El juego de los pibes sin calma

Para contar esta historia de juego de niños y expectativas de mayores, de pasiones y presiones, de deporte y violencias, fundamos el Club Atlético, una institución que no existe. Pero todo lo que sucede dentro de él lo vimos en las canchas marplatenses en donde se juega todos los fines de semanas el fútbol infantil.

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Fotos: Pablo González

Nota: Estuvimos presenciando partidos de los clubes Alvarado, Mitre, Aldosivi, Kimberley, Talleres, San José, Peñarol, Independiente, Deportivo Norte, Cadetes, Racing, Argentinos del Sud,  Banfield, Los Patos, Boca, Once Unidos y San Lorenzo. Los nombres de menores de edad y datos específicos que los identifiquen fueron cambiados para preservar su identidad.

Todo lo que se ve de Gastón es bronca: la boca hacia un costado, la nariz arrugada, los ojos verdes entrecerrados, las yemas de los dedos contra las palmas a la altura de la cintura. Da un paso y se mete en el banco de suplentes. Levanta el brazo hasta la cabeza, deja caer la base del puño y, al mismo tiempo, se escucha la puteada, el golpe y cómo retumba la pared.

El rechazo del 2 del Atlético dejó a Marcos cara a cara con el arquero; Víctor Hugo hubiese cantado “ta, ta, ta, ta” pero la pelota, que iba a los saltos entre el césped y la tierra de una cancha que sería la vergüenza de cualquier jardinero, le pasó por abajo del botín.

Era el 2 a 2. El gol del empate que pidió Gastón en el entretiempo rodeado de los chicos categoría 2005, que hicieron una medialuna al lado del banco. Él anda por los cuarenta, el pelo cortado a máquina, rubio; lleva pantalón y campera negra con una franja azul en el pecho: la ropa del club. Todos lo miran mientras implora por un cambio de actitud, se lleva el dedo a la sien y les dice que piensen. Mueve las manos como si le diera cachetadas al aire para pedirles que toquen o en zigzag para marcar una gambeta:

—¡Tienen veinte minutos para darlo vuelta! O, al menos, para cambiar la imagen.

La camiseta del Atlético es negra con bastones azules y la del rival verde. Los chicos tienen diez, once años, algunos son tan bajos que parte del número les queda dentro del short; se ve medio 7, medio 10. Están los que llevan el pelo corto a los costados y arriba una cresta; todo tan de futbolista europeo y los que ni siquiera se peinan.

Alrededor de la cancha de nueve hay padres que se sientan en reposeras y toman mate.  Un policía fuma debajo de un cartel que dice Bufett. Atrás del banco y de Gastón hay papás y mamás del Atlético. Andan por los treinta y los cuarenta años. Llevan camperas  y bufandas que pierden por goleada contra el frío de la mañana de un domingo de julio. Con los dedos, abrazan el alambrado olímpico; hacen el aguante parados, sin cantos ni aplausos, con murmullos de reproche y gritos de indicación.

Mati, el tres zurdo, rubio, ojos celestes, juega el segundo tiempo por esa punta. Apenas empieza, el técnico le dice que marque y no retroceda. Le llega la pelota y se la pasa a un compañero que va por el medio pero un rival lo traba y se la saca. Entonces Gastón le grita a Mati que ponga la pelota abajo del pie, que la lleve. Al minuto, le dice que juegue más atrás para tener espacio. Después le pide que pique para dar una opción de pase y otra vez que marque, meta y presione.

Los papás, las mamás le dicen al chico que ponga huevos. El tres levanta la mano, mira para otro lado y no se escucha lo que contesta pero Gastón le dice que si quiere le da la razón. Otra vez le llega la pelota y la vuelve a pasar, el compañero la vuelve a perder:

—¡Mati, Mati, Mati, Mati, Mati!¡¿Podés tener la pelota y no tirar todo!?

El chico le guiña el ojo y nadie sabe si pide paciencia, clemencia, que ya no le griten o todo eso. Pero al técnico no le importa y a los papás tampoco. Mati la agarra, encara; la lleva con la zurda, pasa la mitad de la cancha corriendo y la pelota se va larga. El cuatro del verde ya la tiene, él sigue a toda velocidad; estira el pie izquierdo y el ruido de los tapones en el césped suena a cuchilla que se desliza por una pista de hielo hasta que da en la tibia del rival. El cuatro queda tendido junto a la raya, se lleva la mano a la canilla, se agarra para que duela menos. Frunce la boca, la nariz, los ojos; apenas se mueve antes de llorar.

Mati vuelve a su campo, no cruza la vista con el referí ni con Gastón ni con el rival. Lleva los brazos en jarra, mira para adelante, no hace un solo gesto. Nadie le dice nada.

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El fútbol Infanto Juvenil depende de la Liga Marplatense que cuenta con 6 mil chicos de entre ocho y dieciocho años fichados y 31 clubes afiliados que presentan equipos en diez divisiones: la quinta  que nuclea a los nacidos entre el 97 y el 99; las centrales que van de la 2000 a la 2004 y juegan en cancha de once y las predécimas que van desde la 2005 a la 2008 y juegan en cancha de nueve.

En el primer semestre del año, los clubes se dividen en tres zonas. La A y la C cuentan con diez equipos y la B con once. Todos los domingos desde las 9.15 las divisiones de un club se enfrentan con las de otro y suman para la institución. Los primeros cinco clubes de las zonas A y C y los primeros seis de la B clasifican a la zona Campeonato; el resto, a la Promocional. Ambas competencias se desarrollan en el segundo semestre, todos contra todos.

Los partidos se juegan en canchas con alambrado perimetral y la presencia de al menos un policía. La entrada cuesta 60 pesos y el estacionamiento 25. Según la Liga, en promedio, un club vende 250 tickets por domingo. El gasto entre árbitros, el personal que corta las entradas y la policía es de 5900 pesos.

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Los chicos de la 2003 de Boca dibujan un círculo en uno de los campos de la cancha de once. Se pasan la pelota mientras dos de ellos, en el medio, corren para interceptarla. El director técnico les dice que como máximo la pueden tocar dos veces: control y pase.

En el otro campo, Juan Martín Araujo divide a los 2004 en grupos. Dos se paran en tres cuartos de cancha y uno en la línea del área grande: forman un triángulo equilátero. El chico que está en el primer vértice se la toca al del área que la rebota hacia el tercer jugador. El primero que la tocó pica para recibir la descarga y definir ante el arquero.

Atrás del arco, el preparador físico les pide a los chicos de la 2005 que corran desde la línea del lateral hasta la mitad del campo una y otra vez. Después esquivan conos y hacen piques cortos.

Cada veinte minutos, rotan: los 2003 pasan con Juan Martín, los 2004 a jugar control y pase y así. Todas las categorías de Liga hacen el mismo entrenamiento en la Villa Deportiva del Club en el kilómetro 4,5 de la ruta 88.

Juan Martín, profesor de Educación Física y director técnico, trabaja en Boca desde 2004 cuando con Oscar Cuesta a la cabeza, director deportivo del Club, empezó el proyecto futbolístico actual.

Al principio les costó tener los chicos necesarios para conformar los equipos. En 2005 clasificaron a la zona campeonato y, a partir de entonces, cada año, al menos dos categorías ganan el torneo. Cuesta dice que el cuerpo técnico es uno de los mejores de la ciudad. Los entrenadores que trabajan en Boca son profesores de educación física o técnicos y, para contratarlos, evalúan cómo tratan a los chicos y el juego de sus equipos.

Los domingos, Juan Martín dirige a las predécimas; viste la indumentaria del Club: pantalón y campera azul con el escudo en el pecho, gorro de lana gris, los botines blancos con franjas naranjas. Se para al lado del banco y da uno, dos pasos hacia la línea de fondo o hacia mitad de cancha siguiendo la jugada o se apoya en el alambrado para tomar el mate que le pasa el preparador físico. Sube la voz tanto para que los chicos lo escuchen y mueve el pie derecho, le pega a una pelota imaginaria cuando pide un rechazo o un pase.

Los equipos de Boca, desde salón, privilegian la tenencia de la pelota, el juego por abajo, el pase al compañero. Juan Martín les pide a los chicos que jueguen rápido por los laterales para limpiar, desbordar y terminar con un centro o meter un cambio de frente aunque los espacios por adentro también pueden aparecer.

No le gusta tener planteles de más de dieciséis o diecisiete chicos. En cancha de nueve, cuatro cambios modifican medio equipo y él a los cinco minutos del segundo tiempo mete a los suplentes. Ningún chico pasa más de dos partidos sin jugar.

Todos quieren ganar: los jugadores, los padres, los dirigentes, los entrenadores y los rivales. Juan Martín dice que, según los libros de fútbol infantil, el resultado no importa. Para él, salir campeón no es el objetivo, pero la única forma de demostrar que un club es serio, ordenado, de trabajo, es con la tabla de posiciones.

—Todos dicen qué bien Boca pero nadie viene hasta la Villa a ver cómo trabajamos.

Algunos los vieron jugar. La mayoría se mete en internet y mira los resultados.

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Valentín, el ocho del Atlético va a trabar con el cuatro del azul; los dos llevan una pierna en el césped y la otra busca la pelota, a medio metro del suelo: dibujan una L al revés. Se ven las suelas de los botines. El de los azules con la punta le pega a la pelota y con los tapones al tobillo de Valentín que cae, grita, putea al aire. El árbitro, la piel oscura, cree que insultó al rival y le dice al técnico que si no lo saca, lo expulsa.

El profesor lo agarra de las dos manos, tira para levantarlo. Valentín se tapa la nariz y la boca  para que nadie vea cómo llora. El papá está a dos metros de la jugada. Lleva un gorro de lana azul, el pelo por los hombros, fuma y con las palmas le pega al alambrado:

—¡No te puteó a vos! ¡La concha de tu madre negro!

Ezequiel Rodas, la tez morena, lleva camiseta naranja flúor, short y botines negros, no mide más de uno setenta. Nació en Jujuy en 1981 y en 2013 se recibió de árbitro. Los domingos en el fútbol infantil hay tres; dos dirigen centrales y uno predécimas. Después, conforman la terna para los partidos de la 2000 y la quinta.

Las puteadas se escuchan en todas las canchas, en cada partido. Ezequiel dice que es tan normal que las está esperando. Al minuto de un gol o de una jugada complicada, un padre reclama, putea y enseguida el que está al lado lo sigue. A veces, el que empieza es un técnico.

Acaba de sonar el silbato. El partido terminó, los chicos de ocho años se van a los bancos de suplentes y Ezequiel encara para la puerta. Ahí lo espera un papá, flaco, alto. Él camina, el tipo grita; le reprocha un supuesto penal. Lo trata de negro, de gordo antes de acordarse hasta de la abuela y prometerle que lo va a desfigurar. El árbitro  no apura el paso, tampoco lo mira. El padre lo persigue, lo insulta en cada uno de los sesenta metros que lo separan del vestuario.

—¡Le cagaste la semana a mi hijo! ¡Negro de mierda!

Los árbitros pueden describir las situaciones de agresión en los informes. El Tribunal de Disciplina sanciona a los clubes con multas que, en algunos casos, fueron de cinco mil pesos o más.

Ese día de 2013, Ezequiel pensó que las multas eran demasiado para la economía de los clubes y no dijo nada. Tres años después, si le pasa algo similar lo informa. Cree que si lo deja pasar, la violencia crece y un día le van a pegar o tendrá que dejar la cancha con custodia policial.

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Por lo parejo, lo corto y lo verde, el césped parece un tapiz. Las suelas levantan la helada que lo cubrió durante la noche y mojan la punta de las zapatillas: no hay forma de gambetear el frío. El Atlético gana 2 a 1 en el primer partido de la mañana. Apenas empieza el segundo tiempo, el técnico, Ariel, manda a Ramiro a hacer los ejercicios de calentamiento.

El chico tiene once y la quince en la espalda. Trota desde el banco de suplentes unos veinte metros hacia la línea de fondo y vuelve. El técnico ni lo mira. Con el índice y el pulgar, sostiene un cigarrillo, lo hace girar a un lado y a otro. Después se lo pone entre los labios.

De su cabeza sobresale la visera de un gorro rojo y la capucha de una campera celeste, tiene treinta y pocos y una panza que empieza a reclamar protagonismo. Ramiro ya no trota, mueve más rápido las piernas: hace piques.

Ariel mira el reloj, faltan quince para el final; va por la mitad del cigarrillo y, en cada pitada, aprieta el filtro con los labios. No deja pasar más de dos minutos sin gritarle al árbitro que se deje de joder, que todas las divididas se las cobra en contra, que siempre lo mismo. Nadie que vea cómo resopla y cómo se golpea el muslo con la palma de la mano, se animaría a contradecirlo.

Ramiro se agacha a cada paso, lleva los dedos derechos a tocar el suelo y después los izquierdos. O junta los pies, salta y da cabezazos al aire. El referí cobra otra falta en contra del Atlético; Ariel corre y se mete unos metros dentro de la cancha, mueve una mano a la altura de la oreja:

—¡Dejate de romper los huevos! ¡Nos vas a empatar vos el partido!

El tiro libre va a parar afuera. Entonces se da vuelta y lo llama a Ramiro. Le acaricia la cabeza con la mano mientras le pide que ponga huevos: no lo quiere ver parado. Faltan seis minutos para el final.

Hay una resolución de la Liga que dice que los suplentes tienen que jugar. Hay profesores que llevan solo uno o dos, a los demás chicos no los convocan. Hay técnicos y dirigentes que dicen que la cantidad de minutos que tiene que jugar el suplente son diez, otros que quince. Nadie, ni siquiera las autoridades de la Liga, recuerdan qué dice la resolución. Todos coinciden en que no se cumple.

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Oscar, que dirige a los chicos de diez y once años del Atlético, lleva veinte como técnico y todavía es capaz de levantarse a las tres de la mañana para anotar un ejercicio que se le ocurrió. En los entrenamientos les explica a los chicos cómo tienen que poner el pie para darle a la pelota, incluso se agacha y se los acomoda él.

Los dirigentes del Atlético le ofrecen el cargo de coordinador de predécimas pero él necesita un año más con las divisiones que tiene. En total, dos es lo ideal para formar: enseñar la técnica, fundamentos de juego, conceptos.

Todo eso les explica a los integrantes de la Comisión de Fútbol Infantil, que además son papás de chicos que juegan para el club, en la reunión que pidió para planificar el año. Los dirigentes le dicen que piensa demasiado en la formación. Que quizás no sea lo más importante. Que no se olvide de los resultados:

—A los papás les interesan los puntos.

La reunión fue lo último que Oscar hizo en el Atlético.

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Hace dos años se juega la preliga. Hay veinte clubes que presentan equipos en cuatro  categorías que van de la 2001 a la 2008. Los partidos se juegan los sábados.

Oscar Cuesta, director deportivo de Boca dice que la preliga fue una idea de su club. Él y dirigentes de otros siete clubes se pusieron de acuerdo para hacer el torneo. Los objetivos eran dos: generar más recursos y dar oportunidad a los chicos que ya no estaban para jugar en escuelas de fútbol y, a su vez, no tenían el nivel para competir en la liga.

En 2015, el número de clubes ascendió a dieciocho y en 2016 la Liga Marplatense se hizo cargo del torneo. Eliminó los resultados, las tablas de posiciones y controla que los chicos de Liga no participen de los partidos.

El secretario de la Liga, Ricardo Charlier, dice que si en preliga hubiera un campeón, los clubes pondrían a los jugadores de liga en los partidos finales. Igual los padres, dirigentes y entrenadores saben todo: la cantidad de partidos que ganaron, los goles a favor y en contra. Las tablas no existen pero siempre hay alguien que las lleva.

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Ricardo Juan, director técnico de preliga de Independiente, está parado frente a los chicos de doce y trece años. Algunos se sentaron en el césped y otros en el banco de suplentes de cemento. Terminó el primer tiempo, pierden pero en ningún momento les dice que lo tienen que dar vuelta, ni siquiera que lo tienen que empatar. Les pide que toquen y no tiren pelotazos, que encaren y gambeteen sin miedo, que él, no les va a reprochar nada.

El arquero tiene la pelota y Ricardo les dice a los laterales que se abran. Quiere aprovechar todo el ancho de la cancha para salir jugando, no saltear líneas con tiros largos. Cree que la única forma de que aprendan es que participen del juego. Las indicaciones son las mismas en los entrenamientos de los martes, miércoles y jueves.

La mayoría de los padres, que pagan una cuota de 360 pesos por mes, llevan a los hijos hasta la sede del club en Neuquén y Maipú de donde sale una combi que cuesta 35 pesos hasta la Villa, a unas diez cuadras del Parque Camet. Es un predio de cuatro canchas de once, dos de nueve, buffet, fogones y quincho, césped y árboles añosos, anchos, de copas grandes. Hay carteles que piden aliento sin gritos ni insultos.

El equipo tiene veinticuatro jugadores pero el día del partido Ricardo sólo puede convocar a 16. Mantiene una base de cuatro o cinco y a los demás los rota: ninguno pasa más de dos sábados sin jugar. Ve que a muchos profesores les interesa que los equipos jueguen bien, que se parezcan al Barcelona pero él cree que los chicos tienen una edad en la que deben aprender y desarrollarse en lo individual. Trata de que se sientan amparados, cómodos, que no tengan miedo de perder la pelota.

A Ricardo, que hizo el curso de técnico, el club lo deja trabajar con libertad. Pero no conoce a nadie que, por más que quiera, pueda aislarse de los resultados.

Facundo Alvanezzi trabajó en clubes de Mar del Plata entre 2003 y 2006 y coincide:

—Nadie te lo va a pedir pero te hacen sentir que tenés que ganar.

Él es de Bragado y a los veinticuatro años, en 1989, se fue a jugar a Italia. Estuvo un año y pasó al fútbol suizo donde hizo toda la carrera profesional y también se recibió de entrenador en el  Centro Deportivo Torreta de Bellinzona. Hace diez años trabaja en el Basilea.

La Federación de Fútbol les pide capacitaciones anuales a los técnicos que trabajan en infantiles. En Basilea, el entrenamiento físico empieza a los dieciocho años, antes es todo con pelota. Facundo divide a los chicos en grupos, arma situaciones de juego de tres contra tres, cuatro contra cuatro o cinco contra cinco y no da indicaciones. Simula las épocas en que los chicos se juntaban en la calle, en un potrero y jugaban al fútbol sin ninguna regla. Los futbolistas llegaban a un club por naturaleza, alguien los descubría o se iban a probar pero se desarrollaban en esas canchas.

Él dice que hoy habría algún adulto diciéndoles cómo pararse, si tienen que gambetear, pasarla o pegarle al arco: matando la creatividad. Facundo deja que los chicos resuelvan a medida que juegan. Ahí surge la prueba y el error: el que no se equivoca, no aprende. Cuando solo interesan los tres puntos, los campeonatos de chicos de diez o doce años, todo se pierde. Cuando solo sirve ganar, aparece el miedo a jugar.

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Lucas ataca con la pelota pegada al pie derecho en tres cuartos de cancha y Lautaro espera el pase contra la línea. Un rival lo marca; Fabián, el papá, le grita que pique al vacío y se desmarque. El chico se queda quieto. El papá insiste. Apenas le llega la pelota, el defensor lo traba y la manda afuera. Fabián aprieta la botella de coca con los dedos, la tira contra el alambrado, el cigarrillo se le escurre y cae:

—¡No lo mires! ¡Picá, picá la puta madre!

Fabián dice que es un técnico frustrado; va a todos los entrenamientos, sabe cómo se llama cada chico, cómo juega y dónde. Usa gorro de lana blanco, jean, zapatillas deportivas, lentes negros, panza, los dientes amarillos, la barba blanca. Todos los sábados, mira el partido con Luis y otros dos padres.

Los chicos de preliga del Atlético tienen doce años y juegan desde los cuatro o los cinco. Fabián y Miguel, si alguien les pregunta, dicen que los chicos tienen que hacer deporte y estar lejos de la play, la computadora y que no piensan, como otros padres, en salvarse con los hijos. Si alguien les pregunta, contestan que no quieren un hijo futbolista, que primero está la escuela. Y dicen, además, que no hay que pasarles las frustraciones.

Todos los sábados, en el partido, putean al árbitro, comentan que el equipo está mal parado, que el técnico no sabe nada y, sobre todo, que Federico no tendría que jugar. El chico es un nueve de esos capaces de gambetear a tres en la misma jugada, tiene velocidad y mete goles. Pero ellos siempre le piden otra cosa: si la pasa que siga, si se la atajan que apunte a la cabeza del arquero y si hace la diagonal que vaya por la punta y tire el centro. Si trabajaran en televisión, serían panelistas de los que no paran de criticar a Messi.

El abuelo de Federico ni los saluda; mira el partido sentado en una reposera al lado de la mamá de Agustín, Elisa, que se aleja de los gritos y no quiere nada de presiones; solo que su hijo se divierta, juegue y sea feliz.

Apenas llega, Fabián sube hasta el cuarto y último escalón de la grada que podría ser la popular de un metegol y se sienta al lado de Miguel y otros tres padres. El sol pega de frente, llevan las camperas desprendidas.

Se escucha el silbatazo del referí y el sábado es como los anteriores: “Federico la concha de tu madre”, dice Miguel por lo bajo y Fabián completa con que el chico juega bien en los entrenamientos pero nada en los partidos y el otro que hay que comprarle una raqueta y pelotitas. Y así todo el primer tiempo y parte del segundo.

El córner viene desde la izquierda al primer palo, un defensor le pega con los tapones, la pelota queda en el medio del área grande. Federico hace un pique de un metro y le pega con el empeine del pie derecho a rastrón; la pelota pasa entre el palo y el arquero: 1 a 0. Fabián, Miguel y todos los papás gritan el gol con la intensidad de un hincha en la popular; los puños en alto, el abrazo. Federico logra que ya no lo nombren por el resto del día.

Faltan cinco minutos; Lautaro agarra la pelota por la izquierda, corre y cuando sale el primer rival, la puntea con el botín derecho y pasa; con el segundo intenta hacer lo mismo pero se la saca. El director técnico, parado junto a la cancha, le dice que pase la pelota. Fabián baja los cuatro escalones de la grada y grita que el profesor le tiene “los huevos llenos”, que “la puta que lo parió”, que siempre se la agarra con su hijo:

—¡Lautaro agarrá la pelota y llevala siempre hasta abajo del arco!

El grito se escucha en toda la cancha. Los papás que están en la tribuna miran cómo  Fabián se agarra del alambrado y no para de putear aunque no levanta la voz. El resto de la gente sigue con el partido. El técnico, con las indicaciones. Cuando termina, Fabián se va al buffet, el profesor al vestuario.

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Ocho mil pesos pide el Atlético por el pase de Joaquín que a los quince años entrena con la séptima del club rojo. En un mes empieza el Torneo de AFA, la competencia que reúne a las divisiones inferiores de los equipos que están en Primera A y B Nacional. Jugará contra River, Boca, San Lorenzo; la puerta de entrada a la carrera profesional.

Una vez que el chico ficha, el club es el dueño del pase. La única forma de que quede libre es si está dos años sin jugar. Joaquín no paró desde que a los ocho firmó para el Atlético. Germán, el papá, no tenía trabajo fijo. Vivían de las changas en la construcción o de lo que ganaba cuando lo llamaban de la verdulería para cubrir algún franco. Los dos primeros años no pagó la cuota.

A los trece, Joaquín, que juega por la banda izquierda, hizo de sparring de la primera de Banfield de Buenos Aires. Marcó a Walter Erviti, a Juan Cazares y, una de esas tardes, le dijo a Germán que quería ser futbolista. Después lo llamaron de la selección marplatense Sub 15 y, en uno de esos partidos, lo vieron del rojo.

La mayoría de los clubes no paga el pase del jugador, hace convenios. El club que se lleva al chico se compromete a pagarle al otro una suma de dinero una vez que llega a primera y juega diez o veinte partidos y le da un porcentaje -casi nunca más de un 20%-  de una futura venta. Pero el Atlético quiere la plata ya. Los dirigentes dicen que la necesitan para sostener al club. Hay papás que tuvieron que pedir préstamos personales para que les dieran el pase como pasó en 2015 con un chico de trece años.

El Atlético dice que Germán le debe dos años y lo acusa de saltear cuotas. Él dice que no. Los dirigentes le piden los comprobantes, un papel tan chico como un boleto de colectivo. No los guardó. Les recuerda cuando iba en bicicleta, con Joaquín en el caño del medio, desde Mario Bravo y Peralta Ramos hasta una cancha en Colón y la 220 o cuando conseguía un auto para llevar a su hijo y cuatro compañeros más hasta la cancha de Cadetes, al lado de Aquasol. También el día que en la empresa de electricidad donde trabaja le dieron el cableado, sin poner un solo peso, para iluminar las canchas y los chicos del Atlético pudieran entrenar cuando caía la tarde.

Todo eso para los dirigentes, significa un descuento de tres mil pesos. Por cinco mil le dan el pase. Joaquín es titular en el rojo.

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El cinco del equipo azul le pega con la zurda desde mitad de cancha; la pelota salta por el césped y el arquero del Atlético, Juan, da dos pasos y la tira hacia el lateral. El rechazo le queda a un rival que desde la izquierda le da cruzado al segundo palo. Juan da un paso atrás y se tira con el brazo izquierdo extendido y los dedos abiertos. La toca pero la pelota se le escurre por abajo de la mano: ya nadie evita el gol.

Juan apoya una palma en el suelo y se sienta. Aprieta los dedos de la otra mano como si agarrara un mango y golpea la tierra que se levanta en forma de polvo. No se cansa. Antes de los golpes, cae la primera lágrima.

Termina el partido. Los chicos de diez años del Atlético perdieron 4 a 0. Juan junta el índice y el pulgar, tira del abrojo y después de la punta de los dedos: se saca un guante. El otro. En ningún momento se tapa la cara para ocultar el llanto. Un compañero le pone la mano en la espalda y le dice que no importa que ya está: la mala suerte. La mamá, lo espera en la puerta de la cancha, se agacha y lo abraza. Él sigue camino al vestuario.

Los padres, los técnicos dicen que los chicos son los primeros que se olvidan del partido. A veces salen con bronca, con lágrimas y al rato, vuelven a jugar a la pelota o a cualquier otra cosa.

“Disfrute y aliente. Por favor no agreda ni insulte. Estamos educando y formando a nuestros jugadores. Muchas gracias”, dice el cartel en la cancha del Atlético. Algunos pueden pensar que la mayoría no lo lee. Otros, que la ironía es demasiado obvia.

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