Dónde van los senegaleses cuando llueve

Desde hace años, Mar del Plata sumó nuevos actores a su postal veraniega: los chicos altos y negros que venden relojes y anillos y que todos dicen que son de África, pese a que ese continente tiene más de 50 países. Qué hacen, dónde viven y cómo llegaron desde Dakar a la Bristol.

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Fotos: Pablo González

A mediados de 2014, el caricaturista Simon Kneebone publicó en la revista Australian Options una ilustración genial que se le fue de las manos: apenas un par de trazos en blanco y negro, una pregunta y una respuesta, que dieron la vuelta al mundo por la contundencia y la claridad del mensaje. En el dibujo se ve a un marino encargado de custodiar la costa de un país —en este caso Australia, pero podría haber sido Grecia, España o cualquier otro—. El hombre observa atento un bote lleno de migrantes apilados que trata de acercarse a la orilla. “¿De dónde vienen?”, es lo único que se le ocurre gritar desde la proa del barco de patrullaje. La respuesta que recibe parece demasiado simplona, pero es tan obvia y amplia como reveladora: “De la tierra”.

En las playas de Mar del Plata, desde hace algunos veranos, hay muchos inmigrantes que escuchan a diario la misma pregunta. En este caso no la formulan agentes migratorios ni militares, sino turistas y curiosos:

—¿De dónde vienen?

La respuesta que se acostumbraron a dar a unos y a otros también es escueta y vaga, y también parece demasiado obvia.

—África.

Pero es tan compleja y profunda como la del dibujo de Kneebone. Porque tal como explicó el maestro de cronistas Ryszard Kapuscinski, África es un planeta aparte, un cosmos heterogéneo en el que conviven casi 60 países y más de mil millones de personas. “Sólo por una convención reduccionista —escribió el gran Kapu en su libro Ébano—, por comodidad, decimos África. En realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe”.

De dónde vienen entonces estos nuevos habitantes del paisaje local.

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Akim está sentado en un banco de madera frente al Shopping Peatonal. No habla español: habla argentino, a la perfección. “Si vos decís Senegal, la gente no tiene ni idea. Creen que Dakar es sólo un rally. Decir África es más cómodo, más fácil. Pero los que venimos a Mar del Plata somos casi todos de Senegal”.

Senegal es el cordón de la vereda occidental de África, el borde continental más cercano de la orilla de enfrente del Atlántico. Y desde hace algunos años es, sobre todo, el kilómetro cero de un viaje que suele durar años, que tiene bastante de salto al vacío para sus protagonistas y que cada vez más incluye escalas en esta ciudad.

Con 38 años y casi dos metros de altura, Akim es uno de los pocos —no son más de 20— que le pone el pecho al invierno y reside en la ciudad todo el año. Los demás senegaleses vienen a hacer la temporada desde otros puntos de la Argentina, y se van cuando se van los turistas. Por eso es difícil verlos el resto del año: porque no están.

Akim salió hace cinco años de Thiés, la tercera localidad más grande de Senegal y su principal polo industrial. Después de escuchar durante años que había posibilidades de trabajo del otro lado del océano, hizo lo mismo que muchos amigos, parientes o conocidos de conocidos: la valija. Programó el GPS hacia el oeste, y casi sin darse cuenta terminó atrapado por una ciudad sobre la que apenas tenía noticias antes de dejar su país.

Mientras cuenta que el verano que acaba de terminar fue bastante flojo en términos de ventas en el puesto que tiene en la feria de La Rambla, admite que escucha la pregunta sobre su origen varias veces al día, pero no le molesta, siempre que sea con buena intención. Los más chicos lo hacen reír, porque preguntan sin vueltas por qué tienen la piel de ese color y de dónde son. “A ellos —dice— les llama la atención y a lo mejor si vienen de otras provincias nunca vieron a alguien de color”. Pero quienes quedan descolocados en esas situaciones, cuenta, son los padres; no saben qué responder a sus propios hijos, y como mucho improvisan algo que incluya la palabra… “África”.

“Mucha gente –reconoce– cree que venimos en botes o escapando de la guerra. Y ahora se habla mucho de los refugiados lógicamente, por lo que pasa en Europa. Pero en Senegal no tenemos guerra: nosotros venimos para trabajar. Venimos en avión, y alguno que pueda venir en barco igual tiene que pagar el pasaje. Nadie llega nadando a Mar del Plata. La gente cree que África es sólo terrorismo y hambre, y no es así. Hay muchos problemas, pero en nuestro país el principal es la falta de trabajo.”

Detrás de una solución a ese problema puntual, Akim y tantos otros encaran su aventura sureña. A medida que se adentran en ella, enfrentan un desafío extra tan viejo como la historia misma de la inmigración: entender las múltiples diferencias –buenas y malas– entre lo que uno espera que suceda en la excursión y lo que finalmente sucede.

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En casi todos los países que pertenecieron a algún imperio europeo hasta después de la Segunda Guerra, los principales flujos migratorios desatados con la descolonización apuntaron hacia las antiguas metrópolis como Francia, Holanda, Bélgica o Inglaterra. Senegal no fue la excepción, y por eso Francia ha sido el destino principal desde que el país se independizó de ella en junio de 1960.

Tal como señala sin embargo el investigador Papa Demba Fall, de la Universidad Cheik Anta Dipo de Dakar, desde fines del siglo XX países como Estados Unidos o Canadá se han sumado a la lista de rumbos elegidos, porque el aumento de las trabas a la inmigración africana y la falta de perspectivas que sufren en las antiguas metrópolis los hijos y los nietos de las primeras oleadas de inmigrantes obligaron a los nuevos a ampliar el espectro.

Las antropólogas argentinas Silvina Agnelli y Gisele Kleidermacher advirtieron que en ese escenario, desde mediados de la década del ´90, pero especialmente a partir del cambio de milenio, Argentina y Brasil también se han transformado en lugares muy elegidos por los senegaleses.

Brasil es el primer destino de quienes deciden cruzar el Atlántico en esta dirección. La razón principal es logística: es más fácil –y más barato– llegar desde Dakar, la capital del país africano, a San Pablo o Río que a Buenos Aires. Brasil cuenta además con una embajada senegalesa, mientras que Argentina, no. Y otro factor –que parece frívolo pero no lo es– es que allí hace menos frío.

Hay varios itinerarios posibles para llegar en avión. El más habitual es un vuelo de Iberia con escala en Madrid o Barcelona. Otra opción es por Turkish Airlines, con cerca de siete horas de escala en Estambul. Y también aparecen carambolas un poco más baratas mezclando compañías aéreas, con paradas extra en Marruecos, Cabo Verde o Mauritania. Son 24 horas de viaje como mínimo, y US$1500 (900 mil francos africanos) para empezar a hablar. Hace falta sentido de la aventura, y también plata: el precio del pasaje equivale al salario medio de todo un año en Senegal. Al igual que sucede en la mayoría de los movimientos migratorios de este tipo, es cierta clase media local la que puede aspirar a buscar una mejora de su situación laboral en el extranjero. Las clases más pobres y con bajos niveles de instrucción por lo general no llegan ni al pasaje.

Desde que la economía brasileña empezó a mostrar algunos números rojos a fines de 2008 en el marco de la crisis financiera internacional, aumentó el número de senegaleses que decidieron continuar viaje hacia tierras más australes. Ese tramo se completa siempre por tierra, en micro, y el destino habitual es Buenos Aires, donde la comunidad de residentes senegaleses —al igual que las de otros países africanos— tuvo un crecimiento importante en los últimos 10 años. Cualquiera que dé una vuelta por los barrios porteños de Once, Flores o Liniers puede confirmarlo.

Según el censo 2010, vivían entonces en Argentina 1040 personas nacidas en países de África.

Pero esa cifra es poco precisa para los referentes de la comunidad senegalesa, que estiman que ellos solos superan los 2000. Casi todos son hombres, y al menos 300 de ellos le agregan 404 kilómetros a la travesía cada verano. Mar del Plata —y otras ciudades de la Costa Atlántica— les garantiza precisamente aquello que el resto de los visitantes de la ciudad tratan de evitar entre diciembre y marzo: intensas jornadas de trabajo, de lunes a lunes; cero descanso.

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Abdou Faye sale del locutorio ubicado en Entre Ríos casi Bolívar, frente al Bingo, y sacude los brazos.

—Perdón amigo. La familia, tú sabes.

Muestra el ticket como para justificar el plantón. Acaba de pagar 120 pesos por media hora de comunicación con su casa en las afueras de Dakar. Es un sábado de febrero, el centro de la ciudad explota de gente, y después de ocho horas de caminata bajo el sol encomendado al grito de guerra estrella de la temporada —“palito seflie, palito selfie”—, Abdou acaba de cumplir su deber semanal. Senegal, comenta, comparte el prefijo con La Plata: 221.

Abdou lleva apenas cinco meses en Argentina. Después de dos años en Brasil, decidió mudarse a San Miguel de Tucumán, donde la comunidad senegalesa es importante y aumenta cada año. Puede sorprender, pero lo mismo sucede en Santiago del Estero y San Luis.

Viajó a Mar del Plata para tratar de hacer una diferencia en la playa con la venta ambulante —principal actividad de la diáspora senegalesa— y espera poder ir de vacaciones a visitar a su esposa, a sus dos hijos, y a los otros siete parientes que dependen del dinero que él pueda enviarles. Excepto a través de Skype, no volvió a verlos desde que abordó un avión en el aeropuerto Leópold Sédar Senghor de su país.

Abdou ingresó como turista a la Argentina. Y en los próximos meses tratará de regularizar de algún modo su situación. Es más o menos lo mismo que hacen todos los inmigrantes que llegan a trabajar al país, pero en el caso de los senegaleses —igual que otros africanos—, muchos intentan obtener algún tipo de asilo como refugiados. Son muy pocos los que obtienen ese estatus, porque más allá de sus problemas económicos, Senegal no presenta conflictos bélicos ni grandes niveles de violencia que amenacen las libertades y derechos civiles. Este pedido de asilo, sin embargo, ofrece cierto margen de tiempo para obtener algún tipo de documentación.

A diferencia de lo que sucede con ciudadanos que llegan de países vecinos como Bolivia, Paraguay o Perú, e incluso de otros Estados africanos, su forma de insertarse en la sociedad y en el mercado laboral tiene que ver esencialmente con una lógica colectiva propia de la comunidad senegalesa, y en ella hay un factor crucial ausente en el resto de los casos: la religión. Más del 90 por ciento de los senegaleses profesan el islam, y la mayoría de quienes emigran pertenecen a la cofradía muridí. Entender qué significa todo eso es entender quiénes son los nuevos vecinos.

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El islam se estableció en la zona del Río Senegal en el siglo XI, y aunque en el país existe una gran tolerancia religiosa, la mayoría de la población profesa la fe musulmana. Existen a su vez dentro de la rama sufí del islam senegalés distintas cofradías —tarikas—, y la de mayor expansión en los últimos años fue el muridismo. Esta es la tarika más joven, y fue iniciada por el místico Ahmadou Bamba, un estudioso del Corán nacido a mediados del siglo XIX, que fundó la ciudad de Touba. Allí se construyó además la mezquita más grande del país, que con su torre de 87 metros es a su vez la más alta del mundo. Bamba está enterrado ahí mismo desde su muerte en 1927.

A partir de su mensaje, los muridíes fusionan las enseñanzas del islam con las tradiciones del pueblo wólof, la étnia más numerosa de Senegal. La prédica de Bamba en favor de la ayuda mutua, el trabajo duro y la solidaridad se ha desparramado notablemente desde que el país se independizó de Francia en 1960.

Bamba fue precisamente un símbolo de la resistencia contra el imperio colonial francés, y pagó su defensa del pueblo senegalés con un exilio de más de diez años en Gabón y Mauritania. Cuando el gobierno galo comprendió que su lucha era pacífica y que no buscaba una guerra abierta sino el respeto de cierta autonomía y de las tradiciones locales, lo dejaron volver a su país. Incluso le ofrecieron la Legión de Honor francesa, pero él la rechazó.

La fiesta anual del muridismo, el Gran Magal, conmemora la partida al exilio de Bamba en 1895. En Mar del Plata, se festeja con un banquete a base de pescado, arroz y salsa de tomate –el céebu jen, plato nacional–, y con muchas horas de oración en la Mezquita de la calle Bolívar.

“Trabajar duro es honrar a dios, al profeta Mahoma y a Bamba”, explican los senegaleses. La vigencia del mensaje de paz y concordia sembrado por él en su lucha contra la opresión es la explicación que ellos dan de que en Senegal no hayan tenido éxito hasta el momento las corrientes islámicas radicales que encuentran eco en países vecinos como Mauritania, Malí o Nigeria. En Senegal, dicen, no hay lugar para yihadistas.

La santificación del trabajo que hacen los muridíes hace que más allá de la carga biográfica con la que llegue cada senegalés a la Argentina, su derrotero inicial sea bastante similar en todos los casos, porque la propia comunidad ofrece ayuda a los recién llegados.

“El pueblo senegalés es muy generoso con sus hermanos. Y cualquiera que venga recibe ayuda de quienes ya viven en el país. Hay un sentido de la solidaridad muy fuerte, y nosotros sentimos la obligación de ayudarnos”, explicó Moustafá Sene, presidente de la Asociación de Residentes Senegaleses de la Argentina (Arsa).

Los inmigrantes suelen recibir asistencia para conseguir alojamiento, e incluso ayuda económica o facilidades de pago para comprar un primer lote de productos para vender. Participan además en esquemas de ahorro grupales, fondos comunes cuyos pozos son asignados entre los miembros del grupo en forma rotativa, para tratar de dar impulso a sus negocios e incentivarlos a no descuidar el trabajo.

Para un senegalés no hay nada mejor que otro senegalés.

Y esto no tiene que ver sólo con los negocios. Los lazos de solidaridad aparecen especialmente ante cuestiones más críticas; la muerte de algún integrante de la comunidad, por ejemplo. Según explicaron varios de ellos, es casi una obligación moral reunir lo más rápido posible el dinero necesario —sea cual sea el monto— para repatriar el cuerpo de esa persona a Senegal, para que su familia pueda velarla como desee.

Mientras esta nota se realizaba, de hecho, la comunidad senegalesa se puso en guardia para responder a una de estas situaciones límite, después de que el 7 de marzo apareciera sin vida en pleno barrio porteño de Monserrat el dirigente Massar Ba, que había sido brutalmente golpeado. Ba vivía en Argentina desde 1995, y durante más de 30 años fue un pilar de la lucha contra el racismo y la violencia institucional, y en favor de los derechos de los inmigrantes.

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El culto que hacen los senegaleses del trabajo, como buenos exponentes del muridismo, dicta también muchos de sus comportamientos como ciudadanos. Es casi un mandato, por ejemplo, alejarse de los problemas. Aunque a veces es difícil.

El último verano, por ejemplo, se vieron envueltos en la polémica que se desató por un reclamo del Sindicato de Vendedores Ambulantes en Mar del Plata. El gremio se queja de que hay competencia desleal y pide que se cumpla la ordenanza municipal 1457, que exige un permiso para vender en la playa que casi ninguno de los senegaleses tiene.

Los representantes de la comunidad entienden el enojo de los vendedores, pero argumentan que no compiten con ellos porque ofrecen otros productos, y que además tratan de no vender dentro del casco urbano; solo lo hacen en la playa. “Además —explicó el presidente de Arsa—, en una ciudad que sabe muy bien lo que significa tener que emigrar por trabajo, quisiéramos que se contemple la situación de la mayoría de los chicos, muchos de los cuales dejaron sus estudios e incluso algún negocio en su país y ahora se dedican por primera vez en su vida a la venta ambulante”.

La contracción al trabajo y al ahorro explica en gran parte también porque estos nuevos actores del paisaje marplatense no suelen aparecer por otros lugares o espacios frecuentados por turistas y ciudadanos locales. El casino, por ejemplo, es considerado un espacio nocivo, que no aporta nada al espíritu. No van a los boliches —siempre hay excepciones, claro—, e incluso muchos rechazaron ofertas para oficiar como seguridad VIP —ahora que se ha vuelto trendy contar con alguien de color parado en la puerta—.

Los lazos de cohesión entre ellos se refuerzan a base de reuniones simples en sus casas —alquilan departamentos en grupos de cuatro a seis personas en la zona del centro o de la vieja terminal—, y encuentros en la Mezquita, donde suelen hacer además jornadas de reflexión y oración. En noches agradables, a lo sumo puedan hacer escapadas a la Peatonal o a la Plaza Colón para escuchar música sentados en algún banco.

Los pocos miembros de la comunidad que residen de modo permanente en la ciudad encontraron una forma de entretenimiento que además les permite practicar el idioma: partidos de fútbol en El Potrero o La Manzana contra un combinado de chicos bolivianos y peruanos que trabajan en la zona del centro.

“Yo no juego muy bien —dice Akim—, pero hago goles. Soy bueno en eso”.

Cuando decidió viajar a Argentina, recuerda, no sabía una palabra de castellano. Dominador del francés y del idioma wólof como todos sus compatriotas, incorporó nociones básicas de portugués en su paso fugaz por Brasil, y enseguida se metió de lleno con su nueva lengua. “Me gusta aprender idiomas, siempre me gustó”, dice. “Es cuestión de supervivencia: si vos estuvieras en Senegal seguramente aprenderías wólof enseguida”.

El idioma lo ayudó por ejemplo con la documentación para conseguir uno de los puestos de la feria de La Rambla, lo que le garantiza trabajo todo el año en la ciudad. Lo que aún no ha aprendido a dominar es el frío; aunque peor le fue a un amigo que trabajó en las cámaras de pescado del puerto y casi muere de hipotermia. El castellano le permitió a Akim conocer también algunos sonidos autóctonos.

—¿Cómo cuáles?

—No te vas a reír eh.

—…

—Me gusta Cacho Castaña.

La chica del puesto ubicado frente al suyo en La Rambla suele escuchar Agapornis y bandas por el estilo que suenan en la radio, pero un par de veces decidió musicalizar el pasillo con temas de Cacho de Buenos Aires, y para Akim fue como una revelación.

“Las letras me hacen pensar”, confiesa.

A los senegaleses les gustan las letras profundas. Suelen llegar a Argentina con unos cuantas listas de canciones de su país en el teléfono. Además de ser estéticamente bellísimos, esos temas llevan mensajes potentes. Senegal ha dado luz en las últimas dos décadas a una generación de raperos que sabe alzar su voz contra el sistema capitalista, la desigualdad y la injusticia, y que cuentan historias que se parecen bastante a las de quienes arman el bolso para mudarse al otro lado del mundo. Canciones como Exodus o Esperanza del trío pionero Daara J parecen escritas para musicalizar cualquiera de estas biografías, y ayudan a entender también de qué hablamos cuando hablamos de Senegal.