Quién suena reggae

Comenzaron como una banda de amigos y crecieron hasta conquistar fans en toda Latinoamérica. La semana pasada compartieron escenario con Israel Vibration en La Trastienda de Buenos Aires. Entre relatos de extraterrestres, viajes y las canciones de Sí serás, el disco nuevo, se acercan a la elite del reggae. Crónica de una gira con RonDamon.

 


Fotos: Francisco Mas

Viajar con poco. Ahí el secreto del que sabe viajar. Una banda como RonDamón no puede viajar con poco. Son diez músicos, más los instrumentos, más los accesorios, más la ropa, más los plomos, los técnicos y muchos etcéteras. El equipaje para una sola fecha es una camioneta rebalsada. Aunque en esencia, el viaje tiene que ver con llevar canciones, que es llevar poco y mucho. En las canciones está casi todo, quince años de banda y la sensibilidad de los músicos. En cada estuche rígido hay una herramienta para construir un fragmento, un célula musical. Los fragmentos se combinan entre sí para crear una canción. Las canciones ordenadas pueden configurar un disco o un concierto. En la camioneta están apiladas esas herramientas. Las canciones ya están en el destino. Las bandas viajan sólo para encenderlas.

Cae un chaparrón de gotas gruesas. Mingo Tambourindeguy dice algo sobre la bendición ramónica. Que se repite cada vez que tienen una fecha importante. Pero no quiere decir demasiado, aclara, para no interponerse en el funcionamiento de ese ritual tan universal y secreto.

—Con el Gato nos miramos y ya nos entendemos. Siempre es igual —susurra Mingo mientras se baja del auto en el lugar acordado para reunir a la banda antes del viaje.

El Gato es Gastón Lescano, el bajista, uno de los pilares fundacionales de RonDamón. El gato ya está ahí, listo para salir, con el cuerpo apoyado contra una pared y las manos en los bolsillos del buzo. El resto de los músicos toma mate y ajusta detalles. Hablan de cables, fichas, adaptadores y demás dispositivos sencillos que pueden generar una complicación seria en el caso de olvidarlos.

—Cada cual revisa lo suyo —dice alguno—. Nadie le lleva el apunte.

Se enciende el motor de la camioneta.

* * *

El chofer aclara que está dispuesto a parar todas las veces que sea necesario. Para hacer pis. Para fumar. Para lo que haga falta. Sólo pide que durante el viaje seamos cuidadosos, dentro de lo posible, con las butacas. Ni bien termina de hablar, Pablo Depaoli, uno de los tecladistas, pide bajar a fumar. Estamos en Independencia y Avellaneda. Todos se ríen menos el chofer, que se llama Carlos y nos pide, uno por uno, nombre completo y número de DNI.

Llega un mensaje de Majo, la corista. Está esperando en la esquina de Luro e Independencia. Majo siempre llega tarde. Esta vez respeta el horario y, de alguna manera, exige puntualidad. Justicia divina, dice Mingo. Estamos a dos cuadras, le responde. Mentira, claro. Otra vez todos se ríen.

Ahora el cielo está limpio y la luz del sol quema la piel del mar. La camioneta avanza sin dificultades hacia la ruta dos. Luppo Gesualdi, trombonista, enciende un parlantito bluetooth y desde el celular hace sonar unas canciones de Los Cafres. La tripulación va en silencio. Muy de fondo se escuchan los acordes de una guitarrita destartalada que toca Gabriel Gesualdi, trompetista, hermano de Luppo. Nacho DiMartino, guitarrista, y Milton Fallacara, el otro tecladista, están sentados en los últimos asientos. Uno lee apuntes de la facultad. El otro busca unas bananas que tiene guardadas en la mochila. Ramón Medina, el saxofonista, va sentado atrás mío. Mira el camino con la mirada perdida en vaya uno a saber qué. El único que no viaja en la camioneta es Gustavo Madeo, el baterista. Va en auto, con la novia. La comodidad ante todo.

* * *

Mingo revisa el whatsapp una vez más. Manda dos o tres mensajes. Su hijita tiene fiebre, poca, treinta y siete ocho. Un clásico de cuando Mingo sale de viaje, explica. Le avisan que está bien, que le dieron ibuprofeno, en fin, lo de siempre. El tema de la fiebre y los niños se convierte de la nada en un comentario acerca de Under the influence, el documental sobre Keith Richards.

—Lo que más me conmueve es saber que comparto el mundo con Richards. Y hasta hemos compartido momentos en los que los dos estábamos haciendo lo mismo. Por ejemplo, durante el mundial ochenta y seis, seguro que los dos estábamos viendo el partido Argentina-Inglaterra. Yo en mi casa, él no sé dónde. Pero estábamos haciendo lo mismo —dice Mingo.

—Es muy probable, claro —le digo.

—Si no vio el partido, igual, alguna vez coincidimos seguro. Con el fútbol, con alguna noticia, con algo. Tal vez los dos escuchamos el mismo disco en el mismo momento. Lo importante es saber que estamos los dos en el mismo mundo.

—Con Bob Marley también compartiste el mundo.

—Sí, con Marley compartí el mundo poco más de un año.

Mingo nació el 10 de febrero de 1980, a las nueve y media de la mañana, en Mar del Plata. Bob Marley falleció el 11 de mayo de 1981, a las once y media de la mañana, en Miami. Compartieron el mundo un año y dos meses. Tanto Marley como los Stones son los dos grandes imperios que influenciaron a Mingo a hacer música. De los dos es muy fan y se le nota en su forma de componer y cantar.

—Nunca me preguntes qué me gusta más, si los Stones o Marley.

—¿Qué te gusta más, los Stones o Marley?

—No te voy a responder. No puedo.

—…

—Marley.

Se da vuelta el Gato, se asoma por la butaca de adelante.

—¿Y vos qué preferís, Bob Marley o Los Beatles? —me pregunta.

—Marley —le respondo sin titubear. En estas preguntas hay que jugársela por una postura y si hay discusión, mejor.

—¿Vos? —le pregunto.

—Si tengo que responder por la humanidad…

—Es bueno que te ubiques en vocero de la humanidad —le digo en tono de felicitación.

—Y sí, obvio. En estos casos uno habla en representación de la humanidad. Creo que elijo a Los Beatles.

—…

—No. Elijo a Bob Marley. Sí, a Marley.

—¡Vamos Gato, hablando por toda la humanidad! —gritan desde atrás.

—Y sí. Hay que pensar siempre en el bien de la humanidad —aclara Gastón.

A los treinta kilómetros de ruta alguien propone frenar a fumar. De inmediato lo censuran. Salimos casi cuarenta minutos más tarde de lo previsto y hay que llegar puntual a la prueba de sonido en La Trastienda. RonDamón comparte cartel con Israel Vibration, leyenda del reggae roots, y todo tiene que suceder con la máxima prolijidad para simplificar cuestiones técnicas en el sonido y el armado de los instrumentos.

Mingo suelta otra pregunta.

—Si Marley no hubiera fallecido. ¿Qué estaría haciendo ahora?

La pregunta es más profunda de lo que parece. Marley murió a los treinta y seis años y dejó como legado una obra perfecta, inventó y redimensionó todos los recursos del reggae, desde una isla influenció al planeta a escuchar un género musical propio de los sectores marginales, se convirtió en una luz de militancia política, conformó, incluso, una filosofía de vida. Y mil cosas más. Pensar en qué estaría haciendo hoy Marley es pensar si hubiese sido capaz de mejorar algo perfecto. La pregunta es una esperanza. La creatividad, en una de esas, todavía tiene cuerda para avanzar.

—¿Qué creés que estaría haciendo? —le pregunto.

—Es difícil o imposible pensar en algo mejor de lo que hizo. No le entra en la cabeza a nadie. Tal vez hubiese hecho un disco con Michael Jackson y se hubiese titulado Michael Marley. O Jackson Marley —dice Mingo.

—O Bob Jackson.

—Son buenos nombres. En esos discos de a dos, hay uno que las discográficas tienen que hacer ya. Un disco de David Lebón y León Gieco. Y se tendría que titular Lebón Gieco. Sería un éxito inmediato. Podrían vender la tapa con el nombre nomás. Ni hacen falta las canciones —dice Mingo.

Aparece una cámara 360° en el centro de la camioneta. Francisco Mas, especialista en video y fotografía esférica, pide que miren a una bocha con lentes que se eleva sobre un trípode. Con su celular dispara la foto y la analiza. Pide una más. También la analiza. Guarda las capturas en una memoria digital y el equipo en una funda negra.

Pasamos Las Armas, o sea, estamos a ciento diez kilómetros de Mar del Plata. Alguien pide frenar. Bajamos todos en una estación de servicio. La mañana está fría, hay viento en la ruta. Casi todos fuman. Algunos aprovechan para ir al baño y comprar galletitas en el kiosco. El Negro Pantera, el plomo, aprovecha para cargar energías con un yogurt y un pebete de jamón y queso. Parece un exceso, pero, en realidad, es una demostración de sabiduría.

De regreso en la camioneta el que dispara preguntas es el Gato. Con gesto serio y un amplio dominio teórico sobre el asunto, abre la reflexión sobre la presencia de extraterrestres en el planeta Tierra. Da por sentado que existen y se apoya en la ausencia de explicaciones sobre cómo se pudieron construir pirámides, tótems y monumentos con piedras gigantescas hace cinco mil años y sin ayuda de ninguna tecnología. Los ejemplos son varios: Egipto, México y las distintas construcciones que hoy están debajo del agua, por ejemplo en la Antártida y en las costas de Japón. Gastón adjudica el fenómeno a una civilización superior que estuvo en la Tierra. No sabe si sigue estando, pero, según él, estuvo y dejó sus marcas estratégicamente.

—Si son tan superiores ¿por qué construyeron con piedra?

—Justamente, construir con piedra es una señal de superioridad. Todo lo que hoy construye el hombre se rompe y se degrada muy fácil. Nada de lo de hoy va a estar dentro de cinco mil años. Las pirámides sí. Eso fue pensado a propósito. Además, están todas hechas en el mismo momento, en distintos lugares del mundo. Eso tampoco es casualidad.

—¿Qué otras señales de esa civilización superior hay, además de la arquitectura?

—Muchísimas. Por ejemplo, el tema de la evolución de las especies es una mentira. El salto del mono al ser humano es un salto inmenso, imposible. El famoso eslabón perdido que nadie nunca encontró, tampoco lo van a encontrar. Fijate que todas las religiones usan la simbología de la serpiente enroscada. Eso es una alusión clara a la manipulación del ADN y su estructura helicoidal. En esa cadena evolutiva pasó algo más que una adaptación de las especies.

Mingo mueve la cabeza y señala con aprobación cada idea que suelta el Gato. El resto de la banda escucha atentamente. No sé si hay un acuerdo colectivo dentro del mundo RonDamón en relación a estas teorías, pero sí respeto. Gastón continúa con sus explicaciones sobre el devenir de la historia. Básicamente, divide su análisis en dos posibilidades.

1) Los seres humanos estamos siendo manipulados por seres superiores para que hagamos lo que ellos quieren.

2) Los seres superiores estuvieron en el planeta Tierra, manipularon a la raza humana y se fueron por algún motivo que todavía se desconoce.

—¿No te parece demasiado conspirativa esa visión de la historia?

—De ninguna manera. Fijate que hoy con este movimiento tecnológico impresionante de los últimos tiempos quedó en claro que con cualquier tecnología se reinterpreta la historia. En la Biblia católica se habla de que Jesús nació de una madre que no tuvo relaciones sexuales. Bueno. Fue inseminación artificial. No tiene por qué ser una locura o ficción. Acá lo que no se sabe es lo que nadie quiere que se sepa.

—¿Y por qué lo sabés vos? Deberían prohibirte hablar. O silenciarte los seres superiores. Sos un peligro para sus secretos.

—Hay cosas que ya no se pueden callar. Fijate lo que pasó con Galileo. El tipo dijo que la Tierra se movía. Lo encerraron. Pero cuando ya no se podía negar el descubrimiento, dejaron de encerrar a los científicos que sostenían esa postura. Y así con todo. Cuando las evidencias se van de las manos, las aceptan y se esfuerzan por tapar nuevos descubrimientos. Por ejemplo, lograron que señalen de loco a cualquiera que hable de presencia extraterrestre o seres superiores en nuestro planeta. Pero las pruebas están por todos lados.

—¿Quiénes son los que encierran?

—Los poderosos. Hace siglos que el mundo está dominado por trece familias. Esas trece familias son las verdaderas dueñas del mundo, tienen información que el resto de la humanidad no tiene.

El tono del Gato connota seguridad. O más bien convicción. A cada palabra que pronuncia estoy esperando que se ría. Una sonrisa. Un gesto humorístico. Pero no. Todo lo contrario. Cuanto más se explaya, más seria es su postura.

La charla se bifurca hacia otros temas. De los seres superiores y los extraterrestres, pasa al holocausto nazi, al poder de los banqueros y las corporaciones, a la llegada del hombre a la Luna, la justicia, la democracia y los medios de comunicación. Aparecen cien opiniones y teorías personales tan insostenibles como espectaculares. En el medio de la discusión alguien pide fumar. Nos detenemos en otra estación de servicio. Al lado hay un restaurante. Esta vez, además de boludeces de kiosco, aparecen dos cervezas frías.

* * *

Palmas, un trombón, una trompeta, la guitarrita destartalada y la voz de Mingo. Con esos elementos RonDamón improvisa una versión de En el lugar que quiera. Puro ska entre las butacas de una camioneta que avanza a 110 kilómetros por hora. Queda todo grabado en un cubo de cámaras 360° y en una cámara convencional que lleva Nicolás, otro camarógrafo que va en la gira.

* * *

Salimos de la autopista e ingresamos en el corazón de Buenos Aires. Me doy cuenta porque nos encajamos casi tres minutos en el medio de un pelotón de autos que espera para cruzar un semáforo. Abro la ventana y respiro el aire saturado de ese monstruo. Hace calor. En Buenos Aires siempre hace calor. Habría que analizar el oxígeno porteño, debe tener un buen porcentaje de basura y asfalto pulverizado. Para los que nacimos y vivimos en una ciudad marítima es una sensación extraña respirar aire sin mar. El mar es un fenómeno líquido que también está en el aire.

Siempre me pregunté por qué las bandas soportan la hostilidad Buenos Aires. Las respuestas son bastante obvias: para conseguir visibilidad, más público, para alcanzar los medios de comunicación de llegada nacional. Sobran ejemplos de bandas medio pelo que, como tienen su nicho de seguidores en Buenos Aires, ganaron legitimidad y la atención de los críticos-entrevistadores-especializados. Parece que el talento, a fin de cuentas, es una cuestión geográfica.

Estacionamos apurados en la puerta de La Trastienda y entre todos bajamos los instrumentos. Son las tres y media de la tarde, la muchachada quiere almorzar. El Gato y Pablo salen a comprar algo. El resto se queda organizando los estuches a un costado del escenario. El set de Israel Vibration ya está casi armado. Se escuchan las directivas de los técnicos en un inglés cerrado, piden estirar los cables de los micrófonos y ajustar un pie de la batería. Nosotros bajamos a los camarines: un sala dividida en cuatro espacios, con las paredes pintadas bordó oscuro y sillones amplios. El espacio más chico es para los productores. El más grande, para Israel Vibration. El del medio, para RonDamón. Así lo anuncia un cartelito que es un pizarrón. En el espacio común que conecta los camarines hay una mesa, una cafetera y un plato con galletitas de chocolate. Al costado, un dispenser de agua. El lugar está iluminado con luces tenues. No hay ventanas. En diez minutos, el humo de todos los cigarrillos encendidos forma una nube estanca y densa. Algo similar a un submarino.

Llegan el Gato y Pablo con cuatro docenas de empanadas y botellas de gaseosa. El equipo se abalanza sin piedad a las bandejas. Nachi, el sonidista, se queja porque le toca una de zapallo y queso. Estallan las risas.

—¿Dónde fueron a comprar esto?

—Hicimos una buena compra. En un lugar nos querían cobrar treinta y nueve pesos cada empanada.

El hambre y la comida generan un silencio profundo. Una vez almorzados, nos desparramamos en los sillones. La mesa queda pelada, lo único que sobra es media empanada. De zapallo.

Más silencio. Mucho celular.

Hay que quemar tres horas hasta la prueba de sonido.

Y eso es lo que se hace, literalmente.

—Me parece que voy a salir un toque —le digo a Pablo una hora después.

—Yo me quedo. Los camarines son cuevas. Son la vida misma —me dice y sonríe.

Aparece un muchacho alto, de gorra y barba en formato chiva. Saluda a todos, incluso a los empleados del lugar. Tiene la voz ronca y un vaso de fernet en la mano. Alguien se acerca a saludarlo con un cigarrillo entre los dedos.

—Rajá de acá con eso. Te vas a morir —le dice.

Entonces aclara que el tabaco no tiene ningún favor: no pega, no es rico, es un negocio para corporaciones y encima te liquida. Le aconseja fumar porro o no fumar nada.

—Y si vas a fumar porro, no vendas ni compres, porque esa tampoco va. Hay que cultivar —agrega.

Del cultivo responsable, el eje de la conversación gira a la situación económica de los países con mayores índices de inseguridad y narcotráfico. Surge la anécdota de cómo le agujerearon a balazos la puerta a un colectivo en un viaje por la selva guatemalteca. Un hombre, al parecer, produjo un concierto de su banda, pero nunca llegó porque se tuvo que quedar encerrado en una habitación, con una bolsa de cocaína que no era de él y un fusil al lado de la silla donde estuvo sentado no sé cuántas horas. Las aventuras de los artistas en el exterior son siempre espectaculares. Las ganas de tocar y la escasez de plata abren las puertas del underground más auténtico. Donde pasan las cosas de verdad. La comodidad casi siempre resta.

Salimos a la vereda con Francisco, el fotógrafo 360°. El sol de la tarde me explota en la cara. Damos un par de vueltas por San Telmo, veo más autos que gente y muchos locales cerrados. Volvemos a los camarines. Las heladeras están llenas de latas de cerveza, gaseosa y agua. En la mesa, unas botellas de fernet. No sé ni cuánto tiempo pasó. Ahora la charla se refiere a la importancia de compartir escenario con Israel Vibration.

—Son nuestros padres, hay que pregonar la vigencia de estos músicos —dice alguien y me sorprendo de escuchar el verbo pregonar.

Subimos a escuchar la prueba de sonido. Israel Vibration, en esencia, son los dos cantantes, Skelly y Wiss; la banda que los acompaña es la Roots Radics Band, un seleccionado de virtuosos que suena con un nivel de precisión y calidez sorprendente. Es reggae de la isla, absoluto. Tocan una canción completa para los quince que estamos ahí. El baterista y el bajista dialogan con las bases a un nivel muy elevado. Y ellos cantando en sintonía con las dos coristas logran un ensamble que no se podría ni imitar. Terminan como si nada y empiezan con un proceso insoportable de ajustar cada instrumento. Golpes de batería, micrófonos que acoplan, guitarras que saturan con los efectos. Las cuestiones técnicas de las pruebas de sonido son momentos desprovistos de toda magia: la música aparece descuajeringada en fragmentos que se apagan de golpe o se pierden entre las órdenes de los asistentes. Los músicos suelen estar mal vestidos y las canciones dejan ver todas las hilachas. No hay que estar en las pruebas de sonido. El romanticismo de ver el detrás de escena es una estafa.

La prueba de RonDamón es breve pero eficaz. Son diez músicos que ensayaron hasta el último detalle. Lograr un buen audio depende de la pericia de Nachi, el sonidista, y de la predisposición del equipo técnico. Las dos cosas suceden con éxito. Las canciones suenan como en el disco. Incluso mejor.

En la boletería pegan el cartelito de entradas agotadas.

* * *

El concierto empieza a las 20:55. RonDamón sale a escena y recibe un aluvión de aplausos. El lugar no está lleno, pero casi no se ven espacios vacíos. Milton me da su teléfono y me pide que transmita algún tema en directo para la página oficial en Facebook. Inicio la transmisión y a la mitad del primer tema pierdo la cuenta de la cantidad de mensajes, me gusta y compartidos que disparan los seguidores de Argentina, Perú, México, Guatemala, Brasil, Chile, Colombia y España, entre otros países. El video tiene una expansión que supera las 15 mil interacciones. O sea, 15 mil personas desperdigadas por el mundo que de una u otra forma están conectadas en vivo con el concierto. Antes de que comience el quinto tema presiono en la pantalla la opción finalizar y me guardo el teléfono en el bolsillo. Sí: el dispositivo que le permite a cualquiera transmitir en vivo y en directo un concierto para el mundo entra en el bolsillo de un jean.

Aparecen casi todos los temas de Sí serás, el disco nuevo. La mayoría del público sabe las letras. La banda suena ajustadísima. La voz de Mingo comanda el estilo ramónico, marca el pulso de las melodías y su identidad. Para la mitad del concierto el lugar está completo. Sube a escena Néstor Ramljak, vocalista y líder de Nonpalidece, también productor del disco. Está acompañado por la corista Anabella Levy. Los teclados dibujan los acordes de Danger man. El público aplaude y grita. Algunos bailan. También están los que se quedan quietos y de brazos cruzados. Estar de brazos cruzados en un recital es una actitud extraña, es la reacción de alguien que se niega a que la música le entre en el cuerpo. El baile —desde un pogo hasta los movimientos más refinados— es el sexto sentido de la música. Aquel que está de brazos cruzados no está escuchando, está pensando la música, por eso adopta una postura defensiva y se cubre el pecho. Reafirma lo estático, niega el movimiento. Le saca casi todo. Si a esa gente le cortaran los brazos iría a los conciertos con un chaleco antibalas.

El final es muy arriba con Puede parecer y En el lugar que quiera. Fue una hora cinco minutos que parecieron treinta segundos. A pesar de los pedidos, no hay bises. Sí aplausos. Muchos y con los brazos en alto.

* * *

Bajan al camarín. Se abrazan. Están emocionados por haber logrado un concierto tan importante. Hace doce años viajaban en la caja de una camioneta destartalada para tocar en un bar con la idea de salir a repartir volantes en la calle, sin una sola entrada anticipada vendida. Hoy son una banda con seguidores en toda Latinoamérica.

* * *

Los cantantes de Israel Vibration suben la escalera hacia el escenario aferrados a sus bastones. Llevan las piernas casi colgadas, secuelas de la polio en su infancia durante la década de 1950. La historia es conocida y marca el inicio de la banda. El concierto es brillante. Escucho casi una hora y vuelvo a bajar en busca de otra cerveza. Mingo y el Gato intercambian opiniones mientras buscan hielo para un fernet.

—Estamos escuchando la única banda de reggae que queda en el mundo —dice Mingo.

—No, no es la única. Hay muchos jamaiquinos en actividad —replica el Gato.

—Estos son los posta, los que estuvieron en el movimiento original. Los que fundaron el género. Cuando estos tipos se mueran no va a haber más bandas de reggae. Va a haber bandas de rock con aires de reggae.

—Es verdad…

—Nosotros tampoco hacemos reggae. Nunca hicimos.

—Obvio que no. Hacemos rock con aires de reggae.

—Ni Bob Marley hacía reggae. Marley con los Wailers, con Peter Tosh, con Aston Barrett, con Junior Marvin era reggae. Marley solo también es rock con aires de reggae ¡Anotá Marangoni! ¡Bob Marley no es reggae! —me grita Mingo. Yo miro la hora en el celular y me hago el que no escucho.

—¿Qué hacemos acá abajo, entonces? Vamos a escuchar a los últimos músicos de reggae del mundo —propone el Gato. Encaran la escalera soltando risotadas cómplices.

* * *

El concierto de Israel Vibration termina con una ovación sostenida. Los músicos bajan de a poco, Skelly y Wiss avanzan con mucho esfuerzo y resguardados por un asistente que se ubica en el inicio de la escalera para que nadie los apure. Van directo a su camarín y se sientan con dificultad en los sillones. A los quince minutos, después de sacarse un par de fotos, se van. En la calle hay tres autos alquilados. No queda nadie del equipo. El catering, intacto.

—Vamos para el otro camarín —invita alguien.

Atún. Zanahoria rallada. Tomates cherry. Pan en rodajas. Queso. Frutas frescas varias. Sandwiches de miga. Cerveza. Jugos naturales. Gaseosas. Agua mineral. Chocolate. Ya habíamos comido unas pizzas, pero es un picardía desperdiciar tanto tan rico. No es un saqueo. No ingresa en la categoría de comer las sobras. Tampoco es comida prestada. Es una doble cena en felicidad.

* * *

Cuando volvemos a subir, las luces blancas de la sala están todas encendidas, hay hombres y mujeres barriendo y un muchacho apilando bolsas adentro de un contenedor de plástico. El muchacho de la barra fuma y saca cuentas. En la calle nos espera la camioneta. El Negro Pantera carga todos los instrumentos con paciencia para aprovechar al máximo el lugar. Nos acomodamos en los mismos asientos que a la mañana. En estos casos el orden es un acuerdo tácito. Tomamos la autopista. En la primera estación de servicio bajamos. Algunos compran agua. Otros fuman el último cigarrillo. El Gato toca en la guitarrita destartalada unos hits de Intoxicados y Viejas Locas; Mingo canturrea exagerando las muecas del Pity. Cincuenta kilómetros después están todos dormidos. Guardo la libreta y el celular en la mochila. Lo último que veo es un cartel que dice Mar del Plata 312.

* * *

Llegamos con el sol del amanecer. La camioneta apaga el motor en el mismo punto donde inició la aventura. La bendición de la lluvia, una vez más, otorgó el augurio correcto.

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