El poder de Pensar

Desde hace meses, la Fundación Pensar del PRO se incorporó con fuerza a la disputa de poder al interior del gobierno de Mar del Plata. Se trata de tecnócratas que vienen ocupando lugares de peso en el armado de Cambiemos de todo el país. ¿Quién es y de dónde viene el “tanque de pensamiento” oficial?

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Fotos: Federica González

Algunas charlas esporádicas, la inauguración por partida doble y un blog, hoy con entradas de 2014, para comunicar ideas PRO con formato programático pero bañadas de generalidades, al estilo “Somos una potencia turística” o “Somos una potencia alimenticia”. No más. En Mar del Plata, Pensar no tenía más peso que el que por efecto transitivo había heredado de la matriz porteña.

Superadas las elecciones, la Fundación salió del letargo en medio de la primera crisis del hombre del Partido Popular de la Reconstrucción, el intendente Carlos Arroyo, cuando, como parte de varias modificaciones, el secretario de Salud, Gustavo Blanco, se convirtió en jefe de Gabinete. A su vez, Agustín Cinto fue insertado como correa de transmisión entre los gobiernos nacional, provincial y municipal. La lectura inmediata fue que el macrismo había intervenido de facto la gestión local. Tal vez haya sido la demostración más descarnada de aquello en lo que se convirtió Pensar: más en una proveedora de funcionarios que en una estructura que dote de líneas generales y específicas a los gobiernos de la coalición que venció en 2015.

La tecnocracia al poder

La política será tecnocrática o no será, podría ser la máxima que define, parcialmente, al nuevo elenco de “los que mandan”. Desde su nacimiento, en 2001, el PRO desplegó mecanismos que se apartaron notoriamente de los modos imperantes de hacer política en una buena parte de la centuria pasada, cuya praxis tenía a la masa como sujeto político por excelencia. La elaboración de planes de gobierno y la estructura para formar dirigentes por fuera del partido, a cargo de las usinas de pensamiento, fueron algunos de los aspectos más demonizados y, a la par, banalizados.

El 22 de noviembre, finalizado el balotaje, el macrismo podría haberse jactado de que había ganado una forma, un método que, en apariencia, para el hacer política del siglo XX, es no sólo superficial, sino que también se encuentra atravesado por las maneras que rigen el mundo empresarial. Y que, como si fuera poco, juega al blanco o negro con la política, sindicándola como prebendaria y casi enferma terminal. Se sintetiza en la idea de “meterse”, involucrarse, para purificarla. En toda esa trama, la Fundación Pensar ocupa un lugar central.

Investigar y armar planes de gobierno, acercar gente de la academia y del sector privado a la política, y diseminar una visión de país. Esas son las metas explícitas de Pensar, que, a la vez,  exponen su polifuncionalidad dentro del mapa PRO.

Doble nacimiento

A Pensar la parieron dos veces. La primera fue en 2005, de la mano de Jorge Triaca, actual ministro de Trabajo de la Nación. En ese momento, se presentaban como un grupo de estudios independiente. Sin embargo, no fueron conocidos por sus grandes aportes a las ciencias políticas, sino que, por entonces, trascendieron por las controvertidas ponencias en las que, por caso, participaron Vicente Massot, dueño de La Nueva Provincia —diario bahiense reconocido por su enfático apoyo a las Fuerzas Armadas durante la dictadura— y Julio Alberto Cirino —ex agente civil del Batallón 601, quien fue condenado en 2013 por delitos de lesa humanidad. En los primeros años de Pensar, Cirino, acompañado por el especialista en seguridad Eugenio Burzaco y el falso ingeniero Juan Carlos Blumberg, formó parte de la charla “Delincuencia, minoridad y violencia en Mar del Plata”.

Su segundo nacimiento, en 2010, le dio la forma actual, como usina de ideas del PRO. La presidencia pasó a manos de Francisco Cabrera, hoy ministro de la Producción de la Nación. En 2013, el propio sistema la premió: de acuerdo con la Universidad de Pennsylvania, la Fundación Pensar se encontraba entre los mejores 20 think-tanks (“tanque de pensamiento”) partidarios a nivel mundial, y 21º en el ranking de think-tanks mundiales.

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Que se metan todos

Según información proporcionada por Pensar, antes de la campaña de 2015 estaba compuesta por alrededor de 300 personas. Divididas en grupos de trabajo, se encargaron de elaborar documentos, que, en el caso de llegar al poder, se erigiesen en planes de gobierno. O al menos eso gritaron a los cuatro vientos. La mayoría de sus principales referentes hoy ocupan un lugar en los gobiernos de la Nación, la Ciudad o la provincia de Buenos Aires. Se nota tanto que la página de la Fundación no se actualiza desde hace meses. A grosso modo, las áreas eran tres: productivas y económicas, sociales, e institucionales. Asimismo, se jactaron de haber elaborado más de un centenar de proyectos que su jefe político tiene al alcance para llevar a cabo en el momento que crea adecuado. Los tangibles son el Plan Belgrano y las 13 propuestas para el agro.

A la principal usina de ideas del PRO le costó salirse de su zona de confort. Entiéndase como tal al universo porteño. Al punto de que las sedes que están fuera de la Capital Federal apenas si tienen vida en tiempos de campaña o cuando desembarca el contingente que proviene de la ciudad de Buenos Aires. Para difuminar esos límites está el discurso de la tan mentada Red Federal. Tres definiciones estilo Pensar lo demuestran:

  1. A) “Para mí la división es un eje que se da entre pasado y futuro. Por un lado está la clase política, que argumenta desde la izquierda, pero cuya estructura mental representa políticas públicas y una retórica del siglo pasado. Y por el otro lado estamos la gente que vivimos con las preocupaciones del siglo XXI, que son vivir mejor, poder ahorrar, llevarnos bien el uno con el otro”. (Iván Petrella)
  2. B) “Nosotros hemos planteado tres ejes centrales: pobreza cero, terminar con el narcotráfico y unir a la Argentina”. (Marcos Peña)
  3. C) “En forma secuencial, lo que va a pasar en Argentina es que nos vamos a enfocar en los flujos. Lo que significa el cómo vamos a atraer la inversión y generar empleo genuino. Con una propuesta macroeconómica responsable, pero al mismo tiempo, focalizar lo que inmediatamente genera flujos, como los agro-negocios, energía e infraestructura. En tres meses lanzar tres planes importantes que empiecen a generar empleo y empiecen a generar otra perspectiva. Y por supuesto focalizarse también en los grandes generadores de empleo”. (Francisco Cabrera)

Más allá de que por Pensar pasó, casi íntegramente, la primera plana del PRO, el nombre que siempre sobresalió fue el de su director académico, Iván Petrella, pluma de la Fundación en las publicaciones masivas.

A pesar de su look treinteañero, Petrella roza los 50 años. Con formación de grado en la Universidad de Georgetown y posgrado en la de Harvard, Petrella publicó, en 2015, un libro con un título muy PRO: “Que se metan todos: El desafío de cambiar la política argentina”. En línea con la clásica demonización de la política, para el autor “la única manera de que no nos sigan gobernando los sospechosos de siempre es involucrándonos”. En esencia, fórmulas de este tipo, que lo único que  hacen es asegurar la híper-concentración del poder en los tecnócratas, están detrás de figuras como el cómico Miguel del Sel, casi gobernador de Santa Fe en dos oportunidades y, ahora, embajador en Panamá, y el cocinero Martiniano Molina, intendente de Quilmes.

La felicidad

Uno de los intelectuales favoritos de la Fundación Pensar es Alejandro Rozichtner, quien, ante las primeras desavenencias en el gabinete de Macri, anunció que brindaría un “Taller de Entusiasmo” para funcionarios del gobierno nacional en el marco de la Escuela de Formación de Dirigentes Políticos del PRO.

El 28 de abril de este año, desde su página de Facebook, Pensar Mar del Plata recuperó una de sus más profundas reflexiones sobre el ser humano, titulada: “Qué es ser buena persona”, la cual fue publicada, originalmente, por La Nación en abril de 2010.

Quizá como preludio de la llegada del meditador Sri Sri Ravi Shankar en 2012, Rozichtner se despachó auscultando el alma: “Es el piso de toda vida íntima feliz (¿acaso hay mayor felicidad que el encuentro con otros?) y a la vez el sustento de la sociedad lograda. Ser buena persona es la demostración de la mayor fuerza: uno está bien en sí mismo y proyecta su fuerza en el deseo de ver crecer a los demás”.

Con un mundo que observaba, atribulado, cómo los bancos, que habían protagonizado la crisis de las sub-prime en 2008,  daban una muestra de inigualable y despiadada sinceridad sobre el sistema capitalista, el filósofo predilecto del presidente de la Nación ofreció una explicación magistral sobre el poder: “Tenemos que ajustar la mirada. Tenemos que dejar de pensar que el bueno es un imbécil que se deja pasar. El bueno es un poderoso que se da los mayores placeres de la existencia: el amor, el sexo que le va asociado (hay que aclararlo, para que no parezca que el bueno es célibe, según una tradición anticuada), el entusiasmo de estar en el mundo y recibir su luz, alguien que disfruta siendo y ayudando a ser, alguien enamorado de la evolución propia y ajena. El bueno es excitante porque su amor alienta el desarrollo y el desarrollo despierta y excita”.

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Antecedentes católicos y militares

Las usinas de pensamiento no son nada novedoso en Argentina. Basta con rastrear dos antecedentes: la Ciudad Católica y el Grupo Azcuénaga.

La primera fue creada, en 1958, a semejanza de la francesa Cité Catholique, opuesta a cualquier intento de renovación y apertura dentro de la Iglesia. En Argentina, liderada por el sacerdote galo Georges Grasset, la Ciudad Católica conformó células integradas por entre cinco y ocho personas, que, fundamentalmente, debían conocer los diferentes resortes del Estado. Su apogeo fue durante la primera parte de la “Revolución Argentina”, como se autodenominó el régimen militar que condujo el general Juan Carlos Onganía. En ese momento, desde la Secretaría de Estado de Promoción y Asistencia a la Comunidad, situada bajo la órbita del Ministerio de Bienestar Social, procuraron implementar la doctrina comunitarista, creando cuerpos intermedios entre la ciudadanía y la dirigencia política con responsabilidad institucional. Salvo casos puntuales, como Pergamino, rápidamente esos intentos fueron abortados.

Distinto es el caso del Grupo Azcuénaga, luego conocido como Grupo Perriaux, por el ex funcionario durante la dictadura de Alejandro Lanusse y hombre clave en Staudt & Cía., Jaime Perriaux. Fundado como club político por el teniente coronel Federico de Álzaga a comienzos de los setenta, más cerca del ’76 el Grupo Azcuénaga -—llamado así por la calle del petit hotel en el que se reunían, el cual pertenecía a Carlos Blaquier— se vinculó directamente con el general Jorge Rafael Videla: “El doctor Perriaux era un permanente preocupado en que las cosas del país se encaminaran de acuerdo a sus ideas. (…) Mi colaboración —mía y de otras personas— era cuando él nos pedía que le acercáramos opiniones relativas a tal o cual problema. Esto lo usaba —me consta— con los gobiernos que estaban en el poder, y posiblemente pensando en que si hubiera alguna emergencia en el país, por cualquiera de las situaciones que él mencionaba, no necesariamente el golpe de Estado podía ser un simple cambio de política económica”. A pesar de la expresión ingenua de José Alfredo Martínez de Hoz, en 1984 ante la Cámara de Diputados de la Nación, lo cierto es que una buena parte del programa económico que ejecutó el ex presidente del Directorio de Acindar se pergeñó en esas reuniones.

Entre trolls y lavado

Pensar también tiene su genealogía. Según el libro Mundo PRO, está inspirada en la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES), la usina de ideas del Partido Popular de España. De la mano del PRO, durante 2015, la Red Federal de la Fundación se expandió hasta llegar a 17 sedes en 14 provincias. Esos sitios supieron convertirse, en tiempos proselitistas, en los lugares físicos desde donde los candidatos diseñaban su estrategia y también donde se realizaban los actos. En otras palabras, una forma de disimular la raquítica estructura del PRO por fuera de la Ciudad.

Pero no todo ha quedado en el ámbito de las ideas. En 2012, el entonces jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, aseguró que la Fundación Pensar había contratado un servicio para realizar un ataque digital, de cara al cacerolazo del 8 de noviembre: “Lo pudimos constatar para saber exactamente cómo lo pergeñaban. Hay empleados contratados, que sabemos hasta el lugar físico dónde están, que crean usuarios con cualquier nombre y cualquier foto. Es lo que la gente llama trolls”.

Quizá la mayor acusación se produjo en octubre de 2015, cuando, luego de varias denuncias en torno de su poco claro financiamiento, Hernán Lombardi, Mateo Goretti Comolli —por entonces presidente de Pensar— y Facundo Almeida fueron imputados por la fiscal Paloma Ochoa, cuya investigación hizo foco sobre la presunta utilización del Centro de Estudios de Políticas Públicas Aplicadas, que también presidía Goretti Comolli, como una plataforma para desarrollar una ingeniería de lavado de activos previamente sustraídos de manera fraudulenta del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, y que se formalizaba a partir de la materialización de donaciones en favor de Pensar. Para la fiscal, Goretti “obtuvo recursos del gobierno de la Ciudad por al menos $ 1.302.153 para beneficiar ilícitamente a la Fundación Pensar, valiéndose de la Fundación CEPPA e invocando fraudulentamente el Régimen de Promoción Cultural”.

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El “Che” Macri

La creatividad no admite fronteras ideológicas. El humor político tampoco. La foto hacía ruido por todos lados. No tanto por lo que decía, sino por lo que daba a entender. Abrazados como una banda de amigos en plena fiesta, Hernán Lombardi, Mauricio Macri y Federico  Sturzenegger se fotografiaron sin inmutarse. Sólo se dibujaba una media sonrisa en el rostro del dirigente platense Gabriel Roulliet, quien hacía las veces de anfitrión. Es que desde hacía unos días circulaba por las redes sociales la prenda que utilizarían los jóvenes PRO cuando el entonces jefe de Gobierno porteño fuese a La Plata para participar de un acto partidario. La remera amarilla llevaba impresa la cara de Macri con la boina, la melena y la barba que inmortalizaron a Ernesto Che Guevara, sobre la frase: “Macri es revolución”. En la imagen descrita, era Sturzenegger quien la llevaba puesta.

A pesar de que desde el macrismo no dudan en que hablar de derecha e izquierda es parte de una conceptualización perimida, niegan que su cosmovisión sea de derecha y neoliberal como comúnmente se los califica. Es que en Argentina ser de derecha es casi un insulto. El propio Petrella fue quien más lejos llegó, al subrayar, en una comparación a medida, que “el PRO es la fuerza más progresista que existe hoy en Argentina. En EE.UU. sería la izquierda del Partido Demócrata”.

Yo nunca me metí en política, soy macrista

Un sustantivo y un verbo preposicional caracterizan el lenguaje identitario de Pensar. Aprendizaje y meterse en. Ambos tienen una finalidad estética: la de presentarse como ciudadanos calificados que, desinteresados de participar en la política profesional, un día, como por arte de magia, decidieron involucrarse. El ejemplo prototípico es Miguel Braun, actual secretario de Comercio de la Nación y director ejecutivo de la fundación, cargo que ocupó en el CIPPEC. Con formación de grado en una universidad privada —es licenciado en Economía de la Universidad de San Andrés— y doctorado en Harvard, Braun es sobrino de los dueños de la cadena de supermercados La Anónima. Según informó, cuando asumió, renunció al directorio de Pampa Cheese SA, una empresa de quesos para exportación que armó con los asesores económicos del jefe de Gabinete, Marcos Peña, Gustavo Lopetegui —CEO saliente de LAN— y Mario Quintana, dueño del Grupo Pegasus. Ahora que decidió meterse en política y los precios de las góndolas experimentan una fuerte escalada, Braun debe aprender a controlar a los suyos.

El hombre nuevo que la usina de pensamiento del PRO creó, dio forma a un territorio desde el cual, fundamentalmente, pone en tela de juicio “la forma tradicional” de hacer política. La vuelve sospechosa.

No es algo novedoso en la historia de las ideas de Argentina, ya que formó parte del discurso liberal a lo largo de todo el siglo XX. La Fundación Pensar representa una cara del PRO, esa que denigra los modos políticos que caracterizaron al bipartidismo durante el siglo pasado. Si hay que guiarse por los resultados, les salió bien. Está claro que supieron conseguir una victoria ventajosa, ya que, aunque para poder trascender la Capital Federal debieron aliarse con aquellos que criticaron insistentemente —ora Sergio Massa en 2013, ora el radicalismo en 2015— hoy sus principales cuadros ocupan lugares de un enorme poder.

Al calor de la gestión, Pensar fue prácticamente vaciada. Ya no se dan a conocer planes a corto o mediano plazo ni salidas ante las contingencias que enfrenta el Gobierno. El 2017 resolverá el dilema. Las elecciones de medio término, críticas para un gobierno sumergido en conflictos sociales, podrán devolverle algo de su sentido original o, tal vez, sepultarla para siempre.