Pequeño sufrimiento colectivo en 9 actos

Soliloquios de un tipo que se pone y saca el traje de periodista todas las mañanas, pero que, en el fondo, gustaría contestar a la pregunta: “¿Profesión?”, con un seco: “Comediante”.

 Pablo Vasco para Revista AJO

 Foto: Juan Pablo BucetaRomina Elvira

I

El problema arranca cuando salimos de casa.

Porque antes de ver si llevamos las llaves o el DNI, tenemos que chequear si tenemos la tarjeta del bondi.

La magnética o la SUBE.

O las dos.

Porque siempre es bueno tener una de más.

Uno nunca sabe lo que puede pasar.

Y si perdemos la tarjeta nos quedamos a pie. Por eso es crucial defenderla con la vida: no hay tantos lugares donde nos vendan una.

 

II

Una vez que chequeamos la existencia de la tarjeta, enfilamos hacia la parada, rogándole a Dios que el maldito bondi no pase antes que lleguemos.

Porque si lo perdemos no sabemos cuándo va a volver a pasar.

En los papeles, un colectivo pasa cada diez minutos.

Pero sabemos bien que a los papeles se los lleva el viento.

Y en Mar del Plata, los vientos son fuertes.

 

III

Vamos llegando a la esquina y apuramos el paso: no hay nada más humillante que perder el colectivo a metros de llegar a la parada.

La clave es acelerar la marcha, pero sin llegar al trote. Porque más humillante que perder el colectivo a metros de la esquina es hacer un pique de gusto. Es como que el mundo se entera de nuestra desdicha. Aunque no haya nadie mirando.

Y ahí esperamos.

Con frío, con calor, con nieve, con lluvia. Con un perro que nos mira feo.

Esperamos desconfiando de ese pibe con gorrita que se nos acerca. Sería un garrón que nos afanara la tarjeta.

Pero todos nuestros prejuicios se desvanecen cuando vemos llegar a nuestro colectivo.

Porque todo llega, hasta el 521.

 

IV

Y subimos.

Saludamos al chofer amablemente, obviando que lo vimos en televisión apretando a concejales el día en que se debatió el último aumento.

Apretando para que suba el boleto. Siempre tenemos que hacer esa aclaración, porque en Mar del Plata los gremios que juegan a favor de la patronal son más tradicionales que los alfajores

Y una vez arriba de la unidad, hacemos cálculos mentales para saber si nos queda saldo en la tarjeta. Porque con la SUBE podemos viajar sin carga, pero con la otra vacía no existimos. Estamos afuera del sistema.

Pero la esperanza es lo último que perdemos.

Y pasamos la tarjeta.

Saldo insuficiente.

 

V

Entonces miramos al chofer, que nos devuelve la mirada con ojos de no te alcanza.

Es ahí cuando tomamos valor y encaramos al resto de los pasajeros. Podríamos comenzar una especie de arenga que inste a nuestros conciudadanos a tomar el poder, a prender fuego algunas unidades y obligar a nuestros gobernantes a bajar el precio del boleto.

Suena interesante. Tan interesante como improbable.

Y en lugar de llamar a la revolución, empezamos con una especie de Monólogo de la Tristeza que busca conmover a los demás. Y a impulsarlos a que te presten sus tarjetas.

Caemos en la cuenta que —de repente— le estamos pidiendo guita a un montón de desconocidos. Casi, casi como el tipo que está en la puerta del Banco, ése que duerme en la plaza. Esa comparación nos turba un poco.

Y mientras estamos pidiendo piedad —buscando las palabras exactas que provoque un pequeño acto solidario— notamos que nadie aparece, que nadie levanta la mano, que a nadie le pareció convincente nuestra actuación.

Y un poco nos sentimos Sebastián Estevanez.

Pero él tiene auto.

 

VI

De repente, allá a lo lejos, una señora levanta la mano y nos ofrece su tarjeta. Y nos dirigimos hacia ella, le agradecemos, metemos la mano en el bolsillo y no tenemos cambio, sólo diez pesos.

Pero el boleto sale casi siete.

Y le damos el billete y esperamos un vuelto que nunca llega.

Y nos damos cuenta de que acabamos de pagar carísimo un boleto de mierda para ir a nuestro trabajo.

Previo paso por el Casino, claro está.

Porque acá es así.

Finalmente, pagamos nuestro boleto y devolvemos la tarjeta a la señora que nos timó. Y nos juramentamos que cuando te toque estar del otro lado del mostrador —o sea, cómodamente sentado y viendo como a otro no le alcanza— vamos a ser implacables.

Y un poco nos reímos. Porque la hijaputez causa gracia, en cierto punto.

 

VII

Pero la risa se corta.

El colectivo está lleno. Y está sucio. Y está atrasado.

De repente nos encontramos en el medio del pogo de Ji, ji, ji: gente por todos lados buscando hacer pie, intentando tomarnos infructuosamente de esas anillas que cuelgan del techo, como si fuéramos gimnastas principiantes.

Pisando pies ajenos, oliendo olores que no son los nuestros.

Respirando el mismo aire. Cuidando nuestras cosas de valor: la billetera y las llaves.

Y la tarjeta, por supuesto.

 

VIII

Hasta que finalmente vemos un asiento libre. Y vamos hacia allá.

Intentamos ver por dónde vamos, pero la tierra que chorrea del techo mugriento del bondi ha logrado un polarizado casi perfecto en los vidrios.

Tal vez vayamos por Independencia.

O quizás estemos pasando por la Municipalidad. No vemos nada, pero el olor a goma quemada es inconfundible.

Y empezamos a pensar por qué ese asiento del fondo está desocupado si el resto del colectivo está lleno ¿Estará sucio?

Tal vez sea un asiento maldito. En una de esas, el que se arriesgue a depositar sus asentaderas en ese cuadrado amarillento, sufra una maldición terrible.

Pero no nos importa. Estamos yendo en un colectivo lleno de gente hacia un trabajo que no nos gusta para poder poder pagar cosas que no necesitamos.

 

IX

Finalmente nos sentamos. Nos costó encajar nuestro cuerpo entre esas dos personas que no tuvieron la delicadeza de correrse un poquito.

Hicimos un Tetris humano.

Pero ya estamos a salvo. Sentados.

Y nos disponemos a chequear nuestro celular.

Y nos metemos en las redes sociales.

Viendo cómo la gente se indigna por un montón de cosas.

Menos por cómo se viaja en colectivo en Mar del Plata.