Explotación não tem fim

Trece obreros brasileños fueron contratados para construir estructuras del tendido eléctrico de alta tensión en una zona de Argentina. Las empresas prometieron 40 mil pesos por mes, alojamiento y comida, pero vivían hacinados en un galpón, cobraban 4 mil en negro y los alimentaban con comida en mal estado. Crónica de una estafa laboral sin fronteras.

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Fotos: Pablo González

Leo nos guía a su manera, con trancos largos que nos dejan cada vez más atrás y onomatopeyas como respuestas. Cuando no, palabras ininteligibles de su portugués cerrado. Es bahiano, altísimo, se mece como un álamo al cruzar la cancha despintada de fútbol 5. Tiene dos hijos de seis y cuatro años. Y hace siete meses que no los ve.

Caminamos por el gimnasio de La Peregrina, cerrado hace varios años (cuando se trabaja de sol a sol, es difícil que a la gente del barrio le queden ganas de hacer ejercicio) hasta que lo convirtieron de un plumazo en pensión improvisada.

Abajo, al lado del buffet, hay una habitación cerrada con madera aglomerada en la que se amontonan 3 cuchetas y dos camas simples; arriba, subiendo por una escalera estrecha en la que los más altos tienen que doblarse para no golpearse la cabeza, hay otra pieza —más pequeña que la anterior— con dos camas y un colchón sin funda tirado en el suelo. Ahí, duerme vestido y con las zapatillas puestas Mariano, un entrerriano de Concordia que se enteró que estaba despedido al regresar a su ciudad por unos días. Empujado por la necesidad, volvió a Mar del Plata a dedo. Quería cobrar lo que le debían.

Por último, en el otro extremo del salón, cuyo único adorno es un televisor sobre una mesa, hay otra escalera que lleva a un entrepiso. Algunas medias colgadas en las barandas, un desodorante y una máquina de afeitar sobre un cajón, antes de llegar al cuarto mayor: otra división hecha con madera por los mismos obreros para mitigar el frío. Noche tras noche el techo de zinc pelado del gimnasio deja caer las gotas de rocío sobre los cinco catres. Lo único que tienen para calentarse es un par de caloventores.

Mariano, igual que el resto, quedó varado allí, a la vera de la Ruta 226. Todos los días recorren los dos kilómetros que separan La Peregrina del viejo predio de la Sociedad Rural Argentina (SRA) que Transportadora Mar del Plata y las subcontratistas (Pilotes Páez, Tel 3 y Teyma-Abengoa) usan como campamento. Desde lejos se puede advertir el piquete de los trabajadores precarizados: una larga columna de humo se levanta en la tranquera de la SRA, que esta vez, aunque parezca mentira, no tiene nada que ver con la explotación.

Leo cierra la puerta que da a Río Miraflores, la calle principal del barrio, una ancha avenida de granza donde están los escasos comercios. Terminó la recorrida. A pesar de que nació en Bahía, cuenta que es un orgulloso hincha del Sao Paulo, y acá, de Boca dice doblando la cintura para mostrar su gorro de lana. El mismo que a veces combina con ojotas y bermudas.

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Fabio habla un portuñol fluido gracias a su estancia de un año y medio en el norte de Entre Ríos, donde trabajó para otra empresa que hacía el tendido eléctrico interprovincial desde Corrientes. Es uno de los voceros de la protesta, se muestra seguro y por eso sus compañeros depositan la confianza en él. Habla a diario con el consulado brasileño en Buenos Aires y es optimista con la posibilidad de que un acuerdo lo devuelva a él y a los otros 13 compatriotas a su país.

Llegó en enero de Santa María Da Vitoria, una ciudad de 42 mil habitantes en el Estado de Bahía, nordeste de Brasil. Lo separan de su tierra y de Heloá, su hija de 9 años, 4 mil kilómetros —44 horas de viaje en colectivo— y por lo menos 35 grados de temperatura.

Les habían prometido un sueldo de 40 mil pesos y apenas les pagaron 4 mil por mes; los hospedaron 15 días en un hotel de Balcarce antes de que los trasladaran al gimnasio de La Peregrina en pos de achicar costos, y la comida que les entregaban estaba en mal estado. Al momento de radicar la denuncia, en los primeros días de junio, les debían tres meses de sueldo.

La empresa que los trajo es Pilotes Páez, contratista de Los Charrúas —una pequeña localidad del departamento de Concordia, Entre Ríos— que trabaja en las obras de tendido eléctrico en el sudeste de Buenos Aires. Los trabajos —ahora paralizados— unen Vivoratá, Balcarce, Mar del Plata y Necochea.

—Cuando vinimos, la promesa era muy grande y ahora llegó un punto donde no damos más, no tenemos comida; trabajábamos de 7 a 20 de domingo a domingo. Queremos cobrar lo que nos deben y volver a nuestro país. Páez se lavó las manos.

—¿Están en contacto con el consulado brasileño?

—Sí, el cónsul se comunicó con nosotros, nos van a ayudar para que no nos falte comida y se van a hacer cargo de la documentación.

—¿Cómo sobrellevas la relación a la distancia con tu hija?

—Hablamos por teléfono, todos los meses le mandaba la pensión pero ahora estoy atrasado, eso es lo peor de todo. Lo que más complica es la situación, nadie merece pasar por lo que estamos pasando aquí.

—¿Cambió tu mirada sobre lo que sucede con los trabajadores en la Argentina?

—Sí, nunca imaginé que íbamos a vivir esto; cuando estuve en Entre Ríos, un año y cuatro meses en otra empresa, me trataron bien, no tuve problemas por eso yo volví. El montaje lo hacían los obreros bolivianos y el tendido los brasileños. En la Argentina no hay mano de obra calificada para hacer este trabajo.

—¿Cuál es el trabajo que hacen ustedes?

—Nosotros hacemos montaje y tendido eléctrico, en el galpón de La Peregrina armábamos las torres de hierro y después íbamos al campo a hacer el hormigón para montarlas.

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Como si fuera una reunión de directorio y no una audiencia por un conflicto laboral, Nelson Páez se sienta a la cabecera de la mesa del Ministerio de Trabajo. Junto a su hermana son dueños de Pilotes Páez. Lo flanquean Alfredo Suárez, representante de Transportadora Mar del Plata y el primero en tomar la palabra, un capataz y dos abogadas rubias y jóvenes que se sorprenden ante cada acusación como si nunca hubieran escuchado hablar de explotación laboral y de trata. Los operarios cuentan que no cobran desde hace meses, que sufren mucho frío, que vienen de una zona tropical en la que hace 40 grados a la sombra y que acá no tienen calefacción; las abogadas arquean las cejas sin comprender qué es eso de “pasar frío”. El capataz es José Daniel García, el mismo que unos días antes, cuando la empresa tomó conocimiento de la medida de fuerza, no se anduvo con vueltas para transmitir la bronca del dueño de Pilotes Páez a Samuel, el jefe de obra:

—Dice Nelson que si no te mato yo, te mata él.

Samuel hace varias noches que no puede dormir bien. Piensa en su hijo abogado que está en Chile, piensa en su familia, está aturdido por la amenaza y no se decide a contarles, no quiere preocuparlos. Está tomando medicación para el corazón. La lleva a todos lados adentro de una mochila. Se desespera cuando se la olvida en algún auto.

Samuel nació en La Serena, Chile, hace 56 años. Empezó a estudiar ingeniería en la Universidad Técnica del Estado en tiempos de Salvador Allende. Ya en la noche pinochetista, una empresa brasileña de electrificación le propuso emigrar para trabajar. Se fue a la aventura y se quedó más de tres décadas en Brasil, recorrió casi toda Sudamérica y varios países de América Central y el Caribe en un itinerario hecho de tendido de líneas eléctricas. “Somos una familia de linieros”, suelta con orgullo circense. El trabajo con las líneas de transmisión de alta tensión es tan arriesgado como invisible: grupos de hombres se van al medio de la nada durante meses, de ellos depende que ciudades enteras tengan o no energía.

En el otro extremo de la mesa está el representante del Ministerio de Trabajo recordando a los empresarios y a sus representantes legales las multas vigentes por la falta de registración de sus trabajadores. Al lado, los abogados de La Casa del Trabajador que defienden a los brasileños. Y ellos no paran de aportar datos: hablan del arroz con pollo sangrante que les mandaba, en bandejitas de plástico, la UOCRA (Unión Obrera de la Construcción de la República Argentina). De comer a la intemperie en el campo sin más refugio que una lona. Las letradas de la empresa vuelven a gesticular; la rubia mayor abre la boca bien grande y gira su rostro hacia Nelson Páez. Ella busca respuestas pero el empresario tiene la mirada perdida. Tal vez esté pensando en la amenaza de muerte que le hicieron a Samuel. Cuando termine la reunión, como al pasar, le pedirá disculpas.

A Nelson Páez se lo acusa de explotación laboral, y además se presentó una denuncia en la Fiscalía Federal N° 1 por abandono y trata de personas. Ésta será la última vez que se lo verá en una audiencia.

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El delito de trata de personas con fines de explotación laboral se ha vuelto común en Mar del Plata y la zona. Durante los últimos años se hicieron varios allanamientos en fincas frutihortícolas de Batán y Sierra de los Padres en las que se explotaba a trabajadores traídos de Santiago del Estero, Corrientes, Salta y Bolivia. Si bien los operativos que ordenó la justicia federal se llevaron a cabo con el apoyo de la Gendarmería Nacional, hubo filtraciones que permitieron que una de las empresas más grandes de La Peregrina los sorteara con éxito: la Compañía Industrial Frutihortícola, más conocida como “El Frutillar”.

Emplea en diferentes tareas a alrededor de 300 personas en temporada baja y a más de mil en temporada alta en campos que arrienda en Laguna y Sierra de los Padres, La Peregrina y Colinas Verdes. El cultivo intensivo de frutillas (también producen frambuesas y arándanos) hace que los campos queden inutilizables después de unos años. Las extensiones de la empresa incluyen un frigorífico camino a Sierras y los galpones de despalillado y empaquetado de la mercadería que va a ser exportada. Para ésta última actividad, alquilan la propiedad de la Asociación Vecinal de Fomento de La Peregrina, donde antaño se realizaban reuniones y fiestas. La compañía es de Bella Vista, Corrientes, y desde que se instaló en la zona rural de Mar del Plata no ha parado de acumular denuncias por trata laboral (la ONG La Alameda realizó una cámara oculta en el lugar) y por el uso de bromuro de metilo, un agrotóxico utilizado en la fumigación de las frutillas que resulta muy dañino para la salud de los vecinos del barrio y para los propios empleados.

El día del operativo, una caravana de 400 gendarmes (si, cuatrocientos) llegó al kilómetro 20 de la Ruta 226 y dobló a la izquierda por la calle Río Aguapey rumbo al campamento principal donde los migrantes se hacinan en decenas de casillas de chapa, insoportablemente frías en invierno y tórridas en verano. El resultado fue tan exiguo como irrisorio: encontraron un solo trabajador sin registrar. Aunque la información sobre el operativo la manejaban con celo la justicia y la gendarmería, alguien avisó a la empresa para que tuviera tiempo de expulsar a los obreros irregulares. Por eso, a muchos de ellos los hicieron esconderse en los campos más lejanos que poseen y a otros los obligaron a saltar los alambrados olímpicos que rodean el campamento. Bien entrada la noche, cuando los gendarmes y los funcionarios de la AFIP y el Ministerio de Trabajo ya habían regresado a Balcarce y Mar del Plata respectivamente, los explotados seguían deambulando por el barrio La Peregrina, con temor a regresar a sus casuchas, como si hubieran cometido algún delito. Con miedo a que se cumpliera la advertencia del capataz de la compañía: “Si los encuentran, los meten presos y después los deportan”.

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El hombre regordete, de anteojos gruesos y sobretodo gris, se refugia con su teléfono celular en un rincón de la sala del Tribunal de Trabajo. A pesar de su nombre italiano, Francisco Novello es el cónsul adjunto de la Embajada de Brasil en Buenos Aires. Pero no se muestra muy cercano con los 13 connacionales que lo empezaron a llamar desde hace un mes para pedirle asistencia y contención. Tras varias promesas que se fueron postergando semana a semana, finalmente llegó a Mar del Plata. Lejos de los ágapes y las reuniones diplomáticas, Novello parece desconcertado, ajeno; los trabajadores explotados y dejados a la deriva por Pilotes Páez están sucios y manchados por el hollín que se desprende de las cubiertas que queman día tras día en la entrada del campamento de la empresa. Unos dormitan. Otros combaten el tedio de la espera mirando la calle Sarmiento, donde los autos se deslizan bajo la llovizna. El humo que llevan en los pantalones de Grafa y en sus camperas azules se mezcla, en una rara alquimia, con las fragancias de los perfumes de los empleados del tribunal que atraviesan presurosos los pasillos. Novello sigue incómodo y no da nada por seguro. Dice que por la asistencia en alimentos van a ver caso por caso y que se los otorgaran únicamente a los trabajadores cuyas familias no tengan recursos. Con los pasajes para volver a Brasil, lo mismo. La diplomacia y la urgencia no se llevan muy bien. Los obreros no tienen mucho margen, viven de la buena voluntad de los dueños de un autoservicio de La Peregrina, y de los alimentos que les acercan los vecinos del barrio. La mayoría escucha y no habla una palabra de español. Son del centro (estado de Mato Grosso) y nordeste del país (estados de Bahía y Tocantins). Algunos están enfermos por el frío y ya no se los ve en el piquete.

Cerca del vice cónsul brasileño, permanece de pie, junto a su abogado, Alfredo Suárez. El representante de Transportadora Mar del Plata asegura que la obra va a seguir con otros obreros. La empresa de Nelson Páez, denunciada por abandono y trata, otra vez faltó a la cita. Aunque la obra de electrificación es pública, no quiere decir cuál es el monto destinado ni cuáles son los plazos de finalización: “Es reservado”, contesta.

Suárez no se hace cargo de la responsabilidad que tiene en el destino de los obreros, le resta importancia al asunto, lo menciona al pasar como un problema de registración. Nada más. Rubén Encinas, uno de los abogados de La Casa del Trabajador menciona la reciprocidad existente entre países y lo señala con el índice:

—Ustedes son responsables por esta experiencia de los brasileños y por lo que pueda pasar en un futuro con trabajadores argentinos en Brasil. Podrían ser expulsados.

En vez de ensayar una respuesta, Suárez se descuelga con un chiste:

—Bueno, entonces cuando vengan chilenos a trabajar acá tampoco hay que dejarlos entrar, por lo de anoche —dice apelando al recuerdo reciente de la segunda Copa América perdida.

Nadie se ríe.

Afuera el cielo está cada vez más negro. Como el jarro de lata que pondrán sobre el fogón los obreros brasileños para calentar café cuando caiga la tarde.

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Según un informe elaborado por la Procuraduría de Trata y Explotación de Personas (PROTEX), entre los años 2008 y 2014 en la Argentina hubo 71 casos, con 156 imputados y 516 víctimas en campos y talleres textiles de Buenos Aires, Entre Ríos y la Capital Federal principalmente. Pero también se registraron en el Alto Valle de Río Negro, Neuquén, Cuyo, Santa Fe y Córdoba.

Hay que diferenciar el trabajo no registrado, mal pago e ilegal para las normas laborales del delito de reducción a servidumbre o trabajo forzado. Esa es una variable fundamental que puede significar pagar una multa por una infracción laboral o ir a la cárcel.

Una de las pautas de análisis que utiliza la PROTEX es una fórmula que toma en cuenta “el salario cobrado por el trabajador presuntamente explotado y la extensión de la jornada laboral”. Esas variables se comparan con las fijadas para la actividad por ley o convenio colectivo. Si el pago está un 60% por debajo de lo que debería haber recibido, se está en presencia de explotación. Los trabajadores de Pilotes Páez percibieron un 10% del salario prometido ($ 40 mil engañosos vs. $ 4 mil reales). Y trabajaban de domingo a domingo.

Además, también se contempla la falta de vivienda digna; alimentación adecuada; salud; libertad ambulatoria; descanso y esparcimiento adecuados. En el 90 % de los procesamientos analizados en el informe, el juez entendió que “los imputados explotadores se aprovecharon de las necesidades sociales, económicas y de desplazamiento territorial e inmigración”.

El engaño por parte de los explotadores no sólo se da en la etapa de captación y transporte, también más tarde con demoras en realizar los pagos bajo excusas inaceptables.

Un 70 % de las víctimas de trata laboral en la Argentina es de nacionalidad extranjera. La vulnerabilidad está contemplada en documentos nacionales e internacionales: el artículo 6 del convenio sobre trabajadores migrantes de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) obliga a aplicarles “un trato no menos favorable que el que se aplique a sus propios nacionales en relación a remuneración, seguridad social, vivienda y afiliación a organizaciones sindicales”.

La característica principal de la trata laboral es el traslado territorial de las víctimas. Tanto en la trata nacional como en la internacional, el desplazamiento tiene un sentido geográfico norte-sur. De Salta, Santiago del Estero, Paraguay, Perú, Bolivia y China hacia los sectores productivos (lugares de acogimiento y explotación laboral) como Buenos Aires, Capital Federal y provincias patagónicas.

Un caso emblemático es el de Daniel Solano, un trabajador golondrina de la etnia wichi, oriundo de Tartagal, Salta. Tenía 26 años cuando fue chupado por policías de adentro de un boliche de Choele Choel, Río Negro, provincia a la que había llegado como cientos de salteños para la cosecha de manzanas de la multinacional belga Univeg Expofrut. Esta compañía tercerizaba las contrataciones de los obreros con la empresa Agrocosecha, que mandaba sus punteros al norte a prometer salarios ilusorios. Solano fue estafado durante varios meses en los que le pagaron mucho menos que lo acordado, alzó la voz y lo acallaron para siempre en un entramado de complicidades policiales, judiciales y políticas. Era noviembre de 2011. La policía de la provincia de Río Negro cuidaba los intereses de la empresa en el interior del predio. Cinco años después, el joven continúa desaparecido. Las manzanas de Expofrut, relucientes, perfectas. El modelo de explotación, también.

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—Nada, nada, nada…el vice cónsul se llevó las fotos donde se ven las condiciones en que vivimos pero hasta ahora no tenemos novedades —responde apesadumbrado Fabio.

Se está recuperando de una gripe que lo tuvo a maltraer y quiere volver a su país. ¿Para qué quedarnos?, se pregunta.

—Son muchos días de piquete y la justicia de aquí no resuelve nada. Vamos a pedir plata a nuestras familias para irnos.

Treinta días pasaron del inicio de la protesta; el ánimo de los trabajadores que estaban haciendo la repotenciación eléctrica de Mar del Plata —llegados desde el nordeste brasileño y la Mesopotamia argentina— decayó en forma notoria. La falta de respuestas por parte de los empresarios, la escasez de alimentos y las bajas temperaturas en la zona de Sierra de los Padres y La Peregrina hicieron mella en el entusiasmo y la lucha iniciales.

En una de las audiencias que se llevaron a cabo en la sede del Ministerio de Trabajo, los obreros reclamaron 10 mil dólares adeudados a cada uno, más los pasajes para regresar a sus lugares de origen y la entrega de alimentos por el tiempo en que permanecieran en la ciudad. Si bien en un principio pareció que la empresa Pilotes Páez iba a acceder a la exigencia, con el transcurrir de los días todo quedó en promesas vacías, y al final sus representantes dejaron de concurrir a las audiencias de la cartera laboral. La estafa estaba consumada. Un grupo de personas que fueron traídas desde regiones lejanas con un ofrecimiento económico que jamás se cumplió, dejadas a merced de las lloviznas y el frío invernales y en condiciones infrahumanas. La única comida con la que cuentan es la que sigue ofreciéndoles la gente de La Peregrina.

Las formas contemporáneas de la esclavitud incluyen el reclutamiento laboral engañoso, una trampa de la que es difícil escapar una vez que se produce el traslado territorial. A pesar de ser una grave violación a los derechos humanos, esta práctica somete a más de 20 millones de personas alrededor del mundo, según estimaciones de la OIT. Como contrapartida, la explotación económica forzosa genera ganancias por 51 mil millones de dólares al año.

No es sólo la ausencia de libertad lo que hace a un trabajador esclavo. Aunque las apariencias nos muestren que es libre, si al mismo tiempo es privado de sus condiciones mínimas de dignidad, estamos en presencia de explotación laboral.

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Varios móviles rompen la quietud del paraje a la hora de la siesta. Dos efectivos de la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA) conversan con un muchacho y una chica a media cuadra de la plaza de La Peregrina, donde está el galpón que sirvió de dormitorio a los obreros estafados y abandonados por los contratistas. Después de 30 días, por orden del juez federal Santiago Inchausti y en el marco de la causa en la que se investiga la  explotación laboral, la PSA, junto con personal de Prefectura, allanaron las instalaciones de las empresas Pilotes Páez y Transportadora Mar del Plata: el gimnasio/pensión del kilómetro 19 y medio, y el obrador que funciona en el campo alquilado a la SRA. Secuestraron computadoras, cámaras fotográficas y documentos que se hallaban en las oficinas y que prueban el vínculo entre las partes. Sin embargo, la impunidad con la que se manejan los empresarios no deja de asombrar: mientras se realizaba el operativo por parte de las fuerzas de seguridad, una topadora de Transportadora Mar del Plata arrasaba con el refugio que habían levantado los trabajadores frente al obrador. Y también con sus pertenencias.

En mayo pasado, Inchausti procesó y trabó embargo por 400 mil pesos a un quintero de Laguna de los Padres por trata y explotación laboral de cinco personas entre las que se encontró a un chico de 13 años.

Si bien la Ley de Prevención y Sanción de la Trata de Personas y Asistencia a sus Víctimas —sancionada en 2008— obliga al Estado a brindarles información sobre sus derechos, a darles alojamiento apropiado, manutención, alimentación suficiente y atención psicológica, médica y jurídicas gratuitas, nada de esto se cumplió hasta que intervino la justicia federal. Los organismos gubernamentales profundizaron el desamparo de los operarios de Pilotes Páez.

Desde hace un mes no ha parado de llover ni los días dejaron de enfriarse; los brasileños se acostumbraron a caminar agachados, hechos ovillos adentro de los camperones azules. Por primera vez, sienten que la historia comienza a enderezarlos.

—Agora se pois lindo as coisas —exclama Fabio después de ser trasladado junto a sus compañeros a un hotel céntrico de Mar del Plata. Está contento porque tienen agua caliente y calefacción. No es poco.

Piensa que al fin Nelson Páez y el resto de la banda tendrán que responder ante la justicia. Y no sólo con dinero.