El caminante de la Navetierra

Es ingeniero e integrante de una cooperativa que se dedica a la bioconstrucción. Referente sudamericano de las Erthships -viviendas que se hacen con materiales descartables y que se autoabastecen de electricidad, agua y gas- está a cargo de la construcción de la primera Navetierra en Mar del Plata.

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 Fotos: Jerónimo González

Juan Bachi Pilotta tiene pelo largo. Siempre está peinado de la misma manera: como si al despertar, se atara los pelos con lo primero que encuentra sin importarle demasiado las categorías “bien” y “mal” peinado. Vive en una casa que compró en uno de los barrios que rodean al Complejo de la Universidad Nacional de Mar del Plata. En la entrada, unos zapallos se animan a crecer entre pastos un poco largos. Jota, como se lo conoce, no vive en la casa de adelante porque restan hacerle varios arreglos, entre ellos, el techo. Sino en lo que antiguamente fue el quincho de la vivienda. Adaptada a las necesidades de su familia —una hija adolescente y una mujer embarazada— el monoambiente es cálido y en el patio que queda entre ambos edificios se despliega una amplia variedad de montículos de tierra, escombros y herramientas, clásicos de una casa que está en plena refacción. Hay una pila de maderas apiladas contra la pared. Son las estructuras con las que se trasladan los parabrisas de auto. Jota las recuperó de un taller mecánico porque “están buenísimas para hacer un montón de cosas”, según explica.

Esa facilidad y fascinación por ver materiales de construcción en vez de basura, es lo que hizo que este ingeniero en electrónica se convirtiera en uno de los referentes sudamericanos de las viviendas llamadas Navetierra (Earthship en inglés) que inventó el arquitecto norteamericano Michel Reynolds. Según earthship.com, el sitio oficial de la empresa que dirige Reynolds, las Navetierras son “edificios radicalmente sostenibles”. Esto significa que son casas que se autoabastecen de electricidad a través de energía solar y eólica; de agua, recolectando y almacenando la de lluvia; y de gas a través de un biodigestor. Además, tienen un sistema de refrigeración y calefacción solar, y cuentan con un vivero en el interior en donde se pueden producir alimentos durante todo el año. “La Earthship es el epítome del diseño y la construcción sostenible porque ninguna parte de la vida sostenible ha sido ignorado”, explican en el mismo sitio web.

En esta parte del continente, las Navetierras oficialmente reconocidas por Earthship Biotecture son cinco. En tres de ellas Jota participó de la construcción. Dos en la Patagonia Argentina, y una en un pequeño pueblo a 80 km de Montevideo, Uruguay, en la que además formó parte del equipo de construcción de Reynolds. Está al frente, junto a la Cooperativa Caminantes, de la primera Navetierra que desciende en Mar del Plata, más precisamente en Sierra de los Padres en un predio de 5 hectáreas y con un proyecto de la ONG Prabhupada Seva que nuclea a la congregación Hare Krishna local. Será la casa del doctor, especialista en nutrición, Nicasio Cavilla, que se dedica a la medicina natural ayurveda y que sostiene que “la salud tiene que ver con todo, incluso con dónde uno vive; y parte de una vida saludable es tener una vivienda saludable”. La casa se llama Druvaloka y, a diferencia de las Navetierras anteriores, esta fue adaptada a la economía y la cultura sudamericana y con un equipo de construcción totalmente local.

Pero no siempre Bachi Pilotta fue un bioconstructor. Tiene 44 años y hasta hace 7 atrás trabajaba para la multinacional Telefónica a la que ingresó luego de terminar sus estudios en la Universidad pública cuando se recibió como ingeniero en electrónica. Frases como “no era un laburo que iba conmigo”, “tenía el bocho re quemado de Telefónica” y “es una picadora de carne” salen de su boca mientras ceba unos mates luego de una ardua búsqueda de los dos elementos necesarios para tal intercambio: la bombilla y el mate. Abre armarios, remueve pilas de platos, mira atrás de unas botellas con salsa de tomate y algunos paquetes de galletitas. Pero nada. “Los otros días se los prestamos a los albañiles y apareció arriba del techo”. Dice mientras no deja de moverse y reírse. Finalmente, la bombilla apareció adentro de la pileta abajo de algunos utensilios de cocina recientemente lavados. Lo segundo nunca pudo encontrarlo. Desiste de su búsqueda y opta por usar una tacita, en la que cebará los mates durante la siguiente entrevista.

Los pasos del caminante. Primero: dejar la Multinacional

Juan trabaja en la Cooperativa Caminantes, una organización que formaron a principios de 2012 algunos de los integrantes de la Estación Permacultural de Mar del Plata. La Cooperativa es un grupo multidisciplinario, según su propia presentación, en el que confluyen para “la realización de actividades que aportan al bienestar y a la calidad de vida del grupo y el entorno, como alimentación, cultura, tecnologías socialmente apropiadas, educación y bioconstrucción”.

—¿Cómo fue el cambio de la ingeniería en electrónica a la construcción con barro?

—En realidad yo era un hombre bien: tenía perro, mujer y laburaba para Telefónica. Los tipos te dicen “ahora te vas a Buenos Aires, después te vas a España. Vas a ser gerente y a ganar una tonelada de guita”. Me habían armado toda una carrera. Y yo pensaba “a mí no me gusta eso”. A mí me gustaba la naturaleza y las computadoras grandes, arreglarlas, meter mano ahí. Llegó un momento en el que les planteé que no me iba a ir a Buenos Aires entonces me dijeron “cagaste”. Me entraron a cortar capacitaciones, no me daban aumento, no me daban permisos. Hasta que llegó un momento que tomé la decisión: me voy de Telefónica. Me puse en contacto con una empresa que conocía en Mar del Plata y me quedé laburando acá. Ahí empecé a ver lo que era la Permacultura porque tenía más tiempo, más libertad.

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Hasta hace algunos años atrás, el compromiso de Jota con la naturaleza pasaba por buscar libros y documentales sobre el tema. Pero recuerda con precisión la pregunta que le hizo el click. Su hija mayor, que ahora tiene 12 años, miraba un documental de Greenpeace. Interrumpió la proyección y le preguntó: “Papá, ¿Qué están haciendo?”. La respuesta fue la trampa: “Lo que hacen es para mejorar el mundo y la ecología”. “Ahh, ¿y vos qué estás haciendo para mejorar el mundo?”, repreguntó ella.

—Yo estaba sentado adelante del televisor y esa noche me dije: “No estoy haciendo una mierda”. Era nada más que hablar con amigos y tratar de convencerlos de cuidar el medio ambiente. Empecé a averiguar por la Permacultura y quién andaba en esa movida porque no conocía a nadie. Me contacté con gente del Movimiento Zeitgeist Mar del Plata, del cual algunos nos fuimos cuando consideraron que el barro no servía porque no era tecnología, y que hacer huerta tampoco servía. De ahí nos fuimos muchos y creamos la Estación Permacultural, de la cual después se desprendió la Coope Caminantes.

Segundo: juntarse con otros

—¿Qué hacían en el espacio de la Estación Permacultural?

—Nos prestaban un lugar en La Rioja y Roca. Era un espacio para probar hacer cultivos orgánicos, construir con barro, hacer estufas rocket, teníamos un calentador solar de agua. Empezamos a aprender y fue cuando me dije que esto no lo quería hacer solamente los fines de semana. Entonces me empecé a meter cada vez más y armamos la Coope entre diez que queríamos laburar de esto. Ahí dejé de trabajar como ingeniero.

—En tu formación académica en la Universidad, ¿aparecían temas relacionados a la permacultura?

—Nada. Aprendí algunas cosas por mi cuenta. No encontraba espacios, ni amigos, ni gente en común que me diera pelota con eso. Te vas sintiendo medio sólo con el manualcito que te dice lo que tenés que estudiar y de qué tenés que trabajar; y no me podía bajar de ahí porque no encontraba gente que me hiciera la segunda. Y solo la verdad es que no sirve. Lo más groso de la Estación era eso: nos encontramos un grupo de personas que teníamos ganas de aprender de lo mismo y eso es lo que te permite dar un paso. Hay amigos que me dicen que en Telefónica tenia la vaca atada y que bajé escalones. Pero hice lo más fácil: hacer lo que me gusta. Los sacrificados son los que siguen en las empresas multinacionales. Bajé escalones económicos para subir en calidad de vida. Porque aprendí a arreglarme con una guita distinta y vivo más feliz y tranquilo.

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Tercero: usar Internet como herramienta

Un desierto. Y por medio de él un hombre blanco, de canas y pelo largo cruza las áridas tierras en una moto cross que luego se sabrá que hizo andar reutilizando aceite de cocina. Tiene unos 60 años, es flaco y usa anteojos de sol. Se trata de Mike Reynolds. Y el lugar es Taos, Nuevo México, en donde vive en la primera Navetierra que construyó: su casa. Alrededor, hay otras viviendas similares que ayudó a levantar en lo que fue la primera comunidad que fundó en 1990 y que se llama “La Gran Comunidad del Mundo”. Tierras comunitarias, subdivididas, en un lugar en donde en apariencia sólo hay eso: tierra. Ni agua, ni frutos, ni pasto ni animales. Pero que, después de 30 años de investigaciones, pruebas y luchas legales, demostró ser un espacio con infinitas posibilidades porque hay sol, viento, lluvia y basura para reciclar. Las imágenes pertenecen al documental “Guerrero de la Basura” que se estrenó en 2007 luego de que se convirtiera en un referente mundial del movimiento ambientalista. No sólo por la innovación de sus investigaciones, sino porque junto a su equipo viajó a ciudades totalmente arrasados por catástrofes naturales, como las Islas Andaman (India) o New Orleands (EE.UU), donde las Navetierras surgieron como una respuesta posible y efectiva para millones de familias que habían perdido todo.

En el desierto de Nuevo México, ese lugar que parecía muerto, Reynolds pudo desarrollar los modelos de Earthship que existen y que reúnen seis características fundamentales: -Construcción con materiales naturales y reciclados. -Colección y almacenamiento de agua de lluvia. -Calefacción y refrigeración con masa térmica y sol. – Producción de alimentos. -Tratamiento de aguas grises y negras. – Electricidad fotovoltáica y eólica.

Y si bien cada Navetierra es única en su estética, se podría resumir en dos modelos: el “Global Model” que es el más grande y completo en todas sus funcionalidades y cuesta unos 300 mil dólares; y el último modelo que desarrolló Reynolds que es el “Simple Survival” que cuesta unos 15 mil dólares. Ese modelo fue el que se usó en la primera Navetierra de Argentina, la de Usuahia; y la octava que se hizo en el mundo desde que se diseñó. Lo interesante, es que esta versión más económica fue pensada luego de que Reynolds y su equipo de constructores identificaran que sólo el 20% de la población mundial podría acceder a construir el “Global Model” por sus costos.

—¿Cuál fue el primer contacto con la obra de Reynolds?

—Veía que estaba todo mal y me propuse buscar gente que estuviera haciendo cosas buenas. Entonces apareció el documental “El Guerrero de la Basura”. Y me copé con las Navetierras. El tipo había publicado tres libros, los compré y los empezamos a traducir. Esos libros están en castellano porque un montón de gente se anotó voluntariamente en una página que armé.

—¿Cómo fue ese proceso?

—Mi laburo era sistemas así que armé una página que llamé navetierramdq. Escanié los libros y los subí gratis a la web y puse “queremos traducir estos libros al castellano para que esta información llegue en español. El que quiera me escribe”. Ahí me contactó un chico de Chascomús y me dijo que él se podía encargar de contactar a los voluntarios, repartir los libros por capítulos, mandárselos. Después nos lo devolvían por mail y nosotros lo compaginábamos. Le mandé un mail a Reynols y le dije “mirá, tu libro está re bueno. Me parece que esto hay que compartirlo. Lo voy a subir gratis a la web”. Nunca me contestó. Cuando lo conocí, la secretaria se reía porque se acordaba de ese mail.

 —¿Y esos libros se conseguían en Mar del Plata?

—No, los compré en Amazon; me tardaron como dos meses. Eran libros baratos. Pero estaban en inglés y no podíamos compartir la información. Después de un año y medio de laburo voluntario tuvimos los tres libros, los subimos y tuvieron un montón de descargas. Hasta el día de hoy hay gente que me escribe y me dice “gracias”. Con esos libros te podés hacer una Navetierra.

Oficialmente reconocida por Earthship Biotecture, la primera Navetierra que se construyó en Argentina fue la de Usuahia. Un proyecto que impulsó el actor Mariano Torres y que fue financiado por la Gobernación de Tierra del Fuego y la Municipalidad. En esta Navetierra el Estado puso el terreno, los materiales y herramientas y Reynolds dictó un taller teórico-práctico de un mes, con un costo de 1500 dólares, junto a su equipo de 10 constructores, del que participaron 70 personas de todo el mundo.

Actualmente esa Navetierra tiene una función pública. Puede ser visitada por turistas y colegios y es un espacio de difusión de buenas prácticas con el medio ambiente. Durante su construcción, Mariano Torres junto a su mujer, la cantante y actriz Elena Roger, filmaron el documental “Navetierra. Un nuevo mundo en el fin del mundo”.

—¿Cómo llegaste a participar de Usuahia?

—Un día me llama un flaco, Mariano Torres, que me pregunta si puede pasar por la Estación porque quiere hacer una Navetierra. Era un actor, pero yo la televisión la había apagado hacía seis años y no tenía ni idea. El flaco me dice que vio la página y que quiere hacer una en Usuahia y que si lo ayudaba. Armamos un proyecto para presentar en la Municipalidad; y él, como es famoso y nativo de ahí, tenía toda la palanca. Entonces, al año ya lo había traído a Reynolds a dar una charla. Me dijo que fuera al curso porque me becaban y me iba a encargar de la instalación de paneles solares. Ahí fue el primer contacto que tuve con Reynols y donde aprendí con su equipo a armar toda una Navetierra.

—¿Cómo fue trabajar con Reynolds?

—El tipo tiene 70 años y empieza a laburar a la 7 de la mañana con la pala y el pico. Entonces es como que perdés esa idolatría porque lo tenés laburando al lado tuyo. Sí aproveché para preguntarle todo lo que se me ocurría. Y también a su equipo. Porque tiene gente zarpada que la hizo de abajo. La verdad es que no se la cree, te va a decir lo que sabe.

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De esa experiencia, Jota escribió una “Bitácora de la NaveElefanta, construcción de la Earthship de Ushuaia”, un relato detallado, día por día, de su primera experiencia con la Navetierra que se puede descargar de su página web.

Después de Usuahia, Jota participó, en El Bolsón, de la construcción de la segunda Navetierra en Argentina. Un emprendimiento privado y en el que fue contratado por los dueños para hacer la instalación eléctrica. Y, un año más tarde, lo llamaron por teléfono y le dijeron que cruzara el Río de la Plata y en tierra charrúa formara parte del equipo de Reynolds para construir la primera escuela 100% autosustentable de Latinoamérica.

El pueblo se llama Jaureguiberry, tiene 500 habitantes y está a 80 km de la capital de Uruguay. A diferencia de Usuahia, el financiamiento fue de una empresa y el Estado facilitó las herramientas y el terreno, además de declarar de interés la actividad. Toda la gestión estuvo a cargo de la ONG Tagma integrada por un grupo de amigos que desde hacía 4 años estaban detrás de la posibilidad de construir una Navetierra después de haber visto el mismo documental que Jota.

El último paso: el proyecto local

Cuando Jota armó el sitio web desde el que se tradujeron los libros de Reynolds, tenía como fin armar una Navetierra en Mar del Plata. Conseguir la tierra, los materiales y construirla con mano de obra voluntaria. “Ese es el proyecto que todavía no pudimos hacer. Un lugar que después sea un museo de la construcción en barro, del reciclado. Un espacio para ser visitado por escuelas en donde se puedan dar charlas sobre el tema. Es un proyecto previo a la Cooperativa y a la Estación Permacultural. Es un proyecto más altruista, aunque todavía no pudimos hacer nada”.

Como otros, el doctor Nicasio Cavilla también se vio identificado con el documental de Reynolds. Buscó en internet y vio una nota que le hicieron a Jota. “Es un laburo de un cliente para la Cooperativa que quiere una casa, en este caso, una Navetierra. Un emprendimiento privado”.

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—¿Por qué decidieron hacer la Druvaloka con la misma modalidad de taller que Reynolds?

—Fue una manera de difundir y de financiar. Es una forma de intercambio. Con el taller no se gana plata, se cubren los gastos y se construye a una velocidad mucho más rápida. Participaron 25 personas que vinieron de Tucumán, Córdoba, Trelew, Rio Colorado, Neuquén, Balcarce, Mar del Plata y México.

—En concreto, ¿qué significó adaptar la Navetierra al presupuesto Latinoamericano?

—Por ejemplo, Reynolds utiliza un aislante que es como un tergopol pero más duro. Cada plancha cuesta 850 mangos. Nosotros lo reemplazamos con ladrillos pet (botellas llenas de material reciclado) y palets. Cero pesos y aísla casi lo mismo. El techo vivo, que es poner pasto en el techo, Reynols no lo utiliza porque vive en el desierto e intenta capturar todo el agua de lluvia que pueda. Acá en Sierra de los Padres no necesitamos eso, entonces vamos a captar con el techo del invernadero pero la parte de las cúpulas las hacemos con pasto y en eso ahorramos muchísima guita y tiempo. La de Usuahia costo 85 mil dólares, la de El Bolsón 90 mil dólares y esta va a terminar costando 20 mil dólares, el mismo tamaño hecho de distintas maneras.

—¿Y en cuanto a las energía renovables?

—Lo que no se instalaron son los paneles solares que valen como 40 mil pesos. Va a tener uno sólo para hacer funcionar una bomba de agua. Después tiene el pilar de luz enfrente. Le dejamos el lugar preparado por si el día de mañana quiere poner todos los paneles y pegarle un hachazo al cable. Pero si tenés el pilar de la luz y no tenés la plata, enchufate a la red. Hay agua de pozo que está buenísima y que usa toda la comunidad. Para qué vamos a hacer un techo gigante de cemento para colectar agua de lluvia si tenemos agua buena; y para potabilizar el agua de lluvia se usan unos filtros de cerámica y todo un aparato que cuesta mucho.

El caminante de la Navetierra sigue su andar. Ahora va hacia el desierto de Atacama, Región de Iquique en Chile. Desde allí lo llamaron para acompañar la construcción de “Pachakuti, la Navetierra del Desierto”. Jota publicó en su Facebook: “La Nave te da sorpresas… Sorpresas te da la tierra… Y así sin pensarlo te pasa que un día te contactan desde ahí y te dicen si te animas al ir al clima desértico de Atakama a planificar una Navetierra. Wikipedia dice que es el desierto más árido y seco del mundo, llueve 1 mm cada 15 años, y hay sectores con 400 años sin recibir lluvia. Es además el mejor lugar del planeta para observar el cielo. Dicen que lo único que crece por ahí es un árbol llamado Tamarugo, yo creo que también pueden crecer las Navetierras”.

 

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