La mirada del Camarón

Una cámara gigante recorre los barrios de Rosario. Propone ver las cosas de otro modo: el mundo patas para arriba. Una experiencia de los sentidos que deja marcas en la memoria: fotos con decenas de ojos que miran, exponen, revelan, fijan. Crónica sobre fotografías y futuros construidos colectivamente.

La mirada del CamaronFotos: Romina Elvira

No hay luz.

Adentro es la oscuridad total. Una voz dice pasen, dice vayan ubicándose por acá, vayan mirando para este lado. Nadie sabe bien cuál es este lado. Menos la vista, el resto de los sentidos se agolpan sobre los cuerpos para tratar de ver. Se pueden sentir las demás personas cerca, por eso todos nos refugiamos en el contacto colectivo, anónimo. Ahora la voz que invitó a pasar prende una lucesita roja casi tenue que permite ver apenas.

—¿Saben dónde estamos y qué vamos a hacer acá?

Una voz de niño de no más de 5 años responde: En una cámara de fotos.

—Bien, estamos adentro de una cámara. ¿Y qué vamos a hacer?

—Sacar una foto.

—Eso. Vamos a sacar una foto enorme desde adentro de una cámara.

Todos siguen la conversación, pero nadie entiende aún qué está pasando ahí adentro, donde no hay luz, donde todo es oscuridad.

Afuera, mientras el cielo de junio regala un sol perfecto, otro grupo de personas espera con ansiedad. Son vecinos del barrio popular Nuevo Alberdi de la ciudad de Rosario, Argentina. Todos quieren entrar a eso que —según dicen— es una cámara gigante.

Adentro, los iris se van acomodando a la oscuridad, pero siguen sin ver demasiado.

—¿Quieren ver la imagen que vamos a tomar?

Todos dicen sí, y la voz pronuncia su abracadabra: “Voy a abrir este agujerito que se llama estenopo”. Y abre el agujerito.

Entonces se hace la luz.

Los rayos desde afuera cruzan el orificio y se proyectan con delicadeza en una de las paredes interiores de la cámara gigante. Y donde todo era oscuridad, hay ahora una imagen proyectada que eriza la piel, como si todos viéramos por primera vez, como si asistiéramos al nacimiento de algo; y por un instante nos quedamos sin palabras, en un silencio ingenuo, infantil.

No hay mecánica, no hay dispositivos digitales, no hay truco: sólo la luz y un agujerito.

De nuevo la voz:

—¿A dónde guardamos las imágenes de una cámara digital o de un celular?

—En la memoria —dice alguien.

—Bien. Nosotros, como sólo tenemos la luz, vamos a usar papel sensible, fotográfico. Pero la intención es la misma, guardar la imagen.

Puede ser.

Pero el nene tiene razón: es en la memoria.

La mirada del Camaron 2

La primera vez

—Es muy raro lo que pasa ahí adentro. La imagen está como suspendida en el aire. No tiene nada que ver con una foto, tampoco con un video. Está ahí, como flotando, viva… Y pasa algo raro con el tiempo. Es poesía, loco.

El que habla es Germán Aponosovich, un fotógrafo y realizador audiovisual de 43 años que está sentado en el asiento del acompañante del auto —es un guía turístico desganado. “Ese es el parque independencia”, dice. “Aquel es el museo de arte contemporáneo”, dirá después. “El río”, “El puente”, las cosas.

Hasta que habla del Camarón y de los barrios en donde intervienen. Entonces son diferentes, las cosas.

—Una ciudad somos todos. No son solamente las construcciones. Somos las personas también. Hay una cuestión de cómo se muestran ciertos protagonismos. Acá en Rosario el protagonismo es de esas torres, del río, de la costanera. El imaginario de qué es la ciudad se puede construir a partir de ahí. Uno puede decir: Rosario es pujante, lujosa, vanguardista. Pero también hay otra ciudad. Camarón lo que trata es de dar una posibilidad de representación y de voz en un plano de mayor igualdad. Tratamos de representar una ciudad como es, en su totalidad. Para que todos podamos decir: estos son nuestros lugares y esto somos nosotros.

Hace cuatro años, en la terraza de Germán, empezó todo. La historia es como una foto del Camarón, hecha de pedazos que van aportando entre muchos. Para todos era febrero, para todos era lo del Apo. Para él tomaban mates, y era de tarde. Para Virginia eran brochets a la parrilla, una noche de mucho calor. Para Soledad, tomaban un porrón —que en rosarino quiere decir cerveza— frío. De esos retazos se construye la escena, aunque la conversación fue para los tres la misma.

—¿Hay algún proyecto que nunca pudiste hacer? —preguntaron a Germán.

—Si. Una cámara estenopeica gigante donde la gente se pueda meter adentro y sacar una foto.

Soledad y Virginia abrieron los ojos. Grandes.

La idea no era nueva. Y el Apo dice que no fue de él. O que sí fue de él. O que fue de alguno de sus amigos. El recuerdo es difuso. Otra vez la imagen colectiva.

Al parecer la génesis fue en charlas informales entre concubinos. Germán vivía con dos amigos. Él ya era fotógrafo, Luciano también hacía fotos y Mariano era escritor. En alguna sobremesa con ellos surgió algo parecido a una idea de una cámara gigante. Pero no pasó de eso, ideas vagas de gente fumando.

Después Germán escribió el proyecto, lo presentó a la Municipalidad de Rosario, pero no prendió. Más tarde, trabajando en un proyecto provincial llamado “El foquito” —con el que recorrió durante dos años casi todos los pueblos más alejados de la provincia de Santa Fé— volvió a pensar en aquella idea. El foquito intervenía el espacio público en lugares a los que nunca les llegaba nada, con actividades participativas vinculadas a la comunicación, la fotografía y el video. Germán insistió con su proyecto, pensando que quizás, la cámara gigante podía integrarse al programa. Pero el gobierno tampoco se lo aceptó.

Un intento más lo llevaría a presentar la idea en un grupo independiente llamado “La colectiva”, que organizaba muestras de fotografías anuales bajo el espíritu de la autonomía y la horizontalidad que todavía se respiraba en el aire, luego de la crisis política argentina del 2001. Pero tampoco llegó a concretarse.

Así, la difusa idea de una cámara de gran tamaño se acercaba y se alejaba, aparecía y desaparecía. Esperaba su momento.

Soledad y Virginia seguían mirando con los ojos abiertos. Una de las dos dijo lo que los tres pensaban: vamos a hacerlo.

Después fue cuestión de convocar al grupo que naturalmente se había formado en la clínica fotográfica del artista Norberto Puzzolo. Ahí, sin saberlo, habían construido el colectivo que pronto sería Camarón.

Cuatro años más acá de aquella charla en la terraza es de noche. La víspera de una nueva intervención de Camarón que —aunque todavía no lo saben— se va a suspender por una lluvia copiosa e inoportuna. Comen pizza y toman vino, mientras dos compañeros de Camarón se trenzan en una discusión sobre si conviene o no hacer una cobertura de Instagram durante la intervención del día siguiente: que se puede construir vínculo con los más jóvenes subiendo fotos al instante, que quién va a ser el receptor de esas imágenes, que por qué tenemos que subirnos a la dinámica del inmediatismo de las redes, que por qué no. El intercambio no dura ni un vino, y en la noche se tomarán seis, pero aunque ninguno parece muy convencido, no les cuesta ponerse de acuerdo y avanzar sobre el consenso.

Andrés Macera —uno de los contendientes en el debate— tiene 37 años, es canoso, seguro. Casi siempre está sonriendo, y casi siempre está concentrado en que las cosas salgan bien. Fuera de Camarón, es reportero gráfico de Rosario/12 —el suplemento rosarino del diario Página/12— e integra la cooperativa La masa, una “fábrica de comunicación autogestionada” que edita el periódico semanal El Eslabón.

Para Andrés, antes del proyecto, ya había algo entre ellos.

—La primera vez que hablamos del tema no hablamos del Camarón sino de la necesidad de hacer algo grupal, algo colectivo.

Ese grupo, que todavía no era lo que sería, estaba formado por los cinco que cursaban la clínica fotográfica en el estudio de Puzzolo, esa leyenda rosarina: Germán Aponosovich, Soledad Fontana, Virginia Mazza, Andrés Macera y Santiago Rocca. La afinidad era evidente, tanto ideológica como afectiva, y la tradujeron de inmediato en ganas de hacer algo juntos.

Rosario Arde

Es 12 de julio de 1968. La dictadura del general Juan Carlos Onganía despierta resistencias en todos los sectores: obreros, estudiantiles, intelectuales, artísticos.

Jorge Romero Brest, director del Centro de Artes Visuales del Instituto Di Tella, está dictando una conferencia en una de las salas de Amigos del Arte de la ciudad de Rosario. Súbitamente, la luz se corta y un grupo de ocho hombres y dos mujeres toman la sala. Tres de ellos leen a oscuras su proclama: “(…) declaramos que la vida del Che Guevara y la acción de los estudiantes franceses son obras de arte mayores que la mayoría de las paparruchadas colgadas en los miles de museos del mundo. Aspiramos a transformar cada pedazo de la realidad en un objeto artístico que se vuelva sobre la conciencia del mundo revelando las contradicciones íntimas de esta sociedad de clases…”.

Cada integrante del grupo de artistas que realizan la acción tiene una tarea asignada: alguien llevó a Brest al fondo, otros se colocaron delante del público, otros corean consignas. El joven que previamente cortó la luz de todo el lugar tiene apenas 20 años, todavía no es fotógrafo, ni artista, ni una leyenda rosarina. Pero ya se llama Norberto Puzzolo.

Durante esos meses, con el mismo espíritu de esta acción, Puzzolo y sus compañeros trabajan en conjunto con integrantes de la vanguardia de Buenos Aires (León Ferrari, Roberto Jacoby, Pablo Suárez, entre otros) para embarcarse en la gestación de Tucumán Arde. La idea toma forma en el I Encuentro de Arte de Vanguardia, en donde se debaten los términos de la “nueva estética”, el paso de la obra a la acción y la forma de disolver las fronteras entre acción artística y acción política. La propuesta: impulsar una obra colectiva por fuera de los espacios institucionales del arte, centrada en alguno de los puntos del Programa de Emergencia de la CGT de los Argentinos, la central obrera opositora a la dictadura de Onganía, redactado en mayo de ese año por Rodolfo Walsh. Eligen denunciar la crisis tucumana, el foco de conflicto social más grave del país.

La intervención involucra a varias decenas de artistas y no artistas en un trabajo colaborativo de investigación y divulgación de las condiciones de vida de la población.

El joven Puzzolo agarra una cámara de fotos y se sube al tren de la historia, con destino a Tucumán.

—En Tucumán Arde no aprendí fotografía, sino que usé la fotografía. La fotografía era una herramienta más, y el que fotografiaba no lo hacía como artista. Todos los que fuimos a Tucumán fuimos con otra intención: el que llevaba grabador no era periodista ni reportero, el que iba con la cámara de filmación no era cineasta sino alguien que enfocaba. Por eso las fotos que tomé en Tucumán con la camarita Voigtländer que me prestaron son fotos sacadas por una persona que no era (aún) fotógrafo.

Ahora Puzzolo tiene 68 años y está sentado en el escritorio que tiene en el entrepiso de su estudio —enorme, prolijo, antiguo, vivo. A los pies de la escalera hay un cuadro colgado con un dibujo de Inodoro Pereyra y una leyenda a mano alzada que dice: “Inodoro Pereyra posando para Norberto Puzzolo”, la firma al pie es de Roberto Fontanarrosa. En el set del estudio hay unas fotos gigantes enmarcadas: una serie de retratos en tamaño real de obreros de la construcción mientras realizan un lujoso edificio de Rosario. La obra se llama “La casa de los otros”.

En el lugar también hay una mesa larguísima y 20 personas comiendo guiso de lentejas —cocinado por el Apo— y vino tinto: el cierre de una jornada especial, en la que Camarón inauguró un ciclo de charlas llamado “Post Data: Comunicación, Autogestión, Política y Territorio”.

Pero Puzzolo está arriba dispuesto a charlar un rato, sentado en su oficina, con un vaso de vino en el escritorio. Detrás de su pelo y barba entrecana se lo ve contento, vital. Es, como él mismo dirá, un pibe disfrazado de viejo.

Su retrospectiva —un libraco grande y tapa dura— que está en la biblioteca, da cuenta de que Puzzolo no dejó de hacer obra en todos estos años. También de que, además de participar del Tucumán Arde, fue —en los años 70— reportero gráfico de los diarios Noticias y El Mundo, impulsados por Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo, respectivamente.

Antes de empezar a hablar hace una aclaración tajante:

—Yo no participé en nada. No tengo ningún mérito en relación a Camarón.

Pero miente. Algún mérito tuvo. Algo del espíritu de Puzzolo, de su historia y trayectoria, flotaba alrededor del grupo que asistía semanalmente a su Taller en el que, según él dice, sólo buscaba trasmitir “deseo de hacer”.

—Yo estuve huérfano, y sigo estando huérfano, porque todos mis comienzos, desde los 16 o 17 años, fueron en grupo. Y trabajar solo me costó horrores. Fue parte de las consecuencias del golpe militar. O estabas solo y sobrevivías o te morías. Lo interesante de ellos es el trabajo social que hacen, y me parece importante porque hay una ideología detrás. Que el Camarón meta a la gente del barrio adentro de una cámara; la reunión que hace de eso, el sentido de grupo que construye con gente trabajando en una misma idea… Para algunos puede parecer pequeño, pero es tan grande. Estás haciendo algo que parece imposible: estás adentro de una cámara. Es sobrecogedor.

Exponer

Es domingo 18 de junio de 2016. Un sorpresivo sol maravilla a los habitantes de Nueva Alberdi que se van acercando a esa carpa blanca de dos metros por cuatro. Algunos vecinos lo confunden con un centro de vacunación móvil, aunque afuera tenga una inscripción grande en letras celestes que dice “Camarón”.

Adentro de la cámara transpiran Santiago, Sonia y Laura: ajustan detalles, esperan a los curiosos. Laura Pastorino y Sonia Bossio se sumaron con el Camarón andando, pero ya son parte del proyecto.

Afuera, Andrés está ordenando la fila de gente que quiere entrar a participar de la fotografía colectiva.

—¿Saben qué vamos a hacer adentro?

—Ver todo al revés —dice un vecino al que le soplaron mal.

—Y capaz que sí, eh —responde Andrés—, capaz que vemos todo al revés.

Es cierto. La imagen que proyecta el estenopo en la pared interna del Camarón se ve al revés. La realidad patas para arriba. Pero la imagen es perfecta, y los vecinos, al salir, dicen que nunca vieron al barrio así. Que, adentro de la cámara —en la imagen proyectada—, “el barrio se ve más lindo”. Parece que las cosas dadas vuelta se ven mejor.

La foto que resultará de la intervención es ese recorte de la realidad, lo que se puede ver adentro del Camarón. Ese lugar conocido, pero “más lindo”.

—Documento —dice Andrés sin vacilar—. Yo creo que es más documento que arte lo que hacemos. Pero lo que más busca Camarón es generar vínculos. La intención inicial tenía que ver con cambiar el vínculo de las personas con la fotografía. Pero eso fue un germen de algo que después se fue agrandando y se transformó en generar vínculos en un montón de otros sentidos.

Ahora sale un grito desde adentro de la cámara.

—¡Vamos a exponer!

Exponer quiere decir: dejar que la imagen, que se proyecta a través del agujero, deje su huella en los papeles sensibles que están pegados contra una pared interna de la cámara.

Cada persona que entra elige, ayudado por una cuadrícula, un pedazo de la imagen en donde colocará un papel fotográfico de 13 x 18 con la esperanza de que allí se pueda guardar un pedazo de la imagen.

—¡Vamos a exponer!

La intención del grito alertador es que nadie se cruce por delante del agujero durante la toma: el breve lapso de tiempo en que se abrirá el estenopo para que pase la luz y deje su marca en los papeles sensibles. La exposición dura unos doce segundos —dependiendo de la luz que haya afuera—, y el conteo lo hacen en coro todos los que están adentro.

—¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! ¡Cuatro! ¡Cinco!…

Adentro del Camarón, pasados los 12 segundos, Virginia —la boca y los ojos grandes, la sonrisa permanente— cierra el agujero/estenopo con su tapa.

Otra vez en la penumbra, explica:

—Listo. Ya la luz hizo su trabajo.

Lo que nadie comprende es por qué —si la foto ya fue tomada— los papeles sigue en blanco.

—La imagen ya está acá —insiste Virginia—, sólo que todavía no la vemos.

En breve, usando el laboratorio fotográfico que hay en una mesa dentro del mismo Camarón, veremos cómo los líquidos revelan la imagen en el papel y la fijan en él para siempre. Entonces sí, podremos visualizar la foto tomada, o por lo menos su negativo.

Virginia tenía razón: la imagen estaba ahí, aún cuando no la viésemos. Algo parecido a lo que hacen los proyectos prefigurativos: nos muestran futuros posibles, aunque todavía no sean presente.

Revelar

—Hace un año trabajaba como arquitecta independiente. Camarón era mi militancia: intervenir el espacio público, resignificar la cuestión de lo urbano. Pero durante 10 horas por día yo me dedicaba a diseñar un baño.

Soledad ya no diseña “la casa de los otros”. Ahora, además de ser una integrante más de Camarón, es asesora del bloque de concejales de Ciudad Futura, el partido político que fundaron movimientos sociales de Rosario y que fue la sorpresa de las últimas elecciones: sacaron el 16% de los votos, accediendo a tres bancas en el Concejo Deliberante de la ciudad.

A esta organización de nombre gramsciano, el periodista Sergio Ciancaglini, en la revista Mu, la describió así: “…extraño partido de Rosario que nació, entre otras cosas, de un tambo en extinción, de movimientos sociales criados en paradójica oposición a los partidos políticos, y del conflicto por tierras en las periferias urbanas para evitar un destino de lápida: convertirse en barrios privados. Nació también del tema narco en los barrios más pobres, intentando quebrar otro destino fluido para adolescentes y jóvenes: ser soldaditos del mercado transa-policial como principal pronóstico de vida. O de muerte”.

Soledad, por su formación profesional, cumplió un papel importante en el diseño y armado de la cámara, en su materialidad. Ahora sonríe y achina sus ojos negros cuando lo hace, como una niña que se acuerda de una travesura. Todos los sábados —recuerda sin perder el gesto— se juntaban en la casa de una compañera en Roldan e iban trabajando la estructura. Luego de un fallido primer intento —la lona no era opaca, y el Camarón fue por un rato un teatro de sombras— lograron armarlo por primera vez. No contaban aún con la estructura del estenopo, así que —la ansiedad pudo con ellos— abrieron un agujero de la carpa con una trincheta. Estaban en una terraza, eran varios de ellos y vieron por primera vez, luego de seis meses imaginando qué pasaría, la imagen exterior proyectada adentro.

—Yo flashé. Es medio tonto decirlo así, pero a mi me alucinó. Y siempre me alucina verlo, ver las personas dadas vueltas, ver los movimientos. En esas primeras imágenes estaba la perra de una compañera que iba y se rascaba, y vos la veías rascándose en el techo. Fueron horas ahí adentro mirando esa imagen.

La mirada del Camaron 5

El espacio

Cuando se llega a Rosario, una de las primeras cosas que se ven son tres edificios de esos que se ganaron el derecho a ser llamados rascacielos. Monumentos a la virilidad propietaria, tres falos neoliberales se elevan brutamente por sobre todo lo demás.

El miércoles 21 de octubre de 2015 toda la ciudad de Rosario quedó a oscuras por un apagón. Sin embargo, las tres torres de Puerto Norte, contra toda lógica, irradiaban una luz de ensueño, exclusiva, tan suya.

“El futuro de la ciudad mira hacia Puerto Norte. (…). Somos desarrolladores comprometidos con el futuro de las ciudades. Nuestra tarea comienza buscando el mejor lugar y no se detiene hasta transformarlo en un lugar mejor. (…). Inspirado en el modelo desarrollado con éxito en Puerto Madero Buenos Aires, Puerto Norte Rosario impulsará la transformación de antiguas zonas de muelles y terminales portuarias en modernos espacios urbanos de alta gama”.

Así presenta su proyecto inmobiliario la firma que, con inteligencia empresarial —y alguna ayudita estatal—, sorteó una particularidad del urbanismo rosarino: en 2010 Rosario aprobó una ordenanza sin antecedentes en el mundo que prohíbe la construcción de nuevos barrios privados. Esto puso freno a una forma de concebir la ciudad que ha tenido un desarrollo desmesurado en las periferias urbanas de Argentina y el mundo. Por eso, quizás, los ojos de la especulación inmobiliaria ya no están puestos en la periferia, sino en el centro, en el puerto, en las proximidades del río Paraná.

Pero sucede que el modelo neoliberal ha sido más eficaz en el marketing que en la realidad. Y así como ahora promete “una nueva forma de vivir Rosario” y entusiasma con su lema “Lo imposible se consigue en cuotas”, en los años noventa prometió riqueza y derrame, pero en cambio repartió desocupación y pobreza. Y crisis. En la volteada, remató todo lo que debía pertenecer al Estado. Los ferrocarriles, por ejemplo. Esos que llegaban a la Estación Nuevo Alberdi en la periferia rosarina y daban movimiento al barrio, trabajo a sus vecinos, vida al comercio, actividad a esa zona de la ciudad. En contraste con Parque Norte, hoy Nuevo Alberdi no es lo que era, pero su gente siguen dando pelea.

Fernanda Rovea lo sabe. Ahora camina por la calle de tierra, esquiva a un perro que duerme despatarrado y saluda a cada vecino que se va cruzando. Es docente y una de las responsables de la Escuela del Territorio Insurgente Camino Andado (Ética) que impulsa Ciudad Futura en el barrio. La institución de gestión social ofrece jardín, primario y secundario a 150 niños, niñas, jóvenes y adultos que antes tenían que irse de su barrio si querían estudiar. Lo hace, además, con 45 docentes que trabajan ad honorem. Camarón propuso a la Ética trabajar en conjunto la intervención en Nuevo Alberdi.

—A partir de la propuesta de Camarón empezamos a trabajar sobre el barrio, los chicos sacaron fotos y se empezaron a plantear la idea de recuperar la historia de su lugar, incluso pensando qué cosas del barrio les gustan y cuáles no, y sobre todo qué cosas querrían cambiar.

Germán fue uno de los que charlaron con los chicos. Está acostumbrado, trabaja hace muchos años en la Escuela de Experimentación en Cine y Fotografía del Programa Ceroveinticinco de la Secretaría de Cultura y Educación de la Municipalidad de Rosario. Desde allí, impulsa talleres de fotografía en distintos barrios populares y edita anualmente un libro con los resultados del trabajo de los chicos, la colección Destellos.

En la Ética, Germán intentó explicar una aproximación a lo que harían en la intervención del domingo.

—El lugar que elegimos es determinante. Se trata de poder establecer un contacto, un vínculo. Si bien es un dispositivo que está pensado para intervenir cualquier espacio público, hay una profundidad en el trabajo, más enriquecedor y más vital, cuando trabajamos en conexión con otras organizaciones.

Para Virginia —que también es comunicadora social—, además del vínculo, las intervenciones ayudan a resignificar la mirada que se construye mediáticamente sobre algunos sectores de la ciudad.

—Muchas veces Nuevo Alberdi u otros barrios están retratados de otra manera en los medios hegemónicos, en los diarios, las radios. Este barrio por ejemplo es conocido por tener conflictos narco. Entonces decimos no: se puede salir a la calle, se puede estar un domingo al mediodía, a la tarde, armar una foto y pensar en el barrio como un lugar productivo, no de violencia sino de arte, de fotografía, de encuentro.

Magia

Un día Andrés preguntó a la fotógrafa Laura Pastorino —con quien había trabajado en algunos proyectos independientes— si quería hacer el registro de una intervención de Camarón. Laura dijo sí a la primera, luego sí a la segunda y luego ya no se fue más. No esperaba encontrarse con magia.

—Para mi es mágico el momento de entrar ahí y ver la imagen tan real, tan nítida… es increíble. Si te ponés a pensarlo, más allá de las cuestiones físicas y químicas que son así y no se modifican (porque la luz viaja en línea recta y cuando pasa a través de un orificio se proyecta del otro lado invertida, etc, etc), más allá de esa explicación, no deja de ser algo mágico.

Parece que la magia de Camarón interviene la física y la química. Las modifica.

Fijar

Es octubre de 2014 y hace calor en San Miguel de Tucumán. En el marco de la Sexta Bienal Argentina de Fotografía Documental, Camarón realiza una intervención junto al Espacio Cultural Don Bosco. Entonces los vecinos, la curiosidad, la fila, la entrada a la cámara en penumbras.

Lo de siempre, hasta que una tucumana rompe la oscuridad.

—Esto me recuerda al lugar en el que me encerraban de chica en el orfanato.

Lo dice como si se pudiera hacer callar al silencio.

El Camarón y su oscuridad develan cosas.

Años más acá, de vuelta en un barrio rosarino, unos pibes se agarran a las piñas. Pasada la pelea, la curiosidad puede con algunos de ellos, que entonces hacen la fila, atraviesan la penumbra, entran a la cámara. Las piñas desde afuera no tardan en llegar. Golpean la lona y la estructura de tal forma que mueven el Camarón y modifican el encuadre. La pequeña gresca quedará retratada en el movimiento de la foto final.

Otra tarde, de esas que propician cercanías, dos adolescentes del barrio Ludueña aprovechan la oscuridad del Camarón para besarse por primera vez.

Parece que de eso se construye una mirada. De pequeñas historias en una cámara gigante que insiste en una diáfana búsqueda: construir imágenes latentes que se revelan, futuros prefigurados, vínculos, memoria, historia común.

Ahora otra vez esa voz colectiva hace sonar su campana imaginaria, la tarde por fin se pierde y el sol cae brumoso sobre los barrios de Rosario.

Vamos a exponer.

 

La mirada del Camaron
Fotografía colectiva realizada por 60 personas en barrio Nuevo Alberdi, Rosario. 55 fragmentos de 13 x 18 cm.