Ladrón de mi cerebro

Aguafuertes marplatenses de un renegado periodista nacido en el Interzonal. Ojo de halcón que ve en simultáneo el plano general y el plano en detalle (que es lo mismo que decir: Jorge, el que no puede dejar de encontrar el pelo en la sopa).

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Foto: Juan Pablo BucetaRomina Elvira

 

¿Ves al unicornio en la mancha de humedad? El cuerno ahí, la cabeza con un ojo, la pata, ¿lo ves? Perdón, ahora no vas a poder dejar de verlo. El fenómeno se llama Pareidolia y consiste en eso, encontrar figuras definidas que dibujó el azar. Como cuando te tirás en el pasto a ver las formas de las nubes, como el que ve a la virgen maría en una tostada, como la cara que dibujaron indígenas de Marte, etc. Y ahora que te lo digo me pregunto si las constelaciones no serán una forma de pareidolia, que esas estrellas son tanto Sagitario como los Tres Chiflados que bolacea Homero Simpson en un capítulo.

No se sabe bien por qué el cerebro hace esto, y eso que están meta estudiarlo. Como tampoco se sabe por qué bostezamos o por qué nos pica la nariz si miramos con un telescopio como sacuden una alfombra.

La mente está de moda. Decenas de títulos se matan a codazos en las librerías para dar una nueva explicación a los misterios de la caja de pensar.  De todos los autores, al que más odio es al Dr. Facundo Manes. En adelante, me referiré solo a él, explicando el por qué de mi profunda tirria.

Yo acuso

Yo acuso (diría en un título el escritor Émile Zola acerca del vergonzoso Caso Dreyfus; dirá en otro título la Stolbizer denunciando cosas en lugares), lo acuso Dr. Manes, si es que puedo llamarlo doctor (sí, la verdad que puedo y debo llamarlo porque es doctor recibido. También es Es profesor de Neurología y Neurociencias Cognitivas de la Facultad de Medicina y de Psicología de la Universidad Favaloro y de Psicología Experimental en University of South Carolina, EE. UU. Es profesor visitante del Departamento de Neurología de University of California San Francisco (EE. UU) y de Macquarie University (Sydney, Australia). Es investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Argentina y del Australian Research Council (ACR) Centre of Excellence in Cognition and its Disorders) de poner su sapiencia al servicio de este sistema repugnante, enarbolando un discurso que, desde la dizque impoluta ciencia, convierte en problemas individuales de las personas y neurotransmisores, lo que en verdad es un problema de la economía y la política, ese connubio que bien puede ayudar a una movilidad social ascendente, como hundir a legiones en la más ignominiosa de las miserias.  Lo acuso de hablar de la facilitación de “contextos positivos” en los que cuidar el cerebro de los argentinos, según usted preso de alguna mala onda que le impide visualizar la pléyade de posibilidades que se abre a cada hombre o mujer que está en la lona como producto de esta restauración neoliberal del orto en la que nos sumergen su jefa la Vidal, el presidente y todos los putos dueños de la Argentina y por qué no de este continente sojuzgado por los espurios y rapiñeros intereses del águila calva norteamericana. Puta madre.

Aprovecho para saludarle y desearle el mayor de los éxitos. Atentamente.

A la ensayista y activista social neoyorquina Bárbara Ehreneich le detectaron cáncer de pecho. A poco de recibir el diagnóstico, y buceando en los sitios donde puede haber información sobre la enfermedad, cayó en la cuenta de que tanto su miedo como su bajón o su enojo resultaban totalmente inaceptables. Ella —según los foros consultados— debía llevar su enfermedad como un regalo y una experiencia positiva. Así escribió “Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo”.

El pensamiento positivo es el cínico mandato que desparraman los dueños de la tierra mientras comen del plato de los hambrientos. Es una forma de control social, una lobotomía para la sonrisa obligatoria, para denostar a los quejosos, a los amargados, a los que no pueden ver la vida color de rosa ni echando veinte centavos por una ranura. Paz interior para la paz social, priorizar las oquedades para evitar las turgencias, organizar tours por los interiores para que nos olvidemos de los otros. Porque, qué es el otro sino uno mismo en otro cuerpo. Así que vamos por adentro, perdámonos en los laberintos de la materia gris, que por allí nos encontraremos con la verdad. Y la verdad —nos dicen— es una mera proyección de nuestra mente. Pensar en positivo para que pasen buenas cosas, conectar con el wifi del universo, transferirle nuestros sueños para que el cosmos urda la conspiración que los hará realizables.

Los apologistas de la nueva ola se juntan en hoteles con los sabios del cerebro, los que abren cráneos para mostrar los secretos de los sesos a los babeados apóstoles que difundirán su palabra espiritual y científica por los puntos cardinales. Todo está en cómo te lo tomes, dirán a pobres tipas y tipos con el culo apoyado en escritorios donde sendas cajas de cartón reúnen los efectos personales de los que, despedidos, tendrán la oportunidad de ser felices en la intemperie de la vida silvestre. Despidos, suspensiones, recortes de personal.

Pinchan el bote y celebran que el agua que entra nos refresque. Sacan el tapón de la pileta a sabiendas de que serán los enanos los que primero se ahoguen. Y sobre personitas flotando boca abajo, harán que el agua reverbere con el siempre adecuado discurso orientalista de la aceptación de los capricho de la fortuna.

Un mantra repetido que suena a “si sucede conviene”.

Clases de natación exprés para los que caen de la cubierta del Titanic. No es el agua salada y gélida lo que llena tus pulmones y hace que tu cabeza se apague. Sos vos, es tu mala actitud, es tu culpa, es tu cerebro poco entrenado para la flotación. No mires a los ricos que subieron a las balsas a punta de pistola, concentrate en patalear hasta que encuentres la maderita que te saque del embrollo.

Hijos de puta de los modernos, con camisa entallada celeste y pantalones color beige, con la sonrisa paciente del que ha descubierto las claves del cerebro, el decálogo para la felicidad estandarizada. Felicidad en pastillas, felicidad fumable, felicidad en la página 67, felicidad solitaria y estúpida, felicidad insolidaria, felicidad para evadir la miseria, felicidad para callar la histeria, felicidad obligatoria, felicidad denigrante, felicidad miserable, felicidad que se caga en la tristeza. Un gigantesco emoji de la carita sonriente clavado en medio del corazón.

Mientras tanto, la mancha de humedad puede ser el unicornio o un guerrero con su espada. La mancha crece ahora y se parece a Mariano Iúdica, y ahora si te fijás parece un bolso. Ahora también gotea, ahora es un agujero, ahora es una catarata, se está rajando el cielorraso, Niágara, sube el agua, sube y sonrío por la oportunidad, sube hasta las rodillas, sube y estoy feliz porque así me lo indicaron. Suena Gilda.