Re yo

Aguafuertes marplatenses de un renegado periodista nacido en el Interzonal. Ojo de halcón que ve en simultáneo el plano general y el plano en detalle (que es lo mismo que decir: Jorge, el que no puede dejar de encontrar el pelo en la sopa).

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Foto: Juan Pablo BucetaRomina Elvira

Un millón setecientos cuarenta y dos mil ocho memes que juegan con la frase hoy se sale fuerte, hacen reír por el contraste entre el texto y la foto de Homero rodeado de comida frente a la tele, o un perrito envuelto en un pulóver. O a todos se les ha dado por fingir que coinciden conmigo, o la ausencia a los lugares adonde se supone que hay que estar es casi perfecta. No se sale porque hace frío, no se sale porque no hay plata, o no se sale porque el monstruo mercado ha descubierto que cada uno en su casa es más ubicable para venderle las mercancías del hedonismo. Ya lo dice la publicidad, hay que desertar del afuera, pedir comida con una aplicación del celular y mirar series. En verano hay que tener una banda de amigos para tirarles latas de cerveza al borde de la pile en donde están los minones en bikini; pero como acá casi nunca es verano, comamos pizza en soledad mirando series. ¿Cuál vemos? La más adictiva, la que nos deje más manija, la que recomienden nuestros particulares líderes de opinión. Estos no son tiempos de Rapsodias de Agosto, no son tiempos de largas películas de tránsito lento; nada de pasarse dos horas y media clavado en una peli, mejor ver cinco capítulos de 45 minutos, mejor hartarse bulímicamente con estas maravillas del suspenso, en la época en donde no se aguanta una semana para ver como sigue nada. Es como si hubieran encontrado la sustancia del entretenimiento equivalente al azúcar y las grasas trans. Hay que ver con desesperación, hay que ver uno tras otro y quedarse bizco, hasta llegar a esa instancia popularizada (del pequeño pueblo de mi entorno) en que se espera la siguiente temporada, prevista para octubre de 2022. En el proceso, nada peor puede pasarnos que alguien nos spoilee lo que está por venir, porque si alguien revelara la trama anticipadamente, moriríamos como ratas por habérsenos anticipado una emoción. Si ya supiéramos a quién matan a garrotazos en la serie de los zombies, se apagaría de repente el deseo, que debe mantenerse siempre arriba, siempre a tope. Por suerte los productores -vestidos con preventivas fajas de cartuchos de dinamita, con una cápsula de cianuro entre las muelas- se encierran en cuevas para resguardar el secreto, y una vez por semana twitean alguna mentira que nos desoriente, que nos descoloque de alguna ilusa lógica de continuidad. Sabemos que en las mejores series los protagonistas pueden morir. Descubrieron que todos tenemos miedo a la muerte, así que qué mejor que se muera cualquiera, incluso el más querido de los personajes de ficción. En Altri Tempi aceptaríamos que se muera Gilligan (o el capitán, o el profesor, o Ginger, o Marie Anne, o el millonario, o su esposa).

(Ahora me dieron ganas de escribir un libro sobre el tema. Lo llamaría Series líquidas y lo firmaría bajo el alias de Juan Carlos Bauman).

En las series de antes, un ejemplo, había una pareja despareja de policías. La disparidad estaba en que uno era serio y el otro chistoso, uno blanco y el otro negro, uno sucio y el otro limpio, uno un humano y el otro una cacatúa, etc. El capítulo iniciaba con un crimen y terminaba con la solución. En el medio había un jefe enorme que debía dar respuestas al comisionado (inexorablemente se avecinaban las elecciones) y se calentaba porque sus oficiales no seguían los procedimientos. Entonces les pedía que dejen la placa y la pistola sobre el escritorio y los apartaba del caso. Pero iba el dúo y lo resolvía igual, después de obtener un dato en un boliche con desnudistas y cagar a trompadas a un gordo. Y la semana que viene lo mismo.

En las series siglo XXI es el mundo lo que muta. No hay una rutina en la que puedan darse las anomalías, ni hay una constante que se vea alterada por un accidente. Es el escenario el que se desvanece como si fuera el Estado benefactor, y son los individuos los que tienen que reorganizarse, gestando las nuevas reglas que devienen de la primitiva y básica competencia entre las fuerzas individuales. Lo sólido se vuelve líquido, igual a lo que pasa en los casquetes polares y la supervivencia depende de la adaptación al cambio, ahora que el cambio es constante. La muerte viene de la nada, de atrás, de abajo, del cielo, de una traición. Si antes un villano se perdía de matar a la ciudad entretenido con sus largos parlamentos, ahora un malo ignoto se inmola en un shopping, masacrando sin preavisos y sin por qué.

La industria del entretenimiento trata de representarnos sin interpelar, trata de que la identificación sea con el propio producto más que con el héroe, que también muta, se transforma, puede pasar a ser otro él mismo o puede ser otro el héroe. Lo importante es que estemos allí (o aquí, no salimos), mirando tramas cada vez más complejas, comprando teorías acerca del porvenir que se escribe en burbujas que explotan en el aire.

Son tantas las hipótesis, tantos los matices, tanto cambian los personajes, que cualquiera puedo ser yo, que siempre ando buscando saber quién soy.