El cine, ese espejo de nosotros

Mientras la movida audiovisual crece en la ciudad, realizadores, críticos y programadores de festivales debaten acerca de la existencia o no de una cinematografía local. Hay más preguntas que respuestas. El disparador: ¿Existe el cine marplatense?

Por Mex Faliero – Fotos: Ajo

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Hay preguntas que evidencian lo complejo de su respuesta ya desde el enunciado: ¿cuál es el sentido de la vida? ¿Cuál es el origen del ser humano? ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? Sin embargo hay otras que, a pesar de parecer sencillas, de no suponer demasiados debates existencialistas o filosóficos, son mucho más complicadas de responder. Una de estas incógnitas sería, por ejemplo: ¿existe el cine marplatense? Uno no dudaría en afirmar que sí, que hay muchos cortometrajes hechos por realizadores locales y que la producción ha aumentado enormemente en el último tiempo, incluso con una incursión en el largometraje con alcance nacional como es el caso de Detrás del horror y Navidad, de Diego de Llano, ambas con premios en festivales nacionales y hasta distribución internacional. Pero si nos cuestionamos acerca de qué hace a la esencia regional de una movida cinematográfica, notaremos que el asunto comienza a enroscarse alrededor de disquisiciones mucho más amplias y difusas. ¿Qué calificamos como cine marplatense? ¿Con qué objetivo perseguir esta categoría? ¿Buscamos cantidad o calidad? El concepto de un cine de Mar del Plata es todavía un horizonte hacia el que —si bien más cercano que antes— muchos se encuentran remando. Realizadores, críticos de cine y programadores de festivales son los que están en ese viaje, con más preguntas que respuestas.

“Tendríamos que redefinir —o pensar— casi desde lo semántico qué sería un cine marplatense. Si es la producción que se realiza en la ciudad, por gente de la ciudad… pues sí, existe. Si es un cine que dé cuenta de nuestras vivencias, de nuestra realidad, de nuestro modo de ser… creo que aún estamos todos en deuda. Y es una pena porque la ciudad amerita un buen relato”, señala el guionista y docente Ricardo Aiello, también miembro de la Asociación de Autores Cinematográficos Migré. Siempre es un buen punto de partida determinar de qué se está hablando, pensar en concreto si el objeto de discusión tiene asidero, dejando de lado las abstracciones. Y es entonces cuando aparecen opiniones firmes, en un sentido o en el otro. Por un lado el docente y crítico del sitio web Fancinema, Guillermo Colantonio, asegura que no existe un cine local, que lo que hay son “realizadores en Mar del Plata que hacen cine desde diversos contextos de producción”. Mientras que el realizador Germán López, por el contrario, dice que se está viviendo “el amanecer de una época gloriosa”.

Para el director de Umbriel, en la ciudad se está viviendo un tiempo de “expansión del oficio y el lenguaje audiovisual. Los realizadores marplatenses están creando y el público está consumiendo. Pero por sobre todas las cosas: los realizadores se están instruyendo y perfeccionando tanto autodidacta como académicamente”. Estas opiniones encontradas no hacen más que alimentar la dicotomía que existe entre el positivismo de los hacedores y el objetivismo de los analistas, un cruce histórico y que se manifiesta constantemente. Incluso con miradas más arriesgadas como la de la realizadora Daniela Muttis: “para mí lo que existe ni siquiera es el cine, es un universo audiovisual que se desarrolla en múltiples formatos, que tiene en sí mismo la idea de una narrativa cinematográfica, pero no el formato”.

“Se puede hablar de productos audiovisuales marplatenses, todavía no de cine, palabra que creo designa un nivel más complejo de articulación narrativa. Se podría concluir que no existe como entidad colectiva y como producción determinada”, agrega el docente Oscar Alvarez a la hora de desarticular categorías demasiado duras para denominar al movimiento audiovisual que se registra en Mar del Plata.

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El estado de las cosas

Antes que todo, está el Estado. Y es el realizador y coordinador de ciclos de exhibición, Mariano Oliveros, quien instala la necesidad de su presencia como algo fundamental para la concreción de una cinematografía local. Para él no habrá un cine marplatense hasta tanto no aparezca “un organismo estatal que participe de manera activa en la financiación o ayuda en la producción y que permita que la producción se englobe bajo ese paraguas”. La presencia del Estado es siempre una figura compleja, en tanto las autoridades interpreten la asistencia estatal no como una herramienta fundamental para la transmisión de un discurso oficial, sino como un soporte que construye identidad audiovisual y cultural. El subsidio estatal es un mecanismo tan útil como peligroso.

“Sería importante que el Estado comunal se involucre más, no tanto en abrir espacios para la exhibición —que los hay—, sino desde la primera etapa de realización de un proyecto. Estaría bueno contar con algún concurso para obtener subsidios que permitan realizar anualmente, al menos, un par de proyectos”, se suma al reclamo el realizador Diego de Llano, quien desde Controversiafilms lleva adelante una carrera de las más activas en la producción audiovisual de la ciudad.

Más allá de la posibilidad de un subsidio, la gestión cultural oficial en Mar del Plata, en lo relativo al cine, tuvo históricamente nula influencia. Y eso se notó mayormente a partir del Festival Internacional que organiza el INCAA en la ciudad desde hace casi dos décadas —en su regreso—, un espacio casi vedado para los diversos actores culturales marplatenses. Este año la Secretaría de Cultura local intentó aligerar esa ausencia con la creación de un Festival Nacional de Cortos sobre Derechos Humanos y de un Festival de Cine Marplatense, que si bien parece una buena idea lució desprolijo y más como fruto de la necesidad por demostrar acción en un año de elecciones.

De todos modos la posibilidad del aporte oficial no es un objetivo que persiguen todos los realizadores. En ese sentido el director Miguel Monforte no ve con tan buenos ojos la injerencia estatal. Para él una movida audiovisual que dependa del Estado, ya sea municipal, provincial o nacional es un “encorsetamiento peligroso”. Bajo su óptica, el Estado debe gestionar “lo que la gente demanda de un modo coherente y sin demagogias. Por supuesto, tampoco renuncio a ningún tipo de apoyo si hay posibilidad de lograrlo y esto no interfiere en mi libertad de expresión”.

En esa línea se coloca el docente y crítico de la revista La otra y el sitio web Hacerse la crítica, José Miccio, quien manifiesta no estar seguro sobre la participación del municipio “más allá de los obvios permisos para filmar acá o allá”. Para él resultaría más interesante “contar con una sala dedicada a la proyección, con uno o varios programadores capaces de ofrecer ciclos variados y novedosos, y con la posibilidad de editar material crítico e histórico. Algo así como la Lugones porteña”.

En todo caso, como afirma Colantonio, lo realmente necesario por parte del Estado comunal es que esté presente en la evaluación de proyectos serios “sin la designación de gente improvisada para manejar sectores vinculados a la cultura. Para eso se necesita formación, conocimiento y sensibilidad”.

Identidad desconocida

Uno de los rasgos distintivos de este presente en la ciudad, y que lleva a preguntarnos por la existencia o no de un cine marplatense, es el evidente aumento en la producción audiovisual: ficciones, publicidades, videoclips, en una gestación que aumenta y muestra un mayor cuidado estético. Hay diversas variables que pueden influir, como una tecnología más económica y al alcance de todos, el contagio que pueden generar dos festivales internacionales de cine como el del INCAA o el MARFICI, o la injerencia de las instituciones que educan en lo audiovisual. Y hay más. Pero en definitiva la duda es si lo que define la figura de un cine regional es la presencia de mucha gente filmando en un mismo lugar o la aparición de símbolos culturales identitarios y comunes entre películas.

Al respecto, Oliveros acerca una visión concreta: “lo que define al cine de una ciudad es el hecho de que la producción provenga de gente de una localidad. Si yo filmo una comedia adentro de una casa, no deja de ser una película marplatense si buena parte del equipo, realizadores y actores, son marplatenses, aunque la casa esté en Mar del Plata, Tandil o Mendoza”. Pero a costa de sonar antipático, Monforte confronta: “no alcanza con que mucha gente produzca material audiovisual en un determinado lugar” —como está ocurriendo en Mar del Plata—, eso no es “relevante a menos que ese material resulte trascendente por diferentes motivos”.

En definitiva, lo que el director de Héroe corriente señala es que más allá de algunas condiciones similares entre realizadores, eso no se convierte en un sistema de símbolos culturales regulares. Y lo que empieza a tener influencia es otro asunto, que tiene que ver con la impronta de ciudad turística, con una consciencia de lugar de paso que condiciona culturalmente: “por más que Mar del Plata sea la segunda ciudad más filmada del país, sus habitantes tenemos escasa representación en la pantalla a través del cine porteño…”. Y arriesga: “quizás este sí sea un rasgo”.

El concepto de lugar de paso es también para Colantonio lo que condiciona una identidad cultural dispersa, y que impide un imaginario audiovisual común. “Mar del Plata ha sido y es una ciudad de tránsito (turístico, laboral y estudiantil). Su indeterminación en este sentido no hace posible internalizar un concepto de región como propio, ni siquiera en su diversidad. Por ende, no hay un cine que represente a los marplatenses o dé cuenta de ese sentimiento en común que define a una región”.

El asunto de la identidad en la construcción de Mar del Plata como ciudad, algo que se remite a sus orígenes y al espacio estratégico que ocupa dentro de lo productivo en el país, toma centralidad. El dilema parece estar presente en el hecho de que la ciudad en el cine argentino ha sido vista siempre con ojos extraños —“en general, todavía sigue siendo para el cine una escenografía o el lugar donde se realiza el mayor de los festivales de cine de nuestro país y que, por cierto, no se organiza en esta ciudad”, dice Muttis—: es la ciudad del verano de la comedia picaresca a lo Porcel y Olmedo, o la del invierno mustio y desolador del Nuevo Cine Argentino. Asumirse desde un lugar personal parece el desafío de los realizadores marplatenses, alejarse de la imagen turística a la que la cinematografía nacional condenó. “El cine se hace contra la postal. Un espíritu provinciano nos hundirá para siempre en el chiquitaje, y terminará convenciéndonos de que nuestro destino es filmar planos generales de la rambla. De necesitar un cine local (algo que habría que ver), no necesitamos un cine Cholo Ciano. Necesitamos un cine Vilas, un cine Piazzolla, un cine al que Mar del Plata no le baste”, como sentencia Miccio.

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Inteligencia artificial

Señalábamos anteriormente como una de las variables que influyeron en el aumento de la producción audiovisual local, la aparición de tecnologías más diversas y económicas, que sirvieron para democratizar de alguna forma el acceso al cine. Cámaras de fotos o celulares permiten filmar una película, y si le sumamos los prácticos programas de edición que uno puede tener en su computadora, las posibilidades para “hacer cine” se amplifican notoriamente. Aunque claro, con la tecnología ingresa otro debate, que tiene que ver con cómo su uso impacta en el desarrollo de los artistas, algo que parece tener mayor injerencia en la producción que en la realización cinematográfica. “Que la tecnología baje los costos de producción es crucial, pero creo que es el dominio de la técnica —no sólo de la tecnología— lo que conduce a la excelencia artística”, manifiesta Mariano Laguyas, director de Chau.

Ese parece ser un sentimiento compartido por todos, la tecnología no hace al artista. Y hay algunos lamentos, como el que expresa Aiello, ante el peligro que implica la preeminencia de la tecnología por sobre la sabiduría narrativa, que de eso se trata el cine: “se piensa más en el tenedor y cuchillo que en el propio plato o comida. Hay una gran ausencia en la enseñanza de la creatividad —que por otra parte es imposible de enseñar—. La pericia técnica sólo es un paso hacia la construcción de un mejor artista. Pero hasta diría que no es excluyente”.

“Las tecnologías baratas ayudan pero no bastan. El cine directo necesitó de cámaras livianas y sonido sincronizado, pero existió porque Robert Drew hizo con esas novedades algo que no se había hecho antes, y que podría no haberse hecho nunca. Para hacer películas de bajo costo los medios existen. Lo que falta son ojos y oídos, amor y coraje. El cine exige más que habilidad técnica. Mucho más. De hecho puede prescindir de ella”, agrega Miccio.

De todos modos, y más allá de que como también señala Colantonio “la llamada democratización tecnológica, además de propiciar un terreno de mayores oportunidades generó su propia paradoja: la falta de ideas”, no deja de ser válido que, gracias a la aparición de nuevas herramientas para registrar imágenes, existan más realizadores. La digitalización permite no sólo mejores condiciones de producción, sino también una forma más cercana de acceder al público. Como explica Oliveros, “es lo que llevó a que se produzcan muchas más películas marplatenses en estos últimos cinco años que en toda la década anterior”.

Es claro a esta altura que el fácil acceso a la tecnología sugiere una mayor cantidad de personas intentando hacer algo con esa herramienta. Y es en la práctica donde ese sujeto descubrirá si es un cineasta o sólo alguien que construye imágenes. La programadora del Mar del Plata Festival Internacional de Cine Independiente (MARFICI) Verónica Paz reconoce que si por un lado “vivimos una época en la que generamos imágenes compulsivamente” y es “muy seductora la idea de proponerse la realización audiovisual, sobre todo porque este aggiornado starsystem en el que estamos propone al realizador como un sujeto destacado”, también existen sus contraindicaciones: “confieso que sigue sorprendiéndome la facilidad con la que puede alguien autodefinirse como director de cine”.

Los profesionales

Como la idea de una industria cinematográfica local parece lejana (muy lejana, y a pesar de las buenas intenciones y los espíritus positivos), lo que aparece en el horizonte como un objetivo inmediato es el desarrollo de profesionales de nivel y en diversos rubros. Si bien como indica Miccio “los profesionales son importantes pero no definen los partidos”, un cine con buenos técnicos en fotografía, sonido, edición y otras áreas, posibilitará que las producciones locales adquieran un aspecto más cuidado. En definitiva la imposibilidad de profesionalización es un problema que no se ha podido resolver aún y que no saca al cine local de una independencia a pulmón que pide a gritos cierta indulgencia en el análisis.

“Afortunadamente en los últimos años, gracias a los planes de fomento y de las políticas estatales (INCAA, TDA, etcétera) se ha logrado avanzar en ese sentido. Pero se requiere persistencia en las políticas y una concientización de los profesionales y de las empresas privadas. En la ciudad hay un campo de acción propio —limitado—, y un campo que se abre a partir de producciones que llegan. Lamentablemente todavía no se coordina, hay falta de comunicación y falta de compromiso político en muchos realizadores”, sentencia Aiello.

Para Colantonio, la falta de formación “afecta todos los rubros”, pero el cine no “se trata de modelar una estética como si uno preparara una torta. La estética se encuentra en la medida en que haya una producción continua y que las condiciones estén dadas para que las películas y los órganos de difusión tengan un espacio de discusión. Hay muestras anuales de trabajos pero quién los discute, desde dónde se avanza, desde dónde se construye para mejorar. ¿O la única opción es filmar porque sí? ¿Quién piensa su práctica?”.

Sobre este punto la mirada común es más pesimista. Para Monforte, se abren algunos nichos momentáneos en el campo de la publicidad o trabajando en alguna productora que realice videoclips, institucionales o colaboraciones con compañías porteñas. Pero si bien eso ayuda a vivir del medio y a lograr una gimnasia laboral, se lo hace “trabajando para cubrir necesidades de terceros”. Lo que se pierde de esa manera es el desarrollo de ideas propias, de trabajos personales, de una ola creativa que se aplique en el camino apropiado.

Sin embargo para Laguyas, de a poco se está dando una profesionalización o, al menos, lo que él ha dado en llamar “una especialización”. “Quizá todavía hoy en Mar del Plata no haya demasiadas chances para tomar ciertos roles como una profesión, porque priman las producciones a pulmón sobre las que remuneran con dinero el trabajo de los técnicos, pero definitivamente eso es independiente de la mejora en la calidad”.

El impedimento mayor parece provenir de la forma en que los medios de la ciudad, entidades que deberían ser fundamentales a la hora de difundir y promover, se sostienen económicamente. Alvarez explica que las pautas publicitarias de los principales medios audiovisuales de la ciudad son de índole nacional —“si sólo se financiaran con la comercialización local no serían viables”—, una realidad que sufren todas las ciudades del interior, no sólo Mar del Plata. “Hay que pensar cómo con menos se puede hacer más, inclusive pensar otros circuitos de distribución de costos menores sin pérdida de una calidad básica”.

Y esto lleva al terreno de las ideas, que siempre se aleja de cuestiones presupuestarias o técnicas. Las ideas se imponen desde otros lugares, y como destaca el periodista Rodrigo Sabio “mayormente en todas partes del mundo cuando surge un nuevo cine, siempre ha sido por fuera del sistema profesional y comercial”.

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Atrápame si puedes

Si el Estado debe imponerse, sosteniendo económicamente y facilitando espacios de exhibición y formación, y los artistas tienen que mejorar su especialización promoviendo hacia un espacio de mayor profesionalismo, hay una tercera pata que resulta fundamental en este aspecto y es el público. “Hablar de cine marplatense suena un poco presuntuoso, porque en general me parece que hay muchos realizadores marplatenses pero no hay un público que consuma cine marplatense, entonces el cine sin público es como una entidad fantasma que nunca concreta. Cine es la experiencia ida y vuelta”, resalta Sabio.

La pregunta es entonces si hay un público local que consuma productos locales y si es posible esto, sin una referencia concreta que relacione al ciudadano con sus artistas. Para Paz “hay un público que responde a propuestas con las que se vincula afectiva, familiar, socialmente. El otro, que más allá del origen local, la elija por los rasgos de ese contenido o propuesta, aún debe construirse”.

Lo preciso, como dice Aiello, es que “ningún cine, ninguna obra, ninguna expresión artística tiene vida sin el espectador”. ¿Y cómo se construye ese público entonces? Para Miguel Monforte “con educación audiovisual desde el jardín de infantes, la primaria, la secundaria, con docentes capacitados para hacerlo”; una construcción cultural que con el tiempo llevará a la gente “acercarse a ver lo que hacen sus vecinos, poniéndolo en su justo lugar para valorarlo”.

“El público se construye lentamente. El mejor ejemplo es el festival de cine, que lleva casi 20 años y puede enorgullecerse de varias cosas. Por lo demás, habrá cine en Mar del Plata cuando haya cinefilia y dejemos de pensar como profes progresistas, traduciendo la impericia por esfuerzo o la estupidez por inexperiencia. Una cosa es el colegio, otra el cine”, explica Miccio.

Los realizadores como De Llano lo tienen claro, la gente se va a acercar a ver cine local “en la medida que éste lo respete y le ofrezca productos de calidad. Si se presenta cualquier cosa bajo el título de cine marplatense, el espectador que fue a ver eso, lamentablemente, va a generalizar y posiblemente no vaya más”. De todos modos, así como la tecnología modificó a los artistas y la forma de desarrollar su actividad, también lo hizo con el público y el modo en que se acerca al cine: “creo que hoy día el gran público está on-line. La ciudad no debería ser un límite demográfico para nuestro producto”, explica López, realizador joven con una visión que amplifica el panorama a partir de lo que las nuevas generaciones consumen.

Búsqueda frenética

El recorrido de opiniones y miradas nos ofrece un panorama amplio, de cruces y divergencias. Lo cierto es que más que algo concreto, el cine marplatense es aún ese horizonte al cual todavía no podemos acercarnos: está siempre ahí, pero cuesta definirlo. Si más que respuestas hemos obtenido preguntas, Mariano Laguyas se permite algunas que enriquecen la perspectiva porque aportan la cuota de abstracción necesaria para descubrir que las categorizaciones son algo rígidas y, tal vez, inútiles de perseguir: “¿cuántos estamos interesados en desarrollar la idea de un cine marplatense? ¿Es necesario que los hacedores del cine marplatense sean conscientes de su creación? Aunque no nos lo propongamos, los marplatenses que grabamos en Mar del Plata ¿podemos dejar de estar haciendo ‘cine marplatense’? En este punto creo que el tema puede ser un poco más de resultados que de intenciones. El ‘cine marplatense’ surgiría como fruto, como consecuencia del aumento del número de producciones”.

En todo caso no deja de ser positivo que la mirada general sea de búsqueda, tanto en los jóvenes como en los más experimentados. Dejar de buscar sería dormirse en los laureles: dudas antes que certezas. Sólo en la cantidad, en el aporte de ideas, en el esfuerzo constante del trabajo y en la amplitud de miradas surgirá esa identidad esquiva que tanto nos falta a los marplatenses. Porque qué otra cosa puede pintarnos mejor como ciudadanos que el cine.

Ese cine que todavía no somos, tal vez simbolice a la ciudad que no termina de ser.