El mapa o el territorio, apología de la grieta

Aguafuertes marplatenses de un renegado periodista nacido en el Interzonal. Ojo de halcón que ve en simultáneo el plano general y el plano en detalle (que es lo mismo que decir: Jorge, el que no puede dejar de encontrar el pelo en la sopa).

 grieta

Foto: Juan Pablo Buceta – Ilustración: Luciano Cotarelo

Hay momentos en que las ciudades son abandonadas. Están las casas y los edificios, están las calles y los árboles en la vereda, y hasta los habitantes, con sus vehículos y sus rutinas, pero por un motivo dejan de ser el lugar exclusivo por donde pasa la vida. En estos tiempos electorales lo noté particularmente: al menos en un segmento de la sociedad, la vida se traslada a una multitud de ágoras, tangibles o virtuales que nos cruzan, como ondas del wifi. Sumamos, a la ronda de padres de la puerta de la escuela, a uno que comentó equis asunto en facebook, y qué le contesté y qué me respondió y que le retruqué y qué mandó el otro. Y en las redes sociales al revés, qué dijo el nene tomando el café con leche, la pelea con el tachero macrista, el duelo de argumentaciones en el almacén. Habitamos otra cosa además de urbes, habitamos grupos de discusión, vivimos en corrientes del pensamiento contemporáneo.

Imagino que vemos personas de carne y hueso que no están, que han dejado el cuerpo yendo a trabajar o a la escuela y están en otra parte, constituidos por obra y gracia de dos dedos que los conectan a una comunidad de ideas que se comparten, se gustean o se reprueban redondamente.

Lo que sigue, lo sé, es bastante obvio, pero quería dejarlo dicho en forma taxativa. Desde hace unos días la grieta se hizo mayor, se abrió una enorme e invisible fosa en medio de la calle que divide las aguas entre dos formas de entender la docena de años políticos que culminan. Hay familias cuyos miembros se evitan, aunque no se puedan eliminar. Hay compañeros de trabajo que se guardan rencor, aunque no se puedan bloquear. De alguna forma, la facilidad de vincularnos y desvincularnos en el modo virtual nos está haciendo falta en el día a día. Pero esa carencia no ha sido obstáculo para el  trazado de un mapa  que se ha superpuesto al territorio y en cierto punto lo ha reemplazado.

Algunos se lamentarán amargamente de esta cinchada que tensa la soga de la razón. No será el  caso de quien suscribe estas líneas. Porque estas desavenencias (que seguramente el tiempo o los ajustes irán limando) dan cuenta de un pueblo al que sus asuntos cívicos le importan, que abraza con pasión alguna de las dos o tres formas vigentes de administrar la res publica. Prefiere (quien suscribe) el apasionamiento en la defensa de las ideas, que el menefreguismo en que tantísimas veces hemos incurrido, ese que deja la política para los políticos o, lo que es peor, para los economistas, mientras se relaja el músculo y se hace de cuenta que por no meterse en estos asuntos, estos asuntos no se meten con uno o en uno.

Me pregunto de qué lado está ese pibe que se inclina sobre el celular en el colectivo. Creo poder adivinar por la cara qué votó el chofer. Necesito el botón de No me gusta. En fin, deberé conformarme con ocultar sus publicaciones, o si se pone a discurrir sobre la coyuntura a los gritos con la chica ciega del primer asiento, al menos eliminaré mi etiqueta.

Tendremos una nochebuena interesante.