Loco como una cabra

A los doce años era obrero metalúrgico y a los dieciocho artista callejero, pero no con la intención de tener un hobbie, sino un trabajo estable y digno. Después formó Las Manos de Filippi y el rock argentino tuvo que escuchar lo que tenía para decir. Cuando canta El Cabra, el mundo pide a gritos un cambio.

Loco como una cabra portada

 Fotos: Esteban Ferreyro

El oficial ni siquiera despegó la mirada de los pasaportes. Hizo una seña con la cabeza y otro hombre, vestido con uniforme, botas y gorra verde oliva, los llevó hasta una habitación sin ventanas.

—Quédense acá les dijo y cerró la puerta.

El hombre se quedó con sus documentos. Ellos se reían. Siempre se ríen. Aunque sabían que la Argentina no tenía embajada en Honduras, estaban acompañados por dirigentes de la Federación Universitaria de Buenos Aires y por una delegación de Madres de Playa de Mayo. De alguna manera, era una contención frente a cualquier intento de abuso del flamante gobierno de facto. Tegucigalpa era tierra caliente. En la selva se escuchaban tiros. Eran las armas de los pobres. Los gritos del latino.

Estaban ahí.

Los dejaron ir después de un interrogatorio que duró poco menos de una hora. Afuera, los recibieron los organizadores del festival Voces contra el Golpe, Honduras date color cantando, que iba a tener lugar en una universidad pública, todavía no se sabía bien cuál. Por supuesto que no tenían autorización, pero ya estaban barajando unas cuantas opciones.

—Manténganse en los asientos y estén atentos por favor —les dijeron cuando entraron al colectivo que los llevaba al hostel—. Hay francotiradores en casi todas las calles céntricas.

Esa noche Las Manos de Filippi tocó para cien mil personas en un predio al lado de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. También estuvieron Proyecto Gritón, Conection of the South Town, Perrozompopo y Plomo. “Fue uno de los shows más emocionantes de nuestra carrera —recuerda el Cabra— ver toda esa gente amontonada a pesar de que había toque de queda. Nunca vi una cosa igual en mi vida. Estaban todos unificados contra el golpe. Fue un viaje rarísimo y  violento, muy complicado. Pero nosotros hasta en los momentos más jodidos usamos el humor. Somos muy humor negro, hacíamos chistes entre nosotros, es nuestra herramienta número uno, es nuestra relación como banda”.

Ese concierto en Honduras fue también un enlace con la gente de los barrios marginales y las bandas del under centroamericano. “Entendimos lo que estaba pasando allá, fue un curso de política. Estuvo bueno para el grupo, nos fortaleció mucho”, dice. De la experiencia surgió Metete conmigo, uno de los cortes del disco 20 años (2012), donde la banda redefinió por completo su sonido y hasta intensificó la forma de su mensaje combativo.

Sobre Las Manos de Filippi se puede decir cualquier cosa menos que son una banda de caretas. Las canciones pueden gustar o no, el mensaje puede parecer lo que sea, pero nadie puede negar que se la vienen cantando en la cara al poder de turno desde hace veinticuatro años. Y se la vienen cantando sin filtro, con nombre y apellido. La única opción para ellos es refundar desde la base. El capitalismo es desigualdad, usura y explotación de los trabajadores. Y eso es lo que tiene que cambiar ahora mismo y sin concesiones.

El click del Cabra en su formación política fue en el año 1989. Él trabajaba como artista callejero en la peatonal Florida de Buenos Aires, ahí empezó a relacionarse con chicos que vivían en la calle; los incluía en sus números artísticos y les enseñaba lo que podía. El Cabra vociferaba canciones salvajes en contra de la policía y los defectos de la democracia. Hasta que una tarde se acercaron del Partido Obrero para invitarlo a una serie de reuniones en las que participaban otros artistas. “Leyendo y charlando con amigos militantes entendí la diferencia entre hacer un laburo independiente y construir para hacer un cambio profundo de sistema social y político. La diferencia entre tapar un bache y hacer las cosas bien. Cuando empecé a militar pude ordenar cosas que tenía sueltas en la cabeza”, recuerda.

—¿Hoy, qué leés?

—Reconozco que estoy muy embrutecido. Leo sólo la prensa obrera. Hace años que no agarro un libro. Cuando tengo ganas de leer, leo sobre arte o poesía surrealista. Y para ficción, prefiero la tele.

—¿Mirás mucha tele?

—Soy adicto a la tele. Miro muchísimos programas periodísticos. Miro todos los noticieros del país. Mirar eso es mirar un cuadro para mí. Cuando llego a mi casa tengo que tener la tele encendida. Me sirve mucho mirar TN y Canal 13, que ya los tengo recontra analizados. Sé con lo que me voy a encontrar, no tengo que hacer ningún esfuerzo para saber lo que me están diciendo. En cambio, cuando Canal 7 era tan oficialista, con programas como 678, me costaba un poco más. Era algo nuevo, el cambio mental que había que hacer era otro. Pero prefiero Tinelli y esas cosas bien pedorras. Me quedó un reflejo de cuando trabajaba en la calle, me gusta hacer humor, entonces tengo la necesidad de estar actualizado con lo que se habla masivamente. Si vos sabés lo que pasa en lo de Tinelli es mucho más fácil hacer un chiste, con cualquier cosa. Me quedó eso. Mirar la tele es para dejar de pensar, para relajar la cabeza. Es muy Babylon.

—¿Qué es lo que más te preocupa de la Argentina actual?

—No es que me preocupe algo en particular, pero el ajuste y los despidos son temas complicados. Ahora es el momento de activar y salir a la calle, hay que seguir los ejemplos de los obreros que salen a la calle y consiguen mantener sus derechos. No se puede desperdiciar un momento así. Me preocupa que pase este momento de derecha y que vuelva un kirchnerismo que mantuvo a la gente quieta, sin salir a luchar. Estamos en un momento en el que te encontrás luchando con gente que durante muchos años estuvo aislada de la política. Desde obreros hasta músicos. Las bandas que antes no luchaban, con este gobierno volvieron a luchar. Es un momento interesante en ese sentido, para ganar la calle, para volver a aglutinar, para definir las posiciones en la lucha.

—¿Cómo ves a la izquierda hoy?

—Parecida a Las manos de Fillipi, se ganó un lugar. El Partido Obrero y el Frente de Izquierda son referentes políticos en las elecciones y están insertados en la lucha. Donde es necesario activar, está la izquierda. Las organizaciones que resistieron la cooptación kirchnerista hoy tienen otra autoridad política, en la calle especialmente.

—Ustedes siempre tuvieron un discurso muy crítico del kirchnerismo. ¿Cuáles son los principios del kirchnerismo que más te hacen ruido?

—Fue un movimiento muy chamuyero, muy mentiroso. Todo montado en una mentira y encima la gente se subía a esa mentira, sabiendo que era una mentira. Era como ir a ver un recital de los Danger Four y pedirle autógrafos al que hace de Lennon. Y como no te da la cabeza para pensar más allá de esa mentira, te agarrabas de ahí. Te subías.

—¿No te parece que ese discurso de la izquierda le fue funcional a la derecha?

—¿Acaso el kirchnerismo no es la derecha? ¿Milani no era la derecha? Decir que el kirchnerismo no es la derecha parece gracioso.

—¿Estuviste de acuerdo en votar en blanco?

—Sí, por supuesto. Yo voté en blanco. Era el momento de mostrar que los candidatos eran los dos iguales. No había ninguna grieta ahí. La grieta fue en el 2001, cuando la gente veía un político en la calle y lo quería prender fuego. Lo que vino a hacer el kirchnerismo fue a maquillar la grieta que se abrió en ese año e instalar una grieta ficticia entre ellos y Macri, entre ellos y la derecha.

—¿Cómo ves lo que pasó en Brasil con la destitución de Dilma?

—Veo que toda esta experiencia nacional y popular está teniendo su decadencia en diferentes formas, en diferentes países. Pero prefiero no hablar sin saber, son temas profundos a nivel latinoamericano, muy complejos y no los domino como debería para opinar.

El Cabra es una voz autorizada en política, conoce el interlineado de las discusiones y mantiene una coherencia de izquierda intachable. Fue dos veces candidato a legislador porteño, lo cual arrastró prensa y el visto bueno de la juventud que encontraba en su figura un ejemplo, tanto por su discurso de plataforma como por la postura y la trayectoria de Las Manos. Dentro de ese ensamble, entre música y política, prefiere no mezclar los tantos. “Nosotros hicimos canciones muy políticas, pero nuestro mensaje no es el de militar con la música. Por eso hacemos tango, rock, cumbia, humor y lo que sea. Nosotros levantamos la libertad para crear o para explotar desde donde uno quiera”, dice.

—Hubo un cambio notable en el sonido de Las Manos, puntualmente desde la llegada de Gaspar Banegas, en 2007. ¿Cómo ves el proceso de ese cambio?

—Sí, ni hablar. Él es nuestro director y para mí trabajar con él es un aprendizaje todo el tiempo. Aunque soy viejo, no tengo escuela. Yo estoy en la banda para aprender y disfrutamos mucho estar con alguien que sabe tanto.

—Hablando de escuela. ¿Sentís que hicieron escuela, que abrieron un camino en el rock argentino?

—Hicimos escuela, puede ser, pero nosotros somos los primeros alumnos. Acá nos pasa que tocamos con bandas que empezaron por escuchar Las Manos. Eso es hacer escuela, pero nosotros seguimos aprendiendo, tratando de sonar mejor.

—En tu caso, cambiaste la forma de cantar. Pasaste de una voz más gritada a un control vocal más preciso, con más dominio de la expresividad. ¿Cómo lo trabajaste?

—Es que tengo que aprender en algún momento (risas). Las giras y tocar tanto te obligan a aprender ciertas cosas para subir a un escenario como corresponde. El tango me ayudó mucho, el rock es todo para adelante y a la puteadas, no ayuda tanto. Las agrupaciones tangueras te permiten subir, bajar, meter notas, encontrar matices.

—¿Estudiás?

—No. Soy un burro. Es todo experiencia lo mío. En la música y en la vida. Ni siquiera hice el secundario. Cuando mi viejo me dijo estudiás o laburás, ni la pensé, me fui a trabajar a los doce años a una fábrica metalúrgica. Y a los dieciocho empecé con la guitarrita y los espectáculos callejeros. Y no lo hacía como un hobbie, lo hacía como algo de laburo que en algún momento me iba a permitir vivir de eso. En ese momento también daba clase de taekwondo.

—¿Peleás, entrenás?

—Ya no. A veces en verano salgo a correr. Me estoy dando cuenta que lo hacía sólo en verano (risas). En estos meses tengo frío.

—¿En lo musical, a qué le prestás más atención?

—Me aseguro de que esté Gaspar (risas). Yo soy antitecnológico. No me engancho y no llego a entender qué están discutiendo. Gaspar hace todo lo que hace falta, hace sonar todo bien.

—¿Te corrigió algo a vos puntualmente?

—No gritar. Pero no mucho. Ni siquiera es una señorita maestra. El tipo antes de decirnos algo va y lo hace. Vos te creés que tiraste una que la está rompiendo, pero en realidad te la hizo Gaspar.

Loco como una cabra 2

El Cabra se ríe todo el tiempo. La risa del Cabra es contagiosa. Suena bien finita, parece un hilo que llega de la lejanía y se pierde en la lejanía. Y cuando habla sonríe, no importa lo que esté diciendo, se le estiran los ojos y las comisuras de los labios. Será ese gesto, tal vez, el que le permite soltar mensajes durísimos y sonar tan ameno. Aunque arriba del escenario es diametralmente distinto: los gestos son de furia, la mirada es punzante y el movimiento del cuerpo parece el de un político en el pico de efusividad.

—El caso de ustedes siempre fue un riesgo, levantaron un mensaje que no era funcional a ningún político, ni empresa, ni siquiera querían caer bien…

—Sí, hasta se puede entender como un autoboicot. (risas)

—¿Se plantearon alguna vez esa cuestión?

—Sí, claro, pero también es nuestra identidad. Cuando fuimos a una discográfica con Sr. Cobranza nos dijeron que esa canción no la podía grabar nadie, hasta que la grabó Bersuit para Universal. Pero no hay una persecución política, eso no existe. Existe la marginación de todo lo independiente. A Sr. Cobranza nunca la censuraron, la marginaron. Pero cuando la discográfica vio el negocio ahí sí se pudo grabar, se pudo todo. Pero nosotros supimos esperar y ser tenaces. Buena parte de nuestras giras por el continente está montada en que somos la banda que hizo esa canción que gusta tanto. A la larga, uno siempre puede sacar rédito de lo que hace y seguir adelante.

—¿Sienten que se acerca público nuevo a la banda?

—Sí. Con el último disco especialmente se acercó mucha juventud. Y está volviendo mucha gente que nos escuchaba en los noventa y ahora, con este gobierno, está otra vez en nuestros shows. Lo mejor que veo de este momento es que hay otra visión de los jóvenes en relación a lo artístico. Hay mucha más conciencia en los músicos que son laburantes, que se tienen que organizar, que hay cosas para reclamar y que la juventud necesita lugares para expresarse. Con Cromagnón quedó en evidencia que el Estado no había hecho nada por el under. Hoy el Estado cedió el negocio a los privados. No da apoyo. Esas consignas que surgen y se necesitan están más claras que nunca. Después, si la música es más de protesta o no, es lo mismo.

—¿Existe la música independiente o es una ficción de este momento?

—Creo que hay más músicos independientes que músicos metidos en el negocio. Casi todos los músicos hoy son independientes y under, son poquísimos los que trabajan con compañías. La tecnología hizo lo que todos sabemos que hizo.

—Por momentos tengo la sensación que, a pesar del extenso y genial terreno de la música independiente, los que viven y se dedican a su obra tiempo completo son los que están en compañías multinacionales. Hay excepciones, pero eso parece. ¿Vos qué opinás?

—Los años son los únicos que te pueden garantizar vivir de algún oficio, por ejemplo la música. Seas quien seas. Siempre fue difícil. Es la tenacidad. Nosotros la tuvimos, fuimos para adelante y para atrás. Pero seguimos.

—¿Ya vivís de Las Manos?

—Ahora tenemos mucho trabajo, pero somos conscientes de que son diez familias las que viven de la banda. No todos vivimos solamente de la banda. Estamos acostumbrados a tener otras actividades y no estamos en condiciones de largar ninguna otra entrada. Personalmente yo vivo más de la música que otros miembros de la banda. Hago espectáculos solistas, también con la Agrupación Mamanis, con Las Manos y soy lutier también, fabrico guitarras. Y si todo eso falla puedo volver a los espectáculos callejeros hoy mismo. Vivo de la música. No vivimos de Las Manos, pero sabemos sacar cierta plata por mes de la banda para apostar a viajes y giras, por ejemplo a México, a Colombia, que empezamos a hacer ahora, hace muy poco.

—También estuvieron en España y compartieron shows con Manu Chao. ¿Siguen en contacto con él?

—Sí, cada vez que viene nos vemos y cada vez que podemos nos encontramos. Hay muy buena onda. Es un tipo muy normal, una gran persona. Nosotros lo conocimos tocando en las ramblas de Barcelona. Él salía de ensayar y nosotros tocábamos en las ramblas. Él ya conocía algo de Las Manos, pero no me acuerdo bien cómo es que hicimos amistad. Perdí mucho rígido en estos años (risas).

Loco como una cabra 3

De la amistad con Manu Chao, el Cabra atesora una buena cantidad de anécdotas y, entre otras cosas, el vicio del tabaco. Cuando se juntaban en Barcelona a tocar y charlar, Manu Chao les convidaba cigarrillos de chocolate con tabaco. El Cabra nunca había fumado tabaco, le generaba tos, lo mareaba. Lejos de desistir, cambió la estrategia. “Una tarde fui al kiosco y me compré un paquete de veinte. Y fumé durante días hasta que me acostumbré al humo del pucho. Era una vergüenza andar tosiendo tanto para fumar un porro. Después no pude dejar el tabaco. Así son las cosas, empecé a fumar a los 33 años”, recuerda.

Las Manos es una banda respetada absolutamente por todos. ¿Por qué te parece que es así?

—Para mí es la continuidad. Y ponernos un poco en víctimas nos dio resultado (risas). Heroicos hubo toda la vida. Y para mí lo nuestro no es heroico. Nosotros tocamos y disfrutamos de tocar. La gente nos sigue por eso, creo. Yo empecé en la calle, yo era ese hippie de Florida, de la calle 3 de Villa Gesell. Y decía que una de las cosas que más quería era que alguien fuera a un boliche y pagara la entrada para verme cantar. Ese era el sueño de mi vida. Cuando toco, eso lo veo con mucha alegría y respeto a la gente que viene. La gente recibe lo que le damos. Es tanta la buena onda que nos tiran que no queda otra que devolverla en el escenario.

El Cabra toma un poco de agua y me mira: “En Chile, por ejemplo, cuando llegamos a una ciudad chiquita en el interior el año pasado, la gente nos aplaudió cuando estábamos entrando al lugar. Pero pará, eso no lo pongas porque va a quedar muy agrandado”, dice. Y se ríe.

—¿Entre tantos shows y giras, seguís en contacto con el partido?

—No puedo tener una militancia regular, pero estoy, sí. Me cuesta un montón, pero trato de acercarme a las reuniones.

—¿La militancia es parte de tu proceso de composición?

—Es un poco y un poco. Se me ocurren ideas en cualquier hora y en cualquier lugar. Ahora ando en coche, pero hasta hace unos años que andaba en el bondi, escribía mucho en los viajes. Escribía lo que me disparaba el momento. Anoto ideas, estrofas, rimas divertidas. Y cuando surge eso de grabar un disco junto todas las ideas y selecciono cuáles puedo desarrollar un poco más. Me siento a pensar. Porque también me ha pasado que escribía temas y temas y no servían porque dejaban de representarme. Ahora me acostumbré así. Solamente a los tangos los empiezo y los termino. Después los toco en los shows como solista.

—¿Qué viene ahora para la banda?

—Ahora se vienen temas nuevos. Vamos a sacar tres epés de cinco temas entre este año y el que viene, en formato digital. Después vamos a editarlos todos juntos en un disco por los veinticinco años. Y estamos preparando una película también.

—Buena idea una película. ¿Tienen material fílmico viejo, de la época de Cemento, por ejemplo?

—De la época vieja hay poco, es donde más nos cuesta. Pero hay, sí. Muchos fans comparten material en internet.

—¿Vos tenés dimensión de la banda que lograron hacer?

—Obvio. Somos re conscientes. Pero no nos agrandamos, no aporta en nada. Nosotros disfrutamos de los agradecimientos. No nos imponemos ser humildes, pero somos conscientes que nos falta un montón. No podemos quedarnos sentados en los laureles. Hay que remar muchísimo en este camino que viene. La banda tiene que estar en armonía porque hay mucho por hacer y recorrer. Somos laburantes.

El Cabra apura otro trago de agua y enciende un cigarrillo. Yo lo miro y le digo que terminamos la entrevista. Se le podrían preguntar mil cosas más, pero falta media hora para que suba al escenario y tampoco es cuestión forzar el encuentro. Nos damos la mano con entusiasmo.

—¡Pará! La última… ¿Qué sensación te genera que el Papa sea argentino?

—¡Me encanta! Me encanta, boludo. Yo veo todo esto como laburo. Que el Papa sea argentino me abre mil posibilidades de chistes, una puerta humorística a nivel internacional. En todo el mundo. Es como un Maradona. ¡Es más que Tinelli!

El Cabra se ríe. Nos ponemos de pie y nos damos un abrazo.

Ahora sí.

Fin de la entrevista.