Superman: ni yanqui ni marxista

Leonardo Oyola llevó a Supermán hasta La Matanza, lo que en los hechos sumó a la versión original norteamericana y a la primera ucronía soviética, una “tercera posición”. El autor de esta nota acompañó al creador de Kryptonita al estreno de la versión cinematográfica de su obra. Antes, recorrió el set de filmación y dialogó con el director Nicanor Loreti. Una visita a la cocina del superman plebeyo.

Por Juan Carrá – Fotos: Alejo Rébora y Daniela Giménez / www.idea-fija.com

Kryptonita I

Faltan un par de horas para la función. Oyola está ansioso. Ya vio la película más de una vez, pero nunca como espectador, tranquilo, sin tener que dar alguna charla o ser parte de la mirada de todos. Se le nota la ansiedad en cada trago de cerveza. Sentado en uno de los extremos de una mesa larga que comparte con amigos y alumnos de su taller, espera que pasen los minutos, come algunas empanadas. Habla de Tarantino, recita con precisión algunos diálogos de Bastardos sin gloria y parece que por un momento se olvida de que a dos cuadras del bar, en los cines del Abasto, ya hay gente mirando Kryptonita, basada en su libro, dirigida por Nicanor Loreti —que se ganó el mote de ser el “Tarantino argentino” por su película Diablo— y de la que seguro también se sabe cada línea. La gorra de corderoy marrón, un poco húmeda por la lluvia, está sobre la mesa. Es una de las tantas que usa como accesorio infaltable de su atuendo que esta noche se completa con una remera de Twin Peaks: “Fire walk with me”, se lee sobre la figura del agente Cooper acechado por el espectro asesino de Laura Palmer y si hay algo de lo que no quedan dudas es que el fuego camina con Oyola desde hace rato.

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La inestabilidad radioactiva en el núcleo del Krypton pone al planeta en peligro. Jor-El, científico, líder de los kriptonianos, y su esposa Lara Lor-Van toman una decisión: su hijo, Kal-El, será el único sobreviviente de su raza. Por eso lo ponen en una nave espacial y antes de que Krypton estalle, parte rumbo a la Tierra. La nave  aterrizará en el pueblo de Smallville, Kansas. Los granjeros Martha y Jonathan Kent encontrarán al niño, lo bautizarán como Clark y criarán como propio. Con el tiempo, Clark Kent descubrirá que es un superhombre y que en la Tierra solo será vulnerable a la kryptonita, un desecho mineral de su propio planeta, verde, radioactivo. A Superman solo pueden matarlo los restos de su hogar.

Pero, ¿qué hubiera pasado si esa nave cayera en otro lugar?

La primera edición de Kryptonita, la novela de Leonardo Oyola, publicada por Random House Mondadori, salió a la calle en agosto de 2011. Se trata de una ucronía. Ese género literario que propone alterar un punto en el pasado de un personaje —real o ficcional— para modificar su vida, su futuro. La propuesta de Oyola parte de esa pregunta pendiente. Y el lugar elegido como escenario es su lugar: La Matanza.

El Superman de Oyola es Nafta Súper, líder de una de las bandas de pistoleros más importante del Conurbano Bonaerense. Ya no será Clark; Pinino es su nombre. Los secuaces: el Ráfaga, el Faisán, Juan Raro, Lady Di, la Cuñataí Güirá y el Federico. Ni más ni menos que los superamigos de La liga de la Justicia con la formación que el canal Cartoon Network puso en pantalla desde 2001: Flash, Linterna Verde, Detective Marciano, la Mujer Maravilla, la Chica Halcón y Batman.

El escenario de Kryptonita es el Hospital Paroissien de Isidro Casanova. Hasta ahí llega Nafta Súper a punto de morir. La banda lo lleva a la rastra por los pasillos iluminados con algunos fluorescentes. Lo apuñalaron. Nadie entiende qué pasa: el tipo que todo lo puede se desangra. La respuesta estará en la mesa de operaciones. El doctor le extrae un vidrio, verde. A Nafta Súper lo apuñalaron con el pico de una botella de cerveza importada.

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Los dos dicen que fue amor a primera vista. La cita fue en un bar. Ese día de 2012, a la hora señalada, la luz del atardecer entraba apenas por los ventanales. En la barra solo el cantinero. Nicanor batió la puerta y entró ataviado con una remera del director y guionista de cine Sam Peckinpah. Leo hizo lo propio con una de Pat Garrett y Billy the Kid, el western que ese director filmó en 1973. Como si supieran, se habían vestido para la ocasión. Las miradas se cruzaron en el aire como en un duelo. Nicanor Loreti y Leonardo Oyola apenas se vieron, supieron que iban a trabajar juntos.

Tres días antes Oyola había recibido el llamado. No era la primera vez que un director de cine coqueteaba con alguna de sus ocho novelas para llevarla al cine. Ninguno había podido sortear los límites económicos. Loreti tenía en la cabeza la película posible y la decisión de ir por todo. Lo supo apenas terminó de leer el libro. “Acá hay una película”, pensó y se lo comentó a su novia y ella lo animó a que se contactara con el autor. Kryptonita había movilizado algo en Loreti. Su pasión por los comics, el amor por el cine y la literatura popular, Poison que aparecen en el texto como la banda de sonido de una historia increíble, se conjugaban en un proyecto que sentía en marcha antes de nacer. La mayor dificultad que veía el director era que Oyola confiara en él como realizador. Y para Oyola que el llamado fuera del creador de Diablo era una garantía.

—Lo primero que vi en Nicanor fue ese amor no solo por el cine, sino por contar algo. Yo sabía que era el tipo para jugársela con Kryptonita —cuenta Oyola ya con la película en cartel y con más de 90 mil espectadores encima. Y Loreti resalta:

—Cuando él me dio el ok, para mí ya estaba, la película era posible.

Kriptonita II

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Cada vez falta menos para que vayamos al cine. Las botellas pasan, ya hay cinco o seis vacías. Algunas más llenas o por la mitad. Todas verdes, de la misma marca importada con las que en un rato lo vamos a ver caer al Súper. Como las que toma el Pelado ese Lex Luthor del Conurbano que Oyola construye como uno de los némesis de su superhombre. El Pelado y Pinino se disputan el territorio. Pero también una mujer: Lu. Los dos la aman, los dos darían todo por tenerla. Ella eligió al Pini y el Pelado nunca se la bancó. El problema para la banda de Súper es que el Pelado se mueve con la Bonaerense.

Levantamos los vasos. Brindamos por la película, por nuestro amigo. Leo agradece entrecerrando los ojos y sonriendo. Un gesto típico suyo, siempre agradecido.  Entre nosotros hay una mujer. Se hace llamar Paloma. Lleva la remera de la Mujer Maravilla.

—Esta me la hice hacer para las pruebas de la tapa del libro —cuenta  orgullosa aunque en la tapa haya quedado otro amigo de Leo, con la remera de Superman, tomando mate en un recipiente de vidrio verde.

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Superman es el primer superhéroe de la historia. Nació en 1933 de la mano del escritor estadounidense Jerry Siegel y del plumín del artista canadiense Joe Shuster. Cinco años después lo vendieron a poco más de 1300 dólares a la editorial de comics DC. En junio de 1938 apareció por primera vez en el número uno de Action Comics.

Umberto Eco lo define como el mito típico de una clase definida de lector: aquel que es producto de una sociedad industrial, en la que “las perturbaciones psicológicas, las frustraciones y los complejos de inferioridad están a la orden del día”. Ese lector, es un hombre objetivado por una organización que decide por él y en la que la máquina suplanta el deseo y la acción del sujeto. El semiólogo italiano no duda en decir que Superman es el mejor ícono de esa representación social. Esa en la que el “héroe positivo debe encarnar, además de todos los límites imaginables, las exigencias de potencia que el ciudadano vulgar alimenta y no puede satisfacer”.

Superman es todo eso: no nació en la Tierra, sino que creció como un americano más bajo el nombre de Clark Kent. Y es en esta doble identidad, según Eco, donde radica la fuerza de este mito: el bello hombre de acero vive entre los mortales oculto como un ser insignificante. Clark Kent es el espejo perfecto del lector medio que se acerca al comic de Superman. Que –siempre según Eco– vive un constante proceso de identificación, lo que posibilita que cualquier oficinista medio de cualquier cuidad americana sienta en su interior la esperanza de que un día, “de los despojos de su actual personalidad, florecerá un superhombre capaz de recuperar años de mediocridad”.

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Kryptonita no es la única ucronía que tiene a Superman como eje. La nave con el pequeño Kal-El podría haber caído ya no en Smallville, tampoco en La Matanza, sí en una granja colectiva de la Ucrania soviética. Esa es la premisa que da origen a Superman: hijo rojo. Una vez adolescente, ya con pleno control de sus poderes, Superman rojo se convierte en el emblema de la Unión Soviética, salvador de los pueblos y la clase trabajadora, siempre bajo el ala de Stalin y con la misión de expandir el pacto de Varsovia para expandir el bloque del Socialismo Real. La S en el pecho musculoso del protector de América desaparece y le da paso a la hoz y el martillo.

El cómic se publicó entre abril y junio de 2003 con guiones de Mark Millar y dibujos de Dave Johnson y Kilian Plunket. El guionista y productor Tom DeSanto, adicto a la cultura popular y a los comics, es el autor del prólogo de la edición unificada de la serie. Allí dice que cuando Millar le comentó la idea, se sorprendió. “Imaginen que Superman no fuese rojo, blanco y azul… ¿comunista?”, se pregunta y más adelante responde: “Superman rojo es un comentario social crítico del capitalismo contra el comunismo y de la política exterior norteamericana”.

En esta ucronía al supercamarada soviético lo acompañan la Mujer Maravilla, Batman, Linterna Verde, Lex Luthor y Louis Lane (Louis Luthor para los amigos), todos ellos aparecen con las distorsiones propias del nuevo escenario, pero su esencia no ha cambiado. Como si en estas historias se quisiera dejar en claro que la vida puede errar por diferentes caminos pero la meta siempre será la misma.

Kriptonita III

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Escuché hablar por primera vez de Oyola en una entrevista a la escritora Elsa Drucaroff. En la charla sobre literatura policial me animé a contarle que yo también escribía, que tenía una novela recién terminada. Nada pretenciosa. Le conté que era sobre un pibe chorro. “Tenés que leer a Oyola”, me dijo enseguida y también me dio su correo electrónico. “Contactalo, es un gran tipo, te puede dar una mano”, me dijo Elsa, siempre generosa. Ese mismo día hice dos cosas: la primera fui a la librería y compré el único libro que había de él: Santería. La otra, le escribí un mail contándole que en eso días viajaba a Buenos Aires para registrar la novela y que me interesaba hacerle una entrevista. No hubo respuesta. Mejor dicho, no hubo respuesta en esos días, sí unos meses después, pidiéndome disculpas y explicándome que tenía una computadora 286, que no tenía internet en su casa y que cuando iba a cyber lo hacía con los minutos contados para responder cuestiones de trabajo o hacer algún Skype con el traductor al francés de una de sus primeras novelas. La esquela cerraba con la promesa de cervezas y literatura. Demás está decir que pensé que me estaba jodiendo. Ya era época de banda ancha y notebooks. Y en mi fantasía, los escritores eran tipos con posibilidades. Después de todo, sus libros estaban en Europa.

En los 800 kilómetros de viaje a Buenos Aires (ida y vuelta) Santería me explotó la cabeza. No podía creer la potencia narrativa de ese texto. El cruce entre lo policial, el misticismo y la realidad del submundo del conurbano. Había algo en esa narrativa que me interpelaba.

No mucho después se hizo el primer Festival Azabache de novela negra en Mar del Plata. Oyola estaba entre los invitados. La foto de promoción era la misma de la solapa de Santería: Oyola pelado al ras, con barba candado y gesto adusto. Por entonces aún yo no era parte del equipo de organización del festival. Fui a cubrir la apertura para el diario en el que trabajaba. A unos metros míos un pibe grandote con campera de cuero y pañuelo palestino, me  miraba. Reconozco que le veía un aire conocido en la cara. Después de la presentación protocolar, se me acercó.

—¿Vos sos Juan?

—Sí… qué tal –contesté con vergüenza por no saber quién era el que me estaba saludando.

—Leo Oyola –se presentó– una alegría conocerte.

No mucho después de eso tuve el honor de presentar Kryptonita en Mar del Plata. Junto a los escritores Sebastián Chilano y Fernando Del Río nos vestimos de la Liga de la Justicia. Me tocó Linterna Verde, aunque me siento más cercano al Faisán. En esa charla Leo —nuestro Superman— dijo que la kryptonita podía ser cualquier cosa, “es eso que te deja atado a la esquina y no te deja salir”. Y los verdaderos amigos son aquellos que a pesar del dolor de la pérdida, nos dejan volar.

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Sthepen King propone un axioma: donde se cruzan dos ideas que aparentemente nunca podrían cruzarse, ahí nace una historia. Palabras más, palabras menos, eso dice en su libro “Mientras escribo”, una especie de Biblia para los escritores salidos de los talleres de Alberto Laiseca. El autor estadounidense cuenta que la historia que dio origen a Carrie —su primera novela publicada— surgió del cruce de dos hechos sin ninguna conexión: el acoso escolar a una compañera de la preparatoria y una noticia en Life en la que se hablaba de telequinesis.

La primera idea para Kryptonita fue casi una brabuconada. Cuando la editora le preguntó a Oyola si ya tenía tema para la novela siguiente, él tiró sin más: “Sí, es sobre un Superman que nace en La Matanza”. La idea prendió y empezó a tomar forma en el papel anclada en el hombre de acero de Christopher Reeve, que marcó la infancia del autor.

—Involuntariamente se volvía una parodia tanto de los superhéroes como de La Matanza y yo no quería eso —recuerda Oyola.

Mientras el autor se alejaba del texto para que reposara, problemas de una vieja amiga llevaron a Oyola al Paroissien. Cuatro días y sus noches la piba la pasó en agonía mientras sus amigos le hacían el aguante.

—Mi tiempo en el hospital me hizo rememorar muchas cosas de cuando era chico. Mis papás siempre trabajaron en negro, no tenían obra social, así que siempre fue ir al hospital público. Fui al Paroissien de chico por un accidente de un conocido que perdió la vida, ahí es donde escuché por primera vez el término obitó. Por estar ahí pude conocer y ver cómo funcionaban las guardias mientras hacíamos el aguante hasta que esta chica se fue para el otro barrio. Yo sabía que quería contar algo con esto.

Un tercer elemento que se conjugó en el universo Oyola para terminar de dar forma a Kryptonita fue la  huelga de guionistas de series en Estados Unidos. Oyola se topó con un artículo en el que se hablaba de que esa medida de fuerza era posible porque en esta época de las series, la estrella es el escritor en contraposición a décadas atrás cuando el peso de todo estaba en las primeras figuras.

—Cuando ese actor quería cobrar más no se presentaba al set de filmación, entonces hacían esos refritos en los que contaban una historia con fragmentos de otros capítulos, lo más común en los policiales era que a los protagonistas les pegaban un tiro y mientras estaban recuperándose, sus compañeros rememoraban. Ahí me di cuenta de que había una forma de contar y que no tenía que trasladar solo a Superman a la Matanza si no llevar a todo su universo y que mi Superman tenía que ser unplugged y que el resto eran quienes tenían que tomar la voz narrativa.

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Los cruces con la realidad que propone Kryptonita no se quedan ahí. Antes de la entrada de Súper a la guardia, un pibe chorro es abandonado en la puerta del hospital. Lucas Emmanuel Navarro tenía 15 años cuando lo lincharon. El Orejón —así le decían— con otros dos pibes intentaron asaltar a un vecino con la réplica de un arma. El tipo se dio cuenta y empezó la golpiza. Dicen que a él se le sumaron otros y otras.

El doctor que esa noche cubría las guardias hizo su trabajo. No le salvó la vida. La policía se encargó de que se cumpliera ese protocolo invisible en el que la cuenta dice: pibe chorro que entra herido, pibe chorro que pasa para el otro barrio. El doctor, que hace las veces de nochero, y Nilda, la enfermera de piso deberán mantener vivo al jefe de la banda. Sobre todo el doctor. El mismo que minutos antes no dudó en dejar morir al Orejón.

La periodista matancera María Florencia Alcaraz dice que es “conmovedor” que en una ficción del orden de lo fantástico apareciera la historia real del Orejón. En este sentido, la periodista refuerza: “Es un crimen impune que ha quedado olvidado para los medios masivos pero llega a la pantalla grande gracias a la película. No se habla de este asesinato ni en el propio barrio Los Pinos donde muchos vecinos firmaron un pacto de silencio para que no se hurgara más sobre las responsabilidades de esa muerte. Verlo al Orejón con su camiseta de Almirante moribundo en el Paroissien en la peli fue triste pero a la vez fue sentir un poco de Justicia con ese pibe que quiso rescatarse y no pudo”.

Por casos como el del Orejón, la banda de Súper toma el hospital. Lo hacen para soldadear a su líder, lo hacen porque son amigos, son familia elegida.  “Si Pinino muere, usted también”, le dice Ráfaga al nochero y entonces el doctor tendrá que rezar para que salga el sol.

Kriptonita IV

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Oyola nació en 1973 en La Matanza, uno de los 135 partidos de la provincia de Buenos Aires. Ubicado al oeste de la Capital Federal, con una superficie total superior a los 325 kilómetros cuadrados, contiene casi 1.772.200 habitantes. Por esto se le llama la “quinta provincia”: además de Buenos Aires, solamente la superan en población Córdoba, Santa Fe y Mendoza. La mayor parte de la población se asentó entre 1945 y 1960. La Matanza es migrante, obrera y peronista. En sus tierras, que se extienden en los tres cordones del conurbano, está ciudad Evita, esa localidad que vista desde el cielo dibuja el perfil de la abanderada de los humildes. Laferrere, Rafael Castillo e Isidro Casanova también laten al ritmo del Jesse James, ese boliche de nuestro lejano oeste. El escritor matancero Juan Diego Incardona señala a las Unidades Básicas como uno de los espacios de socialización en Villa Celina, su barrio. “El peronismo es la única fuerza política que trasciende lo partidario y se ha convertido en cultura, en La Matanza eso se nota mucho”, dice el autor de “Los reyes magos peronistas” en una entrevista para el documental “La Matanza, la historia”, que lleva la voz en off de Oyola. Incardona dice que en sus cuentos aborda la cultura popular para reflejar Celina a través del fútbol, del rock barrial, de las fábricas y el peronismo. “Si no estuviera el peronismo, no sería La Matanza”, dice. Desde el retorno de la democracia en 1983, el Municipio tuvo seis intendentes. Todos peronistas. En las últimas elecciones nacionales, fue uno de los pocos distritos de la Provincia que mantuvo el peronismo. El candidato a Presidente del Frente para la Victoria, Daniel Scioli, se quedó el 64,43 por ciento de los votos. En este lugar se crió Nafta Super. En este lugar formó su banda. Son todos matanceros de ley.

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En la primera semana en cartel en 120 pantallas de todo el país, Kryptonita alcanzó los 60 mil espectadores. 36 mil fueron el fin de semana largo del estreno. La cifra recaudada hasta entonces fue de 3,9 millones de pesos. Para el domingo 20 de diciembre, a pesar de la llegada de Star Wars episodio 7, se mantuvo en cartel en salas impensadas para una película de producción nacional como las del Abasto. Esto, sumado a los espacios INCAA, permitía prever que la película superaría los cien mil espectadores antes de Reyes. Y así fue: en el ocaso del año, las cifras marcaban 100.009 espectadores en su cuarta semana en cartel. Solo doce películas argentinas pasaron este número. Mientras, el fenómeno de culto comenzaba a gestarse: remeras caseras, fanarts de los diferentes personajes girando por las redes sociales, reseñas de todo tipo, en su gran mayoría ponderando la apuesta del director y el trabajo del elenco.

Cinco semanas de filmación llevó el rodaje de Kryptonita, cuatro de ellas en jornadas nocturnas. Esto implica menos horas de trabajo. “Se filmó rápido, con mucho ensayo previo para que las tomas salgan en dos o a lo sumo tres tomas del mismo plano”, contó Loreti.

Los números no solo fueron positivos para la película. La sinergia alcanzó al libro que va por su séptima edición. Como dato vale remarcar que el fin de semana del estreno, el libro superó en ventas la nueva novela de Stephen King. “La versión cinematográfica aporta en mucho al libro, acerca muchos nuevos lectores”, acotó Oyola.

Si faltaba algo para que el universo Kryptonita quedara completo parece que ya no. La adaptación del texto de Oyola al formato cómic que saldrá en 2016 por la misma editorial que la novela se suma al suceso que arrancó por la literatura, siguió por el cine y no se sabe dónde puede terminar. El guión está a cargo de Federico Reggiani, los dibujos de Kwaichang Kráneo, las tintas de Max Aguirre y los colores de Ángel Mosquito.

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En Warnes al 2600 está el Hogar para adultos mayores San Martín. Ahí, en una de sus alas abandonadas, tomó cuerpo el universo Kryptonita. La sala de urgencias del hospital montada en el set no tenía nada que envidiarle a las del Paroissien: paredes descascadas, azulejos rajados, aparatología antigua, cama de hierro desvencijado, algún tubo de oxígeno en el rincón.

Durante el rodaje, Oyola fue uno más del equipo. Pero el viernes 29 de mayo le tocó cruzar del otro lado de esa línea que divide el delante con el detrás de cámara. La escena era una de las tantas de la película que se harían con croma. La cámara trabada en una escalera, cenital. Oyola se prepara. Su mujer, Alejandra Zina, charla con él. Esteban Lamothe se les suma. Él también será parte de la escena. Juega con un cuchillo de utilería, practica un pase de manos que después repetirá en cámara.

Bigote mexicano, botas texanas, remera de Bon Jovi; Oyola escucha las marcas del asistente de dirección. Loreti mira el monitor y hace un par de indicaciones para la ubicación de la cámara. Piden silencio. Oyola camina un par de pasos, empuña su cuchillo desafiante, mira a un lado, al otro.

—¡Corte! —grita Loreti y la toma queda.

Para Oyola hacer el cameo era mucho más que cumplir un sueño de actor. “Yo quería hacer el cameo como una forma de apoyo al proyecto. Además mi hijo me dijo ‘Si Stan Lee lo hace, vos tenés que hacerlo”, dice entre risas.

Kryptonita V

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Cuando salió Punto Límite —la película en la que Patrick Swayze y Keanu Reeves se enfrentan como el líder de una banda de ladrones de bancos y un detective encubierto del FBI—, Nicanor Loreti se grabó los diálogos en un casete de noventa minutos y esa era la música de fondo para  su viaje diario entre Hurlingham y Villa Ballester. Voces, disparos, el ruido del mar. Cine que se completaba con las imágenes vistas mil veces proyectadas en su cabeza.

Cuando habla de Kryptonita siempre hay un denominador común: el equipo. El director cuenta cada detalle sin dejar afuera a nadie. Desde los que lo ayudaron a tomar esa primera decisión de llamar a Oyola hasta los que se encargan del marketing pasando por su equipo de trabajo. El casting, párrafo aparte: Juan Palomino como Nafta Súper; Pablo Rago, el Federico; Diego Velázquez, el doctor; Diego Cremonesi, Ráfaga; Susana Varela, Nilda; Sofía Palomino, la Cuñataí Güirá; Nicolás Vázquez, el Faisán; Carca, Juan Raro y Lautaro Delgado, la increíble Lady Di. A los que se suman –entre otras caras conocidas– las participaciones de Diego Capusotto como Corona, Pablo Pinto como el Cabeza de Tortuga, Sebastián De Caro como el jefe de policía.

—Leyendo la novela me imaginaba actores para cada personaje —cuenta Loreti —yo quería que Lautaro fuera el médico. Cuando le llevé el guión lo leyó y a la semana me retrucó que él quería hacer a Lady Di. Era el papel más difícil de hacer casting, así que se lo di a él. Me parece un actor tan bueno que si él mismo quería jugarse a eso iba a funcionar. Todo lo que hizo me superó.

El trabajo de Lautaro Delgado —la travesti que hace las veces de la Mujer Maravilla de La Matanza— es tan notable que traspasa la pantalla. El actor tuvo el asesoramiento de la artista trans Karen Bennett.  Cada vez que toma la palabra, en todos sus movimientos, en los gestos, a cada paso con las botas y el mini short, Lautaro Delgado es ella, es Lady Di.

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La periodista Flavia Pittella les propone un juego a Nicanor Loreti y a Leo Oyola para cerrar una extensa entrevista abierta que surcó el universo Kryptonita. Los dos llevan remeras de la película: Loreti una con Ráfaga; Oyola, a Corona enfierrado. La idea que propone la periodista es un ping pong en el que ellos solo pueden responder con una palabra. La primera víctima es el director. Las periodista pregunta, él responde, algunas veces rápido otras titubea, busca no repetirse –esa son las reglas–.

—Kryptonita —dice Pittella.

—Corazón —responde Loreti poco después de decir amor como respuesta a la palabra cámara.

Oyola, a su turno parece más tranquilo, pero trastabilla en la primera respuesta, dice dos palabras en vez de una y Pitella lo llama al orden. El ping pong sigue:

—Escribir.

—Vida.

—Paternidad.

—Ramón.

—Kryptonita.

—Hijo.

—Isidro Casanova.

—Casa.