejas, bellísimas, hay pósters, hay gráficas, hay pianos, partituras, trompetas, banquitos de músico y músicos improvisando con la exquisita desfachatez de quien siente lo que suena.

Sin embargo, en esa casa hay un cuarto -uno de los dos que dan a la calle- que es distinto y se nota. En él los instrumentos pasan, pero de largo. Las partituras están, pero se van. Las personas entran y salen, pero siempre con tareas. En la pared hay pósters, sí, pero también hay calendarios, hay grillas, hay credenciales. En ese cuarto del Espacio Colectivo de Enseñanza Musical (Ecem), que está en pleno centro y sostiene la ONG Improvisación Colectiva en Mar del Plata, se orquesta organización. Y se gesta, cada año y entre muchas otras actividades, el Festival Mar del Plata Jazz, que pasó entre el 7 y el 11 de diciembre de 2016.

En esta sexta edición, el evento -de muchísima calidad artística y organizativa-  reunió en la ciudad a más de 40 grupos locales, nacionales e internacionales en casi 10 escenarios montados, entre otros espacios, en Mingus, Dickens, la Plaza Mitre, el Ecem, el Teatro Colón y el Museo Mar.

Pese a la escasa ayuda estatal -nula en el caso del Municipio-, quienes hacen el ICM aseguran que este VI Festival fue el más convocante y nutrido de todos. Calculan que más de 10 mil personas escucharon, en algunos casos por primera vez, ese jazz que se propone (desde la autogestión) como territorio para habitar entre muchos.

Lo que sigue entonces son esas fotos de lo que se vive y se siente cuando se sale de ese cuarto, que es distinto porque en él la música no sólo es ritmo, melodía y sonido, sino también herramienta para disputar sentido, desde Mar del Plata y hacia el mundo.

 

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