Las palabras del buen guitarrista

La búsqueda de Jorge Armani pasa por el equilibrio de las emociones y la proyección de lo humano. El jazz es apenas un laboratorio estético donde lo principal es el diálogo entre los músicos, en sintonía con lo que piden las canciones. El secreto es ir más allá del virtuosismo. Tocar, para él, es contar historias.

Armani I

Fotos: Pablo González

La guitarra

con toda su luz,

con todas las penas

y los caminos,

y las dudas.

(Atahualpa Yupanqui)

 

Mientras habla, Jorge Armani juega con una telecaster desenchufada. Marca acordes o puntea bien bajito. No lo hace para mostrar que puede o que sabe, le sale así. Toca ocho horas por día los días que menos toca. Ese nivel de dedicación lo llevó a incorporar la guitarra como un anexo de sus propias manos. Es extraño el modo en que se construye la memoria motriz, son miles de millones de repeticiones hasta aprender a hacer algo que, en los casos pico, se convierte en la principal actividad del cuerpo. Y de la mente. Después está el control de esos movimientos: la capacidad de convertir un ejercicio en arte.

Lo primero que me dice —sin que le pregunte nada— es que no le gustan los guitarristas deportivos. Para él, un guitarrista deportivo es el que privilegia la velocidad y la perfección sin atender a lo que pide la música. Esos que van siempre a tiempo, siempre inmaculados, siempre vacíos.

—¿Qué buscás vos?

—Contar una historia.

Armani propone una comparación con el periodismo. Habla de los esquemas para informar y se detiene en esas crónicas que son ametralladoras de cifras y no narran nada. “También se toca así. Está todo perfecto, pero el resultado es inerte”, dice.

—Pienso en los obvios, violeros como Satriani y Vai…

—Por ejemplo esos. No van más. Fueron parte de una época histórica. Hay algo muy loco en lo que hicieron, esos tipos plantearon un sonido futurístico, que hizo que el futuro llegara y se convirtiera inmediatamente en pasado. A cambio de otros como The Beatles o Jimi Hendrix, que suenan a ahora. Hay alquimia en esos artistas.

—¿Por qué envejece la música?

—La música envejece porque hay quienes quieren resguardarla en una vitrina para que nadie la manosee. Estilos que se tocan de determinada forma o está mal. El problema no es la persona a la que se enaltece, sino el dogmático que enaltece. En un éxito establecés la forma. Para mí los genios establecen formatos estéticos que otros transforman en dogma. Eso es muy común y hace envejecer.

—El sonido es un factor común de envejecimiento. Pero también están los eternos. Vos decís The Beatles. Yo te agrego a Gardel. Uno pone play en un equipo sofisticado y suena. Y lo escuchás en el parlantito del celular y suena. ¿Por qué hay artistas que consiguen eso? ¿Qué pasa ahí?

—Con la música eso tiene que ver dónde vos te parás frente a la canción. En la música se escucha el disfrute. Lo humano es lo importante. Entre lo perfecto y lo humano gana lo humano, siempre. Mil veces más. Si estás escuchando a un tipo que no se quiere equivocar estás escuchando, a fin de cuentas, a un tipo que no se quiere equivocar. Si es perfecto, buenísimo, pero al rato te olvidaste y estás en otra cosa. De la perfección no queda nada.

Armani II

Armani critica la perfección como si él fuese un desprolijo bárbaro. Sería interesante ubicarse en su oído y escuchar cómo se escucha a él mismo, qué es lo que considera un pifie. En la música un pifie es una nota fuera de lugar por milésimas de segundo. Es un arte tan matemático y hostil, pero a la vez tan flexible y amplio, que cuesta, incluso, generar teoría estética. Los académicos van con el calibre en la mano. Otros cruzan fronteras con total impunidad. Las reglas son claras: siete notas musicales con sus semitonos. El resto es todo tiempo. O sea, un juego infinito.

El juego para Jorge Armani comenzó a los siete años, cuando su abuela le regaló una guitarra criolla. Él prefería tocar la trompeta, pero en su familia era imposible afrontar el gasto. De ahí a estudiar un par de meses con un profesor de barrio. Después siguió solo. La curiosidad por la música le llegó con José Larralde; su padre, obrero de la construcción, escuchaba las milongas del Pampa cuando llegaba a su casa. Corría el año 1971, Jorge detenía su atención en el trabajo de las cuerdas detrás de los versos. Su primer disco fue El embajador Satch, Louis Armstrong y sus all stars. Lo escuchaba todos los días, de principio a fin, sin frenarlo, porque no quería gastar desparejos los surcos del vinilo. Con la guitarra criolla tocaba todas las melodías, de oído, arriba de las canciones. A los trece, con la plata que ganaba trabajando con su padre, compró su segundo disco: Spectrum, de Billy Cobham. A los pocos días había sacado todos los temas, con solos y arreglos. En esa época no había internet, tampoco tablaturas. Se sacaba de oído y se tocaba de memoria. “Es algo que mantengo. Como me siento un tipo limitado tengo que tener toda mi energía en la interpretación. Si estoy leyendo, me baja. Si estoy luchando con el sonido, me baja. Por eso estoy todo el tiempo encima de ver el amplificador, la viola y la cuerdas. Es un ejercicio. Por suerte tengo buena memoria”, explica.

Mientras lo escucho lo imagino arriba del escenario, con los ojos cerrados, cantando en silencio cada nota que pulsa en la guitarra, en trío, o en cuarteto, sacándole brillo a piezas de jazz intrincadas. Armani es un virtuoso, eso se sabe, o más bien se escucha.

—¿La obra, supongamos una canción, es la obra en sí o es la interpretación?

—En el caso de la música, que tiene muchas formas de almacenar lo mismo, la obra es la interpretación. Porque la música permite un montón de vistas de lo mismo. Hay muchas formas de conceptualizarla. Si yo tengo una pieza de Bach mal ejecutada, tengo una mala pieza final. Mirá vos cómo ciertas desgracias generan cosas buenas, internet generó que los músicos salgan a tocar otra vez. Esto se lo escuché a David Bowie, hace más de diez años. Lo que mantiene viva la música es la ejecución en vivo, el hecho de transformar en acción lo que uno tiene adentro. Es ver la entrega del músico, la puesta de movimiento de la técnica y la interacción entre los músicos. La obra es la interpretación. No tiene sentido una partitura si no está interpretada.

—Hablemos de ese desafío de transformar en acción lo que uno tiene adentro. ¿Encontraste tu sonido?

—Ese es un camino que no ha terminado. El sonido está relacionado también con los consejos que me dan los músicos y los amigos. La búsqueda es eterna. En la cabeza, en el cerebro, se me van formando cosas, hasta que llegan hasta la mano es un proceso muy lento. Es lo mismo que el lenguaje, que cambia con el tiempo. Sigo buscando el sonido. Tanto en formato eléctrico como acústico. Y el sonido va más allá del instrumento. Es uno haciendo sonar un instrumento. El concepto está en la idea. Y el sonido está en cómo uno se afirma a eso.

 

Armani detiene su análisis y me propone una discusión. Quiere reflexionar sobre el tema de la emoción en una pieza musical. Pavada de tema: las sensaciones llevadas a la combinación de notas y silencios. Hasta dónde la emoción. Hasta dónde controlarla. Cuál es el punto que equilibra una obra para que se mantenga encendida en un borde humano, lejos del frío de lo exacto, lejos del valetodo.

“Yo creo que uno tiene que controlar la emoción. No dejarse llevar. Puede haber un momento de la vida personal en el que una canción levanta cierto vuelo. Pero el músico tiene que direccionar la emoción. Esa es una premisa importante. Quien direcciona la energía siempre hace que la proyección de la obra sea más efectiva. Como un ninja, que en un pequeño movimiento le quiebra la cabeza a otro”, dice.

Y yo le discuto. Aunque estoy de acuerdo, me interesa forzar su punto de vista para ver hasta dónde puede llegar su argumento. Las mejores entrevistas, me parece, son, en esencia, discusiones, intercambio de opiniones.

—Suena muy controlador eso…

—Claro, es controlador. Una canción en vivo es una única bala en el revolver. Y para lograr efectividad hay que controlar las emociones para que la canción no se desborde.

 —El control de la emoción es el triunfo de la técnica sobre el sentimiento. No hablemos del cien por cien, pero una buena parte. Es raro cederle, en el arte, el protagonismo a la matemática de lo técnico.

—A ver. Minimicemos. En una banda punk hay una batería y una guitarra que tienen que sonar a tempo. Hay que tener el control. Es lo que te está pidiendo la música.

—Sí, perfecto, pero miremos desde este lado. Si lo técnico no controla la emoción uno puede incurrir en un error. Y el error es el espacio más potente de creatividad en el arte. Si vos controlás todo, en algún punto, estás esquivando el error y no proponés ningún cambio, nada distinto.

—Vos estás apuntando a controlar todo, pero yo hablo de controlar sólo la emoción. Ese desborde lo veo, por ejemplo, en Jimi Hendrix. Cuando lo escucho en su buen momento, en Experience, incluso hasta la Band of Gypsis, es genial. Después de eso ya pierde el control de sus emociones y se nota en su música. Su último manager lo aniquiló, las giras eran imposibles, larguísimas. En su famoso concierto de la Isla de Wight lo veo descontrolado, toca como se siente. Hay una imagen que es desgarradora en ese show, cuando se despide, que tira la guitarra para atrás como si fuera una carga. Yo no disfruto de esa etapa. Cuando veo que gana la emoción me da peligro.

 

Armani hace una pausa —sin dejar de tocar la telecaster— y vuelve a la idea de contar historias con las canciones. “En la música hay una energía gigante. Miles Davis cruza las notas, vuelan arriba de la música. Está logrando un efecto desgarrador, pero nunca descontrolado. Eso no quita que sea extremadamente emotivo. Fijate, Davis decía que su influencia era Orson Wells. Y fijate que el buen narrador cuenta cosas. En la música es igual”.

—¿ Y vos en qué otras artes encontrás ideas para tu música?

—Para mí el arte es una forma de sacar el pensamiento humano. En lo que sea. Encuentro arte en muchas cosas. Me gusta mucho la pintura, ahí observo el uso del espacio y la expresión en la construcción de la imagen. Voy a la emoción más allá del equilibrio.

—¿Por qué creés que hay artistas que aburren?

—Esa misma pregunta se la hago a mis alumnos, porque detectar el aburrimiento es una manera de mejorar la forma de tocar. Puede ser que un guitarrista aburrido no deje silencios. A determinada velocidad, tocar muchas notas sin silencios es lo mismo que tocar una sola nota repetida. Y si tocás todas las notas al mismo volumen es lo mismo que tocar todo el tiempo la misma nota.

La explicación baja de inmediato a la telecaster. Armani ilustra la idea con punteos a toda velocidad, de muchas y de una sola nota. Y así, en ese formato de clase teórica improvisada, consigue ser tan claro que cuesta no darle la razón.

—¿Cómo te das cuenta cuando te estás repitiendo y cómo salís de ahí?

—Te voy a poner como ejemplo el hacer canciones. Antes que nada te voy a aclarar que soy una persona que se repite. Soy un limitado. Aunque no quiero serlo. Entonces encaro las ideas con formas distintas. Hay canciones que las empiezo con una secuencia de acordes. Otras con una melodía. Otras las empiezo con la palabra. Otras son un motivo que lo desarrollo. Voy con tópicos a lo que ingreso desde distintos puntos, como en una selva que entro por el sur, por el norte, por el oeste. Trato de variar. Elijo la canción y busco.

—¿Y las notas?

—Las notas aparecen del mismo modo que aparecen palabras cuando quiero escribir una carta. Y para no repetirme me alimento de los músicos que comparten un show conmigo. Cuando me subo a un escenario no tengo nada preparado. La música me dice qué tengo que tocar. La primera nota que toco me dice cuál sigue, qué quiero escuchar después.

Armani III

De la criolla que le regaló se abuela pasó a una eléctrica, una Hondo II Les Paul, con un amplificador Alarsonic GOB. Para 1981 ya tenía su banda, Fixion, un trío integrado por su hermano Adolfo, en bajo, y su compañero de la secundaria Hugo Rossi, en batería. El debut fue en el Festival de la Juventud que se hizo en el Torreón del Monje. Hacían temas propios, de pleno corte rockero. En 1984 encaró su primer proyecto de jazz, el Fermus trío, integrado por Pato Benavidez, en bajo, y Carlos Mina, en batería. Desde ahí en adelante fue todo búsqueda y estudio.

—Hablemos de hoy. ¿Cómo sonás?

—No sé. Subo al escenario a pasarla bien. Soy un tipo privilegiado. Soy crítico conmigo en pos del crecimiento, pero me subo a pasarla bien. Y no soy de escucharme después, porque hay una expectativa en la escucha posterior en la que uno quiere pasarla igual de bien que cuando tocó. Y eso es complejo. Muy difícil. Sí me escucho después de mucho tiempo, cuando ya perdí toda señal. Pero ocasionalmente.

—¿Y tu proceso creativo?

—Eso es interminable. Las ideas a veces son copadas, pero hasta que salen hay un montón de caminos. Las ideas son diamantes y hasta que eso se plasma es un proceso extenso.

—¿Existe la mala música?

—Sí. Si existe la mala gente existe la mala música.

—¿Cómo género o como una pieza mal interpretada?

—Las dos cosas.

—¿Qué género?

—Y no sé. Puede sonar ofensivo. Pero hay géneros que arrastran maldad. Por ejemplo hay un jazz intelectual que es malo, hecho por gente que no quiere que la entiendas. Eso es malo. Y ojo, porque hay cosas re prolijas que tampoco me gusta cómo suenan. El músico que es muy top es peligroso. Porque tiene una mirada analítica furtiva. Creo que uno tiene la vista certera de lo que es la buena y la mala música. Lo mismo que tienen los niños, que cuando se aburren se van.

—¿Y un buen guitarrista? ¿Qué tiene?

—A mí me gustan los tipos que pueden hacer muchas cosas, más que los que hacen una sola cosa bien. Los que pueden poner la vista en la dinámica del grupo, escuchando a los compañeros, que saben tomar la idea de otro porque es productiva. Me gusta el jazz por eso, por la espontaneidad y por la lectura de lo que está pasando. Me gusta el violero que sabe acompañar, que es el arte más difícil y el más importante para aprender a improvisar. Los que tocan lo que la música les pide y se bancan un sonido propio. Una canción es un templo, ahí hay que ir. La esencia es uno y lo que va viviendo cotidianamente.

—¿Tenés muchas guitarras?

—He tenido muchas, ahora tengo una de cada una. Tengo un degradé de sonidos, pero es un degradé que armo yo. Y cuando veo que no estoy usando una viola la vendo. No colecciono.

—¿Podés tocar con cualquier cosa?

—Sí. Cada circunstancia amerita una aproximación distinta con la música. Si en un asado aparece una guitarra cualquiera yo toco, pero no voy a pretender sonar impecable. Pero toco, claro. Yo me hice con una telecaster, que es la guitarra más rudimentaria de todas. Es un instrumento básico, casi la primera que se inventó. De ahí en adelante, imaginate.

—En eso de hacer sonar bien lo básico está la complejidad…

—Obviamente. A mí me gusta el sonido mugriento. Que te obliga a buscar a vos el color. Hay instrumentos más controlados, esos no me gustan. La telecaster te permite controlar mucho el tono, porque golpea mucho y define mucho la nota. Hay otras guitarras que cuando las cerrás suenan como una papa o como si estuvieran abajo del agua.

Armani IV

Lo del sonido mugriento me hace acordar a la película It Might Get Loud, donde Jimmy Page, Jack White y The Edge examinan el oficio del guitarrista, al punto de hacer sonar un alambre sobre un pedazo de madera con una maestría que abruma. Le pregunto por el estilo de White. La respuesta: “Me gusta mucho. Mi oído necesita diversidad. Escucho punk y escucho a Led Zeppelin, que tiene sonido folclórico con mandolinas y de golpe te rompe la cabeza con una Les Paul. Lo mismo Hendrix, que a guitarra limpia te parte al medio”. Queda claro. La clave está en los dedos.

—Sigamos hablando de músicos. Charly García dice que cada uno de nosotros tiene una nota musical en su cuerpo, que surge del volumen de la caja toráxica. ¿Estás de acuerdo?

—Sí, claro, todo tiene una nota. La caja toráxica y el cráneo también. Eso tiene que ver también con la simpatía que uno tiene con determinadas notas. Sin duda.

—¿Cuál es tu nota?

—No la quiero saber. Para mí es lo espiritual. No quiero estar delineado por ese dato. Una vez me dijeron que si vos vibrás con un disco es porque algo de ese disco ya está adentro tuyo. Yo vibro con muchos discos. Y no quiero saber el tecnicismo de eso. Si algo de esa emoción se puede explicar, no quiero escuchar la explicación. Prefiero emocionarme. Cuando estudio, estudio en todas las tonalidades. Y toco en todas las tonalidades. Quiero que el conocimiento me expanda, no que me limite.

Me gusta la idea del conocimiento como un límite, en el arte, al menos. Conocer está enlazado a la idea de repetir. Ahí la cuestión es cambiar las combinaciones, afinar el oído, desafinar el conocimiento. Armani libra su búsqueda sonora sobre esas premisas. El jazz es para él un laboratorio donde reinterpretarse. Error y prueba. La música, en la mente, en el cuerpo, en el espíritu, es una cuestión de tiempo.