Cuatro pistas sobre la muerte del periodismo

Soliloquios de un tipo que se pone y saca el traje de periodista todas las mañanas, pero que, en el fondo, gustaría contestar a la pregunta: “¿Profesión?”, con un seco: “Comediante”.

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 Foto: Juan Pablo Buceta – Ilustración: Luciano Cotarelo

 

No sé si ya lo sabían, pero el periodismo ha muerto.

Encontraron su cuerpo tirado en el baño de su departamento.

Los vecinos dicen que hace rato lo veían desmejorado. Que no coordinaba y que no se le entendía nada cuando hablaba.

Algunos hablan de suicidio. Otros de asesinato.

Mercedes Ninci dice que fue Boudou.

Las fotos del cuerpo del periodismo tirado en el suelo, con los ojos abiertos y la cabeza en un charco de sangre llegaron a las primeras planas de los principales diarios, porque ahora se pueden poner ese tipo de imágenes. Total, si molestan, al otro día se pide disculpas.

Al velorio del periodismo no fue tanta gente como se esperaba. Lo que pasa es que a esa hora jugaba la Selección.

Jorge Lanata fue el principal orador. Comentó que —si bien hace muchos años que no lo frecuentaba— lo conocía bien.

Mirtha Legrand se indignó porque el cajón estaba cerrado.

Mientras tanto, la policía sigue investigando los motivos del deceso.

Humildemente, creo que el caso está muy claro.

Durante este último tiempo hemos tenidos señales inequívocas de que iba a pasar lo que finalmente pasó:

Pista 1: El periodismo ciudadano

Surgió por la necesidad de hacerle creer al consumidor de medios periodísticos que él también forma parte. Se lo incluye, pero de manera engañosa, ya que se lo hace trabajar. El primero que tuvo la idea de pasar al aire el mensaje de un oyente es un genio que modificó la radiofonía moderna. Programas enteros se hacen en base a esa “participación”, que encima es gratuita.

La televisión redobló la apuesta.

“No solo participás con tu opinión, ahora también nos traés tu noticia”, te dicen con cara de querer venderte un tiempo compartido.

Y la situación se desmadró.

La proliferación de camaritas en los teléfonos celulares hace que en Argentina haya 60 millones de potenciales periodistas. Y para un canal es mucho más barato pedir que la audiencia mande fotos de un choque a tener que mandar un móvil para salir en vivo.

La idea en sí no es mala. Las imágenes de una explosión capturada por un testigo ocasional o ver cómo la policía comete excesos es un aporte periodístico, qué duda cabe. Pero pedirle a los televidentes que manden fotos del granizo que está cayendo me parece una exageración.

Pista 2: Los videítos de internet

Si alguien se tomara el trabajo de averiguar la cantidad de minutos que los noticieros utilizan para mostrar cosas que cualquiera puede ver en su computadora, los resultados sorprenderían. Ahora ya es común ver en los informativos videos de gatitos jugando con un ovillo de lana, bebés riéndose por cualquier cosa o adolescentes tocando el tema principal de Star Wars golpeando sus rodillas.

Lo peor de todo es que no puedo dejar de mirarlo.

Y a veces se me aparece el fantasma de Rodolfo Walsh y me dice:

“¿Ves ese terreno baldío? Bueno, en ese lugar hace mucho tiempo se investigaban cosas…”

El tema es que a mí los fantasmas me dan miedo.

Pista 3: Los panelistas

Se los reconoce al instante porque jamás utilizan la expresión “no sé” como respuesta. El panelismo es una enfermedad que se caracteriza porque permite que cualquiera opine de cualquier cosa. En un mismo programa se puede pasar de analizar las últimas medidas económicas a comentar el nuevo tatuaje de la modelo de turno, pasando por recomendaciones para evitar el golpe de calor, sin necesidad de cambiar de staff o traer invitados especializados en el tema.

Casi siempre terminan todos a los gritos y no se entiende nada. Un desmayo en cámara está bien visto.

Si te muerde un panelista, tal vez te conviertas en uno. Comenzarás a opinar sin que nadie te lo pida y chequearás información en tu celular constantemente.

Los panelistas son insaciables. Ya se cargaron al periodismo de espectáculos y al deportivo. Y ahora están en pleno proceso de desaparecer al periodismo político.

Si, ya sé. Estás pensando en Intratables.

Yo también.

Vení. Abrazame y lloremos juntos.

Pista 4: Los tituladores misteriosos

Es el último grupo en aparecer. Lo hace exclusivamente en los sitios de internet, en donde lo único que importa —según parece— es que la gente haga click sobre el título y entre a la nota. No importa si el lector luego se lleva satisfecho lo que fue a buscar. Eso es una anécdota.

Prendiendo fuego lo que sugieren los manuales de estilo periodístico sobre los requisitos mínimos que debe tener un título, no informan ni dan pistas, solo sugieren cosas.

Antes se titulaba así:

Corte de tránsito en Luro e Independencia por trabajos de mantenimiento.

Ahora nos obligan a leer esto:

Enterate qué esquina estará cortada esta mañana

Un espanto.

Te quieren obligar a meterte en la nota porque eso es lo que vale oro hoy día. Que entres, aunque después te enojes porque allí no encontraste nada.

Se ha llegado, incluso, a acompañar ese título enigmático que no informa nada con una supuesta foto del implicado. Y digo “supuesta” porque —en el colmo de los colmos— la nota que lleva como título Importante actor fue atrapado a los besos con una reconocida modelo es ilustrada con una foto fuera de foco  del que supuestamente protagonizó el hecho. Los más osados ponen una silueta con un signo de interrogación, mientras Norman Mailer se revuelca en su tumba.

Algún día aparecerá un portal con el título El país tiene nuevo presidente: enterate quién es…

Y ya nada tendrá sentido.

En definitiva, el periodismo —tal como lo conocimos hasta hace un tiempo— no existe más. Algún fanático de los libros de autoayuda me dirá que en chino “crisis” se escribe igual que “oportunidad”, pero yo le meteré una trompada y saldré corriendo. Porque soy miedoso.

Las escuelas de periodismo ya están empezando a enseñar nociones básicas de cirugía, porque casi todo lo que se ve hoy en día son operaciones.

De un lado y del otro.

Y ha nacido un nuevo periodismo.

Lo podríamos llamar periodismo hijo de pauta.

Tipos que deciden ocultar y mentir de acuerdo a la plata que reciban de sus sponsors. Cuando la ambición es muy grande y quieren ocupar cargos públicos la pasan mal, como Fernando Niembro. Pero si se manejan bien, tranquilamente se pueden convertir en empresarios que —tras la figura de una productora— reciben mucha guita para “contar lo que pasa”.

En el medio hay un montón de laburantes que se niegan a participar de esta farsa. Pero qué difícil es.

El periodismo hijo de pauta goza de muy buena salud. Y ahí lo vemos, bajando línea, escupiendo verdades que no se cuestionan, marcando a compañeros para que pierdan su trabajo, recibiendo llamados de arriba, cuchicheando en los pasillos, operando, desconociendo el significado de la palabra “repregunta”, actualizando las tarifas, tribuneando, negreando gente.

Mintiendo.

Vos estás leyendo esto e inmediatamente se te aparecen nombres.

Esos tipos son todos unos hijos de pauta.

Afortunadamente yo no soy así.

Y puedo denunciar los negociados del periodismo gracias a Travel Ace Assistance.

Adelante ustedes, compañeros.