La ciudad transparente

Pulti y Arroyo se disputan la elección de octubre. Uno de ellos será el próximo intendente de Mar del Plata. Un desarrollista vecinal devenido kirchnerista y un nacionalista de derecha devenido macrista. Sus slogans de campaña hablan de “transparencia”, “sentido común” y “positividad”. La hegemonía de la post-política.

La ciudad transparente I

Fotos: Revista Ajo

“No hay esencias en muchos hombres políticos, sino circunstancias”

A. Reclusa

 

Un domingo de esos en los que se come asado hasta las cuatro de la tarde, uno de los comensales de la nutrida mesa comentó haber votado a Carlos Arroyo en las PASO.

Desde la otra punta, otra comensal ―conteniendo una indisimulable indignación entre los dientes― preguntó con sonrisa, voz calma y tono de quién se interesa de verdad por algo: “¿Por?”.

El primero respondió sin convicción, con un pedazo de matambre todavía en la boca: “Porque es un buen tipo”. Sobrevoló un “Chan” muteado. Los comensales empezaron a cruzar de voces filosas la mesa y los tonos empezaron a parecerse mucho a gritos, cuando la comensal de la indignación entre los dientes retomó la iniciativa: pidió mesura, volvió a la voz calma, y preguntó con amabilidad, sin dejar escapar la cataratas de adjetivos que hacían cola sobre sus muelas: “¿Y por qué te parece un buen tipo?”.

Fue entonces que ocurrió el silencio. El primero no supo qué ofrecer como respuesta. Luego intentó infructuosamente explicarse. Al final señaló sin ganas lo que consideraba algunas virtudes del candidato en cuestión. Para cuando no quedaba nada más que comer sobre la mesa, el tema se había olvidado y el comensal de la discordia se había retirado.

Quién sabe a quién votará en octubre.

La post-política

Existen dos ideas que hace tiempo resuenan con mucha fuerza en el discurso público: una referida a la transparencia, la otra asociada a lo positivo. Se presentan como indiscutibles valores de la política.

Aunque se suele asociar a la honestidad, la transparencia, en sentido estricto, parte de un presupuesto extraño: la creencia de que es posible ―y deseable― no ocultar nada. Lo positivo, por su parte, supone que se pueden obviar las confrontaciones y esquivar lo que genéricamente podríamos agrupar en “lo negativo”.

Dentro de las opciones que dejaron las PASO, quedaron sólo seis candidatos, pero es sabido que la elección está polarizada entre el Frente Marplatense y Cambiemos. El resto ―Lucas Fiorini (UNA), Pablo Farías (Progresistas) y Alejandro Martínez (FIT)― puede aspirar a alguna concejalía, pero el Ejecutivo será de Gustavo Pulti o Carlos Arroyo.

Más allá de las claras diferencias políticas entre el proyecto que expresa Arroyo y el que representa Pulti, ambos candidatos se inscriben por discurso y práctica en la denominada “post-política”.

Consignas post

Los afiches de campaña de quien fue la sorpresa del escrutinio, el concejal de la Agrupación Atlántica Carlos Arroyo, acompañaban su imagen con la adhesión al frente Cambiemos ―encabezado por Mauricio Macri― y una consigna sencilla al pie: “Transparencia, sentido común, honestidad”. Algo de lo que alcanzó a balbucear entre los gritos, el comensal del asado del principio.

Por su parte, los afiches del actual intendente y aspirante a conservar el Ejecutivo, Gustavo Pulti, utilizaban verbos en infinitivo (forma verbal transparente, si las hay) sin adjetivaciones de ningún tipo: hacer, trabajar, soñar; sin especificar qué, en qué ni con qué, según el caso. La campaña del intendente ―como bien lo explica Ramiro Melucci en su informe “Candidato se vende”― empalma con la nueva estrategia comunicacional del gobierno municipal, sustentada en la idea de “Mar del Plata. Gente Positiva”, y sus consiguientes “Trabajando en Positivo”, “Deporte en Positivo”, “Salud en Positivo”, “Barrios en Positivo”.

Un Arroyo transparente

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han sostiene que vivimos en la “sociedad de la transparencia”. Advierte: “La omnipresente exigencia de transparencia, que aumenta hasta convertirse en un fetiche y totalizarla, se remonta a un cambio de paradigma” [1]. Según Han, quien la refiere solamente a la corrupción y a la libertad de información, desconoce su envergadura. La transparencia se manifiesta cuando ha desaparecido la confianza y la sociedad apuesta por la vigilancia y el control. No es extraño, entonces, que el candidato Carlos Arroyo se identifique con ella. En la fantasía del panóptico del proyecto arroyista, vigilar y controlar se erigen como pilares centrales. Un recuerdo del periodista Ezequiel Casanovas, exalumno de la escuela que Arroyo dirigió durante años (y sobre la cual montó su mito de hombre del orden), confirma el sentido de control y transparencia que presupone su proyecto:

“…(Arroyo) hacía sonar un silbato y los chicos corrían despavoridos a meterse en las aulas. Eso no pasaba todos los días porque él no iba a la escuela todos los días. Igual te dabas cuenta cuando estaba porque se respiraba otro aire. (…) Un día nos habló de la teoría de la 9. Que era suya. Por ejemplo: si un tipo robaba había que ponerlo de rodillas, acercarle una 9 mm a la cabeza y pegarle un tiro. Lo dijo entre sonrisas. Medio en joda, medio en serio, como algunos suelen decir esas cosas…”.

También Macri, el candidato a presidente que apoya Arroyo, reivindica la transparencia. Así lo aseguró en muchas oportunidades, desde las vinculadas a la información pública, sosteniendo que la ciudad de Buenos Aires “está a la vanguardia de la transparencia”, hasta para justificar la donación de 120 millones de pesos que recibió para su campaña electoral, por parte de 2500 empresarios, entre ellos banqueros, agropecuarios, industriales y de laboratorios. “Transparentamos los aportes”, se sinceró, entre globos de colores y canciones de Tan Biónica.

“La transparencia forzosa ―dice Han― estabiliza muy efectivamente el sistema dado. La transparencia es en sí positiva. No mora en ella aquella negatividad que pudiera cuestionar de manera radical el sistema económico-político que está dado. Es ciega frente al afuera del sistema. Confirma y optima tan solo lo que ya existe. Por eso, la sociedad de la transparencia va de la mano de la pospolítica. Sólo es por entero transparente el espacio despolitizado”.

La ciudad transparente III

Pulti en positivo

Gustavo Pulti es un político profesional que ha demostrado gran flexibilidad. Nació en el movimiento desarrollista de Frondizi-Frigerio, pasó por el Frente Justicialista de Unidad Popular que llevó como candidato a presidente a Carlos Menem, fue concejal de Mario Russak en su período democrático por la alianza MID-UCeDé, devino referente del vecinalismo con Acción Marplatense y luego se sumó ―con reservas, porque nunca se integró― al proyecto nacional que encabezó Néstor Kirchner y hoy continúa Cristina Fernández de Kirchner. Sin el apoyo del llamado kirchnerismo duro de la ciudad, logró igualmente el apoyo de Néstor, Cristina y Daniel Scioli en cada elección. Para esta última, consiguió encabezar la lista del Frente Marplatense, boleta local diferenciada de la general del Frente para la Victoria, en la que integró tras de sí a todo el espacio kirchnerista.

Entre los creativos de la empresa de marketing India Buenos Aires (los autores del lema “MGP. Mar del Plata. Gente Positiva”) y su asesor de campaña, Mario Riorda (creador de la imagen electoral del Frente Marplatense), dieron forma al discurso de Pulti en estas elecciones. El eje: lo Positivo. Así lo explica Ramiro Melucci: “Lo interesante es comprobar cómo lo que empezó como una campaña publicitaria termina siendo la médula espinal de un discurso electoral. En los últimos días, Pulti ha repetido que lo que le hará ganar votantes no es hablar mal de sus rivales políticos, sino mostrar lo que hizo durante sus ocho años de mandato. ‘Los marplatenses son positivos, no quieren escuchar agravios’, insiste. De ahí que de la ristra de infinitivos de su nueva campaña en la vía pública (…) no haya uno solo que carezca de impronta positiva”.

Tanto o más que Arroyo, Gustavo Pulti es un buen representante de la post-política. Hija cultural del neoliberalismo, la post-política afirma dejar atrás las viejas luchas ideológicas para recaer en la administración y gestión de expertos de la manera más eficiente posible. Por eso Pulti nunca se integrará al peronismo, y por eso también la militancia kirchnerista no terminará nunca de encontrar en él a un dirigente confiable (aún cuando decidan acompañarlo, sobre todo ahora que el arroyo puede desbordarse).

Es que el peronismo es un movimiento profundamente político. No le asusta la “negatividad” de la lucha de clases; propone alianzas entre ellas, incluso sostiene ciertos niveles de confrontación. Pulti, en cambio, ve en ese concepto una pieza de museo. Puede haber policlasismo en su armado político (en el que, ciertamente, conviven empresarios y sindicalistas), pero sólo porque hoy le “funciona” [2].

Nada más post-político que el pragmátismo que aprendió a desarrollar el pultismo a la hora de resolver los conflictos sociales durante su gobierno. El intelectual Slavoj Zizec no conoció a Acción Marplatense, pero lo explica clarito: “La postpolítica (la ‘gestión de los asuntos sociales como algo técnico’) moviliza todo el apartado de expertos, trabajadores sociales, asociaciones, etc., para asegurarse que la puntual reivindicación (‘la queja’) de un determinado grupo se quede en eso: en una reivindicación puntual”.

Cuando los vecinos o movimientos sociales protestan, la verdadera apuesta no está en las reivindicaciones explícitas (obras en los barrios, viviendas, mejores condiciones de trabajo, etc.), sino en el derecho fundamental a ser escuchados y reconocidos como iguales. Cuando se logra ésto, llega lo político. Precisamente, el riesgo para los sectores de poder es cuando una protesta pasa de referirse a determinada reivindicación, a cuestionamientos más universales. “Lo que nuestra era postpolítica trata de impedir es, precisamente, esta universalización metafórica de las reivindicaciones particulares”[3]. Por eso, la post-política es una negación de la política.

La ciudad transparente II

Pulgar para arriba

“El veredicto general de la sociedad positiva se llama me gusta”, dice Han. “Es significativo que Facebook se negara consecuentemente a introducir un botón de no me gusta. La sociedad positiva evita toda modalidad de juego de la negatividad…”.

El “Yes, we can” de Barack Obama es expresión de esta hegemonía de lo positivo en la política mundial. De ahí para abajo, la sociedad positiva construye una realidad en la que sólo hay cosas que nos gustan, lo que implica no mencionar lo que no queremos ver y evitar polemizar con lo que nos parece negativo. Parece que da buena imagen, y hasta votos.

Veamos un ejemplo: No hay “villas en positivo”, sólo “barrios en positivo”. Las villas solo existen como negatividad, como lo otro, lo que no es positivo. Por lo tanto, aunque existan, no tienen lugar en la Mar del Plata positiva. Como no hay “no me gusta”, lo que no me gusta no existe. Gustavo Pulti comprometió a su gobierno en la urbanización de villas y no cumplió. Incluso en casos como Villa Evita, que tiene un Programa de Urbanización aprobado por la ordenanza 19.994 desde el año 2010, y que jamás puso en marcha, por más que los vecinos lo reclamaran en reiteradas oportunidades, tal como informan en su programa de radio “El pueblo se hace escuchar” (sintomático nombre), que emiten los sábados ―por FM de la Azotea― desde las embarradas calles de la villa.

Para la sociedad de la transparencia, Villa Evita es un barrio no positivo.

Like

La dinámica actual de la sociedad en que vivimos aborrece la lentitud. Es una sociedad que corre. Como la complejidad hace más lenta la comunicación, la sociedad de la transparencia proponen intercambios lo más lisos, llanos y superficiales posibles. La hipercomunicación “reduce la complejidad para acelerarse”.

Con el análisis político ocurre lo mismo:

Arroyo es una buena persona. Me gusta. Arroyo es un tipo austero, honesto y ordenado. Me gusta. A no complejizarla con que tiene un pensamiento liberal-conservador, una ideología punitivista y represiva, con que compartió espacio político con carapintadas y genocidas, con que trabajó como funcionario en un período en el que al pueblo le imponían los gobiernos a la fuerza, con que… Es un buen tipo y punto. Me gusta.

Pulti hace. Me gusta. Pulti trabaja mucho. Me gusta. Pulti construye polideportivos y pone a tipos como Alberto Binder a pensar la Seguridad. Me gusta, cómo no me va a gustar. A no complejizarla con que sus vínculos con el poder económico real, con que sus concesiones irrisorias para Florencio Aldrey Iglesias, con que no va a modificar la matriz desigual de la economía local porque no va a tocar los intereses de los que le financian las campañas electorales y le garantizan presencia en los medios de comunicación, con que… Hace, trabaja, sueña, y punto. Me gusta.

Una casa transparente

Control y transparencia van de la mano. Y tal vez liberalismo también. “La sociedad de la transparencia de Rousseau se muestra como una sociedad de un control y vigilancia totales”, dice Han, y transcribe una interesante cita del mismísimo Rousseau:

“Un único mandato de la moral puede suplantar a todos los demás, a saber, este: nunca hagas ni digas algo que no pueda ver y oír el mundo entero. Yo, por mi parte, siempre he considerado como el hombre más digno de aprecio a aquel romano cuyo deseo se cifraba en que su casa fuera construida en forma tal que pudiera verse cuanto sucedía en ella”.

La casa transparente a la que aspiraba Rousseau la construyó Mark Zuckerberg, y se llama Facebook. El nuevo panóptico digital. Si Arroyo no renegara tanto de la tecnología, seguro le encantaría.

Vivimos en burbujas de información personalizadas por algoritmos que han construido otros. Estos sistemas ―como el timeline de Facebook o el pagerank de Google― nos presentan solo aquellas secciones del mundo que nos gustan. Esto “desintegra la esfera pública, la conciencia pública, crítica, y privatiza al mundo”.

Así las cosas, reivindicar la negatividad, sobre todo en la política, pasó a ser un ejercicio de resistencia. Dialéctica, que le dicen. Lucha de clases, para un proyecto de izquierda; tensiones del policlasismo, para el peronismo; confrontación y disputa, para cualquier proyecto que pretenda transformar. Los grandes cambios de la historia de la humanidad han partido de un No. Pero en la post-política, la negatividad tiene mala prensa.

No siempre nuestras elecciones coinciden con lo que corre por nuestro timeline. Recuperar la libertad, evitar la casa transparente, a veces es simplemente animarnos a decir que algo no nos gusta.

Sobre todo cuando algo no nos gusta.

 

 

[1] Byung-Chul Han, “La sociedad de la transparencia” (Herder, 2012).

[2] Slavoj Zizec utiliza como ejemplo de “post-política” al Partido Laborista de Tony Blair del Reino Unido: “En esta misma línea, los promotores del New Labour suelen subrayar la pertinencia de prescindir de los prejuicios y aplicar las buenas ideas, vengan de donde vengan (ideológicamente). Pero, ¿cuáles son esas ‘buenas ideas’? La respuesta es obvia: las que funcionan”.

[3] Slajov Zizec, “En defensa de la intolerancia” (Sequitur, 2007).