Estación Terminal

Para un marplatense, por ese fatalismo centralista de nuestra historia, Retiro es la antesala del resto mundo. Durante dos años, el autor de esta nota viajó todas las semanas a Buenos Aires en colectivo. Fueron 81.200km. Un tercio de lo que nos separa de la Luna, o dos vueltas a la Tierra por el Ecuador.

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Fotos: Agustín Barovero

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1. Por ley (Res. ST MOYSP N°103/72), el descuento a estudiantes es del 20% en cualquier empresa y a todo destino. Durante 2014 y 2015, sólo Costera Criollacumplió con esa norma. El resto, ilegalmente, solo admitió un 10% en el tramo Mar del Plata-Retiro.

2. En cinco ocasiones la CNRT canceló un viaje para el que tenía pasaje, por irregularidades en el colectivo. De ésas, sólo una vez la gente dio la razón a la entidad (que velaba por las condiciones de viaje) y culpó a la empresa (que no cumplía).

3. La relación entre la velocidad de consumo del obsequio comestible y el km. de ruta alcanzado arroja el grado de ansiedad del pasajero y su posterior disgusto e incomodidad.

4. A causa de la calefacción y sus problemas (es sabido que su control sólo consta de dos botones: “mercurio hirviendo” y “punición ártica”), la temperatura en el espacio de los pasajeros se ha elevado hasta 34 grados en más de una ocasión. Esto lo marcaba el termómetro, que suele ser preciso. El reloj, no obstante, nunca está en hora.

5. Hay gente que a un viaje no lleva libros, música o juegos. Y es la mayoría.

6. Por algún motivo que desconocemos, el asiento reclinable parece anatómico, pero jamás se corresponderá con la anatomía de ser humano alguno. Está diseñado para ofrecer asiento y cama, y no cumplir entera y satisfactoriamente ninguna de estas dos funciones.

7. Una porción superior al 40% de la gente devorará todo cuanto trajo en la primera hora de viaje, esperará anhelante que pasen una película que no llegará nunca, intentará dormir nerviosamente, por hastío, sin sacarse el calzado, y se aburrirá por no haber traído libros que no lee ni en su casa. Luego dirá que “viajó como el orto” y culpará a la empresa.

8. La distribución de la calefacción en los micros es desigual hasta extremos burdos. En la cabina han coincidido dos pasajeros pidiendo, uno, que se prenda el aire acondicionado porque no se puede respirar, el otro, que se lo baje porque no se puede dormir.

9. Innumerables veces observé movimientos extraños en la cabina del conductor: bultos sospechosos, olor a frito, música inesperada (desde Vivaldi o Motorhead hasta Katy Perry y ABBA), la mayor parte de las veces acompañada de gente que parecía no pertenecer a ese ámbito. En una ocasión, una consulta entre mi persona y el conductor fue mediado por un muchacho de no más de 16 años acostado en el piso junto a otros 4.

10. Los avances en tecnología produjeron un fenómeno curioso: casi todos los colectivos cuentan con pantallas planas de 21 pulgadas, olvidadas a causa de las pantallas portátiles de los viajantes. Hoy, plasmas y LCDs cuelgan como adornos de idéntica opacidad y obsolescencia.

11. El agotamiento del pasajero será inversamente proporcional a la reclinabilidad del asiento.

12. De dos asientos juntos, un asiento se reclina más que otro. Ese asiento nunca es el nuestro.

13. Un día -una noche de primavera, para ser preciso-, la calefacción se demostró ingobernable para el personal. Tres veces inútilmente tocaron los pasajeros la puerta de la cabina pidiendo una tregua térmica, un cese al calvarius celcius. Tres veces, la temperatura subió. La última de ellas, el agobiado fue este cronista:

Qué tal… Estamos en 34 grados… No tengo más ropa para sacarme.

Es que es un problema en las canillas, viste… y eso que las cerramos todas, eh… Ahora en el peaje paramos y vemos.

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Nunca supimos qué se arregló en dicho peaje ni qué eran esas mencionadas canillas (o por qué yo debía saberlo), pero algunos minutos y una visita al motor después, la temperatura se había desplomado dieciséis grados y todo era pulóveres y sosiego. Pasadas las dos horas, tiritábamos.

14. 4 de cada 5 personas que van al baño consultan a los circundantes si está ocupado. El 20% restante se entrega sin dudar al azar o la sorpresa.

15. El “Límite de Velocidad” es un cartel rojo encendido siempre que no significa nada.

16. Un día, se “quedaría” un colectivo. Pocos pasajeros varados en el peaje de Maipú. “Sí, sí… Es la crapulina“, se le escucha vociferar por teléfono al chofer, que hasta entonces no había parado de fanfarronear experiencia a su compañero. Otro micro llegaría (esperar al mecánico habría sido eterno) y unos 10km de ruta después del trasbordo, el colectivo haría un incomprensible giro en U… de regreso a Maipú. No habría explicación alguna, salvo la corrida urgente de un policía hacia la cabina minutos antes. Más tarde se oiría una conversación entre el murmullo de las butacas: el oficial habría olvidado su arma reglamentaria en el asiento contiguo, en el otro colectivo.

17. En los tramos de larga distancia, la policía también viaja gratis.

LLEGAR

1. Del cosmos armónico y previsible de las butacas, desciendo en la Estación Terminal de Retiro, donde no impera orden alguno. Ninguna ley gobierna el sentido (ahí confluyen y parten todos los sentidos) y ese cuerpo es impronunciable por cualquier palabra. Estación terminal; estado, término, retiro. El tránsito parece irreductible al sustantivo.

2. En Buenos Aires, las cucarachas suelen recorrer las veredas y los espacios abiertos, durante las estaciones cálidas. En la estación desconocen esta alternancia: día o noche, pulula una versión escurridiza, roja y patuda en las paredes de sus baños, donde siempre cunde un húmedo otoño.

3. Hay también dos Retiros posibles, con su sistema particular cada una, signadas por el día y la noche. La segunda es más personal, más marginal y menos peligrosa. En la primera, en el tumulto del día y su gente, está el caos y la oportunidad.

4. La sensación que nos rodea es el miedo. “Cuidate”. “Ufff esa zona”. “¿Por qué no vas en taxi?” Tememos lo que nos dicen que es temible, una pared que se alza de murmullos, de alerta. Tememos por fama, por incógnita, por ausencia. Expectamos. Caminamos rodeados de una sensación transplantada, oyendo palabras de otro, de algún otro.

5. Ir al baño en la estación implica una tarea de cuidado: la búsqueda de la higiene puede terminar en su pérdida. Tomar la decisión de entrar en un cubículo requiere la precisión de un ladrón de joyas. Un movimiento en falso y nuestra ropa podrá llevar recuerdo del graffitti orgánico de las paredes, en su mayoría compuesto de aquello que ni papel, boleto o pañuelo (o como reza la copla, corbata rojo punzó) pudieron contener en la urgencia de pasajeros pretéritos.

6. En los andenes, una gigantografía publicitaria contra la trata de personas dice: “No toda promesa es verdadera”. El texto es acompañado por la foto de un muchacho de aspecto alternativamente afable y dudoso.

7. Retiro (y otros espacios como Retiro) pide abandonar esa idea de que somos un individuo y entregarnos a la masa como el arenque al cardúmen. Del andén a la parada de colectivo. De la rampa a la avenida. De la línea C al San Martín. No hay inteligencia operante: hay pulsos eléctricos que coordinan un movimiento en bloque, ajeno, de nadie. El miedo, esa sensación que nos han dicho que debemos tener, es personal: me va a pasar algo a . Si nos liberamos de la subjetividad, nos liberamos del miedo.

Sigo la masa. Cruzo la calle, me desvanezco vereda arriba mientras atravieso la senda peatonal.

IRSE

1. 1 AM. El 152 me deja en la esquina de Libertador y Maipú. Al descender, cruzo 18 carriles de un pavimento bruto que se alisó hasta tomar brillo por las ruedas de los camiones y colectivos. Al otro lado de Maipú y de San Martín, el Sheraton, la torre Monumental, el Park Tower, la torre de la PAE, y el edificio Kavannagh ignoran esta miniatura que camina junto a las moles de cemento y hierro. Todo es lejano y descomunal.

2. Podemos comprar cualquier cosa en la terminal durante el horario de día. Comida, valijas, agua, automóviles, discos, computadoras, muebles, líneas de teléfono, seguros de vida, preservativos, laxantes, libros, chorizo, armas blancas, enjuague bucal, betún, antitranspirante, zapatos, pasajes. En la noche, queda la gente que duerme y sólo podemos conseguir café para no dormirnos.

3. Hay una foto imposible: la entrada a la villa 31 entre el café Tilo+ y la sanguchería El Faro. Una avenida angostísima, que en el mapa no tiene nombre pero se interna en la villa por más de un kilómetro y medio. En las tardes de primavera, entre las 6 y las 8, cae un sol perfecto sobre el espacio vertical que recortan varios pisos de edificación multiforme. La gente, los cables y antenas, las construcciones a medio terminar forman un punto de fuga hacia el fin de la calle, indistinguible de polvo y ladrillo hueco. La afluencia y la circulación hacen imposible pararse, sacar una cámara y encuadrar. Si pudiéramos, un eco, un murmullo (“Uff esa zona”, “Tené cuidado”, “¿Tan tarde ahí?”) nos prevendría de hacerlo.

4. Hay puestos que no “se van” nunca. En una de las entradas de la estación, sobre la vereda, hay uno cuyo aspecto transitorio choca con su carácter inmóvil. Una pirámide de valijas y bolsos de más de dos metros de alto permanece atada y anclada en su puesto de permanente provisoriedad, toda la noche.

5. A las 00hs., unas máquinas limpiadoras cepillan y secan el piso. Son un aparato de un tamaño importante, como un autito chocador con cepillos, piloteado por un operario. Dejan relativamente limpia buena parte del suelo, salvo los rincones. En los rincones es donde duerme la gente.

6. Una vez me fue vendido un pasaje de regreso con fecha errada. El micro estaba lleno y yo no estaba en él. Compré pasaje en el siguiente colectivo, que salía a las 7 AM. Tuve que elegir entre pernoctar o desvelarme.

7. En esa noche tortuosa o mágica, no vi ocurrir ningún prodigio. Los pasajeros de mil micros que no llegan terminaron su noche contracturada en el polímero de los asientos, los pasillos no atestiguaron apariciones ni asaltos, las máquinas siguieron limpiando hasta el espacio de los rincones, donde duerme la gente.

8. No supe del todo si duermen ahí porque la maquina no llega o si no llega porque duermen ahí. No supe. No sé. “Yo no sé” repito, leo. Esa podría ser la menor de mis dudas.

9. En Retiro no ocurre nada que se pueda ver con los ojos. Y todo está ahí. Algo nos borra y no podemos verlo. No nos detenemos, caminamos, tememos al otro. Aunque el otro quizás tenga el mismo miedo de ser ignorado, atropellado, olvidado. O sólo esté durmiendo donde puede.

Toda antesala es infierno si se espera lo suficiente.

No toda promesa es verdadera.