Salir a comer afuera está sobrevalorado

Soliloquios de un tipo que se pone y saca el traje de periodista todas las mañanas, pero que, en el fondo, gustaría contestar a la pregunta: “¿Profesión?”, con un seco: “Comediante”.

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 Foto: Juan Pablo Buceta

No entiendo por qué nos prestamos a ciertos rituales que no tienen sentido.

Salir a comer afuera, por ejemplo.

¿En qué momento nos convencimos de que meternos en un restaurante era algo necesario para recomponer una relación o cerrar un negocio?

Y ojo que no estoy discriminando: yo tengo un amigo gastronómico.

El tema es que no me entra en la cabeza toda esa previa que se genera en derredor a una salida a un restaurante: encajarle los chicos a un pariente confiable, elegir un lugar adecuado (esto es, que sea lindo, agradable y no te arranque la cabeza), que no haya que esperar mucho y que la comida que se sirva sea rica.

Hay varios aspectos que sustentan esta teoría que –asumo– proviene de un tipo cada vez más renegado de la vida. A saber:

  1. La (innecesaria) insistencia de los mozos

Cada vez es más difícil para mí salir a comer afuera. Y quiero aprovechar esta oportunidad para denunciar que los mozos se han confabulado para que nosotros los necesitemos. Antes, se limitaban a tomarnos el pedido. Ahora están muchísimo más preparados, se hacen llamar camareros, estudian carreras extrañas y necesitan hablar con nosotros. Se les nota en la cara.

Por ejemplo: estás en un restaurante. Y pedís un vino. El mozo vuelve y te trae la botella. Te la muestra. Uno la mira. Y hace un gesto de afirmación.

Pregunta: ¿Alguna vez a alguien le trajeron otra cosa?

Porque uno pide un vino. Y le traen ese vino. Y se lo muestran. Y a uno lo obligan a decir: “…si, es lo que pedí…”.

No entiendo por qué seguimos haciendo eso. A veces pienso que los mozos no son humanos, que son una especie de robots. O computadoras con Windows. ¿Vieron cuando uno en la PC quiere borrar un archivo y la máquina nos pregunta si estamos seguros de querer eliminarlo y ahí empezamos a dudar? Bueno, eso.

Y uno mira al mozo, mira la botella y dice: Si, porque uno es educado. Uno no puede decir “mirá maestro, te pedí un malbec y me trajiste lo que te pedí. Sos muy grosso. No es un chancho, no es una paleta de paddle. Te felicito. Vas a tener una buena propina…”.

Es como cuando uno va a la peluquería y el peluquero te corta y al final viene con un espejito y se pone atrás tuyo, a la izquierda, y te refleja la nuca. Y se queda esperando una respuesta.

Y la verdad es que en esos casos no sé qué decir. Yo lo miro a los ojos –a través del juego de espejos como si fuera un colectivero– y le digo: Si, una respuesta estúpida a una situación más estúpida aún.

Pero le digo eso no porque esté totalmente convencido, sino como para sacarme de encima ese momento difícil. Encima el tipo redobla la apuesta y se viene para la derecha y me enfoca el otro costado de la nuca. Y se queda esperando, sabiendo que me incomoda. Y yo me angustio y pienso “¿Qué tengo que decirle? ¿Qué me estará mostrando? ¡Yo solamente veo una nuca! ¡Acabemos con esta tortura!

  1. Nadie entiende las cartas

Otro aspecto inentendible de una salida a comer afuera es la redacción de las cartas. Hay que ser estudiante de Letras o fanático del Indio Solari para descifrarlas.

—¿Qué es “Festival de Lonjas Vacunas bajo Fina Explosión panificada en contraposición  con Multitud Tubercular Contenedora”?

—Milanesas con Puré…

—Ah… ¿y “Aquelarre Norteña de sabores, en porciones medidas vaporosas hojaldradas”?

—Empanadas de Humita

—Bien… ¿y qué es una “parrillada”?

—La verdad que no lo sé. Empecé a trabajar hoy…

Un desastre. Igual a ese lugar no fui más a comer. Era un restaurante tan pero tan malo, que pedí una venganza y me la sirvieron caliente. Yo tendría que haber sospechado desde un primer momento, porque cuando entramos y pregunté cuál era la especialidad del chef, me contestaron: “dividir con comas”.

  1. El marketing machista y sus daños irreversibles

Otro aspecto a tener en cuenta es el enorme daño que nos ha hecho la publicidad. El trabajo tendencioso de creativos y cineastas frustrados nos ha metido en la cabeza mentiras gigantescas, como que una mujer se puede enamorar de nosotros por el perfume que usamos, que Macri es un buen presidente porque lleva su perro a la Casa Rosada o que pidiendo un vino caro reafirmamos nuestra virilidad.

La verdad es que no sé por qué nos pasa eso. Podríamos impresionar a nuestro ser amado haciendo la cama o limpiando el baño después de ducharnos. Pero no. Pedimos el vino más caro.

Y entonces uno toma esa decisión y se dice a sí mismo: “voy a pedir el más caro y el mejor.” Y pide la carta. Y mira y se asusta. Y uno se pregunta: “¿Cuál pediría Boudou?”. Y elige. Y llama al mozo y le dice. Traeme este…”.

Y el mozo da dos pasos hacia atrás y repregunta: “¿Usted va a pedir ese vino?”, con una carita como diciéndome: “Vas a tener que vender un riñón para pagar esto…”.

Y yo le digo que si. Que estoy con mi mujer y que la quiero homenajear con el vino más caro. Pero no con cualquier vino. Con un malbec. El mejor.

Y de reojo veo cómo mi mujer se emociona. Veo como sus lágrimas se llenan de ojos. Está emocionada. Y puedo percibir que tal vez esa noche termine muy bien.

Y el mozo me vuelve a preguntar si estoy seguro y ante mi respuesta afirmativa sale corriendo y se junta con sus compañeros de trabajo, cuchichean, bajan a un segundo subsuelo. Y traen el Malbec dentro de un recipiente sellado, como si fuera uranio enriquecido. Y lo pone sobre la mesa. Y lo despresurizan.

Y ahí está. El mejor vino del mundo. Solamente para mi mujer. Y para mí. Y para los giles de las otras mesas que miran con envidia.

Luz tenue, velas, decoración sobria, mi mujer, el mozo, yo y el mejor malbec del mundo. El más caro. Y es argentino. Es como tener a Messi parado arriba de la mesa.

Y el mozo lo destapa como tiene que ser: en la segunda muesca, para que el vino al servirse no tome contacto con la capsula. Y me dan el corcho. Y lo huelo. No sé muy bien para qué, pero lo huelo porque vi en la tele que hay que hacer eso.

Y el chico me va servir un poco de vino para que lo cate. Pero antes le digo: “Momento, pará que le saco una foto con el celular”. Y el maitre aparece y me dice: “no señor, usted ha pedido el mejor malbec del mundo, el restaurante ya ha subido esa foto a instagram por usted”.

Y yo me siento un ganador, un todopoderoso. Siento que nadie puede conmigo. Y me dan ganas de firmar DNU y dejar a Sabatella sin trabajo. Así de poderoso.

Y me sirven un poco de ese malbec. Y ahí inclino la copa, aprecio su color (no se ve mucho, pero eso lo ví en la tele), meto la nariz en la copa, tratando de no meterla mucho porque leí en Internet que un sommelier un día se entusiasmó tanto que se quedó atorado y tuvieron que sacarlo entre 4 y le quedó la nariz como uno de esos perros con trompa en forma de balde.

Y lo empiezo a saborear, y ahí aparecen las notas de fruta, muchos aromas que recuerdan a la cereza, la ciruela, recuerdos de especias dulces, acordes de la madera, el recuerdo de las barricas de roble y todas esas giladas que dicen los que han armado una industria de todo esto.

Y es ahí donde el mozo —ante la sorpresa de todos— tira un poco de vino sobre una servilleta, la dobla al medio y después la abre, como si fuera un Test de Rorschach. Y ante esa especie de mariposa roja purpúrea, con toques violáceos le dice a mi mujer: “¿sabe que veo en esta figura? Veo a un marido enamorado que siente que su mujer es una reina. Que disfruten esta velada”.

Esta última sobreactuación me preocupó, sobre todo pensando en la propina que tenía que dejarle a ese pibe.

Y ahí te das cuenta que estás en el medio de una película mala de Adam Sandler, que todo ese artificio no te hace mejor persona y que en una de las ventanas del restaurante hay un pequeño cartel que reza: “tarjetas de crédito suspendidas”.

Y te cae la ficha.

Y puteas a los publicistas.

Esto con Norbert Degoas no pasaba.