Intemperie

El Municipio ha tenido que reconocer el fracaso: a pesar de las políticas públicas de contención de la niñez, hay chicos y jóvenes que sobreviven hace muchos años en la calle. Sus vidas están atravesadas por la violencia, las drogas, el trabajo informal y el delito. ¿Quién mira a los pibes invisibles?

Intemperie portada

Fotos: Pablo González

“La banda se compone, por lo que se sabe, de un número superior a los cien chicos de las más diversas edades, desde los ocho a los dieciséis años. Chicos que, debido al descuido con que sus padres carentes de sentimientos cristianos tomaron su educación, a la más tierna edad se dedicaron a la vida criminal. Se los llama Capitanes de la arena, porque en sus muelles tienen el cuartel general. (…) Es necesaria la intervención de la policía y el juzgado de menores para que esta banda desaparezca y sean internados estos menores criminales, que no dejan dormir en paz su sueño a la ciudad, en reformatorios o cárceles”.

Artículo publicado en el Jornal da Tarde (Ciudad del Salvador, Brasil) e incluido en Capitanes de la arena, novela de Jorge Amado. 1937

 

 

La empleada no lo piensa dos veces, toma al pibe del cuello y lo saca a empujones del local. No le resulta difícil, Ezequiel es esmirriado, liviano, está mal comido; hay quienes dicen que tiene nueve años, otros seis. Sin embargo, cumplió 12. Las drogas mitigaron el hambre pero detuvieron su crecimiento.

Ya en la vereda, el chico cae al suelo y la joven hija de un policía lo agarra a patadas. Él se hace una bolita y aguanta contra un árbol, como un perro que sólo atina a meter la cola entre las patas. Una mujer que estaba en la cafetería de la esquina, interviene. Le exige que pare, le dice que no puede hacer eso. La vendedora responde que le quiso robar, que entró con un vidrio en la mano y que por eso le pega. Los comerciantes de la cuadra la apoyan con una arenga que ya es clásica: “Hay que matarlos de chiquitos”, gritan. En medio de la discusión, el pibe escapa maltrecho y evita el linchamiento. Unos días después termina internado en el Hospital Materno Infantil.

La escena ocurrida el 17 de junio de 2014, en Belgrano casi Catamarcaes violenta, aunque no original. Cada vez que aparecen, la mayoría de los comerciantes, y también algunos Empleados del Mes, llaman a la policía que se encarga de echarlos del centro con métodos variados: desde amenazarlos con desaparecerlos, quemarles los colchones en los que duermen o, directamente, ponerles una pistola en la boca, como sucedió hace dos semanas con un pibe de 13 años.

Molesta su presencia harapienta, su deambular constante aspirándose las mangas mojadas con bencina o con la nariz adentro de una bolsita con Poxi-ran; drogas baratas que comerciantes más pragmáticos (dueños de casas de camping y ferreterías) les venden sin sonrojarse.

Sufren apremios policiales a plena luz del día, son un “riesgo” para el normal desarrollo de la actividad comercial y, en definitiva, para el orden capitalista: no son potenciales consumidores y su apariencia se convierte en amenaza para los que sí lo son.

A los pocos días de conocida la golpiza que le propinó la empleada a Ezequiel, se organizó una marcha de repudio en la que participaron diversas organizaciones sociales. Un grupito de pibes que lo conoce se acercó a los manifestantes, contaron que consumía pastillas a menudo y que su madre pide monedas en la puerta de la Catedral.

Ezequiel había entrado y salido del Hogar Arenaza varias veces. Tras el episodio en el local, fue llevado a la Casa de Abrigo del Paraje San Francisco, en una zona de quintas cercana a la cárcel de Batán. Sin embargo, el establecimiento administrado por la provincia y el municipio cerró a mediados de 2015 y los chicos fueron trasladados a Ayacucho. Al poco tiempo, de nuevo a Mar del Plata. Con una inversión de casi dos millones de pesos, la apertura de la Casa de Abrigo fue anunciada en 2013 por el exintendente Gustavo Pulti y el obispo Antonio Marino, que cedió las tierras de Aldeas Infantiles.

Gabriel Zibecchi, secretario gremial de la Asociación Trabajadores del Estado (ATE), asegura que “el funcionamiento de la Casa de Abrigo fue a medias desde un principio, con trabajadores precarizados que además no eran suficientes en relación a la franja horaria para cubrir; cinco pibes fue lo máximo que recibió el hogar. La gestión municipal que se fue, desde que se cerró dijo que quería volver a abrirla y que estaba haciendo las gestiones necesarias, lo cual hasta el día de hoy no sucedió y la actual gestión (en palabras de Vilma Baragiola) manifiesta que no está en condiciones de proceder a la re apertura por distintos motivos, entre ellos porque el gas está cortado”.

*

Juani se levanta la remera y muestra las heridas. Aunque son superficiales, todavía están rojas, vivas; le surcaron la panza con un palo punzante. La nariz también está abollada por los golpes que le dieron como bienvenida los pibes del barrio Don Emilio.

—Estoy parando en la casa de una amiga, me vinieron a buscar porque soy nuevo y creyeron que era fácil, pero aguanté y después les di con todo.

Con 20 años cumplidos puede decirse que se acostumbró a los palos, su vida no está hecha de otra cosa. A los 8 salió a la calle a vender curitas y no la abandonó jamás. Vendió toda clase de chucherías antes de empezar a cuidar coches, algo que ya lo hartó. Quiere un trabajo de verdad.

—Hice changas, de todo, pero siempre volví a cuidar coches. Acá en los alrededores de la plaza (San Martín) es difícil, más en verano cuando caen los guachos de Buenos Aires y tenes que boxear por el lugar.

Su hermana también cuidaba autos en esa cuadra, a cincuenta metros del Palacio Municipal. De cabello rubio y corpulenta, no pasa inadvertida. Una tarde, dos pibes quisieron echarla. La discusión se había puesto áspera y uno de los forasteros un petiso enfundado en la camiseta de Alvarado la encaró y le dio un empujón. Ella se recompuso enseguida, con la mano izquierda lo tomó de la remera y lo zamarreó como si fuera un muñeco mientras con la derecha lo surtía. El compañero del pibe se fue silbando bajo.

Juani hilvana anécdotas, una tras otra; casi todas tienen un condimento violento.

—La calle es heavy, hace unos días un vago quiso pegarme un puntazo y yo ni lo conocía.

—¿Por qué te quería cortar?

—Porque tuvo problemas con mi hermana y se la agarró conmigo, a veces pasan estas cosas.

—¿Qué fue lo peor que te pasó en la calle?

—Una noche estaba durmiendo en la entrada de un edificio frente a la plaza, y me despertaron de un botellazo en la cabeza; cuando quise levantarme, otro. No duermo más en la calle.

—¿Quién te pegó?

—Unos chabones, son los que salen de los boliches de la costa; no pude verles las caras, quedé ciego.

—¿Por qué te pegaron?

—Por diversión, supongo.

Como casi todos los pibes que sobreviven en la calle, Juani consumió toda clase de drogas. Dice que el Poxi-ran y la bencina son las más fáciles de conseguir.

—La bencina te produce como electricidad, te vibra el cuerpo, igual se te pasa enseguida. Y volves a darte relata moviendo los brazos.

Un día se cansó de inhalar vapores tóxicos. Quiso rescatarse. Reemplazó la abstinencia comiendo más. Mucho más.

Se toca otra vez la panza, con gesto orgulloso. Desde que dejó de drogarse engordo varios kilos.

—Me compraba papas fritas, palitos, gaseosas, chocolates, de todo; me pasaba el día comiendo.

Los recuerdos de su infancia carecen de afecto. Eran varios hermanos con una madre alcohólica que les pegaba a todos, incluido su padre. Ellos, los hijos del matrimonio, se iban a vagabundear sin rumbo con tal de no estar en la casa. A veces vendían baratijas, otras mangueaban a la gente.

La adrenalina que antes lo atrajo, terminó agotándolo. La aventura de Juani se convirtió en un camino sin salida, en una pesadilla. Su cara surcada de cicatrices no muestra alegría. Cada vez que puede, repite su deseo. Quiere “un laburo en serio”. Entrar al sistema que lo expulsó, subirse a la lona.

*

Camilo llega contento. Luce impecable: llantas Adidas blancas, jeans azules, camisa blanca de mangas cortas y el pelo recién cortado, estilo Kun Agüero. Acaba de terminar la primaria de adultos en la 710 (es provincial y funciona en la obra Don Bosco) y quiere anotarse en la secundaria: lleva los papeles abajo del brazo y bromea por sus pocas pulgas a la hora de los trámites burocráticos. Fue el único estudiante que sostuvo la escuela martes y miércoles, con frío, aunque lloviera.

Como no tiene documentos, no puede cobrar el Progresar, beneficio social para quienes estudian. Nació en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires aunque él no lo sabía, lo dice su partida de nacimiento que no está actualizada. La burocracia ordena ir al Registro Civil de origen para actualizarla. Toda una contradicción, sin los documentos puede estudiar pero no recibir un beneficio específico.

Deambuló mucho tiempo por el centro de Mar del Plata; el consumo de todo tipo de drogas lo llevó a situaciones límite, como cuando ligó un tiro en una pierna al intentar robar en un hotel colándose torpemente por una ventana. Ahora cuida autos cerca de la Catedral y practica boxeo en el Envión de Bosque Grande, un programa provincial de responsabilidad social compartida cuyos ejes son la educación, el deporte, la salud y la integración.

—Me gustaría tener un buen laburo y mi casa, formar una familia. Rescatarme dice mientras se acomoda en la silla.

A veces, cuando tiene una moneda, va a la casa de la tía y hace empanadas. No siente orgullo por su pasado, pero lo reconoce, se hace cargo y es consciente de su proceso de cambios y de las nuevas oportunidades que pueden abrírsele a partir de la educación.

“No vemos un delincuente ni un adicto, tendrá problemas de consumo pero Camilo no deja de ser un pibe que busca resignificar su historia”, asegura la psicóloga María José Bravo, quien trabaja con chicos en situación de calle.

Antes de llegar al centro, Camilo vivía en Parque Palermo pero tuvo que abandonar el barrio. Su hermano mayor “se mandó un par de macanas” y los vecinos les quemaron la casa.

—Un día mi hermano estaba tan drogado que robó en la casa de al lado; vinieron los vecinos y me acusaron a mí también, les dije que no tenía nada que ver pero igual quemaron todo.

Camilo se quedó sin nada, en la calle. Repite como una letanía que perdió el lugar donde podía ducharse y cambiarse. Lo que más extraña es un mueble en el que guardaba su ropa.

Sin hogar, se fueron a probar suerte al centro. Y terminaron durmiendo en la playa, bajo el muelle del Restaurante del Club de Pesca, en Luro y la Costa. Ahí se juntaban pibes de diversos barrios de la ciudad, la mayoría eran trapitos.

El padre de Camilo los abandonó cuando él tenía 8 años, la madre formó pareja nuevamente pero ellos no tenían buena relación con el hombre.

—Todo el tiempo discutíamos hasta que me vieja se fue con mis hermanitos más chicos y quedamos solos en la casa con mi hermano mayor… La droga te lleva a hacer cosas que no querés.

—¿Qué cosas?

—Drogarte en el baño, mientras tus hermanitos espían por un agujerito; robar para seguir consumiendo… Mi vieja se fue para que ellos no pasen por lo mismo, por eso hasta el día de hoy no le digo nada, hizo bien.

—¿A qué edad empezaron a drogarse?

—Empezamos a drogarnos de chicos, mi hermano tenía 10 y yo 8.

—¿Qué consumían?

—¡De todo! Yo empecé con el porro, seguí con el Poxi-ran, pastillas, merca… Después lo que viniera, no me importaba nada.

—¿Dónde la conseguían?

—Le comprábamos a un transa del Barrio San Martín; una Ribotril nos salía un peso, una Artán, dos pesos, las mezclábamos con cualquier cosa, no sólo con alcohol.

—¿Cómo lograste salir de esa situación?

—Yo me rescaté a los 17 años, no quería saber más nada, decía estoy re-flaco, débil, no quería que me recordaran como un drogadicto que andaba robando sino como alguien que la peleó y consiguió lo que consiguió con el sudor de su frente. Pero después que pasó lo del incendio y quedamos en la calle yo dije ya fue, se va todo a la mierda, y empecé a consumir otra vez.

—¿Tenías trabajo en esa época?

—Yo trabajaba clasificando plástico por color y hacía una moneda, me compraba zapatillas y ropa, no era que me la gastaba toda en drogas.

—¿Ahora es difícil conseguir trabajo?

—Y sí, ¿quién te va a dar?

Intemperie II

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El municipio de General Pueyrredon cuenta con cuatro Casas de Abrigo, “instituciones de alojamiento transitorio o permanente que funcionan como instancia alternativa a aquellos grupos de convivencia familiar donde los derechos se encuentren vulnerados”, según señala la web oficial. También con un programa de becas para niñas, niños y adolescentes en situación de pobreza estructural, y la línea de teléfono 102 para recibir denuncias en casos de amenaza o vulneración de derechos.

Adrián Lofiego, director de Niñez y Juventud del municipio, sostiene que en los últimos años ha visto un incremento de las situaciones problemáticas de los niños: maltrato, físico, psíquico y moral. Reciben denuncias de escuelas, del sistema de salud, y otras que son espontáneas, de los vecinos.

—A partir de la aprobación en 2007 de la ley provincial 13.298, de Promoción y Protección de los derechos de los niños, se produjo un cambio de paradigma. Es una ley muy moderna que repercutió mucho en los municipios que tenían que crear dispositivos acordes, además pasó a ser su potestad el trabajo que antes hacían los tribunales de menores.

—¿Cuál es el objetivo principal de esta norma?

—Trabajar con el niño como sujeto de derecho y no como objeto de derecho, lo que generó muchas intervenciones y mayor demanda para el municipio con casos cada vez más complejos.

—¿Durante los últimos años, aumentó o disminuyó la cantidad de chicos en situación de calle?

—Lastimosamente se ha mantenido, es un fracaso del Estado. Los que ayer eran menores hoy son mayores pero siguen en la calle, la mayoría cuida autos.

—Son pocos los chicos que se muestran motivados a terminar la escuela o a hacer actividades recreativas, ¿por qué cree que sucede eso?

—Soy de los que creo que el Estado tiene que ofrecer los dispositivos acordes para que este universo de chicos no esté en la calle. Si los que estamos ofreciendo hoy, algunos funcionan y otros no, tendrán que ofrecerse otros. Deberá ampliarse el abanico de tal forma que esos chicos no estén en la calle. Por ejemplo, nosotros tenemos un dispositivo donde va un docente que recibe a los chicos. Si no van todos los chicos en situación de calle a ese lugar tendremos que ofrecer otros dispositivos para que sea tentador, en el plano educativo, cultural o deportivo. El trabajo es cuerpo a cuerpo, hay que estar justo en el momento en el que el chico duda, cuando está la grieta, de tal forma de poder intervenir. Y es así como hemos obtenido resultados positivos.

—¿Alcanza la infraestructura y los operadores con los que cuentan?

—Yo creo que no, sino no habría chicos en la calle. Habría que ofrecer una mayor cantidad de dispositivos, no sé si de operadores. Puede que esos dispositivos tengan operadores o no. De última no importa. Tenemos que tener en cuenta la singularidad de cada pibe. En general, el ciudadano común los ve como negritos, sucios, feos y malos, pero todos tienen historias diferentes, parecen iguales pero no lo son. Si bien es un común denominador que la gente los vea así, nosotros que trabajamos en esto tenemos que ver la singularidad de cada caso. Algunos tienen un adulto referente, que puede utilizarse como recurso, otros no; algunos fueron expulsados de su casa, otros no; algunos no pueden volver al barrio, otros sí; algunos no saben leer y escribir, otros sí. Hay que intervenir sobre cada una de esas historias diferentes. Si no estamos fracasando.

—En las últimas semanas se acrecentaron los casos de violencia policial, un efectivo de civil le puso la pistola en la boca a un chico de 13 años en el centro, ¿desde Niñez van a hacer alguna presentación ante la justicia?

—Nosotros si bien estamos acostumbrados a la tensión permanente que hay con los comerciantes y habitantes del centro, gente molesta con los pibes o que no se los banca, tenemos la idea de cuidarlos y de hacer este trabajo artesanal para mejorar su calidad de vida. Cuando esta tensión se genera con las fuerzas de seguridad, que son los encargados de disuadir, tenemos que estar atentos para que no se excedan en su accionar. Nos han llegado estas denuncias, iremos a hablar con la justicia y algunos organismos. Hay que tratar que estas situaciones no revictimicen al chico, porque ya nos ha sucedido. Elevaremos la denuncia.

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¿Por qué consumís?, le preguntaron a Lautaro (12). Porque veo colores, contestó.

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Los apremios y la violencia policial se convirtieron en rutina, cuenta Paola Escalada, trabajadora social y operadora de Niñez. Trabaja con chicos en situación de calle en un espacio prestado en donde buscan que hagan recreación. “Para que los pibes sean pibes”, dice.

—Ahí tienen baño, se bañan, cocinan. Cuando van caminando todos juntos para allá, suele pararlos la policía por averiguación de antecedentes (una figura que no es legal). Tienen un perro y los amenazan con que se lo van a matar. A veces, cuando va Lara, una chica que tiene un bebé, le dicen que va a salir chorro, un delincuente como ellos. Ella también dormía en el centro. Los pibes algunas noches duermen en los puestos de los artesanos que están por la Diagonal Pueyrredon. Un día, llegó la policía les sacó los colchones y se los quemó, hay que ser muy perversos para quemarles los colchones, es lo único que tienen.

—¿Qué cambios debería haber en las políticas infanto juveniles?

—Buena parte del presupuesto de la policía local debería estar orientado a la atención de los pibes, desde una lógica no punitiva. A nosotros no nos da el cuerpo para atenderlos, somos cuatro operadores que sólo podemos intervenir en este territorio, el centro de la ciudad. En los barrios hay centros que no funcionan como deberían: CIC (Centros Integradores Comunitarios), Cepeden (Centros de Protección de Derechos de la Niñez), CID (Centros de Desarrollo Infantil). Hay una política pública que no termina de bajar para Niñez y Juventud, y hay efectores que son funcionales a ciertas lógicas.

Un día de invierno, Camilo se fue a las 8 de la noche y los operadores vieron pasar a cinco patrulleros. Unas cuadras más adelante, lo habían parado a él y a un par de amigos y les estaban revisando las mochilas. Los acusaban de haber robado turrones y golosinas de un supermercado.

—Les explicamos a los policías que esas eran donaciones que nos hacen a nosotros y se las habíamos dado, porque son para ellos.

—¿Los paran habitualmente?

—Sí, les dicen que van a venir a la noche y los van a desaparecer. Los pibes las tienen todas en contra: por portación de cara, porque usan gorrita, porque toman alcohol y muchas veces andan borrachos. Eso molesta a los vecinos que llaman a la policía. Vienen, les dicen que no se junten en grupo.

—Siempre son sospechosos…

—La última escena que tuvimos fue bastante violenta, un hombre casi me pega, la gente está muy loca… Me invitó a pelear a la esquina. Veníamos caminando por Catamarca entre Rivadavia y San Martín y vemos que la policía para a dos pibes que son trapitos, trabajan a la vuelta en los bingos, los conocemos. Los hacen poner contra la pared, nosotros vamos y respetuosamente les preguntamos. Viene una oficial de la bonaerense y de manera muy violenta los maltrata. El pibe se da vuelta y le dice “pero por qué me detiene, si yo no hice nada”.

—¿Y qué había pasado?

—Un guardia de seguridad de esa cuadra llamó porque decía que estaban empastillados y andaban amenazando, cosa que era falsa. El hombre que me invitaba a ir a la esquina me agarra del brazo, me sacude, y me dice “por gente como vos las cosas están como están, dejalos que hagan bien su trabajo”. El trabajo de la policía no es maltratarlos.

—¿Cómo reaccionó la gente?

—Había gente alrededor y nadie hizo nada. El que me insulto era un vecino, y después salió un burguesito dueño de un negocio y también empezó a insultarme.

—Muchos chicos dicen que quieren trabajar pero no consiguen, ¿es debido a su pasado, a su situación actual?

—Conseguir trabajo no es posible, primero porque el empleador si puede elegir, elige a otro. La situación de calle hace difícil sostener cualquier actividad, ya sea trabajar o estudiar. Y además, trae muchas consecuencias: la pérdida del registro del tiempo, por ejemplo. Los chicos te preguntan frecuentemente qué día es, se pierde ese ordenamiento. También favorece el consumo, el Poxi-ran disminuye el hambre y el frío. Es una droga barata que se sigue vendiendo libremente. Los pibes también se dan con bencina, se humedecen las mangas de la ropa y aspiran. Si uno mira las estadísticas en salud mental, el primer motivo de stress es por duelo, por separación o muerte del conyuge y hasta una mudanza. Imagínate las cosas por las que pasaron estos pibes.

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“Bajo la luna, en un viejo depósito abandonado, los niños duermen.

Aquí estaba el mar antes. En las grandes y oscuras piedras de los cimientos del depósito las olas reventaban estruendosas o lamían mansas. (…) Ya no trabajan allí los negros forzudos que venían de la esclavitud. Ya no canta su canción en el viejo puente ningún marinero nostálgico. Y nunca más se llenó el inmenso caserón con fardos, con bolsas, con cajones. Quedó abandonado en medio del arenal (…) Y los ratones volvieron a dominar hasta que los Capitanes de la arena arreciaron con sus visitas (…) Más tarde llevaron al depósito los objetos que el trabajo del día les proporcionaba. Entonces el depósito cobijó extrañas cosas. Pero no más extrañas que aquellos chicos, de todos los colores y de las edades más variadas, desde los nueve a los dieciséis años, que a la noche se extendían por el piso y por el debajo del puente, indiferentes al viento que rodeaba al caserón ululando, indiferentes a la lluvia que muchas veces los mojaba…”

Jorge Amado, Capitanes de la Arena.

Intemperie IV

*

El viento fresco es propio de mayo, aunque el verano ya comenzó. Es mediodía. Debajo del muelle del Club de Pesca Mar del Plata ya no puede acurrucarse nadie, la galería que hace un tiempo fue refugio ha sido tapiada. Para evitar presencias indeseables, para que el problema no se vea. Si no salta a la vista es como si no existiera.

Sin embargo, a pocos metros de ahí, arriba de unos colchones que apoyaron sobre cartones, dos muchachos duermen en la arena, pegados al bloque de hormigón. Uno acomodó la cabeza en una mochila de viaje largo, casi de travesía. El otro, usa sus manos de almohada. Como las capas de la cebolla, acumulan un suéter encima de otro, visten pantalones percudidos atados a la cintura con piolines. Los pies, descalzos al frío.

Los primeros veraneantes también se guarecen del viento que vuela la arena con insistencia, pero a una distancia prudencial. Un tercer joven, camina despacio por la playa Popular con la vista fija en el suelo. Busca tesoros perdidos, algo de valor para llenar la olla.

Al costado, la parte que menos se ve del muelle es parecida a un basural; en la arena se mezclan escombros, zapatillas gastadas y papeles que bailan remolinos. Arriba, colgando de los hierros oxidados de la loza, un par de botines Adidas bastante buenos, igual que en los cables de cualquier esquina de barrio en la que se marca el territorio o se hace un homenaje póstumo.

A metros del agua, una mujer duerme como puede. Logró meter un colchón en un agujero del muelle que olvidaron tapar las autoridades. Con el fin de ocultarse de las miradas indiscretas, cerró el pequeño ambiente con un cortinado hecho de trapos y lonas deshilachadas que sujetó con el esqueleto de un catre. Si en medio de la noche se le ocurriera cambiar de posición, no podría. El lugar es tan estrecho e incómodo que duele de sólo verlo. Por encima de su cama pasa el caño del gas que utilizan para cocinar en el restaurante suspendido sobre el mar.

Los pibes que son noticia sólo cuando roban, ya no están. Ahora, hay otros, un poco mayores, que sobreviven cuidando coches en los alrededores y comiendo en la fraternidad de la ranchada La Redonda, en la plazoleta de enfrente. Un lugar en el que cocinan lo que consiguen en el día, y donde casi siempre se comparte la escasez.

Un par de perros callejeros también busca algo para engullir, pero aquí sólo hay más piedras, vidrios, pedazos de madera, restos de construcciones viejas. Olfatean en la arena como sabuesos hasta que dan con una presa. Un grandote de gimnasio en franco declivelleva un pitbull suelto y sin bozal por el medio de la playa. En un abrir y cerrar de ojos el animal arremete contra los perros vagabundos que, por malcomidos, parecen fáciles de dominar. Se entreveran en una danza breve. Con destreza, los dueños del pequeño territorio costero rodean al pitbull y le hacen besar la lona: enseguida queda con las patas para arriba, como si pidiera la toalla, mientras el grandote corre desesperado en su auxilio.

La calle tiene sus códigos, la playa Popular también. Los perros sobreviven como pueden, casi como los pibes que todos los días resisten la intemperie social.