Aguanten los gitanos

Aguafuertes marplatenses de un renegado periodista nacido en el Interzonal. Ojo de halcón que ve en simultáneo el plano general y el plano en detalle (que es lo mismo que decir: Jorge, el que no puede dejar de encontrar el pelo en la sopa).

gitanos

Foto: Juan Pablo Buceta – Ilustración: Luciano Cotarelo

Entramos a Grido y había gitanos. Una hermosa zíngara de unos treinta y tantos, con pañuelo de casada y pollera tableada, se movía por allí en el medio, mientras una criaturita hiperactiva miraba dentro de una heladera de pizzas congeladas. Cerca de la ventana, parado al lado de su madre o acaso de su suegra, un morocho con remera de Independiente gritaba en romaní.

La menor de mis hijas (maracuyá y limón) me cuenta entonces que en la escuela estuvieron trabajando sobre la cultura gitana. Yo (chocolate con almendras y ananá), observando a los empleados: ellos montan guardia, cobran, preguntan, sirven, echan salsa, pero los ojos vuelven a esa familia. Y nosotros igual, cuchareamos los helados en sus deshielos y volvemos a esa familia, pero no preocupados, más bien curiosos.

Nunca me asustaron, me parecen personas pintorescas que aportan diversidad dentro de la masa. Pero se que los gitanos son una suerte de cuco para muchos y muchas. Debe ser porque no sólo son diferentes, sino que no esconden sus diferencias, las exaltan con la ropa y los collares, las manifiestan moviéndose en grupo y en su idioma, como si tramaran algo. Y qué paradójico, porque ellos son los que se están cuidando por legado ancestral, ellos fueron los perseguidos y exterminados por su empeño en mantener las tradiciones. Por eso se dedican (o se dedicaban, ahora hay muchos evangélicos) a la compra y venta de autos, como antes vendían carretas y más antes vendían caballos. Por eso sus casas parecen carpas hechas de ladrillos, a cuatro aguas, sin paredes interiores. La idea general es: si se pudre, nos rajamos a toda velocidad.

Hablando de autos, a los que sí odio fuerte es a todos los que manejan esos auto-boliches. Me dan muchas ganas de tener una bazuca para destruirlos, y a veces hasta hago el gesto, cuando ya pasaron. Como esa vez que fui a ver la Gala del Mar (concierto de música clásica que se realizan una noche de verano en la costa) y yo no tenía entrada y estaba sobre la calle y justo cortó el semáforo, y uno de esos imbéciles estaba con reguetón al taco (y luces estroboscópicas por debajo) tapando por completo una parte de una ópera de Puccini, que yo no entendía pero me gustaba estar escuchando… vaya, hete aquí otra paradoja. El espectáculo, vicino al mare, sonaba fuerte, invadiendo el espacio y colándose por las ventanas de los edificios. Pero mientras éste me parecía agradable, el otro, el rodante, creí que merecía explotar por los aires. ¿Es una postura clasista, cómo que hay una alta cultura y una baja cultura y uno, suponte, se enrola en la primera para desdeñar,  con cara de Bruno Gelber, a la que le cabe a “esa gente”?

No sé, te estoy diciendo que no sé, qué parte no entendés.

No es que me encante particularmente la música clásica, de hecho fui a esa gala porque me gusta como combina con la brisa marina, pero me considero bastante ecuménico en el sentido musical.

Otro ejemplo: el otro día un vecino estaba lavando el auto y puso Pink Floyd a todo volumen. Bien, me dije, punto para el vecino (poniendo El lado oscuro de la luna, este ser alcanzó la suma total de 1 punto). Al rato me deprimió: una cosa es valorar el buen gusto de la música que escucha Ned Flanders (todos tenemos un Flanders) y otra muy diferente es sintonizar con el estado de ánimo que a uno lo podría llevar a elegir la banda inglesa. Me puede gustar pero…

Alguno de los presentes recordará la frase de madre cuando con sus hermanos o amigos armaban mucho batifondo. “¡¡Los vecinos!!” Los vecinos: that’s the question. Era el límite de lo tolerable, un principio que embonaba en cosas tan profundas como la Filosofía del Derecho (aquello de “mi libertad se termina donde empieza la de los demás”) como en los pilares básicos de la civilización, expuestos –entre otros— por Sigmund Freud en El malestar en la Cultura o Hobbes en su Leviatán.

Es que vivir en una sociedad organizada apesta y conviene. Es bueno porque básicamente nos hace acordar no matarnos, pero es horrible porque cambiamos el placer de adueñarnos de todo (del espacio y de las cosas) y nos tenemos que conformar con una miserable parte. El homúnculo que pone diez lucas en un equipo de sonido para su auto, ha resuelto que el contrato social y los vecinos no importan, o que nadie es vecino de un auto que circula, y que se jodan los que duermen la siesta, los que estaban proponiendo matrimonio, los que estaban pensando, que la chu…, yo paso con Daddy Yankee a todo lo que da, en mi auto boliche en el que me chapo a todas las chavas.

No parece un asunto de ricos y de pobres, de gitanos y empleados de Grido (pongan una moneda, ya los mencioné dos veces), de clásico vs. cumbia, de alemanes vs. refugiados sirios, de blancos franceses y de negros musulmanes. Por momentos pareciera que sí, y entonces uno se siente un estúpido del Ku Klux Klan escondido tras la máscara de alguien políticamente correcto. Pero tal vez hay otra jugarreta más extendida, la del abuso de las reglas (implícitas o taxativas) que conforman la civilidad, aprovechando la buena prensa que tiene la tolerancia, después de tantas etapas en las que se impusieron las tiranías.

Aguanten los gitanos.