Columna sobre la marcha: acerca de la belleza

Aguafuertes marplatenses de un renegado periodista nacido en el Interzonal. Ojo de halcón que ve en simultáneo el plano general y el plano en detalle (que es lo mismo que decir: Jorge, el que no puede dejar de encontrar el pelo en la sopa).

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Foto: Juan Pablo Buceta – Ilustración: Luciano Cotarelo

Marché con las travestis. En las movilizaciones me dejo perder, empiezo a caminar con quien estaba hablando antes de que muevan, y que la corriente me lleve, debajo de cualquier estandarte. Es lo que tiene coincidir con la mejor gente, uno se puede relajar sin riesgo a ser fotografiado junto a pancartas como Morite Cretina.

Últimamente salgo a buscar la gente linda, porque la otra, la más horrenda, lo que podríamos llamar “el enemigo”, se empoderó. Por momentos me rodea la angustia, a veces me embosca el miedo. Es entonces cuando agarro mi vieja mochila y voy a la marcha, que cada día tiene una nueva razón de ser, aunque siempre es más o menos la misma.

Cuando digo que los horribles se empoderaron, no me refiero específicamente a los que detentan en forma directa el poder político, por favor. Allí se están usando términos como unidad en la diversidad, equipos de trabajo y gabinetes técnicos, que sirven para maquillar la horripilancia, al tiempo que se descafeína la actividad política, la vacían con artes de birlibirloque, para que el feo medio se relaje, pensando que a la grieta ya le han metido enduído. Ocurre que, envalentonados por el éxito de esos, los más más espantosos se sienten en condiciones de salir de sus oscuras catacumbas y saltan a foros virtuales y carnales, desempolvando sus libretos arcaicos y sus métodos ya condenados por distintas declaraciones de derechos humanos. Estas manadas de trolls, estas gavillas de orcos llamados a la vida por caricaturas de Sauron, escupen sus palabras prohibidas, las que les brotan guturales desde el mero fondo de las fauces, para rociar de podridos fonemas salivosos las caras de los seres más o menos bellos y normales como yo.

Cuestión que allí me hube, haciendo palmas con las travestis, mientras los chicos de la juventud guevarista arengaban con megáfonos. Era la marcha antifascista. No me entraba en la cabeza estar marchando contra el fascismo. No era –ese martes– la década del ’30, no estaban ni González Tuñón ni Antonio Berni; a Hitler y a Mussolini los habían volteado 70 años atrás. Sí me la pasé saludando amigos, a los que de ahora en más llamaré “mis amigos de las marchas”. Me encuentro con ellos mañana.

Tal vez usted nos esté leyendo desde Chechenia y no comprenda bien qué se nos dio con mis amigos por marchar contra el fascismo. No vaya a creer que nos faltan causas y se las estamos robando a nuestros abuelos. Resulta que a unas criaturas de esta ciudad, posiblemente ya fracasados en caminos de artes, deportes y ciencias, se les ha dado por creerse epígonos vernáculos de los SS. Estos muchachos (creo que no aceptan chicas) no llevan más uniforme que unas remeras negras (que hasta ahí podrían ser plomos de una banda de rock, folkloristas o mozos de parrilla tucumanos), pero sí ensayan los mismos rituales del bracito rígido y las esvásticas deformes en aerosol, con que sus hermanos arios de todo el mundo se identifican y afean urbes en todo el planeta. Hasta puede haber de estas lacras en Grozni (la capital chechena). Aquí el tema pasó a mayores cuando, después de marcarlo con astutas maniobras de inteligencia, cagaron a piñas a un flaquito que milita por los derechos de las minorías sexuales. Y de ahí que se organizó esta marcha en la que caminé junto a las travestis. Ellas no llevaban cartel, porque no lo precisan, es como si hubiera necesidad de señalar a una columna de caminantes como “gordos” o “altos”. (No sé si dejar la última oración, puede ser ofensivo. Aunque más ofensivo es titular que “neonazis golpearon a un joven gay”, como si alguna característica del agredido llevara raciocinio a la sinrazón de los agresores).

La historia misma está llena de marchas y contramarchas. Y más allá de la figura retórica, se vienen tiempos movilizadores, inquietantes, trémulos, marchosos, aunque para nada tiempos de marcharse.

Ignoro todavía qué es lo que prefiero menos, si la fealdad desembozada, la cruenta verdad de un puñado de parias agresivos y sin destino, o la de los que no se reflejan en los espejos, los monstruos maquillados y perfumados, los gemelos de oro que se agitan al ritmo de feroces lapiceras, sobre hojas que esparcen la fealdad, que los diarios del horror disimulan como una forma bizarra y nueva de belleza.