Analgesia social

Todos los días vemos un circular permanente de injusticias, pero cada vez parecen dolernos menos. Diversos especialistas vienen advirtiendo sobre algo que se desarrolla desde hace tiempo, pero que se ha acelerado en los últimos años: el motor destructivo del sistema en el que vivimos está adentro de nuestras cabezas. Y nos está enfermando.

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Fotos: Esteban Ferreyro y Romina Elvira

1.

La vida arde. El timeline de Facebook y los noticieros de 24 horas estallan en una cronología caótica. Ya no sabemos qué pasó, ni cuándo, ni cómo, ni mucho menos por qué.
A comienzos de septiembre de 2015, la foto de un niño sirio muerto en la playa estuvo dos semanas despertando indignación en nuestras vidas. Fueron, ciertamente, jornadas de conciencia de la dramática situación que viven los refugiados en Europa. Después se nos olvidó. Gentileza de nuestra memoria selectiva y cronológica. Una injusticia da paso a otra, una indignación a la vez. Dos años antes nos enteramos de un terrible caso de femicidio: en Santa Clara del Mar un tipo había encontrado a su pareja con un amante y —en colaboración con el amante— la golpeó duramente y la empaló hasta matarla. La mujer murió desangrada. Dos años después —con muchos más femicidios en nuestro haber— hubo una masiva y contundente campaña bajo la consigna #NiUnaMenos. Fue hace como mil años, junio de 2015. No existen datos oficiales de si aquellos millones de posteos redujeron el número de femicidios, ni siquiera si logró algún efecto la histórica marcha. En realidad sí, seguramente los hubo, pero no lo sabemos: no se publicaron las estadísticas en Facebook porque el tema ya había pasado. Luego vimos miles de spots de campaña electoral. Candidatos que nos miraban a los ojos y nos hablaban a cada uno de nosotros, pero no a nosotros. Más tarde nuestro timeline nos dejó enterarnos de que hubo represión en Santiago del Estero, luego en otra provincia, más tarde en otra. Entusiasmada, la flamante ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, presentó su protocolo para reprimir la protesta, y los medios colocaron cuentas regresivas en sus pantallas en un pedido desesperado para que empiecen por fin los palos y los tiros que hagan subir sus ratings. Luego a los medios y a los timeline se les olvidó el protocolo y entonces comenzamos a enterarnos de los miles y miles de despidos de trabajadores estatales y privados en todo el país. Después descubrimos el cierre de programas estatales importantes. Más tarde observamos cómo aumentaba el transporte. Pegadito, vimos como explotaban las tarifas de luz, agua y gas. Luego pudimos conocer en detalle otra violación. Más acá, nos ofrecieron la muerte violenta en vivo de un cerrajero en manos de un abogado que en realidad pretendió matar a dos supuestos ladrones: los medios la repetían en sinfin, y lo que ocurría en sinfin era el pasar desinteresado de los transeúntes por al lado del cerrajero agonizante. Luego —antes o después, no importa— vimos un atentado en Francia que vistió de francés nuestras conciencias por tres días, o cuatro. Más tarde otro atentado en Bruselas. Después una nueva masacre de palestinos en la Franja de Gaza. Otro día, neonazis rompiendo cabezas a activistas LGTB con caños de pvc llenos de cemento. La frutilla del postre: los Panamá papers, obscenos secretos del poder al desnudo. Además la calle, claro. La cotidiana calle, con su desfilar de injusticia permanente: un hombre, un niño, una señora con hijo pidiendo dinero en un semáforo, un pibito jalando soledad atrás de un árbol, un hombre tiritando de indiferencia y durmiendo a la intemperie, una persona llorando en la puerta del Hospital Materno Infantil, otra que se muerde de bronca por un turno a larguísimo plazo en la guardia del Interzonal. Y hay más en nuestras calles, en los medios de comunicación, en nuestros timeline de Facebook y Twitter. Muchísimo más.
Más de lo que nuestro corazón y nuestra cabeza aguantan.
Pero aguantan.

2.

A principios del año 2000, un niño de 10 años que trabajaba como artista callejero en el norte de Pakistán llamó la atención de un médico. Caminaba sobre fuego y se atravesaba los miembros con agujas, pero sin truco. Un grupo de investigadores, liderados por Roberto Cox (del Medical Research Institute) propusieron al niño realizarle estudios médicos, extensivos a su familia. Seis de ellos refirieron haber sufrido cortes, lesiones, mordeduras en la lengua y fracturas en los huesos, todas sin percibirlo. Lo llamativo fue que el examen clínico del grupo no evidenció ninguna otra alteración orgánica ni mental. Percibían otras modalidades sensoriales pero no dolor, el resto de los reflejos eran normales. El estudio se publicó en la revista Nature el 14 de diciembre de 2006.

Antes de cumplir 14 años, el joven intentó una hazaña mayor que las realizadas en su espectáculo: se arrojó desde un techo a la calle. No sintió dolor, pero murió en el acto.

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3.

La analgesia congénita es una extraña enfermedad que se manifiesta desde el nacimiento. Se caracteriza por la indiferencia al dolor —incluso ante estímulos dolorosos extremos— y por la analgesia (abolición total de la sensibilidad). Los pacientes que sufren esta enfermedad logran distinguir las diferencias de temperatura, pero pueden presentar heridas de las que no son conscientes o que incluso se las hayan inflingido con fines autodestructivos. El principal problema: nada les advierte cuando algo los está lastimando. Es una enfermedad rarísima que padecen sólo 1 de cada 125 millones de nacidos.

En su libro Ceguera moral, el sociólogo Zygmunt Bauman sugiere trasladar un mal orgánico y corporal de este tipo al universo de las interacciones humanas. Así, crea la idea de “insensibilidad moral”, definida como un tipo de “comportamiento cruel, inhumano y despiadado, o bien una postura ecuánime e indiferente adoptada y manifestada hacia las pruebas y tribulaciones de otras personas”.

El filoso humorista Diego Capusotto llevó al extremo esta idea con su personaje del cantante “más hijo de puta de la historia”, Jorge Meconio, cuyo lema es “él sufre, yo no”. Pero en su parodia propone un insensible aislado: el hijo de puta.

Es que la falta de sensibilidad social es, en apariencia, un problema de los sensibles: las víctimas de la insensibilidad de otros. Pero, ¿qué pasa si estamos ante una pandemia? ¿Qué ocurre si en realidad a todos no está afectando una suerte de analgesia social?

4.

Para la medicina, la analgesia para provocar insensibilidad física temporal es imprescindible. En muchos momentos necesitamos eliminar la sensación de dolor. Eso hacen los analgésicos y, en casos más complejos, la anestesia parcial o total que nos suministra un especialista para que durmamos mientras, por ejemplo, nos operan.

Lo que jamás se nos ocurriría, por más tentador que pueda sonar, es que nuestro organismo sea perpetuamente inmune al dolor. Ningún profesional médico lo aconsejaría ya que el dolor, después de todo, cumple una función crucial en la defensa de nuestros organismos: nos advierte de amenazas potencialmente mórbidas y nos señala la necesidad de una acción antes de que sea demasiado tarde para intervenir. Si el dolor no enviara esa señal a tiempo, nuestras vidas correrían constante peligro.

Ahora traslademos —de la mano de Bauman— este mismo problema a la insensibilidad al dolor social: “La no percepción de signos tempranos de que algo amenaza o anda mal en el compañerismo humano y la viabilidad de la comunidad humana, y de que si no se hace nada las cosas se pondrán peor, significa que la noción de peligro se ha perdido de vista o se ha minimizado lo suficiente como para inutilizar las interacciones humanas como factores potenciales de autodefensa comunitaria”. O dicho más sencillamente: que si no nos caemos de dolor cuando vemos a alguien durmiendo en la calle, si el cuerpo social no recibe la información de que eso duele insoportablemente, entonces nunca ese cuerpo social —la comunidad— tomará medidas reales para que las razones de fondo que generan eso que duele, desaparezcan.

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5.

Es sábado y faltan pocos días para Semana Santa. En la plaza Francia de la ciudad de Buenos Aires un grupo de adolescentes ensayan su vía crucis, una pareja se besa en el pasto, un músico canta canciones de Sabina, un hombre vende comida. La vida transcurre.

Adentro del Palais de Glace hay una muestra de fotografía documental que debería paralizar al mundo. Pero el mundo no para. Lo que está colgado en las paredes es el trabajo del reportero gráfico Pablo Piovano, “El costo humano de los agrotóxicos”. Chernobil made in Argentina, pero sin accidente nuclear.

El trabajo es una denuncia demoledora. Muestra las malformaciones, muertes y enfermedades provocadas en familias del Litoral y Norte argentino que viven en zonas en donde está permitido, para la cosecha de soja, el uso de químicos altamente tóxicos.

Piovano: “Cuando supe de las cifras estremecedoras del costo humano decidí de manera independiente salir a documentar el impacto que los agrotóxicos están causando en la salud de los trabajadores rurales. Según la red de médicos de pueblos fumigados con glifosato, el primer relevamiento dice que son 13,4 millones las personas afectadas. Casi la tercera parte de la población total. En algunas poblaciones y en menos de una década los casos de cáncer en niños se triplicaron, crecieron un 400 por ciento los abortos espontáneos y las malformaciones en recién nacidos. Pese a la contundencia de esa realidad, no hay información sistematizada a nivel oficial. En 1996 Argentina acordó con Monsanto la comercialización de soja transgénica y el uso del glifosato en un trámite rápido, sin análisis científico ni evaluación de daños humanos. Argentina se convirtió en un territorio de experimentación. (…) En nuestro país no hay ninguna ley nacional que regule el uso de herbicidas a pesar de que el glifosato está prohibido en 74 países. En 2014 las ganancias de Monsanto rondaron los 16 mil millones de dólares. Todo esto ocurre en medio del silencio cómplice de la mayoría de los medios periodísticos”.

Por este trabajo, Piovano recibió seis premios internacionales y el pedido para su publicación en diversos medios de comunicación europeos. En cambio, ninguno de los medios tradicionales de Argentina mostró interés por tenerlo en sus páginas.

Piovano define —y cualquiera que haya visto sus fotografías sabe que no exagera— que lo que está ocurriendo con el uso de agrotóxicos —autorizados en 1996 y utilizados ininterrumpidamente hasta nuestros días— es un “genocidio por goteo”.

En lo que refiere a este tema, lo único que ha diferenciado a la etapa neodesarrollista de la neoliberal es que una cobró retenciones a la agroindustria y la otra no. Pero en ambas se pasó por encima el costo humano de esta actividad. La duda: ¿sería posible sin analgesia social?

Afuera del Palais de Glace la vida sigue su curso. La noche se prepara para el vía crucis. El vendedor de comida ya dejó su puesto. El músico pasa su gorra. La parejita duerme abrazada. Nadie parece estar llorando.

6.

El movimiento new age sintoniza con la sensibilidad de una parte importante de la clase media y media-alta argentina, como confirmó el abrumador éxito de la visita de Sri Sri Ravi Shankar auspiciada por el presidente Mauricio Macri en 2012, cuando era jefe de Gobierno porteño. En el acto inaugural junto al gurú indio, Macri declaró a Buenos Aires “capital mundial del amor”.

El periodista José Natanson viene analizando el estilo de gobierno de Macri en términos de un mix que mezcla liberalismo conservador, retórica desarrollista y estilo budista zen. En sus editoriales de El Diplo ha sostenido que el gobierno de Cambiemos nos habla de “igualdad de oportunidades”, un enfoque típicamente liberal que apuesta al progreso por vía del esfuerzo individual de las personas, antes que por la construcción colectiva de bienes públicos. También señala que el macrismo coloca como sujeto social icónico al “emprendedor”, surgido como corriente de la economía práctica y el management “no por casualidad en el mismo lugar que el budismo new age, es decir la Costa Oeste de Estados Unidos”. Además, sugiere que el nuevo gobierno nos propone un estilo de vida zen con eje puesto en el individuo antes que en la comunidad (no casualmente la revista que popularizó al movimiento budista en nuestro país se llamaba Uno mismo).

“El budismo occidentalizado —escribe Natanson— esconde un fondo de individualismo que sintoniza con el discurso de progreso mediante el esfuerzo de las personas y familias que es el eje de la doctrina liberal de la igualdad de oportunidades y una de las marcas de fábrica del PRO: poner a todos los ciudadanos en la misma línea y que cada uno llegue hasta donde buenamente pueda. La sintonía es filosófica: budismo y macrismo apuestan, en sentido estricto y sin ironías, al poder de la autoayuda”.

De la comunidad al individuo, del plural al singular o, dicho de otro modo: del “Trabajadores”, con que comienza Perón su discurso el 17 de octubre de 1945, dirigiéndose a quienes lo esperaban en una plaza de Mayo repleta, al “Te hablo a vos, que te levantás todos los días para ir a trabajar y querés progresar”, de María Eugenia Vidal en su primer discurso como gobernadora electa, dirigido al empleado individualizado que la miraba en su casa desde el televisor. El famoso cambio de época.

En su libro La individualización. El individualismo institucionalizado y sus consecuencias sociales y políticas, publicado en el año 2002, el sociólogo Ulrick Beck advirtió que las revoluciones tecnológicas junto a las crisis económicas que se avecinaban auguraban “una fuerte individualización en los estilos de vida”. “La sociedad de clases —dice— resultará casi irrelevante al lado de una sociedad de empleados individualizada. Tanto los rasgos característicos como los peligros de dicha sociedad están resultando cada vez más evidentes”. Luego advierte que en las sociedades individualizadas “las desigualdades no desaparecen, ni mucho menos. Simplemente, se redefinen”. “El resultado es que los problemas sociales se perciben cada vez más como disposiciones psicológicas: inadecuaciones personales, sentimientos de culpa, ansiedades, conflictos y neurosis…”.

La letra chica de la fantasía zen-liberal: parece que el individuo —ese que busca encontrar la felicidad y el progreso por uno mismo— se enferma.

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7.

Según el psiquiatra Elvio Sisti, cada vez crece más el número de personas con patologías relacionadas con el estrés psíquico y las enfermedades de consumo (adicciones, trastornos de conducta alimentaria, entre otros). Según su perspectiva, el motor destructivo del sistema económico y social en el que vivimos “está en la subjetividad de las personas, adentro de las cabezas, gestándose en la cotidianidad de la vida de la gente”.

Hace tiempo que busca interpelar a sus pares: “¿dónde están los psicólogos, psiquiatras, neurocientistas, operadores sociosanitarios, que estudien psicopatogénicamente al sistema?”.

Sisti define al sistema capitalista como una “institución total” y cuestiona que no se está estudiando científicamente las consecuencias de vivir en él. Considera que habría que hacer lo que hicieron los psiquiatras del movimiento que, a principios de los años 70, cuestionaron el manicomio —en tanto “institucion total”—, porque descubrieron que en lugar de curar a los pacientes, los enfermaba.

“La sociedad capitalista funciona de la misma manera —explica hoy Sisti—, introduciendo trastornos en la subjetividad de las personas, producto del condicionamiento de las relaciones y la afectividad cotidianas. Esto significa que toda sociedad tiene una carga sobre la salud mental de sus miembros proporcional a su falta de vida comunitaria”.

Sisti asegura que cada vez de forma más compleja el sistema —asistido hoy fundamentalmente por los medios de comunicación masivos— nos doblega y deconstruye subjetivamente. Con ello logra que traicionemos al nosotros comunitario.

Para explicarse, propone un ejemplo cívico: “la traición que nos hacemos a nosotros mismos, por ejemplo, en cuanto elegimos un candidato contra los intereses de nuestra clase social”.

Así, la analgesia social parece también afectar a la vida democrática: votar se nos presenta como un acto individual que no contempla más que el gusto y el interés personal. Nos vinculamos con los candidatos como lo hacemos con productos de consumo. Me conviene o no me conviene.

Así lo explica también Bauman: “Los políticos pueden interpelar a sus votantes, en primer lugar, como consumidores y, en segundo y lejano lugar, como ciudadanos”.

Por eso Vidal o Macri le hablan a la persona aislada, al individuo sólo. Parece estar en los manuales de la derecha latinoamericana: lo hace también Capriles en Venezuela y las oposiciones en Bolivia o Ecuador. Lo decretó Durán Barba: el plural a muerto. Lo primero que nos anestesia el sistema es nuestro sentido de comunidad.

8.

Llegamos al final.

Afuera la vida sigue ardiendo. El timeline de Facebook y los noticieros de 24 horas vuelven a estallar en su cronología caótica. Ese desborde ingobernable al que llamamos realidad nos descubre una vez más desorientados, con los movimientos lentos, los órganos entumecidos.

La sensación es de impotencia: el país y el mundo cambian irrefrenables adelante de nuestros ojos y nosotros ahí acostados boca arriba, sin poder mover un sólo músculo.

Desde esa posición, levantando apenas la cabeza, nos miramos el dedo gordo del pie deseando que pase algo, que un arrebato de nosotros nos ayude, que algo se mueva.

Por más oscuro que se vislumbre el horizonte, no perdemos la esperanza de que más temprano que tarde el cuerpo social empiece a espabilar.

Sabemos, muy en el fondo, que ciertas veces basta con lograr mover un sólo dedo para comprobar que la anestesia se fue, que el cuerpo está por fin empezando a despertarse.