Un triunfo de la chetocracia

Soliloquios de un tipo que se pone y saca el traje de periodista todas las mañanas, pero que, en el fondo, gustaría contestar a la pregunta: “¿Profesión?”, con un seco: “Comediante”.

 chetocracia

 Foto: Juan Pablo Buceta – Ilustración: Luciano Cotarelo

“Lo bueno de tener un futuro negro es que te combina con todo…”
(Elisa Gagliano, comediante argentina)

No la vimos venir. O aún peor: la vimos venir, pero subestimamos al enemigo.

El kirchnerismo se entretuvo sacándole brillo a los trofeos obtenidos y no se dio cuenta que le estaban robando las medias. Pensó que le podía ganar a Cambiemos con una sola mano. Literal.

Mauricio Macri será presidente de la Nación a partir del 10 de diciembre, de acuerdo a lo que determinó la mitad más uno (casi dos) de los argentinos. Confieso que siempre utilicé la expresión “cuando Macri sea presidente” como una manera de graficar una situación absurda al extremo.

Bueno, ahora es una realidad tangible.

Que me la saque el dentista.

Resulta que La Revolución de la Alegría nos llevó puestos. Y es una noticia que tardará en volverse tolerable porque no se puede perder una elección nacional contra un grupo de personas que usa como eslogan una expresión que suena a película de Enrique Carreras.

Aparte, convengamos que esa revolución viene un poco floja de papeles. En principio, no es muy revolucionario ganar por tres puntos apenas. Y lo de la alegría lo podemos discutir un rato largo. Es difícil encontrar gente más indignada que el fanático macrista.

Y ojo que no hablo del que lo votó porque le parecía bien su plan económico, porque piensa que la alternancia en el poder es buena para la Democracia o porque se quiere suicidar y no tiene el teléfono de Lagomarsino. Eso es respetable.

Hablo del que lo eligió porque sí, porque está harto. Porque quiere “un país normal, donde los mandatarios den conferencias de prensa y no hablen tanto por Cadena Nacional”. Tipos y tipas que se enojan cuando pierden y se enojan mucho más cuando ganan. Si el electorado les da la espalda, denuncian fraude. Si consiguen una victoria, como en el ballotage, salen a decir que —en realidad— el Gobierno le ordenó a los fiscales comerse los votos “para que la paliza no sea tan humillante”. Aflojen un poco. Hay que quererse más. ¿Qué va a pasar cuando el 10 de diciembre ya no estén en escena todos los elementos que provocan esa indignación colectiva? ¿A quién le diagnosticará Síndrome de Hubris el Dr. Castro?

Ante ese panorama, los publicistas tomaron nota y es ahí donde ese armado de lugares comunes que es Mauricio Macri se tornó invencible. Detectaron a un montón de personas más interesadas por las formas que por el fondo y actuaron en consecuencia.

Nos vendieron un desodorante. ¿Vieron que hay tipos que compran Axe porque cree que usando ese producto van a conquistar mujeres? Bueno, conozco muchas personas que creen que votando a Macri van a ser como él.

Ahí es en donde entra a tallar la chetocracia, un término que acabo de inventar y que me está costando mucho escribir porque el predictivo del teclado manda cualquiera.

La chetocracia vendría a ser el gobierno de los chetos. De tipos con plata que ponen a las apariencias por sobre todas las cosas. Gente con guita que le habla a otra gente como si pertenecieran al mismo círculo, pero no. ¿Se entiende?

Entonces Mauricio nos quiere hacer creer que es uno de nosotros. Que usa camisas celestes como usan los colectiveros, aunque con lo que sale una de las que usa el líder del PRO tranquilamente podríamos comprar un bondi. Y ese comportamiento colectivo tiene un combustible peligroso, que es la certeza que en el VIP en donde bailan Macri y sus amigos no entramos todos. Hay gente que tendrá que quedar afuera. El gobierno que se va redistribuyó las cosas bastante mejor que sus antecesores, pero eso no puede seguir siendo así. El VIP funciona siempre y cuando haya personas que no puedan acceder.

–Qué onda con Macri al frente de CABA?

–Genial. Sacó a todos los negros y se los llevó lejos.

Ese diálogo existió. Yo fui el que preguntó eso hace unos años, sin saber que estaba frente a un futuro chetócrata.

Así están las cosas, país. No importa que nos gobierne un tipo que casi se ahoga en la fiesta de su casamiento porque se tragó un bigote postizo imitando a Freddie Mercury. Es lo de menos.  Es canchero, juega a la pelota y baila muy mal (peor, incluso, que Gabriela Michetti). Un ser de luz que aprendió a respirar con Ravi Shankar antes de entrar a las ruedas de prensa en donde cabecea los centros que les tiran los Leuco y siempre —pero siempre— tiene a mano un puñado de frases de autoayuda que hasta Ari Paluch rechazaría por simplonas.

Tenemos que estar todos unidos, pero con alegría, ojos celestes y amabilidad. Con esa amabilidad que tienen los proctólogos, que te dicen “buen día” y después te la mandan a guardar.

Porque lo peor de todo no es que nuestro líder baile, se babee o no sepa dividir con comas. Lo siniestro es lo que esconde en el placard: una colección alucinante de monstruos que esperan ser nombrados uno por uno en distintos ministerios, dispuestos a terminar un trabajo que tuvieron que cortar en el 2002.

Y cuando esos tipos empiecen con la guadaña, no habrá bailecito que nos salve.

Mientras tanto, los aspirantes a participar de La Fiesta Inolvidable seguirán posteando en Facebook fotitos de negritos con gorrita y capucha con la leyenda “Cristina 2015” oponiéndola a una imagen de pibitos rubios y angelicales (como los hijos de Valeria Mazza) con la frase “Macri 2015” y se reirán y cosecharán likes. Porque siempre se puede ser más choto.

Hay que aguantar. Cuatro años pasan volando.

Trataremos de buscar cosas positivas en el gobierno de un tipo que —en su discurso de agradecimiento luego de ganar las elecciones— nos presentó a su mucama (?) y nos invitó a seguir el ejemplo de nuestro abuelos, que “vinieron en barco sin tener celular, Facebook o Twitter”. Un genio.

Mientras tanto, Zamba dejará de contarle la Historia a nuestros hijos y tratará de conseguir un puestito en el taller clandestino de la Primera Dama. Porque si quiere hacerse una casa, que labure como todos. Acá no hay que regalarle nada a nadie.

Hemos vuelto a ser un país normal. Ya lo dijo nuestro líder.

Es acá. Es ahora.

Vamos, Argentina.

Mboheio.