Peligro. A matar o morir

Aguafuertes marplatenses de un renegado periodista nacido en el Interzonal. Ojo de halcón que ve en simultáneo el plano general y el plano en detalle (que es lo mismo que decir: Jorge, el que no puede dejar de encontrar el pelo en la sopa).

 peligro

Foto: Juan Pablo BucetaRomina Elvira

No se puede matar a nadie. O habría que matar a demasiados, y la sangre tiene esa avidez por ser derramada, por lo que nunca es suficiente. Ya lo sabemos por la Terreur de la Revolución Francesa y su Comité de Salvación Pública. No dan abasto las guillotinas, se desafilan, en la zafra de cabezas. El sistema tiene costuras invisibles, finge que no existe. Así que salir a matar para derribarlo, nos dejaría como simples asesinos.

Menciono el homicidio para que se entienda que es una época de rabia, desenfrenada y a la vez contenida, sofocada pero activa, como brasa que palpita bajo la ceniza de lo cotidiano. Hay un empoderamiento de lo injusto, se encaraman los ricos en todas partes y echan a andar su picadora de pobres.

Y la democracia es una trampa. Porque dice la Constitución que el pueblo no delibera ni gobierna, sino a través de sus representantes. Pero a la frase, lo sabemos, le sobra todo después de la coma. Y es que no, no delibera ni gobierna, el pueblo es solamente un escenario de extras, es el combustible de una máquina mentirosa, es todo él la clase pasiva, desapropiada de su propio destino. Y cada intento de protagonizar la historia se detiene en la ciénaga de lo posible, en el marco de la ley.

El derecho mismo es parte del problema, en tanto se constituye como frontera entre los que están adentro y los que están afuera. Los que están afuera van a la cárcel, los que quedan adentro se mueven por el decorado de esta obra teatral en donde algunos sueñan con romper la trama, como murciélagos atrapados en telarañas.

La libertad de expresión, concebida para que yo pueda opinar estas barbaridades, termina por ser el estratagema de las corporaciones para vociferar su campaña de saqueo global. Por aquí y por allá van sembrando sus opinadores disfrazados de periodistas, que a la menor respuesta a sus diátribas de clase, se tiran al piso llorando como críos y dejando en lo alto de una mano las convenciones internacionales, las leyes con sus artículos, los decretos presidenciales que le garantizan seguir reclamando por televisión que caguen a palos a los pobres.

Todo lo que se me ocurre es subversivo, quiero serlo, ser subversivo, amo la subversión, reivindico a la subversión y pareciera se que subvierte el puto orden al decirlo. Aguante lo que pone en peligro lo establecido. Pero, ¿qué es peligroso para este orden tan sólido? ¿por dónde se rompe? Me causan gracia los partidos políticos que se hacen llamar “antisistema”. Si el diputado Vitrola fuese peligroso, no estaría en la televisión. Si yo fuera peligroso no estaría frente a esta pantalla en donde trato de eyacular toda esta rabia. No se para qué sirve que tanto nos espíen, si nada de lo que posteamos en las redes, si nada de lo que hablamos por teléfono les hace darse cuenta de que queremos destruirlos. Será que no podemos y que lo saben. Como dijeron en un pensamiento parecido, “si el voto fuese útil, ya estaría prohibido”.

No sería capaz de matar, se sí que sería capaz de morir, pero no sé si de matar. Siempre se puede matar o morir si la causa es buena, la vida no vale tanto cuando hay metas superiores ¿Qué harías si te mandan de viaje al pasado con una colt 45 y la máquina del tiempo te deja en la década del ’30 justito detrás de Hitler, o de Videla en los albores de los 70? ¿Dispararías a su cabeza? ¿Alegarías contra la violencia, sabiéndolos masacradores de la humanidad?

La abeja no es un animal que vuela, torpe y peludo. La abeja no es sino puesta en su enjambre, la abeja es multiplicada por muchas. Las abejas entienden la vida mucho mejor que nosotros. Si un zorro mete la zarpa en la colmena, no habrá abeja desertando de inmolarse por el conjunto con la duda de si justo ella debe ser la que se sacrifique por las demás. Es la miel de todas y es la miel de cada una, las abejas tienen espíritu de cuerpo.

A los humanos nos enseñan a ganar la personal, o a que el fracaso sea culpa del fracasado. Si gano yo, si pierde el otro, algo habremos hecho para merecerlo. Meritocracias, compartimentación en pequeñas celdas que disimulan el plano de la cárcel. No mires al costado, no mires al costado, seguí caminando, ocupate de lo tuyo, nadie va a ayudarte, no ayudes a nadie. La analgesia social, you know.

Y a los argentinos, ¿qué nos pasa a los argentinos? ¿y a los marplatenses? ¿y a los periodistas de capricornio? Jugo de tomate frío en las venas debemos tener. Qué nos queda si ya no hay revolución, qué nos queda si el hombre nuevo envejeció de tanto esperarse.

Será que otra vez habrá que dirimir entre igualdad y libertad. Kart Popper, que pensó en esto, dijo que después de haber buscado la igualdad, al final se quedó con la libertad, y todo el capitalismo lo festejó. Y yo creo que hasta la libertad es una mentira, si de lo que sos libre es de morirte de frío por dormir en un zaguán.  Y creo que si de lo que se trata es de la igualdad, habría que incendiar el palacio de injusticia, con la precaución de que salgan todos. Y anunciar por altavoces que vamos a empezarlo todo de nuevo, iniciando por construir una cárcel para la gente rica, que nunca va. Estoy seguro de que Fabiana Mariani, la nieta sonriente de Mariano Morrones, diría por televisión que es una barbaridad, porque El Grupo diría que es una barbaridad, cosa que repetirían los Leucocitos, a coro con Lañata. Podríamos ahí recordar que los canales de televisión son del Estado, concedidos a los privados, pero la señal es estatal, como son estatales los bondis aunque los exploten una caterva de canallas avalada por otra caterva de canallas que se dicen representantes. Entonces que Fabiana Mariani vaya a decirle a la depiladora que lo que se está haciendo con eso de quemar palacios y hacer guirnaldas con jueces venales es una barbaridad, que se lo diga mientras le tala el bosque para plantar soja.

No, no está toda mal esta columna, me van a meter preso, alegaré demencia. También porque es cierto lo que dicen los que afirman (yo) que la democracia es el mejor camino en el que podemos perdernos. Si restringimos la libertad, seremos como los que siempre odiamos, que también tenían buenos argumentos para pisotearla.

Entonces déjenme decir que no hay otro camino que volverse peligroso. Durante la dictadura cívico/eclesiástico/mediático/jurídico/militar, los perseguidos —muchos sin saber por qué lo eran— trataban de desprenderse de elementos personales que los hicieran ver como agentes del peligro. Agarraban los libros y los enterraban. Porque si dejaban de ser peligrosos dejarían de estar en peligro. No sabían que al peligro lo llevaban adentro. Era un peligro que enseñaran a leer, que enseñaran a pensar, que levantaran casas para los desposeídos, que dieran misas por los desarrapados, que compusieran canciones hablando de monarcas panzones o simplemente mencionaran la injusticia. Se lavaban, se peinaban, enterraban los libros, pero seguían siendo peligrosos. Y los horribles lo sabían, lo sabían los horribles que construían un escenario de horripilancia en donde no podría haber actores que cuestionaran el libreto.

Hay que desenterrar ese peligro que los asustaba, porque por algo los asustaba, hay que ser subversivo, dar siempre otra versión, buscarla, desacreditarlos, dinamitar el sentido común, que es una trampa para osos.

Estar furiosos sin que lo noten, hacer la revolución sin que haga ruido, explotar de rabia sin perder la sonrisa, y parecer niños y niñas buenos y buenas, que las viejas nos voten sin saber el monstruo que albergamos.

Esta revista es bastante así.