¿Puede la industria del miedo bajar la desocupación?

Soliloquios de un tipo que se pone y saca el traje de periodista todas las mañanas, pero que, en el fondo, gustaría contestar a la pregunta: “¿Profesión?”, con un seco: “Comediante”.

Puede la industria del miedo

 Foto: Juan Pablo Buceta – Ilustración: Luciano Cotarelo

 

 

El otro día caminaba por la peatonal cuando me topé con personas que estaban juntando firmas a favor del traslado de la cárcel de Batán. Y casi como que me provocaron la misma ternura que los que se paran con un cartel que reza “Abrazos gratis”, desconociendo totalmente que nadie paga por recibir uno.

Fue así que me asaltó una reflexión. Y todos sabemos que -cuando una reflexión nos asalta- no hay que resistirse, porque es peor: si hace cinco años alguien hubiera osado sugerir que una de las soluciones al problema de la inseguridad pasaba por sacar la cárcel de Batán y llevarla a otro lugar, lo hubieran pulverizado.

En cambio, en la actualidad, esa propuesta se debate. Y consigue adhesiones.

¿Qué nos está pasando? Muy simple: Mar del Plata se ubica cada vez más a la derecha.

A este ritmo, para el 2050 estaremos chocando con África.

Creo no exagerar si pienso que dentro de diez años alguien propondrá como solución comerse a los ladrones. Y que la discusión se dará únicamente sobre la manera de cocinarlos. Estarán los partidarios de hacerlos a la parrilla enfrentados a los que busquen meterlos en una cacerola. Y habrá un grupo de vegetarianos que se sentirá discriminado. Pero nadie pensará en que la solución de fondo es una locura.

Para mí, que aceptemos cualquier cosa en pos de una solución al problema de la inseguridad, tiene mucho que ver con el miedo. Con el miedo y la tercera edad. Los datos nos dicen que un tercio de la población marplatense está integrada por adultos mayores, en uno de los porcentajes más altos de Latinoamérica.

Y con todo respeto por nuestros abuelitos (en el caso de que todos los septuagenarios tengan nietos), un viejo asustado es un peligro. No sé por qué pasa eso: tal vez subirse los pantalones hasta apenas por debajo de las tetillas corte la circulación y libere las endorfinas del miedo.

El otro día, un oyente de una prestigiosa AM dejó en el contestador el siguiente mensaje: “Estoy a favor del traslado de la cárcel de Batán. Una buena idea sería transportarla poniéndola sobre cuatro elefantes. ¿Vieron cómo se sostiene la Tierra? Bueno, así. La radio está buenísima…”.

Pero el tema es cuando el miedo de los ancianos se traslada al resto de la población. En Mar del Plata hay viejos de 30 años. Se los reconoce fácilmente por su forma de pensar respecto a los pobres o porque usan el pulóver sobre los hombros pensando que les queda bien. Y ese miedo provoca actitudes incomprensibles, como querer linchar a un pibe de seis años, por ejemplo.

¿Cómo se justifica que un grupo de personas le quiera pegar a un pibe tirado en el piso porque quiso robarse algo? Desde la aparición de “Games of Thrones” que alguien que no supera el metro y medio de altura provoca tanto temor.

Y es que nuestra ciudad, además de mar, arena, sol, alfajores y vicepresidentes procesados, tiene para ofrecer toneladas de miedo. Es como una industria sin chimeneas, pero que mueve millones de pesos.

Por eso no llegan las soluciones de fondo. Definitivamente, a alguien le conviene que tengamos miedo. De esa manera –obsesionados con los robos- no se piensa en otras cosas. Está clarísimo: nos dan facilidades y 500 cuotas para que nos compremos un LCD de 50 pulgadas, desde donde pasaremos todo el tiempo viendo cómo se los roban a las personas que osaron salir de sus casas.

El miedo es una industria, un negocio, y una usina generadora de fuentes de trabajo: policías, vigiladores privados, diseñadores, fabricantes, vendedores e instaladores de alarmas, cámaras de seguridad o rejas, armerías, funcionarios nombrados específicamente para solucionar el tema, publicistas, asesores, empresas de telecomunicaciones, pizzerías (alguien tiene que alimentar a los efectivos), fabricantes de patrulleros, expendedores de combustible y un sinfín de etcéteras.

Hay mucha guita e intereses dando vueltas.

El tema (el chiste) es generar la sensación de que se está trabajando intensamente para que no pase nada malo en todos lados. Incluso en los sitios donde –habitualmente- no pasa nada malo.

Paradójicamente, el precio de las alarmas es un robo. Eso también crea una grieta entre los que tienen plata para acceder a ese tipo de consumo y el que no puede gastar en protección. Dentro de poco tendremos ladrones que robarán dinero para poder costearse una alarma.

En internet venden cámaras de seguridad falsas. No filman, solamente tienen una lucecita y un sensor de movimiento: “La cámara simula ser real, pero el delincuente no lo sabe”, asegura la publicidad. Salen 79 pesos.

Hay un libro de autoayuda que se llama “ATENCIÓN!” (así, con mayúsculas) “Ideas útiles y consejos prácticos para prevenir y enfrentar la INSEGURIDAD”. Es una especie de libro de recetas de Maru Botana, pero dictadas por Daniel Scioli.

Supongamos que ese libro es efectivo y las Fuerzas del Bien ganan la batalla y se acaba el delito. ¿De qué vivirían todas estas personas?

Por eso es necesario respirar profundo y tener claras las cosas.

Los ladrones más peligrosos no te sacan el celular en un arrebato. Intentan venderte uno en 12 cuotas.